The Man in the High Castle

¿Cómo transitaría el destino del hombre libre si los alemanes y japoneses hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? Juliana, Joe, Frank y Tagomi lo saben.

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Abordar una obra maestra y dotarla de imaginación se antoja una encomienda incómoda de cargar a cuestas para cualquiera. Sin embargo, adaptar a la pantalla chica la enorme novela de Philip K. Dick The Man in the high Castle pero respondes a los nombres de Frank Spotnitz (The X Files) o Ridley Scott (The Master Himself), seguramente sabes, en lo profundo del cuenco viscoso en el que habita tu corazón, que el mundo agradecerá el fruto del esfuerzo. Sea cual este sea.

Llegué un año tarde -como a todo en la vida- a la serie realizada por Amazon Studios en 2015, durante mi invernación de 2016. La encontré en uno de esos sitios a los que los mortales de medio pelo solemos buscar las rarezas que nuestro cochino dinero se niega comprar. Mientras ustedes leen estas líneas, se han transmitido 20 capítulos que corresponden a 2 temporadas completas.

La novela del extraordinario escritor estadounidense de ciencia ficción Phillip K. Dick narra con verosimilitud y congruencia esta aterradora ucronía: ¿Cómo transitaría el destino del hombre libre si los alemanes y japoneses hubieran ganado la segunda guerra mundial? Una ucronía significa la reconstrucción histórica de un hecho construida lógicamente basada en hechos posibles, pero que no han sucedido realmente.

La novela The man in the high castle nos cuenta la historia de sobrevivencia de Juliana, Joe, Frank y Tagomi en un mundo en el que el Tercer Reich ha extendido su poderoso imperio de mil años. Han pasado 20 años desde que las potencias del eje hicieron sucumbir a los aliados. Los alemanes desarrollaron antes que Estados Unidos la bomba y obtuvieron con ello, además de victoria bélica, la supremacía económica y moral del orbe.

Estados Unidos no existe. Japón y Alemania se repartieron el territorio del otrora país poseedor de la vanguardia y el progreso, para reducirlo a un simple botín de guerra dividido en tres zonas: las costas del Atlántico y del Pacífico (ocupadas por alemanes y japoneses, respectivamente) y la Zona Neutral (el limbo existente entre estas dos esferas de influencia política y social). Adolf Hitler -incapacitado por sífilis cerebral-, cede a Martin Bormann las riendas del Tercer Reich. Los nazis han diseminado su imperio causando genocidios a mansalva de judíos y razas no consideradas puras (a los norteamericanos les tomó doscientos años exterminar a los aborígenes, mientras los alemanes lograron en menos de 15 años lo mismo en África) Sus avances en la colonización de la Luna, Venus y Marte han llevado al hombre a la evolución científica sin precedentes, así como en campos agrícolas, industriales y nucleares. Mientras tanto, en los oscuros pasillos de la clandestinidad, circula la incendiaria novela del escritor Hawthorne Abendsen: The Grasshopper Lies Heavy, obra que detalla un mundo en el que los aliados obtuvieron la victoria en la Segunda Guerra. Un mundo ucrónico e irreal donde aún existe el jazz.

La serie escrita -en la mayoría de sus capítulos- por Frank Spotnitz se toma arriesgadas licencias creativas al mostrar al espectador la misma premisa, pero colocando a Abendsen como el artífice de films aparentemente propogandísticos todos ellos con el mismo título: The Grasshopper Lies Heavy que no son otra cosa más que documentales con nexos análogos a un mundo que es el nuestro. Y que no deja de ser aterrador.

Sieg Hail, America!

Los nazis establecieron el orden mundial y utilizaron la bomba de hidrógeno. Inventaron cohetes o “reactores” para realizar viajes lo suficientemente rápidos por todo el mundo, como para visitar Berlín y regresar a casa antes del almuerzo. El mundo bajo el dominio nazi no dista mucho del que nos arropa, a diferencia que en el concebido por P. K. Dick el progreso social y tecnológico marchan impecables. Precisos. No existe el hambre, la pobreza o la enfermedad. La supremacía aria logró el mérito de construir un imperio compartido a regañadientes con el imperio nipón.

El despliegue de la simbología nazi en cada avenida, monumento, edificio o porche de suburbio neoyorquino, es allende a la propaganda patriótica del Tío Sam, y lo peor: la emparenta al patriotismo desmesurado yanqui. La saturación de suásticas en Time Square de la serie producida por el enorme Ridley Scott simboliza el otro lado de la moneda a los festejos del cuatro de julio. La Alemania avergonzada del siglo XXI en donde no ha sido bautizado un niño con el nombre de Adolf en más de treinta años y en la que balbucear en voz alta «Sieg Heil» (Eterna victoria / Salve Hitler) se castiga con tres años de prisión no tiene cabida en el fascismo absolutista y pacífico que hizo desaparecer las estrellas de la bandera norteamericana y que sustituyeron al dólar por marcos y yenes. Las juventudes hitlerianas nutren el futuro de la humanidad con la promesa de un mañana mejor a la par que los chicos nacidos bajo circunstancias desventuradas (enfermedades crónicas o congénitas, defectos físicos o invalidez, son condenados a las cámaras de gas, sin que nadie oponga resistencia).

Realidades alternativas / Divisiones cósmicas

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El mayor acierto de The man in the high castle es sin duda, la bifurcación de tiempo y espacio que el autor concedió al personaje más entrañable de todos: Nobosuke Tagomi (el siempre extraordinario Cary-Hiroyuki Tagawa). Diplomático japonés devoto de la sabiduría milenaria del I Ching, quien gracias a un desarrollo espiritual con el poder de cambiar el rumbo de la especie logra cruzar las divisiones metafísicas entre la realidad y las pesadillas para documentar los errores de la humanidad y aprender de ellos. Los viajes entre realidades paralelas de Tagomi exhiben a la nación estadounidense como al tirano autoritario con la capacidad de aniquilar porciones de civilizaciones a cambio de petróleo o supremacía económica. En ocasiones los nazis parecen villanos de opereta comparados a otros villanos desalmados de la talla de Kissinger.

Los estoicos héroes de la serie cometen crímenes bestiales movidos por la venganza de sus tragedias personales, mientras los escalofriantes villanos tuercen su moral fascista con el afán de evitar la tercera guerra mundial y con ello, salvar millones de vidas. La premisa de la bomba como el agente mortífero al cual se debe vencer, anular, se desdibuja, se torna inocuo frente al gélido corazón de los rebeldes que luchan sin tregua para derrocar al nazi, aunque para lograrlo tengan que convertirse en algo peor que ellos. Mucho peor.

Los saltos cuánticos de Tagomi nos permiten entender que la opresión del individuo libre no es bajo ningún ángulo exclusividad del fascismo. Lo es en cada rincón del mundo donde se le permita a la tiranía –sea cual sea el origen de su doctrina- tomar el control, tomar con dedos enfermos de avaricia el destino de la humanidad.

Eso nos enseña Phillip K. Dick en la piel y huesos de Nobosuke Tagomi, en sus viajes en el tiempo. Nuestro tiempo.

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@amerikapa

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