Los refrescos, las farmacias y el futuro de la mariguana

Entre la campaña de las refresqueras en contra del impuesto a las bebidas azucaradas y la estrategia de las farmacéuticas para eludir el control de acceso a los antibióticos, se encuentra la debilidad del Estado mexicano frente a actores privados, su limitada capacidad para imponer y hacer cumplir regulaciones de interés público.

En su columna de ayer, Ciro Gómez Leyva escribió sobre el impuesto al refresco. Según parece, la medida será derrotada en la Cámara de Diputados, a resultas de una campaña de las refresqueras, encabezadas por la Coca Cola, y descrita por Ciro en los siguientes términos:

En vez de actuar soterradamente, fueron a los medios con campañas en favor de la salud, volantearon a través de sus repartidores y sumaron pequeños comerciantes a la campaña “Esta tienda y sus clientes decimos NO a otro impuesto al refresco”. Se defendieron, en fin, como se defiende en una democracia un protagonista acosado.

En la misma página de Milenio, el buen Carlos Puig desmenuzó los subterfugios de las farmacias para darle la vuelta a las restricciones para vender medicamentos controlados:

Las farmacias mexicanas … inventaron los consultorios adyacentes; contrataron a jóvenes doctores, les dieron un sueldo y los pusieron a recibir a quienes llegaban sin receta a pedir una medicina. En algunas cadenas las consultas son de a 25 pesos; en otras, gratuitas.

A unos años de la decisión de controlar los medicamentos con receta resulta que —ahora sí— salió peor el remedio que la enfermedad. Según la última Encuesta Nacional de Salud, en los consultorios de las farmacias 63 por ciento de quienes los visitan sale con una receta de tres o más medicamentos. Solo uno de cada cien sale sin receta. En IMSS, ISSSTE y consultorios privados, ocho de cada cien salen sin medicamento; 51 por ciento sale con tres o más medicamentos.

El hilo que une a esas dos historias es la debilidad del Estado mexicano frente a actores privados, su limitada capacidad para imponer y hacer cumplir regulaciones de interés público.

Ese dato debería de informar el debate sobre el futuro de la mariguana. Si y cuando exista una industria legal del cannabis, van a suceder dos cosas:

  • El sector se va a activar políticamente. Ya organizado, va a hacer todo lo que pueda para derrotar cualquier medida que busque fortalecer el marco regulatorio o tributario de la mariguana (“¡No se metan con mi mota!” suena bien como slogan). Y va a ganar la mayoría de las batallas.
  • Con las regulaciones que sí se establezcan, la industria buscará todos los resquicios posibles para burlarlas en la práctica. Como en el ejemplo citado por Puig, lo más probable es que sean exitosos en el intento.

Ese escenario bien pudiera ser preferible a la prohibición vigente, pero ciertamente no suena muy alentador. En consecuencia, mi humilde sugerencia es que, si se quiere crear un mecanismo de suministro legal de mariguana, se piense en modelos no comerciales. Se me ocurren al menos dos posibilidades:

  • Un modelo cooperativista, a la manera de los clubes sociales de cannabis en España, donde sea legal producir y regalar la sustancia, así como pertenecer a cooperativas de consumidores, pero no venderla (y menos promocionarla).
  • Un monopolio del Estado en todos los eslabones de la cadena productiva. En principio, habría menos incentivo a socavar el marco regulatorio (Nota: menos no es cero. Diversas loterías públicas, por ejemplo, cabildean para debilitar las restricciones a los juegos de azar). Asimismo, en este tema, la ineficiencia proverbial de los monopolios públicos sería un activo: habría mala calidad, poca diversidad, disponibilidad limitada y precios altos (luego entonces, consumo acotado).

La desventaja obvia de esas alternativas es que nadie se haría rico con la mariguana legal. En consecuencia, no van a encontrar muchos patrocinadores fuera de los círculos de activistas (estoy seguro de que a este amigo de Fox no le gustarían). La ventaja es que no partirían de una visión fantasiosa sobre las capacidades regulatorias del Estado mexicano.

Para citar a Mark Kleiman, la mariguana no es suficientemente peligrosa para estar prohibida ni suficientemente segura para ser dejada en manos de los genios de la mercadotecnia y el cabildeo. Menos en un país que no puede controlar el acceso a los antibióticos, incapaz de ganarle una batalla a la Coca Cola, y dotado de una “asombrosa capacidad para pervertirlo todo” (Carlos Puig dixit).

Hay opciones. Explorémoslas.

PD: las opiniones vertidas en este artículo son estrictamente personales y no reflejan necesariamente la postura institucional del IMCO en la materia.

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