Por: Ximena Andión Ibáñez, Directora de Desarrollo Estratégico de GIRE
“Santa Tejerina es la que sana los días de la perpetua reclusión
de los que siempre pagan para que otros hagan
de una vida un gran dolor.
Vamos a bailar que yo ya te perdoné
aunque nos quemen en la hoguera como fue una vez…”
Así dice la canción compuesta por León Gieco a Romina Tejerina, condenada a 14 años de prisión por el asesinato de su hija recién nacida. El embarazo era producto de una violación. El día de su cumpleaños número 29 y tras pasar nueve años en prisión, Romina fue finalmente liberada. Muchos la siguen condenando y otros tantos entienden la tragedia que arrasó su vida.
La historia de Romina Tejerina comienza, o quizás termina, una tarde de agosto del año 2003, cuando fue a recoger a su hermana a un salón de baile en San Pedro, San Salvador Jujuy, de donde era residente. Afuera de ese lugar fue atacada y violada por un hombre identificado después como Eduardo Vargas, un comerciante y hermano de un policía de la zona.
Romina denunció la violación y se enfrentó, en ese lugar donde esperaba encontrar justicia, con barreras construidas con estigmas y estereotipos de género, con actitudes discriminatorias por parte de las autoridades quienes llegaron incluso a justificar esta situación argumentando que “usaba minifaldas, salía a bailar y se peleaba con los padres”. Lejos de encontrar justicia, fue culpada una y otra vez de lo ocurrido. Fue expuesta y revictimizada. Su palabra no fue suficiente para que se le creyera.
El agresor, Eduardo Vargas, declaró que había mantenido una “relación sentimental” con Romina, cuestión que ella negó de manera tajante. Estuvo preso sólo 23 días y fue absuelto por un juez.
Casi siete meses después del ataque, Romina dio a luz a una bebé en el inodoro del baño de la casa que compartía con dos de sus hermanas. Tras el nacimiento, ella colocó a la bebé en una caja de cartón con tapa y luego le dio 20 puñaladas. Aún con vida, la bebé fue traslada a un hospital donde falleció.
Romina había ocultado todo el proceso del embarazo a su familia por la vergüenza que le generaba. Se amarraba con fajas para ocultar su vientre y no fue sino hasta el parto que su familia supo del embarazo. Según relató Romina “… parí a mi bebé en el baño de mi casa y vi la cara del violador”.
Tras estos acontecimientos, se inició un proceso penal en contra de Romina. La Fiscalía pedía cadena perpetua, mientras que la Defensa solicitaba su absolución argumentando que la joven “había tenido un brote psicótico”, producto de la violación que había sufrido, y que a raíz del trauma que le había generado esa violación había matado a su bebé.
Finalmente en junio del año 2005, el tribunal argentino considerando algunos “atenuantes” de responsabilidad, condenó por unanimidad a Romina a 14 años de prisión por “homicidio calificado por el vínculo”.
Los abogados y la familia apelaron esta decisión ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sin embargo la Corte ratificó la sentencia. Todo el peso de la justicia cayó sobre ella sin que el sistema y la sociedad se pusieran a pensar qué es lo que habían hecho mal. El sistema de justicia que le había dado la espalda durante la violación sexual que sufrió ahora la quemaba en la hoguera. Nadie, ni el sistema de justicia ni la sociedad se pararon un instante a pensar qué había orillado a esta joven a cometer un acto de esta naturaleza.
Tras nueve años en prisión, durante los cuales estudió la secundaria, Romina consiguió un beneficio de libertad anticipada por su buena conducta. El día que fue puesta en libertad, la esperaban a la salida del penal sus familiares y agrupaciones de derechos de las mujeres que la estuvieron apoyando durante todo este tiempo. Pero también la esperaban personas que le gritaron cosas como: “Asesina, vos no podés estar el libertad. Debes volver a la cárcel”. Al escuchar estas agresiones, Romina le dijo a su hermana que no sabía por qué habían conseguido su libertad y que quería volver a la cárcel.
La sociedad y el Estado lavaron sus culpas condenando a Romina no sólo a prisión sino, peor aún, al rechazo social y el aislamiento. La miran con reproche, se horrorizan ante el asesinato que cometió, pero me pregunto si alguna vez se cuestionó la responsabilidad que tiene el Estado ante una violación sexual que no fue investigada, ante una maternidad que fue impuesta.
¿Por qué la sociedad no se horroriza de la misma forma frente a una violación sexual que quedó en la impunidad? ¿No hubiera sido más fácil brindarle anticoncepción de emergencia para prevenir un embarazo producto de una violación o incluso practicarle un aborto en edad gestacional temprana? Todo esto le fue negado. La ignorancia y la vergüenza que sentía Romina frente a la violación sexual y la forma en la que fue tratada durante la investigación de dicha violación, provocó que no buscara ayuda y se sintiera culpable de lo que le pasó.
Su hermana lo expresó muy bien al decir que “la cara de Romina es la cara visible del dolor que les toca vivir a muchas mujeres”. Ahora está en libertad, pero preferiría estar en la cárcel donde no estaba expuesta a la inquisición social. “En este tipo de situaciones uno busca el amparo del otro, el acercamiento al otro, el compartir con el otro y dar cuenta y comprender esta situación, que no es un problema de uno, sino que es un problema de todos”, dice también su hermana.
Un problema de todos y todas que no se entiende de esa forma. Una historia que deja huellas y marcas, que debería hacernos reflexionar como sociedad en lugar de sólo generar reproche. León Gieco fue acusado de apología del delito por la canción que dedicó a Tejerina y la sociedad parece descansar tranquila porque la “mala mujer” fue condenada a prisión, y para ella no hay perdón.

