Del autoempleo en el mundo policial (Tercera y última parte)

"Cuando se llega a conocer ésta y ésta y ésta policía, pues uno se pregunta qué puedo hacer si ya conozco todas las policías. Hacer por mí, hacer personalmente por mi negocio. Ya no voy a depender del pequeño ni del que sigue, ni del de en medio, ni del penúltimo ni del último, voy hacer para mí. Y es cuando llega uno al grado de llamarle trabajo a robar".

Por: María Eugenia Suárez de Garay

El policía en nuestra sociedad se ha convertido en un intruso, un abismo en el discurso, un factor de desasosiego y una circunstancia ilegítima. Su presencia genera un ruido ensordecedor, una equiparación generalizada de lo banal y lo dramático que anestesia las opiniones y blinda las sensibilidades. Evocar los testimonios de quienes han recorrido el mundo policial hasta el extremo de la prisión, es buscar que la palabra llegue a tener alguna resonancia y seamos capaces de reaccionar ante el dolor de un acontecimiento: la transformación de los individuos en un medio/espacio institucional que parece despojarlos de todas las cualidades que no responden a su exigencia.

Rafael: ser balanza

«Yo fui policía del estado, luego fui ministerial estatal, luego estuve en la federal. Yo estuve veinte años en el Gobierno (en la policía), pero nunca me gustó. Ya ves cómo dice la gente: “Si no sabes hacer nada y no quieres trabajar, métete de policía”. ¡Y es verdad! Nunca fui Policía Municipal porque es muy vulgar, es lo más corriente. No es un prejuicio, es que es así. Es como ser custodio. Nunca van a ser grandes personajes, nunca van a ser una gran escuela. En la Policía Municipal llegas como raso y nomás te traen de tigre (en la caja de las camionetas patrulla), y los tipos andan con la esperanza de que van a ser como el que va adentro, el que va a mandando, el que va viendo los papeles, el que contesta el radio y dicen: “Como ése, yo voy a ser al ratito”. Y esa ideología, esa esperanza va a depender mucho de cómo la cultiven, de cómo la hagan sobresalir para llegar a lo que quieren.

«Pero pongamos mi caso de Policía Estatal: si querías aumentar de rango y un billete, te decían: “¿Cuánto tienes? Y vemos si cambiamos de palmera. Te cambio la de azul subido por la de azul bajito. Aviéntame una quina”. Uno les contestaba: “Pero si esos quinientos pesos son medio sueldo. ¿De dónde los saco?” Y eso mismo pasa en la Municipal: “¿Qué onda, ya te enfadaste de andar de tigre?” “La neta sí, cabrón”. “Pues hay una unidad para hacerla chillar gacho, éntrale. Te cuesta tanto, cabrón”. Pero si quieres ir como sargento segundo y al mando del carro, pues ya te cuesta otra lana. Quieres la de teniente pues una lana más. Siempre ha pasado y sigue pasando, pero hay formas de escalonar. Si tiene uno la inquietud, tiene uno el colmillo, va uno en aumento, en aumento, en aumento hasta que conoce uno todo y se enfada uno de todo. Y fue lo que me pasó a mí.

“Sencillamente ya conocía este lado y conocía este otro, así que mejor me ubiqué en medio, como balanza y dije: “Ahora voy hacer las cosas para mí”. ¡Y tiene sentido! Mira, si tú ocupas la placa para robar, y te quitan tu placa y la pistola, te vas a sentir desprotegido porque vas a sentir que ya no te ocupan y que no puedes hacer otra cosa y que no sabes hacer otra cosa. Ni custodios ni policías saben hacer otra cosa más que amedrentar con el vocablo y con el fierro que traen. El fierro no se mueve solo, les quitan eso y se acaban. Estos señores cuando no tienen la madurez emocional y la conciencia de en lo que andan, se acaban. ¿Y a dónde se van? Si son gente que no tuvieron madurez, se van de taxistas, se van de albañiles, se van más bajo de lo que ya eran, se vulgarizan más todavía.

“Cuando se llega a conocer ésta y ésta y ésta policía, pues uno se pregunta qué puedo hacer si ya conozco todas las policías. Hacer por mí, hacer personalmente por mi negocio. Ya no voy a depender del pequeño ni del que sigue, ni del de en medio, ni del penúltimo ni del último, voy hacer para mí. Y es cuando llega uno al grado de llamarle trabajo a robar. ¿De qué manera le llamas tú cuando llegas, revientas a una persona con un ilícito, con un delito, y todavía le dices: “Esto me gusta, esto me sirve, esto va para allá”? ¡Es un robo! ¿Cuál es la diferencia entre eso y llegar yo con mi pistola en mano y “hágase para allá porque me voy a llevar esto, me voy a llevar esto y necesito lo otro”? ¿Cuál es la diferencia? Las dos son robos. Sólo que uno es protegiéndote con el dizque trabajo, que tu trabajo no es ese (robar) y el otro es haciendo un trabajo por tu cuenta. 

«En las corporaciones conoces a muchas personas. ¡De todo lo que agarras! Ahí yo conocí a jauleros, conejeros, carteristas y te das cuenta del récord de esa gente, de su expediente, aunado a que te lo dan en el barrio o por otras vías te terminas dando cuenta de quién es y juntas datos. Y así los vas cooptando y es gente que va a trabajar contigo y para ti. Cada ocho o cada quince días les das algún trabajito. Por ejemplo, las tienditas de droga son muy buen negocio, en ese tiempo que yo estuve, pues había cuotas de cinco a diez mil pesos cada quince días. Y el acuerdo es: si te atora (agarra) la Municipal, si te revientan (cateo), a huevo (forzosamente) vas a llegar a la Ministerial. Cuando llegan a la Ministerial uno los ayuda, pero deben ser prudentes. Es parte del acuerdo. Cuando yo estuve ahí, en la Ministerial del estado, me di cuenta de eso por un compadre, un viejo maldito que me enseñó, no a trabajar, me enseñó ese tipo de clavos (tips). Me decía: “Ve con fulano y zutana”, una pareja de viejos que vivían por allá en el sur de la ciudad. Eran carteristas los dos. Yo iba y les decía: “Les habla allá el viejo”. “Hijo de la chingada, ya viene a chingarme, ya viene a que le dé dinero”. Y así iba de lugar en lugar cobrando la renta. Así se le dice a ese tipo de extorsión. Pasaba con los que traen ropa, los que traen llantas, los que venden drogas. ¡De todos los giros!

«Yo anduve un rato en eso, pero nunca me gustó andar recogiendo de punta a punta las rentas. A mí me gustaba trabajar, a mí no me gustaba recoger dinero así, dinero de gente ajena, que fuera ajeno. O sea, me gustaba recoger lo que yo sentía que ganaba, lo que merecía, pero andar haciendo mensajes y eso, no. Me gustaba cuando recién empezaba en este negocio por el hecho de que era un escuinle yo y el viejo me empezó a levantar el ánimo. Decía que yo era una buena persona como para el trabajo que quería yo desempeñar, porque no me daba miedo la sangre, los golpes, no me daba miedo nada. Pero no me daba miedo porque yo iba ya puteado, golpeado de la secundaria donde estudié donde me gustaba golpear y que me golpearan. Pero ya después empecé a ver que no era bueno eso de andar recogiendo ajeno porque había cuatros (trampas) también y esos cuatros que nos ponían era porque no nos quería la gente de ciertas dependencias. Así fue como me agarraron tiempo después y caí aquí (a la prisión).

«Yo tenía la facilidad, la libertad de poder hacer o no hacer. Me invitaba por acá gente de la sociedad a robar y me decían: “¿Dónde estás? Quiero un jale (robo) así y así y así, ¿qué onda?” Yo siempre tuve armas y si me interesaba les decía “vamos”, y si no, les prestaba los fierros (armas) o se los rentaba. Yo valoraba cada situación. Les preguntaba: “¿Cuándo vas hacerlo?” “Para tal fecha”. “Vente para tales horas o para tal día, yo te digo si voy con ustedes o nomás les presto las armas”. “Órale”. Ya cuando iban en ocasiones sí me iba con ellos. Y me decían también: “¿Qué onda cabrón, pero tú andas allá (con la policía), no hay pedo?” Y yo les contestaba: “Sí, allá me los encuentro y se parecen a mí, ¿pero cuándo van a verme a mí sentado en la oficina del comandante platicando tomando café, tomándome una soda con los pies arriba del escritorio de a jefe?”. ¡Jamás! Yo siempre cuando hacía ese tipo de cosas estudiaba la situación. Por ejemplo, me decían: “Fíjate que en tal parte hay esto, está así, está así, está así”. Ya iba yo y checaba. Veía que todo estaba como decían y ya iba y hacía yo el negocio, el trabajo. ¡El robo lo hacía yo! Salía todo bien, nunca sangre, nunca detalles de violencia. Entonces hacíamos eso y luego me perdía un ratito en mi casa, me encerraba dos, tres, cuatro días, una semana, puro comer, ver tele y ver películas. Pasaban seis, ocho días y ya luego me arreglaba y me salía. Y dependiendo de las circunstancias pues me iba con unos (policías) o con otros (delincuentes).

«En mi experiencia de policía comprendí con el paso del tiempo que ahí no había nada. Sí hay ideales, pero ya cuando madura uno se da cuenta que no hay nada. Yo tuve mucho dinero, tuve todo lo que yo quise, todo lo que yo soñé, todo lo que quería lo alcancé. Y tuve también a un jefe, un comandante que admiraba mucho. Él era policía y era mañoso (delincuente) al mismo tiempo. De ahí traigo muchos rasgos –creo yo- porque era un cabrón. Él podía agarrarse varios trabajos porque él siempre buscaba provecho personal de lo que había. De ahí que yo llegué al grado de verlo de la misma manera: “Bueno, ¿yo qué hago aquí en el Gobierno (policía)?” ¡En cualquier policía! Por ejemplo, estando en la Policía Estatal, significaba andar viendo hojas, andar levantando a un albañil que se emborrachó y mató a otro, tuvo problemas porque le aventó los perros a su vieja; tuvo razón en matarlo, pero no, mi trabajo es ir a traerlo al cabrón para encerrarlo. Y yo pensaba: ¿Qué ando haciendo yo con eso, perjudicando gente?” ¡Sí!, porque eso ya es perjudicar gente, vas a los desalojos y en los desalojos desde mujeres que están a veces embarazadas, mujeres desnutridas, mujeres con niños abrazados que no les tumbe uno su casa. Y a uno le vale queso, ya uno va bien mariguano, bien pastillo y a chingar a su madre por allá, un culatazo, un golpazo y “vámonos”, un toletazo, un chicharrazo. ¿Para qué?

«Por eso, yo sabía que andando en la policía, trabajando en la calle tarde que temprano llegaría la muerte. Pensaba: “¿A qué le tiro? ¿A envejecer en un trabajo de estos para que me paguen lo mismo?” Yo le pensaba y le pensaba y me di cuenta de que a la larga la gente no me iba a respetar, me iban a ver con temor, y ese temor era fundado porque yo así actué. ¿Qué iba a pasar? Tarde que temprano me iba a encontrar a la gente que agravié y seguro que me dirían: “¿Sabes qué? Cuando tú estuviste y pudiste, me chingaste, ya no puedes, pues ahora me toca a mí” y me iban a matar.

«Es obvio, a eso es a lo que llegas en el trabajo de policía. Es cierto, yo me enseñé, yo trabajé, yo caminé todo lo que era el Gobierno (transité por todas las policías). Yo conocí el uniforme, yo conocí la disciplina, yo conocí los hábitos, todo lo que era cuestión de Gobierno. Dije: “Es que no te lleva a ningún lugar”. Te van a condecorar y después de veinticinco, treinta, cuarenta años me dirán: “Ya no te ocupamos, gracias por tus servicios. Te vamos a pensionar”. ¡Después de cuarenta años de haberles servido! ¿Qué va pasar? ¿Qué voy a saber hacer? Nada de nada, ni siquiera opinar. Por eso dije: “¿Qué, qué? Vámonos a volar”. Yo hago, ahora sí como dicen, mi vida aparte; si me gusta o me interesa le ponemos al asunto, si no, me retiro y estoy bien. Piedra que no me gusta, piedra que le doy la vuelta, pero no la molesto. Si tengo que regresar y tengo que vérmela con ella la veo bien porque la dejé bien, no la dejé mal; tanto lo que es en el Gobierno como lo que es con la raza (delincuentes). A mí me decían muchos: “Oye cabrón, tú le pegas a los dos lados, no te vayas a pasar en mandarnos a tus cabrones”. O sea, a los mañosos que no les fuera mandar al Gobierno (policía). Y a la vez los del Gobierno (policía) me decían: “Tú eres un hijo de la rechingada, mándanos a unos cabrones que acaben de pegarle a algo”. Yo supe manejar lo bueno, supuestamente, para la sociedad, y lo malo, también supuestamente, para la sociedad. Yo era balanza y hasta donde estuviera al alcance de mis necesidades hasta ahí llegaba, ya cuando era ambición le paraba.     

«Yo esperaba la muerte, por eso cuando llegué aquí (prisión) quería que me comiera la tierra. Yo golpeé a mucha gente y perjudiqué a mucha gente. A mí no me interesaba que lloraran, que me dijeran: “Mis niños”. Yo les decía: “Hubiera pensado primero en sus niños, vámonos pinche vieja mañosa, trépese y vámonos con su bronca”. No me interesaba, nunca me pasó ni tantito siquiera por la cabeza que yo iba a tener un problema de estos. Yo pensaba en la muerte, no en la prisión. Mi hija me lo dijo: “Tú nunca vas a morir de una enfermedad y tú nunca vas a estar en otro lugar. El día que a ti te corten te van a cortar definitivamente, vas a morir a balazos”. ¡Mi hija me lo decía! Y yo pensaba para mí: “Sí es cierto, entre los balazos, ni modo que vaya a morir de enfermedad, es obvio”. Y yo entiendo, yo estoy aquí porque ya la debía. Estoy pagando lo que me están cobrando, yo ya tenía pendientes, acepto la responsabilidad y las consecuencias de mis actos. 

«Yo me mantengo vivo aquí (prisión) porque me quiero mucho en todos los aspectos y me cuido mucho en todos los aspectos, tanto físicos como espirituales. Físicos en el aspecto de que no me dejo caer, tengo cuarenta y dos años, soy del sesenta y dos, y a mi edad por lo regular otros hombres están gordotes y panzones, la cara con paño y el pelo canoso, los dedos descuidados. Hombres cochinos y dejados. A mí eso no me gusta. A mí me gusta andar relamido, andar con sensatez positiva, no ponerle preámbulos a lo que pasó (caer en prisión). Yo no me ando quejando de lo que ya no voy a poder hacer. ¡No, para nada!

«Espiritualmente igual porque sé de antemano que hay algo más grande que yo y que hay alguien a quién rendirle, ahora sí, un sacrificio, una oración o un comunicado que tarde que temprano va hacerse latente y presente. ¿Por qué? Porque en este caso si no está uno con su interior en paz pues tu exterior no sirve. Si no tengo paz conmigo mismo, no me voy a poder dar esa paz. Si no tengo amor en mi corazón, pues voy a tener odio, porque si no hay una cosa hay la otra. Y pues no se trata de andar todo amargado y renegando. A mi edad eso es inadecuado. A mí edad ya debe haber una madurez emocional, una madurez espiritual, una madurez física. ¿Para qué? Para comunicarnos, expresarnos y para que realmente se vea que es la persona la cual está hablando, que no nada más está exteriorizando».

Un breve apunte final 

Los tres relatos que he presentado hacen las veces de un manifiesto humano en todos sus sentidos y sensaciones. Aunque el tiempo ya ha transcurrido desde que tuve la oportunidad de conversar con estos personajes, la vigencia de la expresión de su vivir son más actuales que nunca. Las escuchamos con recurrencia aquí y allá. El mundo de estos hombres, aparentemente revuelto, confuso y enajenado no es más que parte de una institución enferma éticamente que ha sido usada y –al mismo tiempo- históricamente abandonada. Por tanto, el orden o desorden que reflejan estos testimonios a través de ese punto de inflexión que supone trabajar para sí mismos es una expresión detallada de las experiencias que suelen vivir quienes habitan ese mundo más pequeño y cerrado que es la policía pero, sin duda, es también expresión y reflejo del mundo exterior y social caótico, violento y doloroso que estamos viviendo.

Los testimonios de estos seres humanos nos invitan a pensar que la cárcel no necesariamente depurará a estos hombres u otros hombres que desde la institución policial han decidido trabajar para sí mismos. Como muchos de ellos lo repiten: “El alma en el mundo policial suele contaminarse con facilidad”, impidiendo aquello planteado como meta superior: hacer de la policía una institución civilista, de vocación ciudadana y entregada a la protección de nuestros derechos y libertades. Para que ello pudiese ser posible y viable necesitamos emprender el camino de un profundo proceso de transformación político-institucional. De ello, muchos ya hemos dado cuenta y aportado ideas en diversos espacios. Sin embargo, hay que insistir cuantas veces sea necesario que para que nuestros policías cambien, primero hay que reformar a la clase política. Más que un mero imperativo político-cultural, es la condición fundamental y el requisito institucional vital para la consolidación democrática (Marcelo Saín, Política, policía y delito. La red bonaerense, 2004); emprender otro camino que posibilite la reinvención de una institución democrática: la policía mexicana. El tiempo no perdona, corre de prisa y con la institución policial ya vamos tarde.

 

* María Eugenia Suárez de Garay es profesora-investigadora de la Universidad de Guadalajara. Maestra y Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Barcelona y colaboradora externa del Instituto para la Seguridad y la Democracia, A.C. (Insyde). Email: [email protected]

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