Sobre el carnismo y la ecoglotonería de nuestro tiempo

La terrible devastación ecológico ambiental que impone la lógica de producción capitalista de fabricar animales para alimento, la desertificación de las tierras, la destrucción de la riqueza natural disponible en grandes territorios y los desplazamientos humanos que ello provoca, está dando lugar a guerras por el agua y el alimento que en pocos años comprometerá a todos los habitantes del planeta. ¿Cuándo haremos algo ética y políticamente eficaz al respecto?

Por: Leticia Flores Farfán

En 2010 Melanie Joy, reconocida psicóloga social de la Universidad de Massachusetts, publicó Why we love dogs, eat pigs and wear cows (¿Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas?), libro que ha generado reacciones diversas en el ámbito académico y de protección animal. Joy comienza su estudio construyendo una escena imaginaria en donde vemos a varias personas sentadas a la mesa y disfrutando de un estofado preparado por la anfitriona. Cuando una de las comensales felicita a la cocinera y le pide que le comparta la receta, ésta le dice que sí y comienza a enumerar los ingredientes del platillo: “Bueno, primero tomas un kilo de carne de Golden retriever, marinada desde la noche antes y luego…”.

La reacción de la invitada seguramente será la de repugnancia y asco ante la idea de estar comiendo carne de perro, dado que en Occidente nuestra “percepción” de los perros, pero no la de los chinos, impide ubicarlos dentro de la clasificación de “comida”. Imaginemos ahora, dice Joy, que la anfitriona se ríe y le dice que es carne de ternera. Es probable que la invitada recupere el apetito, aunque con cierto grado de malestar residual, porque a diferencia del Golden retriever, a quien seguramente se representó corriendo tras una pelota o sentado junto a su dueño en un sillón frente a la chimenea, no une la imagen de la carne de la ternera con la del animal vivo del que procede, sino con la de comida empaquetada y a la venta en los refrigeradores de las tiendas departamentales.

Joy sostiene que gracias a los esquemas mentales que adquirimos a lo largo de nuestra vida y con base en un muy estructurado sistema de creencias y hábitos alimentarios de la sociedad en que nacemos y nos desarrollamos, discriminamos entre aquellos animales a los que amamos y tratamos como parte de nuestra familia, de los que consideramos comida para que formen parte de nuestros platos en la mesa. Ese sistema ideológico, que ella denomina carnismo, no sólo permite formar nuestras preferencias gustativas y nuestros hábitos alimentarios, y determinar cuáles animales son comestibles y cuáles no, sino también construir una barrera emocional y psicológica que nos impide la empatía y nos permite convertir a los animales en carne y a la carne en alimento. La herramienta psicológica fundamental de este sistema de creencias es el de la anestesia emocional que nos permite “desconectarnos mental y emocionalmente” de nuestras experiencias con el objetivo de amortiguar el dolor y paliar el malestar que ciertos acontecimientos nos han provocado o nos pueden provocar.

La anestesia emocional está íntimamente conectada con mecanismos que operan tanto a nivel psicológico como social, y entre los que se encuentran los siguientes: “negación, evitación, costumbre, justificación, cosificación, desindividualización, dicotomización, racionalización y disociación” (ibídem, p. 25). Y esta anestesia emocional, con sus procesos específicos, es propia de sociedades industrializadas en donde a pesar de que los seres humanos no necesitan la carne para sobrevivir -según afirma Joy- se matan anualmente para consumo humano, según fuentes de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, 2007), 60,000 millones de animales terrestres, más un promedio cercano a los 140,000 millones de toneladas de peces, un equivalente a 70,000 millones de individuos si cada pez capturado pesara 2 kilogramos.

Joy busca visibilizar la lógica invisible de producción y reproducción del carnismo para poder combatirlo. Afirma que si los mataderos tuvieran paredes de cristal seguramente mucha gente dejaría de comer carne. En este video de “broma”, de cámara escondida, encontramos las reacciones de las personas en el momento en que se les muestra que las salchichas de puerco que estaban saboreando del plato de degustación salen de trocear a un puerquito vivo que meten en la máquina trituradora. Todas las personas se sobresaltan ante el hecho de que el dependiente meta al puerquito en la máquina para preparar el embutido y escupen la salchicha que antes estaban saboreando, le increpan para que no lo haga y tratan de detenerlo al punto de que una mujer lo golpea y lo insulta por matar al animal. Y uno se pregunta: ¿de qué creía la mujer que estaban hechas las salchichas?

La producción contemporánea de alimentos es un proceso industrial altamente tecnologizado para garantizar la producción masiva y altamente rentable. Su viabilidad depende de legislaciones en donde los animales destinados al consumo de los hombres no cuenten con ningún tipo de protección ni de derechos porque al igual que los “derechos humanos” dificultan la impunidad de la matanza. De ahí que, para no pocos autores detractores del carnismo, las fábricas de alimentos pueden ser consideradas una réplica de los campos de concentración del nazismo para millones de animales.

¿Por qué no tomamos conciencia de esta biopolítica criminal? Porque la industria de alimentos truquea la publicidad y nos presenta gallinas y vacas libres y felices de tal forma que no nos enfrentemos nunca a la espantosa y sádica forma de cómo se producen los alimentos de origen animal y optemos por una dieta vegetariana. La estrategia de aquellos que están contra el carnismo toma como punto de partida dar testimonio del maltrato sistemático de este tipo de producción, visibilizar la crueldad y la “banalidad” de la matanza, por usar la controvertida categoría introducida por Hannah Arendt en el análisis del caso Eichmann (en el famoso libro Eichmann en Jerusalén).

Pero hay que dar testimonio. Importantes documentales contemporáneos, destacadamente el documental austríaco Unser täglich Brot (traducido al castellano como “Nuestro pan de cada día”), han dado cuenta de esta dinámica de consumo, rendimiento, eficacia, aniquilación y desperdicio con base en la cual se estructuran las estrategias de producción de la industria alimentaria. El director Nikolaus Geyrhalter pone ante nuestros ojos imágenes acompañadas exclusivamente del sonido metálico de las máquinas procesadoras, para testimoniar la deshumanización y la crueldad que atraviesa la fabricación de nuestros alimentos: pollos troceados por una máquina, cerdos destripados, vacas a las que se les hace cesárea para quitarles inmediatamente a sus terneros que irán al matadero, grandes buques succionando con una manguera a miles de peces, enormes invernaderos llenos de pesticidas para producir nuestros vegetales.

Mucho se ha dicho que si no funcionara así la industria alimentaria no podríamos alimentar a la población mundial; dada la escasez de alimentos y la terrible hambruna por la que pasan tantos pueblos es insostenible el argumento a favor de las formas actuales de producción de comida. Quizá, entonces, lo que debería repensarse es la lógica misma de fabricación, la concepción de lo que debemos entender por una alimentación sana, y atender a las múltiples propuestas de solución para el abastecimiento global de alimento que se han dado en importantes debates éticos contemporáneos.

La terrible devastación ecológico ambiental que impone esta lógica de producción capitalista de fabricar animales para alimento, la desertificación de las tierras, la destrucción de la riqueza natural disponible en grandes territorios y los desplazamientos humanos que ello provoca, está dando lugar a guerras por el agua y el alimento que en pocos años comprometerá a todos los habitantes del planeta. ¿Cuándo haremos algo ética y políticamente eficaz al respecto? O ¿seguiremos discutiendo si los animales piensan?

Francesca Rigotti, en su libro La gula. Pasión por la voracidad, retoma la condena de Séneca al despilfarro y exceso de la alimentación de la aristocracia romana y le imprime un gran sentido de actualidad al dirigir hacia las prácticas alimentarias contemporáneas el argumento del filósofo estoico de que una alimentación virtuosa es aquella basada en lo que es de necesidad y no en aquello que es superfluo, para terminar afirmando que “El comportamiento de los voraces glotones se pervierte en impulsos de avidez que les llevan a destruir los bosques y desertizar tierras y mares con tal de apropiarse de las materias primas deseadas”.

Para analizar en su justa dimensión la glotonería que propicia el régimen alimentario del comer carne es necesario ubicar el análisis de nuestra dietética dentro de una biopolítica alimentaria globalizada, que el ecologista Thomas Young denomina eco-gluttony, donde se busca “[…] lograr nuestra saciedad gracias al hambre de otros muchos, olvidando que si nosotros nos ahogamos entre comida, otros no tienen nada que comer”.

Estamos hablando aquí no del comportamiento vicioso de una persona, sino de una dinámica económica capitalista, que puede adjetivarse como voraz, en tanto que es un hambre insaciable no exclusivamente de alimento, sino de dinero, de poder, de control sobre todos los seres del planeta como lo registra el documentalista austríaco Erwin Wagenhofer en su documental We feed the World (2005). Wagenhofer retrata con precisión, y de manera por demás desgarradora, las formas de producción alimentaria a nivel global, la convivencia impúdica de la sobreabundancia con la escasez, de la condición gourmet con la miseria y la muerte por hambre de un niño cada cinco segundos, como denuncia Jean Ziegler, Ponente Especial de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre el Derecho a la Alimentación y principal entrevistado en este documental, cuando en el mundo, según la ONU, se desperdician anualmente 1,300 millones de toneladas de comida.

¿Realmente podemos quedarnos impávidos ante la devastadora información de que en el mundo hay 870 millones de personas que padecen hambre? ¿Creemos posible que la muerte por hambre de un ser humano no tenga implicaciones morales y políticas a nivel global? ¿Es posible mantener una actitud de verdugo inconsciente y seguir alimentándonos como hasta ahora, a pesar de la debacle ecológica, la hambruna y el maltrato animal?

Dar testimonio del maltrato hacia los animales dentro del proceso de producción de la industria alimentaria animal no es un asunto solamente de ética emocional ni un tema exclusivo de bienestar y salud. Poner en el centro de las discusiones teóricas y políticas el impacto de la producción industrializada de los alimentos es un tema de equidad y de sobrevivencia. Lo que se ha denominado carnismo y ecoglotonería, está incentivado fundamentalmente por los países ricos, y tiene como principios el sobreconsumo y el acaparamiento de todos los recursos naturales disponibles y necesarios para la vida, generando así una coexistencia tensa y frágil entre los países que monopolizan los recursos y aquellos otros en los que la carencia de alimentos y la hambruna llega a grados alarmantes.

En más de un documental se denuncia el horror y la inmoralidad que está detrás de la falta de alimentos y el hambre en los países africanos y en otras muchas partes del mundo. En otros tantos más se hace patente el enorme daño ambiental que genera nuestra cultura alimentaria, y la producción ganadera a ella ligada, al provocar: 1) la contaminación de las aguas y los mares por los excrementos de los animales aunado a la deforestación de bosques y selvas para la conformación de tierras de pastoreo; 2) el incremento del calentamiento global por la alta generación de dióxido de carbono, y de las emisiones tanto de metano como de óxido nitrógeno; 3) el excesivo gasto de agua potable para la producción de carne, y 4) el uso tan sólo en Sudamérica de más de 300,000 hectáreas de tierra para el cultivo de la soya que se usa de alimento para el ganado.

A pesar de esta alarma ecológica denunciada con valentía en el documental Cowspiracy. The Sustainability Secret: Rethinking Our Diet to Transform the World (2014) y de la exigencia ética de llevar acciones contundentes contra el hambre y la viabilidad de la vida, no hay señales alentadoras en el futuro cercano de que este estado de cosas cambie. A las grandes corporaciones de producción ganadera no les interesa si los animales piensan o sienten; los mueve la ganancia. ¿Y a todos los demás qué es lo que nos importa? Es cuestión de tomar partido.

 

@bioeticaunam

 

 

Filmografía

Cowspiracy, The Sustainability Secret (Kip Andersen/Keegan Kuhn, EUA, 2014)

Unser täglich Brot (Nikolaus Geyrhalter, Austria /Alemania, 2005)

We Feed the World (Erwin Wagenhofer, Austria, 2005)

 

Bibliografía

Joy, Melanie, Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas. Una introducción al carnismo, Plaza y Valdés Editores, Madrid, 2013.

Rigotti, Francesca, La gula. Pasión por la voracidad, [traducción de Juan Antonio Méndez], Antonio Machado Libros, Madrid, 2014.

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