Prácticas con animales y alternativas pedagógicas

El empleo y/o desarrollo de alternativas pedagógicas al uso de animales de laboratorio debe representar un reto pedagógico positivo para los docentes y no una limitante al proceso de enseñanza-aprendizaje.

Por: Rebeca Pérez-Flores y Ángeles Cancino-Rodezno

La práctica docente con animales –que se lleva a cabo para que los alumnos adquieran competencias profesionales– es considerada indispensable por muchos académicos y profesionales, y es legal a nivel superior cuando se cumplen determinados requisitos descritos en el Artículo 47 de la Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal (próxima a armonizarse con la recientemente creada Constitución de la Ciudad de México) y con base en lo establecido por la NOM-062-ZOO-1999. Asimismo, el Artículo 46 de la misma Ley valida el derecho del alumno a negarse a la realización de prácticas que involucren animales mediante la figura de “objeción de conciencia”, quedando plasmado de la siguiente forma:

Ningún alumno(a) podrá ser obligado(a) a experimentar con animales contra su voluntad, y el profesor(a) correspondiente deberá proporcionar prácticas alternativas para otorgar calificación aprobatoria. Quien obligue a un alumno(a) a realizar estas prácticas contra su voluntad podrá ser denunciado en los términos de la presente Ley”.

Se entiende por objeción de conciencia a la posición que toma un individuo cuando no está dispuesto a obedecer un mandato de la autoridad, defendiendo que existen razones éticas que le imposibilitan a realizar la conducta a la que se la ha instado. La objeción de conciencia desde un punto de vista ético permite que el sujeto moral afronte sus responsabilidades personales y profesionales desde una óptica coherente entre sus principios, sus valores y sus actos. De hecho, de acuerdo a Ángel Cuenca Molina, en su libro “Ética itinerante” se conoce al acto de objetar conciencia como uno de los signos más fehacientes de una postura ética adulta y consciente de los deberes sociales propios y de la escala de valores del sujeto que la proclama.

Incluso, para muchos autores la objeción de conciencia queda implícita en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos de la ONU, en el Artículo 18, que cita:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza y la práctica…”.

Las razones que se invocan como causas para objetar conciencia tienen distintos orígenes, sin embargo, consideramos que en la Educación Superior en ciencias médicas y biológicas debiera apelarse a la objeción de conciencia de origen deontológico, cuando las prácticas involucren valores socialmente controvertidos y exista una posible afectación a terceros.

Ante la objeción de conciencia por parte de los estudiantes, también es importante preguntarse si el alumno puede adquirir las mismas capacidades por medio de alternativas pedagógicas o en otras palabras ¿es indispensable el uso de animales en la educación superior? ¿Existe alguna justificación pedagógica para continuar con su práctica? En su artículo “Víctimas de la educación. La ética y el uso de animales en la educación superior”, el Dr. Gustavo Ortiz Millán analiza esta pregunta citando numerosos estudios pedagógicos que muestran que los alumnos aprenden igual, y en muchos casos mejor, sin usar animales. Sin embargo, el uso de animales en la docencia es el modo como tradicionalmente se enseña a los alumnos, aunque el hecho de que una práctica sea tradicional no justifica su continuación. Hacerlo sería incurrir en la falacia ad antiquitatem o la apelación a la tradición y, más aún, la utilización de este argumento en la educación promueve el conservadurismo y el inmovilismo pedagógicos, es decir, sirve para obstaculizar nuevas técnicas de aprendizaje posiblemente más efectivas. Por su parte, la Dra. Elizabeth Téllez y sus colaboradores hacen énfasis en que el uso de animales para docencia debe estar ampliamente justificado y el objetivo de emplearlos para enseñanza jamás debe ser la desensibilización de los estudiantes para asegurar la formación de profesionales racionales sin comportamientos sentimentalistas.

De hecho, es sumamente deseable que un profesionista en ciencias médicas y biológicas respete, considere y empatice con sus pacientes y/o “modelos de estudio”.

Es importante mencionar que de acuerdo al Comité de Médicos por una Medicina Responsable (PCRM por sus siglas en inglés) más de 200 Escuelas de Medicina de Estados Unidos y Canadá no utilizan animales vivos en sus prácticas. Dentro de estas escuelas se incluyen la Escuela de Medicina de Harvard, Escuela de Medicina de Yale, Universidad Johns Hopkins, Universidad McGill, Universidad de la Columbia Británica, entre otras. En México, en la Licenciatura de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad del Valle de México (UVM), se evita el uso y sufrimiento de animales vivos mediante técnicas de aprendizaje basadas en simuladores, al menos durante los primeros semestres. Esto con el fin de que los alumnos conozcan, practiquen y adquieran destreza para su área de interés sin dañar o tomar la vida de un animal.

Reforzando lo anterior, existen cada vez más alternativas para la Educación Superior que no vulneran los derechos animales, ni perjudican el avance científico. Uno de los grupos que más trabaja con respecto a este tema es la Red Internacional por la Educación Humanitaria (InterNICHE), quienes ofrecen una plétora de alternativas experimentales fundamentadas que se pueden revisar en la segunda edición del 2006 del libro titulado “Del conejillo de indias al ratón de laboratorio”.

Retomando el Artículo 46 de la Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal, mencionada anteriormente, el profesor deberá proporcionar prácticas alternativas para otorgar calificación aprobatoria a los alumnos objetores de conciencia. Estas prácticas, que no involucran animales, deben ser didácticamente equivalentes, por lo que su desarrollo debiera estimular la creatividad didáctica del profesorado para diseñar nuevos protocolos educativos eficientes y pedagógicos en disciplinas como biología, medicina, medicina veterinaria, psicología, farmacología, etc.

De lo anterior surge otro cuestionamiento: si como docente consciente de que existen alternativas pedagógicas equiparables y éticamente superiores respecto a las clases que se han impartido tradicionalmente, ¿se tiene la obligación ética y profesional de emplearlas en las clases?, o ¿se debe esperar a que los alumnos informados, disidentes, “contraculturales”, “objetores” y “conocedores de la ley”, lo soliciten?

Opinamos que el empleo y/o desarrollo de alternativas pedagógicas al uso de animales de laboratorio debe representar un reto pedagógico positivo para los docentes y no una limitante al proceso de enseñanza-aprendizaje. La búsqueda de alternativas para la educación sin animales puede resultar en un acicate para la reflexión ética y académica de los profesores. Respecto al alumnado, el hecho de que los estudiantes objeten conciencia frente a las prácticas con animales es indicativo de un cambio de paradigma, derivado de un proceso reflexivo que muestra que los estudiantes critican y analizan los métodos de aprendizaje a los que son sometidos, y que a través del ejercicio de la autonomía son capaces de decidir lo que es congruente con sus valores y principios.

Negarle el derecho a los alumnos de objetar conciencia respecto a las prácticas que utilizan animales, además de ir contra la Ley, fractura el ejercicio de los derechos humanos de una persona adulta autónoma, que toma conciencia sobre su propia responsabilidad ética frente a los demás animales. Asimismo, es deseable que los docentes no tengamos prejuicios respecto a los alumnos que se nieguen a realizar prácticas en animales, pensando que su oposición seguramente obedece a la apatía o negativa por el aprendizaje. La objeción de conciencia en las aulas deriva del progreso moral de la sociedad mundial actual, donde los jóvenes demandan mayor información y mejores argumentos antes de tomar la vida de un animal con propósitos educativos.

Asimismo, consideramos que es nuestra responsabilidad como docentes procurar una actualización académica constante para no incurrir en el conservadurismo y el inmovilismo pedagógicos. Finalmente los docentes debemos de tener el compromiso de darles herramientas a los estudiantes universitarios, no sólo para que desarrollen sus capacidades académicas, sino también sus capacidades éticas.

 

@bioeticaunam

 

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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Comentarios
  • Juan A. Cruz Parcero

    Un comentario sobre su texto: No es exacto decir que el artículo 46 de la Ley de Protección de los animales reconozca la objeción de conciencia de los alumnos como un derecho (y menos aún que se diga que se trata de un derecho humano que se deriva de la Declaración Universal, interpretación que ha sido rechazada por amplios sectores de la academia y que sólo un sector ligado con intereses religiosos lo ha sostenido así). El citado artículo establece una simple prohibición de obligar a los alumnos a realizar prácticas con animales si no lo desean, dicha disposición no exige que se alegue ningún principio ético, moral o religioso para tal rechazo. Bastaría entonces que un alumno se niegue y solicite una práctica que sustituya el experimento con animales.

  • Ana Cristina Ramírez Barreto

    Buenísimo. Muchas gracias por compartir.