La saga IMSS (Capítulo 1)

Kinshasa, 15 de abril de 2011.

 

Como le anuncié la semana pasada, el lunes tuve que apersonarme en las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en respuesta a un citatorio enviado a mi empleador por la Coordinación de Investigación y Asuntos de Defraudación de la Dirección Jurídica de dicho Instituto. Nada más llegar, supe que se trataba de un asunto gordo, gordo, gordo, pues en la recepción de inmediato adivinaron que la representante legal y la Directora de Recursos Humanos de mi empleador, además de esta trabajadora, íbamos al 6º piso. Aparentemente, ya habían acudido muchas personas más para el mismo tema.

Una vez en el susodicho 6º piso, esperamos un rato, pero nada grave, querido lector, pues no fueron las horas muertas ni mucho menos. Al cabo de unos 15 minutos nos atendió una persona muy amable que, para grata sorpresa mía, no pretendía acusarme de delito alguno, sino corroborar, como era su sospecha, que yo no tenía nada que ver en lo que finalmente sí es un fraude cometido contra el IMSS.

Y aquí es donde empieza una historia que no sé si calificar como de terror o no, pero sin duda es algo que ha enriquecido mi de por sí exótica biografía. Le cuento: atraparon en un “operativo” (los niños pequeños del presente y del futuro en este país aprenderán las sílabas con palabras como ésta y otras como “narcobloqueo”, “retén” y “fosa”) a sabe Dios quién con una libretita. En dicha libretita venían varios nombres y números de seguridad social de empleados que, como yo, están dados de alta en el IMSS con un sueldo topado. Al descubrir esto, empezaron una investigación. Sí, sí, querido lector: como el burro que tocó la flauta se toparon con la primera pista para ir desenmarañando este fraude millonario.

El caso es que, a juzgar por el expediente que me mostraron y que fui revisando palmo a palmo con los ojos desorbitados, aparentemente el modus operandi es el siguiente: alguien dentro del IMSS que puede ver en la computadora los nombres, números de seguridad social, sueldo, CURP y clínica de adscripción de incautos como yo optó por vender la información a un grupo de fascinerosos. La gente que recibió esta información es una banda de profesionales que sabe cómo manipular al sistema para pedir incapacidades y luego cobrarlas.

En mi caso particular, con los datos que obtuvieron del sistema y que les vendió alguien que labora en el IMSS y tiene muy poca ética –vea para qué nos sirve la informatización en este país, querido lector– solicitaron en mi nombre a mi clínica de adscripción que enviaran mi expediente a otra clínica, ésta ubicada en Tlalnepantla de Baz, en el Estado de México. Obviamente, mi clínica de adscripción nos salió eficientísima y mandó el mentado expediente sin decir agua va ni ratificar que era yo mera quien pedía dicho cambio. Para eso les sirve tener mi dirección y teléfono y saber cuántos focos tengo en mi casa…

También valiéndose de mi nombre y de mi número de seguridad social, la persona que se hizo pasar por mí registró a sus padres como beneficiarios. Eso sí: su madre (porque aparentemente tiene una) se llama Obdulia Pérez González (nombre hipotético, porque no me acuerdo del que realmente pusieron) y el padre algo así como Antonio López Sánchez. Nadie en la nueva clínica se percató de que la tal Érika Ruiz Sandoval no compartía apellidos con la señora Obdulia o el señor Antonio… Así que, como era de esperarse, los registraron como padres dependientes de la Érika apócrifa.

En mi nueva encarnación y ahora que vivo en Tlalnepantla de Baz, resulta que estudié sólo la Licenciatura y me desempeño como “Jefe Administrativo” en el templo del saber que me emplea. Y pensar que me dejan dar clase en la Licenciatura… Ah, además, mido 1.50 m y soy una morenaza de fuego (¡por fin me hizo justicia la revolución y me pueden cantar boleros dedicados a mis ojos negros!). Inicié mi vida sexual a los 15 años (precoz la chamaca) y, sorpresa de sorpresas, tengo dos hijos: ya decía yo que por eso el sueldo no me rinde, porque, además, los dos chamacos son de padre desconocido. Lástima que vivo en el Edomex porque no puedo solicitar el apoyo a madres solteras que da el buen Marcelito. Infelizmente, soy una madre tan desnaturalizada que no sé si son niños o niñas, y el condenado expediente no lo dice.

Pero para que vea, querido lector, cuán chucha cuerera soy, me fui prácticamente tres meses de incapacidad por maternidad a los 3 días de haber iniciado labores en mi centro de trabajo. Si le digo que soy listísima… Eso sí: me fue fatal en el parto de mi segundo hijo, motivo por el cual me embolsé prácticamente 90 mil pesos. Imagínese que primero lo parí vía vaginal con episiotomía y supongo que luego me volvieron a introducir al chamaco, porque acto seguido lo parí con cesárea.

¡Vaya historia! Nunca nadie se dio cuenta de que todo esto era una incoherencia. Nunca nadie llamó a mi empleador, antes de pagar las incapacidades, para preguntar si de verdad trabajaba yo ahí y si estaba a punto de parir cuando me emplearon. Al final, según me explican, yo no tengo que hacer más nada, salvo ir a ratificar mi denuncia frente al Ministerio Público y decir que no soy yo la que se cambió de domicilio, que tampoco solicité mi cambio de clínica, que no he estado embarazada, que no cobré las incapacidades mencionadas y que el número de IFE que presentaron no corresponde a mi propia credencial. Tampoco conozco ni a Obdulia ni a Antonio y, desde luego, no son mis padres.

¿Cómo va a ser eficiente el servicio del IMSS si así están las cosas? ¿Cómo van a tener fondos si se permiten estas operaciones? En lo que averiguaba yo todo esto me enteré de más corruptelas que se hacen contra el IMSS: la gente que se roba blocs de incapacidades y cobra hasta 250 días en dos años por dizque enfermedad; los que se apersonan en clínicas que no les corresponden por domicilio, valiéndose de un comprobante de domicilio prestado y nadie les dice nada, aunque no coincida la dirección manifestada con la de su credencial del IFE; incapacidades que se otorgan por un día, aunque el paciente no pueda ni caminar…

Siempre he dicho que es dificilísimo vivir en México y tener TODOS los papeles en regla. Pero muchas veces creo que lo que nos pasa es que nos sobra cara dura y nos falta sentido común. Me parece que el fraude que cometieron contra el IMSS y en el que acabé involucrada sin deberla ni temerla pudo haberse evitado, ya no sólo si la gente que trabaja dentro del IMSS tiene la suficiente ética como para no lucrar con información que debería ser confidencial, sino estando alerta en cada paso del proceso. Cuando menos, antes de pagar una incapacidad, deberían contactar al empleador, digo yo, para corroborar que la persona existe y que merece dicha incapacidad.

Pobre IMSS y pobre país. A este paso, no hay manera de salir del agujero. Y que conste que ahora sí no hay a quién echarle la culpa: ni es la globalización ni son los gringos ni son las drogas ni son los marcianos. Somos todos. Por cierto, ¿ya checó que sigue usted adscrito en la clínica que le corresponde y que sus datos están a salvo? Yo ya namás digo que ¡qué necesidad tengo yo!

 

EsotÉrika

 

1.   Esta semana me tocó entrevistar a más “suspirantes” a una Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. No creo que me traicione la memoria ni que me gane la pasión cuando le aseguro, querido lector, que cuando yo fui a mi entrevista para ingresar a la licenciatura no era así. Los jóvenes que, en principio, son lo mejor del país, vienen sin ganas, sin ambición y todo les da igual. Son guangos, pues. Realmente no saben qué quieren; están atravesados por disyuntivas del tipo “Ciencia Política o Cocina Internacional” y la mitad de las cosas les generan “conflicto”. Se confiesan antisistema, pero su aspiración es trabajar en el gobierno, aunque no hayan leído nada sobre la reforma política o las discusiones sobre la reelección. Cinco de diez se ven haciendo una carrera política, pero no les convence ninguno de los partidos existentes y desean formar uno que combine “lo mejor de la izquierda con lo mejor de la derecha, y pues sería de centro” (¡á-ni-mas!). No militan en partidos ni organizaciones juveniles, no hacen labor social, no pertenecen a grupo o club alguno, y les gusta cenar en casa de sus amigos. Les gustan los profesores del h. Centro de investigación porque los ven en la tele (síndrome de Canal de las Estrellas). Lo único que alcanzan a decir sobre la parte internacional es que “vivimos en un mundo globalizado”. ¿Sabrán qué quieren decir con eso? Si le digo la verdad, querido lector, estoy preocupada.

 

2.   Mis alumnos insisten con que les “rentan” libros en la biblioteca del h. Centro de investigación. ¿Por qué la fijación con el videoclub? ¿O será acaso que sí les piden dinero o, peor aún, otra cosa a cambio de los libros? Érika sufre.

 

3.   Mis alumnos también me preguntan que por quién votaré en 2012. Les digo que falta mucho tiempo e, infelizmente, también faltan muchos escándalos y muchos gritos de “¡esto es el colmo!” antes de que podamos decantarnos por alguno de los candidatos. Pero me topé con este video y sería bueno que lo fuéramos revisando con el dichoso 2012 en mente: http://www.youtube.com/watch?v=UtTW72F8xo0&feature=email

 

Palabrotas

 

pánfilo, la.

(Del lat. Pamphĭlus, n. p., y este del gr. πάμφιλος, bondadoso).

 

1. adj. Cándido, bobalicón, tardo en el obrar. U. t. c. s.

2. m. desus. Juego de burla que consistía en apagar una cerilla con que querían quemar a uno, y el apagarla había de ser soplando y pronunciando a un tiempo la palabra pánfilo.

 

Ejemplo: A veces me parece que los miembros del gabinete de Felipe Calderón nos creen unos pánfilos cuando declaran que el gobierno va ganando la guerra contra el narco, que se vive bien con seis mil pesos o que éste es el sexenio del empleo.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed.

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