Michoacán: ¿esta vez es distinto?

La historia de los últimos siete años en Michoacán invita más al escepticismo que al entusiasmo. Y más si se considera que la presencia federal masiva es insostenible en el tiempo. Tarde que temprano vendrá otra emergencia en otro lado, una erupción de violencia en Guerrero o en Tamaulipas, un huracán en Veracruz, un conflicto social en Oaxaca. Algo que obligue al desplazamiento de tropas.

El operativo federal avanza sobre territorio michoacano. En decenas de municipios sojuzgados por el crimen organizado, se respira otro clima. Los negocios reabren, la economía se reactiva. El gobierno anuncia resultados alentadores: erradicación de plantíos ilegales, decomisos de armas, laboratorios clandestinos desmantelados, detención de lugartenientes y operadores de las bandas criminales. La autoridad recibe aplausos, los comentaristas celebran el acierto.

Panorama estimulante, sin duda. Salvo por un detalle: todo lo anterior sucedió hace siete años. Basta con una somera revisión a la cobertura de medios de la época para registrar la similitud con los acontecimientos de los últimos días. Sí, en los meses iniciales, el primer operativo calderonista  parecía ir funcionando. Sí, en 2007, los homicidios disminuyeron 43% en Michoacán.

Pero luego vino 2008: 130 homicidios más y la necesidad de reforzar el contingente federal (cuarta etapa de la operación, le llamaron). Y luego 2009: michoacanazo, alcaldes y funcionarios a la cárcel (para luego salir libres), doce policías federales torturados y asesinados.

2010: Nazario Moreno presuntamente abatido desde un Blackhawk, la Familia desarticulada,  en proceso irremediable de fragmentación, según se dijo. Miren, hasta se cambiaron el nombre, ahora juegan con yelmos y espadas de utilería. 2011: 1800 policías federales lanzados a la persecución de La Tuta. Y La Tuta haciendo videos y varios alcaldes recibiendo bala.

2013: Michoacán despierta con autodefensas, en conflicto armado, con comunidades sitiadas. La Ruana bajo asedio, Tepalcatepec y Buenavista en insurgencia. Nada de qué preocuparse: había nuevas autoridades, nueva estrategia, coordinación, prevención, inteligencia.

Operación federal en mayo: luce calderonista, pero eso es mera ilusión óptica. El Secretario Osorio aclara que es totalmente diferente, que hay estrategia y objetivos (no dice cuáles), que “hoy no va solamente la estrategia del gobierno federal a imponerse sobre la estrategia estatal sino a trabajar de manera conjunta”. Y sí, en el primer mes, los homicidios dolosos disminuyen 20 por ciento. Desafortunadamente, se duplican en los siguientes 120 días.

Pero, se nos dice, el más reciente operativo, el ordenado en enero de 2014, este sí es distinto de veras. Hay más tropas, casi 10,000 tan sólo en Tierra Caliente. Hay un comisionado federal para coordinar los esfuerzos, chequera abierta para programas de prevención, compromiso para limpiar instituciones. Hay autodefensas en proceso de integración a los cuerpos auxiliares del Ejército o a las policías municipales. Y promesa solemne: nadie se moverá de Michoacán en tanto no se restablezca la paz y la tranquilidad.

Pues tal vez. Pero la historia de los últimos siete años invita más al escepticismo que al entusiasmo. Y más si se considera que la presencia federal masiva es insostenible en el tiempo (seamos francos). Tarde que temprano, vendrá  otra emergencia en otro lado, una erupción de violencia en Guerrero o en Tamaulipas, un huracán en Veracruz, un conflicto social en Oaxaca. Algo que obligue al desplazamiento de tropas.

Y como los federales no van a estar para siempre, se requiere que el gobierno estatal haga algo, que ponga voluntad, dinero y tiempo para limpiar y transformar sus instituciones. Pero eso no lo ha hecho en el pasado, ni con Godoy ni con Vallejo ni con Reyna, ni lo hará en lo inmediato, menos cuando es tratado como algo entre adorno y estorbo por el gobierno federal. Como mínimo, habrá que esperar a que haya elecciones y nuevo gobernador y, tal vez, sólo tal vez, algo de impulso reformador.

Por mientras, mejor como Santo Tomás: hasta no ver, no creer.

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