Mi muy personal México

México, 16 de septiembre. Día de asueto obligatorio. Todo cerrado. Pocas ganas de escribir sobre crimen y castigo, violencia o drogas. Más ganas de hacer algo personal, una lista de lo que quiero y odio de este país nuestro.

De México odio:
  • La inmovilidad social, el hecho aborrecible de que la gran mayoría de los mexicanos vamos a morir en el mismo escalón donde nacimos.
  • Los mafiosos de Michoacán y Tamaulipas y Sinaloa y tantos lugares más.
  • La ausencia de nuevos ricos (salvo entre la clase política), de dinero recién hecho, de historias a la Steve Jobs.
  • La solemnidad al viejo estilo posrevolucionario.
  • Casi todo lo relacionado con el sistema de justicia: la indiferencia del ministerio público, la desidia de muchos jueces, la tortura en los separos, la incompetencia de los defensores de oficio, el infierno de las prisiones.
  • La Liga MX y, en general, todo lo conectado con el futbol nacional.
  • Las ciudades planas, expansivas, inhumanas.
  • La indiferencia ante la muerte, la tolerancia ante la violencia, la estadística de homicidios, saber que un mexicano es asesinado cada 25 minutos.
  • La falta de respeto al conocimiento entre las élites, la ausencia de un Oxford, un Harvard o una grande école.
  • Los títulos imbéciles en español que los distribuidores le ponen a las películas de Hollywood.
  • El racismo, embozado o manifiesto, el clasismo, la misoginia rampante, tuits como éstos o como éste.
  • El Monumento a la Raza, la Fuente de Petróleos y, en general, el arte escultórico del alto priísmo.
  • El desprecio por los consumidores, el mal servicio como política sistemática de demasiadas empresas.
  • La depredación a gran escala de nuestro patrimonio natural y cultural.
  • La pancita.
  • La mayoría de los conductores de automóvil (me incluyo en ese número).

De México amo:

  • La impresionante generosidad de millones y las historias maravillosas como ésta.
  • Las jacarandas en marzo y las calles pobladas de morado.
  • La capacidad para reírse de sí mismo, para no tomarse demasiado en serio, para producir a un Jorge Ibargüengoitia, un Carlos Monsivaís o un Germán Dehesa.
  • El olor de la masa en el comal y de los frijoles en la olla.
  • La valentía de Alejo Garza Tamés y Marisol Valles.
  • Palenque envuelto en neblina y Teotihuacán inundado de sol.
  • El heroísmo de Ciudad Juárez, Tijuana y Monterrey.
  • La alucinante capacidad para el trabajo de la mayoría de sus habitantes.
  • Bellas Artes, a la luz de una tarde de octubre.
  • Todo lo que nos queda del barroco, con un lugar especial para Santo Domingo en Oaxaca y la Capilla del Rosario en Puebla.
  • Los problemas que sí se resuelven, casi sin darnos cuenta.
  • La casi total inexistencia de extremismo político.
  • El espíritu abierto, tolerante, experimentador de millones de jóvenes.
  • La calle de Madero, peatonalizada y revivida.
  • Las tlayudas con asiento en un mercado de Oaxaca.
  • El tozudo idealismo de muchísimos.
  • El misterioso proceso de volverse mexicano, mi hija de diez años, cantando el Himno Nacional, y mi hijo de siete, recorriendo fascinado el Castillo de Chapultepec.
  • El hecho sorprendente de que, a pesar de todas nuestras miserias, somos un pueblo irremediablemente feliz.

Tengan un feliz septiembre. Se lo merecen (como dice el buen Leonardo Curzio).

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