América Pacheco

Pluma, lápiz y cicuta

Perfil Especialista en Negocios Internacionales, escritora amateur, colaboradora del diario Milenio, La Mosca en la red y Replicante. Sin filiación política debido a su dislexia crónica, amante del chocolate. Sólo desea no morir joven. Síguela en Twitter: @amerikapa

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The master of darkness: Maruo

 

“La censura es indulgente con los cuervos,

pero no da cuartel a las palomas”

William Shakespeare

 

Hace dos semanas tomé el metro en las cercanías de casa de mi madre llevando bajo el brazo una vieja novela gráfica. Parada en el andén noté que un hombre me miraba con curiosidad. No aguantó las ganas de acercarse.

-“¡Hola!, oye ¿dónde conseguiste eso?, nunca había visto una novela de Suehiro Maruo en papel y tinta -dijo señalando mi libro- son inconseguibles, creo que su venta está prohibida en México”.

Me quité los audífonos y respondí que la novela la había comprado en España hacía tres años, que no estaba segura si estaba prohibido su trabajo en México, que intenté pedir algunos ejemplares vía Internet a una distribuidora especializada chilena sin éxito y que precisamente los chilenos me informaron que no está disponible su obra en Latinoamérica. Su rostro denotaba envidia auténtica, mantenía su mirada fija en mi libro. Noté claramente que deseaba pedírmelo para hojearlo. No se atrevió y se despidió de inmediato. Su rumbo era el opuesto. Lo observé alejarse a zancadas apresuradas, mientras me pregunté si realmente la obra de Maruo mantenía el halagador status de “censurado” en alguna parte de este país, del continente americano.

La censura, de acuerdo a la última definición encontrada en el DRAE, es la intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas. 1 En un sentido amplio se considera como supresión de material de comunicación que puede ser considerado ofensivo, dañino o inconveniente para el gobierno o los medios de comunicación según lo determinado por un censor.1. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito. 7. f. Psicol. Vigilancia que ejercen el yo y el superyó sobre el ello, para impedir el acceso a la conciencia de impulsos nocivos para el equilibrio psíquico.

Prohibir. Esconder. Censurar la música, el cine, las artes plásticas, la literatura. Nada nuevo bajo el sol. El ejercicio impune de la prohibición emanada de cerebros sin criterio ha lacerado de forma imperdonable la difusión de las más arriesgadas expresiones artísticas. A mi no me gusta –por citar algunos ejemplos- la música de banda, ni considero que el reggeaton posea las características plásticas del tango o de un baile tradicional huasteco, sin embargo, tienen derecho a existir porque son expresiones humanas, lenguajes de arrabal que gritan marginación, protesta, desencanto y pasión.

Mi encuentro con el hombre del metro me recordó que hace tiempo acudí a una reconocida tienda de comics capitalina, con la intención de comprar una novela gráfica autoría del maestro ilustrador japonés Suehiro Maruo sin éxito alguno. El gerente del establecimiento me explicó que habían sido retiradas de estanterías todas las obras de este autor, porque “las autoridades” prohibieron su venta por su alto contenido violento y sexual. No dio más detalles. Mi búsqueda al día de hoy en librerías en esta ciudad continúa siendo un fracaso, estos libros sólo se consiguen por encargo a Europa.

Reconozco que el arte del ilustrador japonés no es en lo absoluto de fácil digestión. En su fino trazo podemos encontrar las perversiones torcidas que harían palidecer al Marqués de Sade: asesinato, violencia sexual, sadomasoquismo, incesto, genocidio, satanismo, ultraje. Citando a mi querido amigo René González, se diría que incluso, Maruo se ha atrevido a crear algunas aberraciones aún no gestadas por la mente humana por lo que todavía carecen de nombre. Estoy en total acuerdo con René, pero no lo estaré jamás en que se prohíba la distribución del trabajo de un artista de este calibre por considerarlo “material inapropiado”. ¿Quién decide? ¿Bajo qué criterios? ¿Quién vigila el cabal ejercicio de libertad de expresión en terrenos culturales en la Ciudad de México?

Suehiro Maruo nació en la ciudad de Nagasaki, en 1956, exactamente 12 años después de la hecatombre nuclear que fulminó a más de 140 mil seres humanos producto de las heridas, envenenamiento por radiación y quemaduras en las subsecuentes semanas que marcaron el término de la segunda guerra mundial. Pero el horror apenas estaba por comenzar. Diez años después del bombardeo, el pueblo de Nagasaki contempló las gravísimas secuelas del arma letal. Comprendieron que existe algo peor que el genocidio, el omnicidio: la destrucción de todo. Los sobrevivientes comenzaron a presentar síntomas de enfermedades cancerígenas producto de la radiación. Estas personas eran –y siguen siendo- llamadas hibakusha (persona bombardeada). Es deber humano contemplar alguna vez las imágenes aberrantes de los desventurados hibakusha para usar toda la compasión que nuestro espíritu posea y sostenerse sin temor ante el sufrimiento humano en su extremo más quebradizo.

Observando con atención las ilustraciones de Maruo, se pueden reconocer fácilmente a legiones de hibakusha. La maldad humana ejercida sobre otro individuo sin móvil ni castigo. Considero que la principal virtud de todo aquel nacido en Nagasaki es que nunca olvidan. . . y hacen todo lo que en sus manos esté para que el mundo no lo haga jamás. No esconden, muestran su mayor infortunio para que éste no deambule entre sus calles, lo exhiben a quien pueda verlo para no volver a repetir. El perfecto círculo virtuoso.

A diferencia de USA (que escondió la memoria gráfica del oprobio hasta mediados de la década de los noventas) Japón decidió que su pueblo jamás sufriría una tragedia similar. Tomó el camino de la enseñanza, el de la educación, para mostrársela sin pudor a cada niño nacido en la ciudad. En 1954 erigieron un conmovedor museo llamado “Museo Memorial de la Paz de Nagasaki” al que cada 6 de agosto conmemoran el día anual de la paz. Todos los niños, adolescentes, habitantes y sobrevivientes de la ciudad, acuden con solemnidad a uno de los días más importantes de su vida. Lo repiten cada año. A los niños de la más temprana edad se les muestra el material gráfico, audiovisual y al que en occidente tenemos acceso restringido, para que rindan respeto por las cenizas de las anónimas víctimas del horror. Uno de estos niños era Suehiro Maruo.

Su obra –considerada de culto en todo el mundo-  muestra a través de un onírico lenguaje el hoyo profundo en el que chapalean los terribles, en el que se hunden los inocentes; en la sinrazón de la maldad, en lo inacabable de una pena. ¡Que el mundo mire, se horrorice, se maraville! -parecen murmurar sus viñetas-, el arte siempre será el mejor conductor e ideal vehículo del entendimiento humano.  No puede –ni debe- existir cabida a la censura, no como las mentes diminutas lo conciben. No hay temor de desgarrar inocencias infantiles. ¿El resultado? viven en una sociedad que se distingue como pocas a causa de su orden, índices de criminalidad sorprendentemente bajos, por ser modelo de perseverancia e incansables promotores dela paz y empatía por el dolor humano.

El arte en cualquiera de sus expresiones -esto incluye las que nos parezcan lo contrario- sirve para enriquecer el espíritu, así como para dotarlo de sensibilidad sobre el pensamiento de otras almas, de otros temores. Enseña las partituras de sinfonías desconocidas. La maldad no está en los objetos, la música soez o en las obras de arte; en donde sí reside es en la hipocresía, en las apariencias que guardan un tufo rancio y grotesco. La principal preocupación de las autoridades de cultura, deberían de estar enfocadas en que cada niño de este país tenga acceso a la creación, al conocimiento, al desarrollo oportuno de cualquiera de las bellas artes, abriéndoles generosos caminos.

Es patético constatar que vivimos rodeados de gente carente de sentido común y sensibilidad artística, que desde sus trincheras de poder gozan intimidando y ejerciendo censura, mostrando con su ineptitud e ignorancia, que ellos son el verdadero cáncer de nuestra sociedad. Nuestra maldita bomba atómica.

El novelista japonés Hiroshi Aramata resume contundente en el prólogo a “La sonrisa del vampiro”, que nos encontramos muy lejos de entender, creer y valorar la obra de uno de los más grandes realizadores de la ilustración del mundo moderno:

“Seguramente llegará el día en el que también Suehiro Mario gracias a “La Sonrisa del vampiro”, obtenga el reconocimiento que merece por haber revolucionado unos campos tan largamente olvidados como son el mundo de las vanguardias de lo absurdo y de la literatura del proletariado. Desde este punto de vista, es innegable que Suehiro Maro es un dibujante de cómic de auténtico grand Guignol. Aunque ello a actualmente un peligro en el mismo sentido en el que, en el pasado, usaron consideradas también las novelas de temática socialista.”

Por mi parte, deseo contribuir con esta humilde semblanza de la obra de Suehiro san, porque de alguna manera u otra, escribir es lo más cercano a gritar, y gritando hasta quedarse sin voz, es el mejor recurso que conozco para que los necios volteen a verte y quizá, con un poco de suerte escuchen.

¡Salud por el maestro, pues!

 

América Pacheco.

 

* Imágenes cortesía de Suehiro Maruo & @GaboGalicia.

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