Acoso escolar en México: del diagnóstico a la acción

Antes de crear medidas para resolver el problema del acoso escolar, es importante definirlo, entenderlo y diagnosticar su severidad. Se necesita crear un índice nacional con estadísticas e indicadores que muestren en qué entidades hay mas incidencia de bullying, si ocurre mas en escuelas públicas o privadas, en qué grados escolares ocurre más, cuál es la influencia del nivel socioeconómico.

Por: Patricio Toussaint

El 23 de mayo se dio a conocer el caso de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, un niño de 12 años que falleció debido a las lesiones causadas por sus compañeros de clase en la Escuela Secundaria Número 7 de Ciudad Victoria. Por desgracia, lo que le pasó a Héctor no es algo aislado. El acoso escolar (o bullying, como se le conoce en inglés) es un fenómeno que afecta a niños y jóvenes en todo el mundo. Además del daño físico, las víctimas de acoso escolar sufren severos daños psicológicos, los cuales, en situaciones extremas, los han orillado al suicidio. En algún momento de sus vidas muchos adolescentes y niños han sido intimidados, amenazados y agredidos física o verbalmente. Otros, por lo menos, han presenciado a algún compañero ser acosado de manera constante en la escuela. Casos extremos como lo ocurrido con Héctor son un claro llamado a las autoridades y a la sociedad para que exista una mayor atención, entendimiento y conciencia para hacerle frente al acoso escolar en el país.

Días después del fallecimiento de Héctor, el presidente Enrique Peña Nieto anunció la creación de mecanismos para erradicar el acoso escolar. Para lograrlo, una de las primeras acciones anunciadas fue la implementación de un programa piloto (del cual todavía no sabemos nada) que pondrá en marcha la SEP a fines de este año para prevenir y reducir dicho fenómeno. El problema es que el gobierno pretende erradicar algo que no entiende. Un claro ejemplo de cómo existe una falta de comprensión sobre las interacciones sociales en las escuelas son las recientes declaraciones del presidente de la república y del secretario de Educación, Emilio Chuayffet. El presidente atribuyó el aumento de casos de acoso escolar a la violencia que hay en el país, mientras que el titular de la SEP culpó al entorno que hay en los hogares de los estudiantes y a la violencia en los medios.

Antes de crear medidas para resolver un problema, es importante definirlo, entenderlo y diagnosticar su severidad. Recientemente varios medios de comunicación han citado un estudio de la OCDE el cual indica que México ocupa el primer lugar de acoso escolar entre los países de dicho organismo, pues el 40% de los estudiantes encuestados declararon haber sido víctimas del mismo. Basándose sólo en algunos aspectos de esta encuesta, los medios han retratado a las escuelas mexicanas como lugares sumamente peligrosos para los alumnos. Pero lo que no se informa es que uno de los defectos principales de este estudio es el uso de una definición muy amplia de acoso escolar, lo cual dificulta la elaboración de un diagnóstico preciso. En este caso la OCDE considera acoso escolar a cualquier tipo agresión física o verbal (golpes, burlas y otras formas más pasivas como la exclusión de las conversaciones y los juegos). Pero es muy diferente que algún estudiante haya sufrido algún caso aislado en el que haya sido insultado, molestados o golpeado, a sufrir este tipo de agresiones físicas y psicológicas de manera constante. Es por eso que antes de realizar cualquier diagnóstico, se necesita una diferenciación oficial y acordada entre lo que constituye acoso escolar y casos aislados de agresión en las escuelas.

La otra cuestión es que, a diferencia de otros países, México no cuenta con un índice que nos ayude a diagnosticar con exactitud la severidad del acoso escolar. Esto debido a que, según las autoridades, la descentralización de la educación en México ha dificultado la compilación de estos datos. Por esa razón y antes de pensar en cualquier tipo de legislación o política para afrontar el problema, se necesita crear un índice nacional con estadísticas e indicadores sobre el acoso escolar que muestren en qué entidades hay mas incidencia, si ocurre mas en escuelas públicas o privadas, en qué grados escolares ocurre más, cuál es la influencia del nivel socioeconómico.

Después del diagnóstico, se debe entender que el acoso escolar es causado por una serie de factores múltiples, derivados de diferentes entornos de los estudiantes (el hogar, la escuela y las interacciones sociales dentro y fuera de ésta). Desde fines de 2012, ha habido tres iniciativas superficiales que por alguna u otra razón quedaron atoradas en el Senado, pero que en sí, sólo iban dirigidas a controlar los síntomas y no las causas del problema. Una obligaba a maestros y directivos a registrar y a actuar contra casos de acoso; otra proponía la instalación de buzones anónimos para denunciar los acosos y la creación de consejos formados por padres de familia y maestros; la última era una minuta en la cual se prescribía dar ayuda psicológica a las víctimas.

Asimismo, hay que reflexionar sobre cómo se interpreta el problema y se crean soluciones. Cuando ha ocurrido una tragedia como la de Héctor, la solución se ha enfocado en buscar castigos severos para los agresores (hasta cinco años de cárcel propone el PRI), mandar a la cárcel a los maestros y directivos de las escuelas por no detectar y tomar acciones contra los casos e incluso culpar a los padres de familia de los agresores por los pobres valores y educación que se les ha impartido a sus hijos. Sin embargo, la solución de fondo no se encuentra en castigar y pensar que así se va a disuadir a los agresores. Prevenir que los estudiantes sean maltratados física o psicológicamente es la forma más efectiva de impedir y reducir de forma drástica el acoso escolar. Para llegar a esto hay que enfocarse en estrategias que informen e involucren a maestros, alumnos, padres de familia y otros miembros de la comunidad contra este problema. Cuando los estudiantes son miembros de una comunidad fuerte se sienten aceptados y apoyados, no aislados y excluidos. Tienen la certeza de que pueden confiar en que habrá alguien que les ayude si están en problemas.

Lo que las mejores prácticas internacionales demuestran es que este problema se debe resolver a través de la creación de capacidades (no con una legislación ambigua que obligue a las escuelas a tener políticas contra el acoso escolar) y que los programas anti-acoso escolar funcionan con una combinación de las siguientes medidas:

  • Comunicar a padres de familia, alumnos y maestros qué es el acoso escolar y qué lo distingue de otro tipo de agresiones.
  • Crear un sistema para que estudiantes, maestros y padres de familia puedan denunciar estas agresiones.
  • Crear reglas y consecuencias claras para los que participen o apoyen este comportamiento.
  • Capacitar a maestros, directivos y otros trabajadores en las escuelas para reconocer los casos de acoso escolar y ejecutar medidas para prevenirlo y detenerlo.
  • Involucrar a maestros, padres de familia y estudiantes en cualquier tipo de esfuerzo o campaña contra el acoso escolar.
  • Brindar apoyo a las víctimas del acoso escolar para que puedan superar su experiencia negativa.
  • Brindar asesoramiento a los ofensores para cambiar sus malas actitudes y comportamientos.
  • Monitorear, evaluar y replantear de manera constante las medidas tomadas contra el acoso escolar.

En conclusión, hoy el acoso escolar es un fenómeno sumamente complejo causado por factores múltiples. Para erradicarlo se requiere un cambio sistémico en el comportamiento en los estudiantes y sus entornos. También es importante comprender que no existe una solución única que se pueda implementar de manera uniforme en todas las escuelas. Cada escuela representa un “ecosistema” diferente y, por lo tanto, las medidas se tienen que adaptar a las condiciones de cada escuela. Además, es elemental analizar otro tipo de acoso que sufren los alumnos afuera de las escuelas, como el “cyberbullying”. Pero, aún más importante, las autoridades y los legisladores no deben apresurarse por el sensacionalismo mediático que este problema ha generado. A pesar de ser un fenómeno grave y digno de atención urgente, será importante tomarse el tiempo para entenderlo y diagnosticar su severidad. De otro modo, como sucede en otros ámbitos, se seguirá poblando de “letras muertas” el ya de por sí atiborrado cementerio de leyes útiles para tomarse la foto y decir “misión cumplida”, pero que sólo son piezas de legislación inservible.

 

* Patricio Toussaint, investigador de @CIDAC

 

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