¿El armamentismo razonable?

¿Sería sensato pensar que el crear armas es una tarea ineludible propia del hombre y de su evolución? ¿Es necesario poner en tela de juicio que esta práctica prevalezca hasta la actualidad?

Por: Ulises Díaz Álvarez

Desde la más remota antigüedad, el hombre ha estado en la constante necesidad de adaptarse al ambiente en el que se desenvuelve, teniendo claramente una ventaja evolutiva señalada por primera vez por el reconocido naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) en sus teorías sobre la evolución del hombre. En ellas se plantea que uno de los aspectos más relevantes para el éxito de la evolución humana fue su capacidad para crear herramientas diversas que le ayudaron en sus actividades diarias. Entre ellas fueron de gran importancia las armas, siendo utilizadas por ejemplo para cazar animales del doble de su tamaño y peso. A la par que fue desarrollando de manera paralela la capacidad cognitiva de planear estrategias para obtener mejores resultados durante la caza, rápidamente se convirtió en el depredador más letal sobre la faz de la tierra.

Dicho lo anterior, ¿sería sensato pensar que el crear armas es una tarea ineludible propia del hombre y de su evolución? ¿Es necesario poner en tela de juicio que esta práctica prevalezca hasta la actualidad? Considerando nuestros notables avances tanto científicos como tecnológicos, debió haberse desarrollado simultáneamente la capacidad para distinguir nuestra delicada pero importante (y letal) relación con este mundo y los seres vivientes que habitan en él. De manera que, con ese entendimiento razonado de nuestro papel como especie humana, tendríamos que valorar si debiéramos aplicar libremente los esfuerzos realizados y los conocimientos adquiridos por la humanidad a través del tiempo y de la ciencia, para convertirnos en cuidadores o destructores potenciales de la totalidad de nuestro planeta.

Creo que un punto importante a diferenciar es el poder vislumbrar la diferencia entre herramientas y armas: según la Real Academia Española, un arma se define como: instrumento, medio o máquina destinados a atacar o defenderse; en tanto que la definición de herramienta aparece como: instrumento, por lo general de hierro o acero, con el que trabajan los artesanos. Es muy sorprendente hacer notar cómo se relacionan las definiciones pues, tanto en la antigüedad como en la época actual, las armas se fueron convirtiendo poco a poco en herramientas de uso cotidiano intercambiable en sus funciones: tanto bélica como artesanal. Por ejemplo, un hacha es una herramienta, en tanto que nuestra tarea sea cortar un trozo de madera, y se convertiría en un arma si mientras cortamos la madera apareciera un oso en los alrededores con la intención de convertirnos en su aperitivo matutino.

También podemos notar que al usar las definiciones, la similitud entre ambas presenta un argumento inicial idéntico (instrumento) sobre su significado. Y dada la semejanza de las definiciones y usos, deberíamos considerar las armas como una extensión corporal que simboliza a nuestra especie, lo cual indica que la humanidad, de manera implícita, las creará y utilizará para conquistar su entorno, o alternativamente, como un indicador de nuestra evolución, en la que nuestra consciencia e inteligencia nos llevan a desarrollar herramientas para adaptarnos al entorno.

Es así como tenemos claro hoy en día, en ambos usos de la definición, que estos utensilios fueron claves para la supervivencia de nuestra especie. Desde las primeras comunidades humanas conocidas, en el pleistoceno, donde los primeros hombres designados como neandertales empezaron a recorrer y asolar las planicies de Europa hace unos 200.000 años. Fue a partir de ese momento que empezaron a desarrollar objetos que les ayudaron a desempeñar sus actividades cotidianas, sobre todo en la actividad de la caza, función dual que le permitía matar a la vez que alimentarse. Los neandertales fabricaron así elaboradas herramientas de piedra, que eran muy importantes, diríamos cruciales, para su supervivencia. Servían en un principio como instrumentos para la caza, luego para descuartizar los animales, y otras técnicas y herramientas complementarias para elaborar utensilios, además de aprender a encender el fuego.

Su primitiva, pero práctica caja de herramientas de elaboración constaba de objetos tales como: hachas de mano, raspadores, cuchillos, algunos denticulados (una especie de sierra) y puntas de lanza; algunas de ellas utilizadas para desollar y descuartizar la presa como ya mencionado. Los pedernales eran utilizados para romper los huesos y abrirlos hasta obtener la médula, además de otras actividades varias como cortar madera, ablandar la carne y posiblemente como un martillo primitivo. Los raspadores eran útiles para curtir pieles, y también se piensa que eran usados para desprender carne de los huesos.

Como podemos entender, hay varias funciones en estos herramentales que cumplen con muchos y muy diversos objetivos, y que, definitivamente como especie hubiéramos perecido sin esta ciencia-técnica práctica primitiva.

La guerra ha sido, históricamente, un negocio altamente rentable, no solamente para nuestro vecino del norte, quien encontró en ella un método firme para despojar de lo que desease a cualquiera (recursos, poder, territorio) y para mantener en crecimiento su creciente industria militar. Ha sido también un método infalible para imponerse económica y políticamente, subyugando a otros, colocándose como uno de los países más poderosos del mundo. Actualmente, el presidente Donald Trump ha declarado estar dispuesto a utilizar su postura armamentista como un recurso político, económico y social, en el cual el abuso de las minorías, el control y la intimidación global repercutirán perjudicialmente en los mercados, las comunidades, las relaciones internacionales en el mundo entero.

Otro caso significativo hoy en día es, por cierto, el de la política armamentista de Kim Jong Un en Corea del Norte mediante los ejercicios nucleares recientes, de esta forma retando a la comunidad mundial e imponiendo sus amenazas militares.

Ciencia y armas

Ulrich Albrecht, profesor de estudios sobre la paz y el conflicto, vicerrector de la Universidad Libre de Berlín, introdujo al respecto de todo ello una interrogante. ¿Existe una relación considerable entre la ciencia y las cuestiones políticas que sea de relevancia contemporánea? Ciertamente tenía una clara aproximación para responder esta pregunta en 1979, cuando en una conferencia de las Naciones Unidas sobre Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (UNCSTD), salió a la luz que seis grandes potencias: Estados Unidos, la Unión Soviética, Japón, la República Federal de Alemania, Francia y el Reino Unido, empleaban alrededor del 70 % de su mano de obra científica en el desarrollo de la ciencia armamentista.

De forma tal que, haciendo los cálculos, a estos seis países les correspondieron un 85 % de los gastos mundiales con fines científicos bélicos. A diferencia de los países en vías de desarrollo, que solamente gastan el 3 % del PIB de la suma total nacional para la investigación y desarrollo, sería factible preguntarnos, ¿cuánto de esta inversión está destinado a la investigación y el desarrollo de tecnología en armamento? La cruda realidad es que de todo este capital dirigido originalmente al desarrollo científico y tecnológico es en un 40 % ligado a fines de índole militar o armamentista, ya sea de manera directa o indirecta.

Reflexionamos ahora sobre el por qué, entre seis países industrializados, gastan aproximadamente seis veces más en ciencia enfocada al desarrollo de armas que lo que los países en desarrollo destinan para la investigación científica en general (salud, energías renovables, nutrición); y, por esta razón, será válido cuestionarnos más concretamente ¿por qué, si aparentemente se sigue progresando en materia de globalización como lo publica diariamente la prensa, gran parte del presupuesto mundial se sigue destinando al desarrollo armamentista?

Los grandes avances tecnológicos sin duda han pasado frecuentemente por el desarrollo armamentista; en otras palabras, muchos de los grandes avances tecnológicos que utilizamos hoy día fueron en algún tiempo una herramienta desarrollada por una investigación específica destinada en un principio en exclusiva para el ejército y las fuerzas armadas.

El más claro ejemplo de esto último sería el sistema ARPANET (Advanced Research Projects Agency Network) que consiste en una red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instalaciones militares. Este sistema, fundó las bases para el surgimiento del Internet y el correo electrónico como los conocemos en la actualidad.

Si bien el desarrollo científico es una esperanza imprescindible en nuestra era, ¿no sería deseable suponer que este desarrollo debiera servir para la búsqueda exclusiva del bienestar de la humanidad? Surge entonces nuevamente un importante cuestionamiento: si no se beneficia el desarrollo de la humanidad, ¿a qué intereses responde la enorme inversión y la pobre regulación que rodea el desarrollo, creación y mejoramiento del armamento bélico a nivel mundial?

Sectores involucrados en el avance científico armamentista argumentan que la principal razón de que se destine un gran porcentaje del producto interno bruto (PIB) en estos temas es la protección de la soberanía de sus naciones, las cuales podrían verse amenazadas por algún otro país que tuviera desacuerdos con ellos, mismos que no pudiesen ser arreglados mediante la diplomacia.

En cuanto a la pregunta sobre quién se ve beneficiado y quien regula este tipo de prácticas a nivel nacional (en relación con la investigación y el desarrollo armamentista), la información (la accesible al público en general) se encuentra fragmentada, puesto que las respuestas acerca de cuáles son los sectores involucrados suelen dividirse en una prevalencia de 3 grupos dominantes.

  • El primero sería la industria, que satisface principalmente contratos para proyectos de investigación y desarrollo.
  • En segundo lugar se encuentra el ejército, el cual desempeña adicionalmente el papel de consumidor.
  • El tercer lugar lo ocupa claramente la burocracia estatal, quien debería ser su regulador.

De menor importancia (para las tres principales esferas mencionadas anteriormente) son las instituciones académicas, tales como las universidades y los centros de investigación, cuya orientación, sin embargo, tiende a coincidir con la de la industria y la burocracia estatal.

En realidad, el grueso de la población no está consciente en absoluto de la cantidad de dinero que se destina a los proyectos de desarrollo armamentista, y, si lo supieran, ¿estarían de acuerdo en que se les diera mayor prioridad económica a este desarrollo, por encima de temas de vital importancia tales como la economía social, la educación o el apoyo a los sectores laborales?

Si el gobierno proclama que está gastando en beneficio de la sociedad, tendríamos que aceptar que nuestro vecino del norte también es uno de los que más gastan en el sector salud; sin embargo, la cifra alcanzada no se acerca para nada a los niveles de gastos alcanzados en relación con la investigación armamentista.

En 2014, el (PIB) de Estados Unidos fue de 17 mil 419 millones de dólares, según reportes del Banco Mundial, la cantidad que se destinó a la salud ese mismo año fue de 2 mil 961 millones de dólares. Sin embargo, a decir de los datos de la OMS, la Unión Americana es el décimo país que más invierte en dicha materia (salud) en cuanto a su gasto público, lo cual equivale a un porcentaje del 20 % en números redondos.

En cuanto a la afinidad por la industria de la guerra, en 2014 el presupuesto militar de EE.UU, (en donde poco importan los partidos o los colores de los mismos de este país vecino: republicanos o demócratas, Bush u Obama: todos gastan desproporcionadamente para mantener andando la gran máquina bélica) los datos del Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo revelan que este país gasta por sí solo en su presupuesto militar casi lo mismo que todo el mundo combinado, en donde la cifra alcanza el 43 % de su presupuesto, lo que equivale a 1531 mil millones de dólares al año, hasta seis veces más de lo que gasta China, su más cercano perseguidor en esta oscura carrera.

El desarrollo armamentista tiene implicaciones para muchos ámbitos en la vida de las sociedades; tal es el caso, por ejemplo, de la economía. John Maynard Keynes (1883-1946), economista británico, expone que la inversión militar supone un gran estímulo para reactivar la economía de una nación; así mismo Martin Feldstein, en una publicación para el Wall Street Journal, nos alerta acerca de que tales acciones sirven para “contrarrestar un profunda recesión económica” y exigen un incremento en el gasto gubernamental para compensar el descenso sostenido en los gastos de los consumidores y la inversión empresarial que, actualmente, se encuentra deprimida. Sin ese aumento del gasto gubernamental, la depresión económica sería “más profunda y más prolongada”

Es de este modo que el sistema gubernamental refuerza de manera rápida y contundente dos de los muchos problemas que le aquejan: reactiva y respalda la economía nacional, y con un discurso liberador, apoya o irrumpe en conflictos internacionales como mediador autoritario, es decir, pone las reglas de estos conflictos e incentiva el consumo de sus productos (armas) y el empleo de sus ciudadanos (soldados), lo cual genera una ilusión para su país de bienestar y crecimiento a corto plazo.

John T. Flynn, en su libro As We Go Marching comenta este hecho en particular: “…esta es una devoción de los elementos conservadores por la pujanza militar…”, y enfatiza que “el militarismo es uno de los grandes y glamorosos proyectos de obras públicas con el cual una variedad de elementos humanos en la comunidad puedan llegar a ponerse de acuerdo”. Es así como la ciencia armamentista estaría justificando aquí y de esta forma su expansivo desarrollo, puesto que es un elemento clave para el sistema económico mundial, el cual no ha tenido grandes cambios desde esta perspectiva desde los años 20’s.

Con este panorama frente a nuestros ojos es imprescindible comenzar a preguntarnos si los esfuerzos que estamos haciendo en conjunto como naciones, en conferencias y en tratados sobre cambios ambientales, además de los esfuerzos por ser un mundo globalizado, consciente cada vez más de su frágil estabilidad contemporánea, debiera seguir destinando gran parte de los fondos en la investigación y el desarrollo armamentista.

La respuesta afirmativa a lo anterior claramente indicaría una doble moral de los gobiernos sobre las preocupaciones de la sociedad, que se encuentran constantemente inquietos (los primeros) por la estabilidad del sistema económico, que sin embargo manejan a placer, sin tomar en cuenta que el jinete de la guerra, guiado por el interés monetario, acabará con todo lo existente que el planeta pueda contener.

Finalizando: ¿qué debiéramos pensar sobre el porvenir de la humanidad?, ¿serán conscientes de que todo depende de la dirección hacia dónde dirijan sus mejores esfuerzos?

El futuro de nuestra existencia progresista o nuestra decadencia están en juego, todo ello puesto hoy día por encima de una frágil balanza tambaleante. Tal vez la humanidad pueda vislumbrar que aún está a tiempo de cambiar el paradigma que surgió al principio de su evolución, acerca de si debería utilizar los elementos naturales y el conocimiento que tiene a su disposición como una herramienta para el desarrollo y el crecimiento humano, o si debería, por el contrario, continuar haciéndole caso a sus impulsos más primitivos y forjar más armas que contribuyan con su extinción definitiva.

 

@bioeticaunam

 

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