Crónica breve de un Consejo largo

  1. Prólogo: por razones inescrutables, fui invitado la semana pasada a una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública, celebrada en la residencia oficial de Los Pinos. No mucho que presumir: mi rol fue de atento oyente en segunda fila.
  2. El acceso: sorprendentemente desorganizado. En la puerta vehicular de Los Pinos, me mandan a la entrada del cuartel de Guardias Presidenciales. Un soldado me pide mi nombre, lo busca en una lista, lo encuentra después de que le aclaro que mi apellido empieza con H y no con O, me pregunta si voy armado (respondo que no), y, satisfecho por mis respuestas, me ordena avanzar hasta la esquina donde, según sus indicaciones, se encuentra un compañero con una banderola. No hay compañero ni banderola. Confusión sobre el siguiente paso: giro a la derecha y sigo de frente hasta que una puerta de acero y varios hombres armados me convencen de que tal vez había cometido un error. Vuelta en U y recorrido sin rumbo por el estacionamiento. Finalmente aparece el compañero de la banderola y, con cara de pocos amigos, apunta hacia un lugar libre. Un par de maniobras después, me bajo del coche y camino hacia donde supongo (correctamente) que se encuentra el acceso peatonal. Primer filtro: gafete al cuello y calcomanía para la solapa. Segundo filtro, nada más por si se ofrece. En ambos casos, sueno como alcancía al pasar por sendos detectores de metales, pero me dejan entrar de cualquier modo (es que tengo cara de bueno).
  3. La espera: le tout Méxique de la seguridad y la justicia se encuentra en el salón López Mateos. Diputados, senadores, procuradores, subsecretarios, mandos policiales, secretarios técnicos y ejecutivos, académicos, varios activistas. Mucho beso, mucho abrazo, mucha promesa de reuniones futuras, antes de llegar a mi asiento en el fondo de la sala. Todos esperamos a que termine la “previa” (es decir, la reunión privada del Consejo). Y esperamos y esperamos y seguimos esperando. Ya casi se me agotan los temas de conversación con mis vecinos de asiento (es que soy medio huraño) cuando, con una hora de retraso, se anuncia la llegada del Presidente de la República, el gabinete de seguridad, los gobernadores y el Jefe de Gobierno del DF. Todos de pie, entonación a coro del Himno Nacional, inicia la reunión.
  4. Los temas: coordinación es el mot du jour. Según se informa, las disputas entre dependencias y niveles de gobierno son cosa del agreste pasado calderonista. Ahora la República entera camina al mismo paso, la maquinaria institucional se mueve como engranaje de reloj fino. La coordinación permite operativos y los operativos generan estrategias, afirma Arturo Nuñez, gobernador de Tabasco. Uno supondría que el orden debería de ser al revés, pero uno se equivocaría. El secretario Osorio hace el recuento de las muchas, muchísimas reuniones de coordinación regional con los gobernadores y del espléndido clima de colaboración que priva en cada una de ellas. El Presidente Peña Nieto, en un momento off script, sugiere incluso que la comunidad internacional adopte el modelo mexicano de coordinación. De qué sirve la coordinación con autoridades incompetentes, cooptadas, paralizadas o inexistentes (v.gr., Michoacán, Guerrero) es pregunta para exquisitos. La onda es coordinarse. Y si a la coordinación se le añade la inteligencia, pues qué mejor. Según se reseña, los servicios mexicanos de inteligencia viven una época de oro: el trabajo incansable de los spooks nacionales ha permitido capturar o abatir a 62 de 121 malandros principalísimos (cuyas identidades se mantienen en el feliz anonimato), sin tirar bala en la mayoría de los casos. Y es que ahora la inteligencia se fusiona, se combina y se comparte con generosidad ejemplar: hay, de acuerdo a lo informado, un centro de fusión de inteligencia en el CISEN y varios otros de alcance regional. Que algo muy similar existiera en el sexenio pasado, según reseñó el New York Times hace año y medio, es detalle para fijados.
  5. Los anuncios: el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, habla de la posible aprobación de un código único de procedimientos penales (buena noticia) y de la reestructuración de la PGR, incluyendo la creación de una unidad de inteligencia. Uno podría suponer que ese es el rol de CENAPI, pero uno anda muy errado hoy. El subsecretario de normatividad de medios y vocero de seguridad en la SEGOB, Eduardo Sánchez, informa que la comunicación oficial dará reportes sobre todos los homicidios dolosos y no sobre una subcategoría arbitraria (los “homicidios vinculados a delitos federales”). Esa excelente noticia se ve opacada minutos después por la referencia del Presidente de la República a los “homicidios vinculados a delitos federales”. El Comisionado Nacional de Seguridad, Manuel Mondragón, anuncia que habrá una Gendarmería, pero que a) tendrá un tamaño mucho menor al anticipado hace unos meses, b) será una unidad de la Policía Federal y no un cuerpo autónomo, y c) habrá que esperar un año más antes de verla en las calles. Pero de que habrá Gendarmería, habrá Gendarmería, así acabe siendo un batallón de la Policía Bancaria e Industrial.
  6. Lo interesante: en el festival de autoelogios, los representantes de la sociedad civil (ahora miembros de pleno derecho del Consejo Nacional) ponen la nota discordante. Alejandro Martí habla de las dificultades de implementación de la reforma al sistema de justicia penal. María Elena Morera dice lo que hay que decir: no tenemos las policías que necesitamos. Y delinea los elementos centrales de una reforma policial: homologación de criterios para el desarrollo policial, adecuación del control de confianza, controles internos y externos, esfuerzo presupuestal y, sobre todo, voluntad política. Espléndidas las dos intervenciones, las mejores de la reunión.
  7. Las palabras no mencionadas: Michoacán, operativos federales, policías comunitarias (entre otras).
  8. Epílogo: culminada la reunión, se multiplican las conversaciones particulares, se intercambian sesudas impresiones, se reafirman los votos de reunirse en fecha posterior. Para alcanzar la puerta, hay que formarse en una lenta y serpenteante fila india, mientras se reciben y se reparten saludos con mano invertida y abrazos con triple palmadita. Tardo no menos de 15 minutos en llegar a terreno franco. Salida por la puerta peatonal de Los Pinos y reingreso por la puerta vehicular de Guardias Presidenciales. Ya en mi coche, el compañero de la banderola me hace señales urgentes para acelerar mi egreso. Veinte minutos después, me como una hamburguesa con tocino y unas papas con queso (he bajado 15 kilos en tres meses: me lo merezco), apaciguado por el feliz rumbo que ha tomado la patria. Mientras tanto, en la esquina, un vendedor de periódicos muestra a los pasantes este alentador titular. Tranquilo y coordinado todo. No queda más que darle otra mordida a la hamburguesa.
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