La peor violencia aún está por venir

No hay compromiso político en México con las lecciones modernas para reducir la violencia. La clase política en este país no cree en el paradigma de la prevención social y comunitaria del delito y la violencia.

“Por mucho tiempo, la lógica parecía irrefutable: el crimen y la violencia históricamente se creían síntomas de las fases iniciales del desarrollo de un país que se podían ‘curar’ con crecimiento económico y reducciones de la pobreza, desempleo y desigualdad. Más recientemente, sin embargo, nuestra comprensión cambió. Los estudios ahora muestran que el desarrollo económico no necesariamente brinda mayor seguridad en las calles. Los acontecimientos que tienen lugar en América Latina y el Caribe ejemplifican este punto.

Entre 2003 y 2011, el crecimiento regional anual promedio en América Latina y el Caribe, excluyendo la crisis mundial de 2009, alcanzó casi 5 por ciento. Más aún, la tasa de crecimiento entre el 40 por ciento más pobre de la región eclipsó a la del mismo grupo en todas las demás regiones del mundo. Durante esa misma década, la región experimentó avances económicos y sociales sin precedentes: la pobreza extrema se redujo a menos de la mitad, llegando a 11.5 por ciento; la desigualdad en el ingreso se redujo más de 7 por ciento en el índice de Gini y, por primera vez en la historia, la región contó con más personas de clase media que viviendo en la pobreza.

A pesar de todos estos avances, la región mantuvo la indeseable distinción de ser la más violenta del mundo, con 23,9 homicidios por cada 100.000 habitantes. La tasa de homicidios de hecho se aceleró durante la segunda mitad de la década. El problema sigue siendo abrumador y obstinadamente persistente.

Cada 15 minutos al menos cuatro personas son víctimas de homicidio en América latina y el Caribe. En 2013, de las 50 ciudades más violentas del mundo, 42 se encontraban en la región. Entre 2005 y 2012 la tasa de crecimiento anual de los homicidios fue tres veces más elevada que la del crecimiento poblacional. No es de extrañar que el número de latinoamericanos que mencionan al delito como su mayor preocupación se haya triplicado en esos años.

La inseguridad es el resultado de múltiples factores, desde el tráfico de drogas y el crimen organizado, pasando por sistemas judiciales y policiales débiles, hasta la falta de oportunidades y apoyo para aquellos jóvenes que viven en comunidades desfavorecidas.

La complejidad del asunto (y multiplicidad de causas) es una de sus características determinantes y es la principal explicación de por qué no existe una solución mágica o una única política que termine con la violencia en nuestra región. No resolveremos el problema únicamente con base en mayor trabajo policial o una mayor tasa de encarcelamiento, o a través de más educación y empleo. Tenemos que hacerlo todo esto y hacerlo de manera deliberada, con base en datos fidedignos y enfoques comprobados, mientras intentamos cerrar las actuales brechas de conocimiento e información para mejorar el diseño de políticas”.

La amplia cita proviene del prólogo de un nuevo reporte denominado Fin a la Violencia en América Latina, el cual “resalta la importancia de un enfoque integral para combatir la violencia, subrayando los beneficios y la rentabilidad de rediseñar las políticas existentes a través del lente de la prevención del delito”.

No hay compromiso político en México con las lecciones modernas para reducir la violencia. Vaya, ni siquiera podemos corroborar que los gobiernos a lo largo del país estén leyendo la imparable producción de reportes como el aquí citado. La clase política en este país no cree en el paradigma de la prevención social y comunitaria del delito y la violencia. La evidencia a su favor es simplemente irrelevante. Su vía es otra. Por eso aprobarán en breve la propuesta de ley de seguridad interior, invirtiendo aún más en el despliegue operativo armado civil y militar que ya probó su fracaso. No tengo la menor duda, entre nosotros la peor violencia aún está por venir.

 

@ErnestoLPV

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