Ética en tierra de narcos: el periodismo en Sinaloa

El 52 % de los policías de Sinaloa considera que los periodistas actúan como si estuvieran por encima de la ley, mientras que un 64.8 % de los periodistas desconfía de los policías.

Por: Patricia Figueroa

 

“El narco no representa ningún peligro para el periodista… el peligro es para cualquiera que ande mal”.

Policía de Culiacán.

 

“Si en Sinaloa ejerciéramos el periodismo como se debe, todos estaríamos muertos”.

Periodista de Culiacán.

 

¿Qué tipo de relación se establece entre policías municipales y periodistas en una sociedad como la sinaloense, donde la violencia forma parte del paisaje cotidiano? Sinaloa es un estado con características particulares que desde hace décadas ha sido influenciado –e incluso diseñado- a partir de la corrupción política y, en años más recientes, por el crimen organizado que en nuestro país es sinónimo de narcotráfico.

En estas circunstancias, Culiacán, la capital sinaloense, cuenta con una policía municipal menospreciada y con un gremio periodístico que, más que informar la noticia, se ha convertido en parte central de la misma, cuya ética y credibilidad deben ser también sometidas a un objetivo análisis.

La sociedad mexicana expresa claramente su desconfianza hacia policías y periodistas llevando sus niveles de percepción de corrupción policial a un 89.7 % y de corrupción periodística a un 62.3 %[1] lo que implica una desproporción en relación a la representación de la corrupción de la prensa en los propios medios de comunicación, al menos en lo que respecta a México y Sinaloa.

El sociólogo Erving Goffman nos ofrece un apoyo invaluable con su teoría del estigma social para comprender la categoría del policía en el medio social mexicano, la cual se encuentra definida –mayormente- por atributos negativos que generan un concepto específico de identidad y de status social, es decir, por un estigma que lo desacredita y que es representado constantemente en la prensa. Por otra parte, la ética y la corrupción periodística son temas poco tratados en la esfera pública sinaloense, sin embargo, ‘el sobre’, ‘la charola’ y ‘el chayote’ asoman como elementos de denostación hacia el periodismo y no como un asunto de debate público, como ejemplo de ello está el discurso improvisado del entonces gobernador Mario López Valdés durante la comida ofrecida a periodistas el 7 de junio de 2012 en Mazatlán, cuando al hablar de los ‘riesgos’ del oficio, también se refirió a los beneficios afirmando que es “bonito ser periodista” y “hasta charolean muchos”.

Policías y periodistas en tierra del “narco”

Abordar el fenómeno del crimen organizado en México –e incluso en América Latina- obliga a prestar especial atención al estado de Sinaloa en el noroeste del país, el cual, desde mediados del siglo pasado y hasta la actualidad, se distingue por su intensa presencia a nivel nacional e internacional en la producción y tráfico de drogas y como cuna de los más notorios narcotraficantes del mundo.

La lucha contra el consumo y tráfico de drogas fue, desde sus inicios, un fenómeno con importantes connotaciones de tipo político. En su libro de 1992 titulado Una vida en la vida sinaloense, Manuel Lazcano evidencia lo beneficioso que resultó el narcotráfico para las autoridades sinaloenses y el surgimiento de una cierta ‘complacencia’ entre “políticos, comerciantes, empresarios, policías, campesinos, todo el mundo” que sabían que se sembraba opio en Sinaloa, ‘arriba’, en las montañas.

En la década de 1940 enviados especiales de Washington reportaban la producción in crescendo de opio en territorio sinaloense, a la vez que lamentaban que el entonces gobernador Rodolfo T. Loaiza no estuviera esforzándose genuinamente para disminuir tal producción[2]. En 1986 el embajador estadounidense John A. Gavin aseguró que había dos gobernadores metidos “hasta los codos” en el tráfico de drogas; cuando le preguntaron si el sinaloense Toledo Corro era uno de ellos, sonrió diciendo: “Yo no creo haber mencionado nombres”[3].

En los últimos meses del sexenio de Vega Alvarado en 1998, a Francisco Labastida Ochoa –su antecesor en la gubernatura- y secretario de Gobernación, le tocaba ser defendido por el gobierno federal mexicano ante las acusaciones del The Washington Post de haber sostenido durante su gobierno en Sinaloa vínculos con narcotraficantes. Años después, en su faceta como candidato a la presidencia en el año 2000, uno de los principales argumentos en el discurso de Labastida fue el encarcelamiento del 40 % de la policía como parte de su estrategia de lucha contra la corrupción en Sinaloa.

Para comprender el modelo actual de relación existente entre policías y periodistas en un ambiente de extrema violencia como es el caso de Culiacán, es importante obtener una lectura lo más concreta posible de la percepción que tanto el policía como el periodista tienen de sí mismos y de la percepción que otros tienen de cada uno de ellos.

Relación policía-periodista, encuentros y desencuentros

A partir de una escala de percepción sobre corrupción y narcotráfico aplicada en 2014* a 153 policías y 93 periodistas de Culiacán encontré, para el caso de los policías, que el 76 % está de ‘acuerdo’ y ‘muy de acuerdo’ en que ser policía municipal en Culiacán es de alto riesgo para la integridad física; contrario a la percepción popular, apenas el 12 % reconoce que ‘la mordida’ es una práctica común en el ejercicio policial, y un 63 % niega que los bajos salarios sean un buen pretexto para corromperse.

Los resultados de la escala, de los cuales se presenta aquí sólo un fragmento, se complementaron con entrevistas donde el policía habla de sus carencias económicas, los peligros y las humillaciones que enfrentan en una sociedad como la culiacanense. A modo de defensa uno de ellos me dijo: “No soy un santo, pero no me siento corrupto”. Señaló -con evidente molestia- que es la gente la que insiste en ofrecerles dinero y argumentó que con lo poco que ganan es difícil negarse. “Yo cuando he agarrado dinero –dijo otro policía entrevistado- siempre lo he hecho pensando en mis hijos”. Sobre este tipo de corrupción, un policía argumentó que le tocó ver cómo un jefe policíaco llevó ‘el apoyo’[4] a la casa de un periodista que no pudo asistir a la reunión de prensa.

Además de la corrupción a la que somete o es sometido, el policía de Culiacán se enfrenta a un elemento que determina sobremanera su actuar cotidiano: el ‘narco’. Un policía entrevistado se justifica así: “A veces me preguntan por qué no hacemos nada cuando vemos que un narco o una persona de ésas que se pasa un alto o comete un delito (…) tampoco se trata de que nos maten y ser héroes”.

Los resultados de la escala de percepción aplicada a periodistas, destacan que éstos también –como los policías- sienten que su labor es de alto riesgo (53.3 %). Respecto al soborno, se muestran más abiertos al reconocer, en un 78,3 %, que recibir “chayote” es una práctica común entre algunos de sus colegas, sin reconocer en ningún caso que ellos mismos lo recibieran. Los periodistas muestran más rigor que los policías (80 % contra 63 %) al considerar que los bajos salarios que perciben no son un pretexto para corromperse.

Los testimonios de periodistas respecto al actuar policial se enfocaron al tema de la corrupción ligada a políticos y narcotraficantes: “En la mayoría de los homicidios de periodistas en Sinaloa ha estado siempre involucrado el gobierno (…) y los policías han estado ahí metidos’”, señaló un periodista. Otro más afirmó tajante: “Sí, hay muchos periodistas que están en la nómina del narco… yo sí creo que el 90 % de los periodistas en Culiacán sea corrupto”. Los sentimientos encontrados se expresan también en este testimonio de un periodista dedicado a la nota roja y por ende, en constante interacción con policías: “Si estás en este trabajo debes estar bien con dios y con el diablo, somos como los policías, pero sin armas”.

Para comprender mejor la relación policía-periodista en un ambiente social influenciado por el narcotráfico, vale destacar que un 52 % de los policías consideró que los periodistas actúan como si estuvieran por encima de la ley, mientras que un 64.8 % de los periodistas afirmó desconfiar de los policías.

Aún queda mucho por explorar respecto a la relación que se establece entre estos dos elementos fundamentales en la construcción de una sociedad madura y sana, pero a partir de la revisión histórica y de la labor de campo realizada se evidencia un vínculo roto entre policías y periodistas, con una conciencia ética socavada por intereses políticos y criminales, que para el caso de Culiacán favorece las actividades ligadas al narcotráfico y la corrupción política implícita en el crimen organizado, inhibiendo, por otra parte, la expresión crítica y la participación ciudadana tan necesarias para la construcción de un orden social apegado a derecho y democrático.

 

* Patricia Figueroa es Doctorante en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

 

NOTA: La escala likert de percepción, la cual constó de 73 ítems, fue elaborada por la autora como una herramienta de análisis con enfoque cuantitativo, considerando las variables 1) ética, 2) narcotráfico, 3) corrupción y violencia, y 4) relación policía-periodista, aplicándose durante 2014 a 92 periodistas y 153 agentes de policía municipal de Culiacán como parte de una investigación académica para obtener el título como Maestra en Ciencias Económicas y Sociales. Actualmente la autora cursa el Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma de Sinaloa y ha sido parte del programa Visiting Scholar en su calidad de Research Scolar en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York para los años 2013, 2015, 2016.

 

 

[1] Datos obtenidos de la Segunda Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2013, realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Disponible aquí.

[2] Willian O. Walker III en su obra “Drug control in the America” de 1989 editada por la University of New Mexico, además de narrar estos pasajes sobre la evolución del tráfico de drogas en Sinaloa y la complacencia de las autoridades, hace referencias a las sospechas de funcionarios estadounidenses de que los fondos de la lucha antinarcóticos iban a parar a manos de los narcotraficantes, ya que cuanto más dinero se destinaba a esta cruzada, más crecían las plantaciones de amapola.

[3] Ver en extenso la nota de Los Angeles Times, firmada por Don Shannon (07.27.1986), titulada “Gavin links 2 Mexico Official to Drug Trade” disponible aquí.

[4] Durante las entrevistas a policías y periodísticas encontramos el uso eufemístico y reiterado de la palabra “apoyo” para evitar la palabra soborno, misma que el argot policial es conocida como “mordida” y en el periodístico como “chayote”.

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