La OEA, las drogas y el futuro

Primero una disculpa a mis amables lectores: contra mis mejores intenciones, no he podido actualizar el blog en más de una semana. Tengo una excusa (no sé si muy buena): estaba en Bogotá, para, entre otras cosas, asistir a la presentación del Informe sobre el Problema de las Drogas en las Américas, elaborado por la Organización de Estados Americanos (OEA).

Algo de contexto sobre el documento. Hace un año, en la Cumbre de las Américas celebrada en Cartagena, Colombia, los mandatarios de la región solicitaron a la OEA la elaboración de un informe sobre el estado actual del problema de las drogas en el hemisferio occidental, las consecuencias de las políticas vigentes y las alternativas de política pública.

La OEA cumplió con ese mandato al producir no uno, sino dos documentos. El primero es un reporte analítico, complementado por seis estudios temáticos (bájenlos aquí, donde dice estudios), que sintetiza el estado del conocimiento científico sobre las distintas aristas del problema. Es un documento equilibrado y prudente, con mucha información. El segundo es un reporte de escenarios que plantea cuatro posibles rutas de evolución del problema entre 2013 y 2025.

No soy un observador independiente del ejercicio. Participé de manera muy modesta en la elaboración del reporte analítico y, más activamente, en la construcción del reporte de escenarios. No resulto, por tanto, la mejor persona para hablar con objetividad sobre las fortalezas y debilidades de los documentos.

Eso no me impide, sin embargo, hacerles algunos comentarios sobre el proceso, en particular en lo referente al reporte de escenarios:

  1. Los escenarios surgieron de la deliberación de un grupo extraordinariamente plural de individuos (vean la lista en la página 73 del reporte). El equipo se reunió en dos ocasiones en Panamá y la discusión siguió por correo electrónico durante varias semanas. El texto final no refleja lo que ninguno de nosotros hubiera escrito en lo individual, sino lo que pudimos construir en conjunto. El reporte tiene por tanto las virtudes y los defectos de los esfuerzos colectivos.
  2. Los escenarios no son predicciones ni recomendaciones. No dicen lo que va a pasar ni lo que debería pasar, sólo lo que podría pasar.  Su objetivo no es modificar directamente políticas o estrategias, sino detonar conversaciones inteligentes sobre el problema de las drogas, lo mismo entre tomadores de decisiones que entre el público en general. Con lograr eso, los que participamos en el equipo de escenarios nos daríamos por bien servidos.
  3. Por decisión grupal, no hay un sólo escenario que sea simplemente una proyección a futuro del statu quo. Varias razones motivaron esa definición: a) la descripción del presente ya está en el reporte análitico y extrapolarlo sin más no hubiera generado un escenario muy interesante, b) a pesar de nuestras diferencias, todos coincidimos en que la situación actual no es sostenible y algo (las instituciones de seguridad, el marco regulatorio de las drogas, el enfoque de las políticas dirigidas al consumo, las estrategias de interdicción, etc) va a  cambiar, por necesidad, en los próximos años, c) un escenario donde todo es cielo o todo es infierno conduce a la complacencia o al fatalismo, no a una conversación racional, y proyectar el presente nos hubiese llevado probablemente a esas alternativas dicotómicas.
  4. La tarea más difícil fue tratar de definir qué es “el problema de las drogas” (o, incluso, si las drogas deben tratarse como problema). Para algunos, el problema es la corrupción y la violencia que producen los mercados ilegales; para otros, el abuso y la dependencia que generan las propias sustancias; para unos más, el problema es el régimen de control de las drogas, no las drogas mismas. La realidad es que no llegamos a un consenso: como resultado, cada escenario parte de una definición distinta.
  5. Los escenarios no son enteramente incompatibles, pero sí representan visiones claramente distintas del futuro. En el primero (Juntos), el motor es la transformación de las instituciones de seguridad y justicia, sin modificar el régimen de control de las drogas. En el segundo (Caminos), se describe un mundo donde sí cambia la legislación en materia de drogas y, a ritmos diferenciados entre drogas y países, las sustancias hoy ilegales pasan a la legalidad. El tercero (Resiliencia) tiene como eje una reorientación masiva de la política de drogas hacia la salud pública y el fortalecimiento comunitario, sin necesariamente pasar por un cambio legal. Por último, el cuarto (Ruptura) es la historia de un hasta aquí dado por algunos países, los cuales abandonarían el combate a las drogas, aún si sus leyes o los tratados internacionales se mantienen intactos.
  6. Yo quería nombres más líricos y menos descriptivos para los escenarios (al último, propuse llamarlo Pase usted), pero no me alcanzó la imaginación ni la elocuencia para convencer a mis compañeros de equipo. Así que quedaron los que quedaron.
  7. Lo mejor del ejercicio fue conocer, trabajar y convivir con personajes extraordinarios, como, entre otros, Antanas Mockus, dos veces alcalde de Bogotá, Rogerio Seabrá, uno de los arquitectos de las unidades de policía pacificadora en Rio de Janeiro, o Francisco Thoumi, un distinguidísimo economista colombiano y una de las mayores autoridades mundiales en el tema de las drogas ilegales. Mi reconocimiento y aprecio a todos ellos. Lo mismo para el equipo de la OEA que hizo posible el proceso y para el grupo de facilitadores que nos ayudó a discutir civilizadamente sobre un tema que genera a menudo más viscera que cabeza.

Pues allí está: lean los reportes, digieran los escenarios y empecemos una conversación racional e inteligente sobre las drogas, que buena falta hace.

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