Muchos delitos, pocos delincuentes

Hay de delincuentes a delincuentes. Algunos cometen un delito en una vida, otros acumulan miles por año y varios se ubican en diversos puntos intermedios. El objetivo central de la política criminal debería de ser disuadir, incapacitar y, si se puede, rehabilitar a esos individuos.

27,769,447. Según INEGI, ése es el número total de delitos cometidos en México durante 2012 (Nota: el número se refiere exclusivamente a delitos predatorios, es decir, donde hubo una víctima. No nos dice nada sobre delitos transaccionales, como comercio de drogas, piratería, prostitución). Pasmosa cifra, sin duda, que algunos han interpretado como prueba incontrovertible de la existencia de una enorme industria del crimen. Si hay tanto delito, existe de seguro un ejército infinito de delincuentes, ¿no?

No necesariamente. Consideren lo siguiente:

  • Hay de delincuentes a delincuentes. Algunos cometen un delito en una vida (ej., robarse un bolillo en una panadería), otros acumulan miles por año (ej., un extorsionador telefónico que realiza decenas de llamadas intimidatorias al día) y varios se ubican en diversos puntos intermedios.
  • ¿Cuántos hay de cada tipo? Lo ignoro, pero permítanme un sencillo ejercicio mental.  Vamos a suponer (sin conceder) que cada delincuente comete en promedio un delito por semana. Eso nos daría un total de 52 por año (las referencias internacionales que he encontrado ubican el promedio de delitos por delincuente en un rango de 60 a 190 por año, así que no me parece descabellado el número). Eso significaría que, el año pasado, 534,028 personas cometieron al menos un delito en México (27,769,447 delitos/52).
  • Ese número no es pequeño, pero resulta engañoso. Con alta probabilidad, la repartición de delitos por delincuente no es equitativa: muchos cometen pocos y unos cuantos son responsables de muchos. Asumamos una distribución de Pareto, 80/20. Eso significaría que 106,806 delincuentes cometieron 22,215,558 delitos el año pasado (cuatro por semana en promedio).
  • Aún en ese grupo más pequeño, es probable que haya diferencias notorias. Al fin y al cabo, para un delincuente realmente motivado, cuatro delitos por semana no es gran cosa: un tipo que se sube a asaltar a un microbús en hora pico comete 30 delitos de un jalón (tal como los mide el INEGI, el cual le pregunta a individuos si fueron víctimas de un delito en un periodo específico). Si lo hace una vez cada 15 días, ya acumuló 60 en un mes, 720 en un año. Un extorsionador telefónico que realiza 10 llamadas intimidatorias al día, cinco días a la semana, alcanza la friolera de 2600 delitos por año. Al mismo tiempo, hay carteristas que se roban dos bolsas por semana en el metro. Luego entonces, asumamos de nueva cuenta una  distribución de Pareto. Eso implicaría que 21,361 personas cometieron 17,772,446 delitos el año pasado, casi dos terceras partes del total nacional.
Olvídense del número específico. Los delincuentes intensivos pueden ser 10,000 u 80,000. El punto es que son muy pocos: en cualquier momento dado, no más de unas cuantas decenas de miles son responsables de una inmensa proporción de la actividad delictiva en el país (Nota: no son exactamente los mismos todo el tiempo. Algunos pueden ir a la cárcel, tomarse un descanso, reformarse por la edad). Y no es sólo un asunto de volumen: entre ese grupo muy probablemente se encuentren algunos de los peores criminales, los que secuestran y extorsionan sin reparo, los que torturan y matan sin escrúpulo.

El objetivo central de la política criminal debería de ser disuadir, incapacitar y, si se puede, rehabilitar a esos individuos ¿Cómo hacerlo? Bueno, eso es tema más complicado. Pero, de arranque, nos debería de quedar claro que no estamos lidiando  con un fenómeno masivo, con una multitud inabarcable. El asunto es de foco y se atiende con bisturí, no con mazo.

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