La saga IMSS (Capítulo 2)

Kinshasa, 13 de mayo de 2011.

 

Hace aproximadamente un mes, le conté que tuve que ir a las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en respuesta a un citatorio enviado a mi empleador por la Coordinación de Investigación y Asuntos de Defraudación de la Dirección Jurídica de dicho Instituto. En aquella ocasión, me enteré de que alguien, que no soy yo, pues mide 1.50 m, es morena y vive en el Estado de México había utilizado mi nombre, número de seguridad social y CURP para cobrar dos incapacidades por maternidad por un monto aproximado de 90,000 pesos, en un claro fraude contra el IMSS.

La semana pasada llegó un nuevo citatorio a mi empleador. En este caso, provenía de la Delegación en el Distrito Federal de la Procuraduría General de la República. El texto es una maravilla. De hecho, he pensado en enmarcarlo. Me gusta particularmente la sección en la que dice que el Apoderado Legal de la Empresa (no saben que yo trabajo en un templo del saber) debe “presentar a la C. ERIKA RUIZ SANDOVAL”. Caramba… Uno que trabaja tanto en su autoestima para que lo dejen en categoría de copia de la credencial del IFE… El propósito de que me llevaran a “presentar” (no, no es como se lo está imaginando, con aquello del “mucho gusto” y demás, sino que me presentaron como prueba) era que recabaran mi declaración ministerial en relación a los hechos denunciados (el robo de mi identidad en el caso IMSS).

Afortunadamente, tanto la Apoderada Legal como la Directora de Recursos Humanos de este h. templo del saber son una maravilla tecnológica: listas, simpáticas, eficientes y con un espíritu inquebrantable. De veras que, de no ser por ellas, toda esta saga sería un verdadero vía crucis. Claro, esto no le quita la naturaleza de expedición punitiva primero en los vericuetos administrativos del IMSS y ahora en los de naturaleza judicial en la PGR.

Resulta que hubo que apersonarse en la Subdelegación Zona Centro. Si no sabe dónde es eso, pues resulta que es la Colonia San Salvador Xochimanca, esquina con donde dios perdió el jorongo. Yo, como siempre, llegué una hora antes y entonces sí me enfrenté al típico dilema mexicano de “¿y ‘ora?”. Esto fue porque el amable policía de la entrada (chaleco antibalas y metralleta calada incluidos) me dijo que no podía pasar hasta que fuera la hora de mi citatorio. Así las cosas, me di a la tarea de explorar dónde meterme mientras tanto, porque a media calle no me parecía seguro quedarme. Le juro, querido lector, que vi a una lagartija con navaja y me pareció ver a dos hormigas karatecas.

Al parecer, tenía dos opciones: un “restaurante” y una cocina económica. Me dirigí primero al restaurante. Conforme me iba acercando, sonaba la música a todo tren. De repente, me asomé por la ventana y ¡zas! El local estaba lleno de tubos para el baile, así que consideré que no era pertinente que yo ingresara a ese sitio a las 11 am con mi libro sobre el futuro de las Relaciones Internacionales. ¿Qué tal que me confunden y piensan que lo de “international affairs” es realmente un manual de cómo armar redes de trata de blancas?

Así las cosas, tuve que dirigirme a la cocina económica. Al entrar me di cuenta de que había unas mesas y que me podía sentar a esperar allí. Segura de que no me podría quedar allí sin consumir, le pregunté a la señora que preparaba una batea de arroz con chícharos qué era lo que tenía ahí. Con infinito desprecio, y mire, querido lector, que yo le puse mi cara de “soy linda, quiérame”, me gritó: “¡Gordas!” “¿De chicharrón?”, pregunté. “Sí”. Hay veces que hay que sacrificarse así que me pedí la gorda de chicharrón para esperar.

Finalmente, a las 12 hrs., entramos la Apoderada Legal y yo a las instalaciones de la PGR. Nos llevaron a la oficina de la h. h. h. licenciada que firmaba el citatorio, la cual es una mujer joven, “estilosa”, que portaba prendas propias para el calor, pero no sé si para una oficina de esta naturaleza: pequeña, oscura, llena de papel y en San Salvador Xochimanca.

Ahí me enteré de que el caso es gigantesco. Hay, cuando menos, cuatro expedientes de 500 hojas cada uno, con las declaraciones realizadas en el IMSS por mí y por otros que, como yo, tienen robada la identidad. Si piensa que cada declaración es de dos hojas, imagínese cuántos son los afectados. Cuando pregunté si ya habían cuantificado el fraude, me dijeron que no, pero que sin duda era millonario.

Como era de esperarse, acá las cosas no fluyeron igual que en el IMSS. No mentiré, pues no me pidieron el zapatito cobrizado, mi primer diente, un mechón de pelo o la pulsera original del hospital, pero sí pidieron cosas que no estaban en el citatorio: mis recibos de pago originales (en esta era electrónica y sin papel habrá que parir chayotes para entregarlos) y las “listas de asistencia”. Le digo, querido lector: alguien se empeña en que yo baje de mi nube en la que me dedico a la contemplación del universo… Hubo que explicar que no, no checo tarjeta.

De ahí me mandaron a rendir exactamente la misma declaración que ya había yo dado en el IMSS. Eso sí, esta vez con una señorita secretaria muy amable que, además, me dejó corregir el documento con su pluma Bic, adornada por una rosa de raso. El mejor momento fue cuando me pidió la dirección y, por costumbre, empecé a dar la de mi domicilio particular. De inmediato me interrumpió y me dijo: “No, no me dé la de su domicilio… Si ya ve con los datos que tienen de usted lo que hacen, imagínese si queda asentada aquí su verdadera dirección”. Zas. Es bueno que me lo haya dicho, pero pensar que no le puedo dar mi dirección a la PGR porque corre peligro mi integridad física es, por lo menos, grave.

Nos tomó un rato más que se acabara de elaborar la declaración de la Apoderada Legal, que sacaran fotocopias de nuestras identificaciones y que esta pobre licenciada se pudiera concentrar en concluir la diligencia conmigo, pues tiene mil y un cosas más que atender. Entre otras, un caso idéntico al mío pero en el que la persona que fue llamada a presentarse no quiso hacerlo. La licenciada montó en cólera divina y mandó a que la trajera una patrulla judicial. Ay nana… Qué bueno que yo sí coopero cuando me citan instituciones oficiales… No quiero ni imaginar qué se siente que te busquen en tu domicilio particular los agentes de la policía judicial.

En lo que esperábamos, pude observar que todas las instalaciones son precarias, que los expedientes están mal compilados, que se escuchan hasta 5 estaciones de radio distintas en apenas 4 metros cuadrados, que se sigue comiendo el pambazo en el escritorio (como salía en Qué nos pasa, ¿se acuerda?) y que, en general, estas instalaciones son para deprimir a cualquiera. ¿Es la mala calidad de la justicia lo que afecta lo demás o es lo demás lo que deriva en la mala calidad de la justicia? No lo sé, pero qué depresión. Eso sí: la licenciada tiene como fondo de pantalla la foto de William Levy… Supongo que tiene que haber algo en su día, que va de 9 am a 9 pm con 3 horas para comer, que le haga sonreír.

Salimos de ahí casi hora y media después de haber entrado. Amablemente, mis compañeras de aventura me acercaron a un sitio de taxis. Primero fui a dar al del Parque de La China, donde dicen que terminaba sus borracheras José José y, dicho y hecho, hay una estatua del “Príncipe de la Canción”. Como no hubo taxi ahí, fui a dar al Parque de los Vagos y ahí conseguí un taxi.

El viaje de vuelta a mis rumbos fue largo y en todo el trayecto oí de boca del taxista cuanta historia de terror se pueda imaginar, del tipo “Sí, en ese parque luego violan. El otro día había una muchacha a la que querían violar unos tipos, pero llegó la patrulla y se fueron. Claro, al final la violaron los patrulleros”… A veces, Kinshasa es tan cruel…

Creo que con esto termina mi participación en la “saga IMSS”, o al menos eso espero. Lo que sí me queda claro es que esto es apenas el principio para el pobre Instituto y habrá que ver cuánto dinero le sacaron con este fraude. Son de esas veces en que uno puede tocar con  las manos el deterioro de México, la corrupción y lo difícil que se vuelve todo para quien intenta vivir su vida sin perjudicar a los demás. ¡Qué necesidad tengo yo!

 

EsotÉrika

1.   Como sabe, si me lee con asiduidad, estuve de viaje en Canadá. Bastó aterrizar en Kinshasa para dejar atrás el aire fresco de los bosques de Waterloo y enfrentarme a la pestilencia. Con el calor, esta ciudad huele fatal. Y la calidad del aire es… Uf… Eso sí: debo reconocerle a Kinshasa que, al menos en mi caso, se comportó bien el 10 de mayo. Nada de atascos y fui muy feliz. ¿Será que sí tenía algo que celebrar?

2.   Cuando estuve en Canadá, en el hotel no pasó mi tarjeta de crédito platino. Pensé que era como de costumbre: salgo de viaje, mi viaje considera mis operaciones en el exterior como sospechosas, y no me autorizan gasto alguno, cosa que me fastidia enormemente y, sin duda, vuelve inútil a una tarjeta internacional. Cuando volví al h. país, resulta que tenía yo un nuevo plástico esperándome… Muy raro todo. Llamé al banco y, oh, sorpresa: mientras yo volaba hacia Canadá, alguien intentó compras por hasta 30,000 pesos en Morelia, Michoacán. ¿Ya ve, querido lector? Si no me roban la identidad y el número de seguridad social, me clonan la tarjeta. Y luego mi médico me pregunta que si estoy estresada… ¿Usted qué cree?

3.   Un grupo de entusiastas y brillantes alumnos organizaron el evento “Diversidad CIDE 2011”. No puedo más que celebrar la iniciativa. Éstas son las cosas que me devuelven la fe y el único camino que veo para sacar a este buey de la barranca. Tuve el placer de encabezar un taller de las muchas mesas redondas y talleres que comprendieron estos tres días de discusiones francas, abiertas, sin tapujos y de a de veras sobre la diversidad de nuestra sociedad en todas sus acepciones. ¡Bien por la iniciativa, bien por la discusión y bien por esta juventud que no tiene telarañas mentales! Gracias, Mauricio Ochoa.

 

Palabrotas

mesalina.

(Por alus. a Mesalina, esposa de Claudio, emperador romano).

 

1. f. Mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas.

Ejemplo: En el Taller de Diversidad Lingüística hablamos de las mesalinas.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed., (DE, 13 de mayo, 2011).

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