En buena lid

La tauromaquia es nociva para el ser humano y ningún ser capaz de sentir dolor debiera ser torturado.

Por: Paulina Rivero Weber

Un escritor judío que creció en un ghetto de Varsovia, llamado Isaac Bashevis Singer, llevó a cabo una comparación que sólo puede ser incuestionable por haber surgido de alguien que sufrió el holocausto en carne propia. Consideró que la existencia de los animales transcurre y concluye en campos de concentración y exterminio. Para ellos la vida es un eterno Treblinka y nosotros hemos sido considerablemente más crueles que los nazis con los judíos… lo anterior cobra una validez particular cuando viene de un judío que vivió aquellos horrores.

El abuso animal que como humanidad hemos llevado a cabo para poder alimentarnos es del todo inadecuado, por decir lo menos. Pero el abuso para con los animales por mera diversión es la peor manera de estropear la sensibilidad humana para con la vida. En este artículo me referiré a un caso concreto: la tauromaquia.

La biología del toro nos permite saber sobre él y demuestra la falsedad del estereotipo que la tauromaquia ha creado. La especie actual se denomina Bos primiegenius taurus[1] y a ella pertenece absolutamente todo tipo de toro o vaca, lo que tira por la borda uno de los argumentos de los defensores de la tauromaquia, quienes argumentan que sin ella se extinguiría una especie del toro de lidia. La especie es el Bos primiegenius taurus y está lejos de extinguirse. Y los ejemplares de lidia podrían pastar en las dehesas ibéricas y continuar creciendo si se transformaran en santuarios, como ha sucedido en otros casos.

Los datos concretos nos indican que el toro es un mamífero artiodáctilo y rumiante; ambas características son reveladoras. La primera nos dice que se especializa en la huida; el toro huye porque no es un animal “bravo” al que le gusta luchar, sino manso que prefiere ser dejado en paz. La segunda, indica que se trata de un animal que dedica su vida a alimentarse pacíficamente. De acuerdo con estudios publicados por la Escuela Nacional Veterinaria de Toulouse, Francia, bajo el título Psicología digestiva en los animales domésticos [2] los toros deben dar, al menos, 10 mil golpes mandibulares para tomar su alimento, posteriormente se retiran a un lugar seguro a rumiar, lo cual implica masticar, al menos, 30 mil veces más. De esta forma, realizan 40 mil masticaciones, lo que les toma por lo menos ocho horas al día. Si agregamos el tiempo que trascurre mientras buscan un pastizal y huyen del enemigo, nos damos cuenta que viven pastando y rumiando en paz.[3] Sus cuernos quizá den una impresión agresiva, pero en La agresión, el pretendido mal el padre de la etología moderna, Konrad Lorenz, hace notar que la emplean más bien y de manera cotidiana en una serie de rituales.

Por otro lado, los mamíferos compartimos el sistema nervioso y la única gran diferencia radica en la corteza cerebral. Por ello, los humanos podemos estudiar matemáticas, componer música, y pensar y expresar a través de un lenguaje articulado, pero las emociones y la sensación de placer o dolor son las mismas.

Atendamos ahora a lo que sucede en una corrida de toros. Éstas se dividen en tercios: de varas, de banderillas y el último realizado por el matador. Una corrida inicia con el encierro del toro, durante el cual, aunque está prohibido, se coloca vaselina en los ojos el animal para limitar su de por sí mala visión; se introduce a profundidad algodón o estopa en la nariz para dificultar su respiración; se golpean sus riñones con sacos de tierra para lastimarlo y debilitarlo, y se liman las puntas de los cuernos.

Posteriormente, en un actuar ya reglamentado, se le clava la divisa, lo que hace que el animal salga corriendo, de modo que cuando entra al ruedo, en realidad está huyendo asustado. Si al salir encontrara una salida, el toro no enfrentaría a su agresor: huiría. A lo largo de estos tercios, el “picador” encaja al toro con una especie de lanza penetrando hasta 40 cm su lomo, lo cual destroza músculos y nervios: ahí comienza a desangrarse. Se le encajan arpones que lo desangran cada vez más. Para el último tercio, la estocada alcanza directamente el corazón y el toro muere. Desgraciadamente, en muchas ocasiones el matador no acierta y penetra los pulmones, una y otra vez, provocando una muerte lenta y tortuosa, y cuando continúa fallando, otro individuo le clava un cuchillo. En ocasiones, en su agonía le cortan las orejas y el rabo para que el matador las conserve como un macabro trofeo.

Quienes se dedican a ello argumentan que es un arte y una herencia cultural. Ciertamente es una herencia cultural macabra, como lo han sido muchas que causaron daño y dolor. Como lo dice Darwin en el cuarto capítulo de The descent of men and Selection in Relation to Sex, los animales son seres sintientes que padecen el dolor, y la compasión es una de las más nobles virtudes que puede adquirir el ser humano[4]. Eso es precisamente lo que le hace falta: extender la compasión hacia el resto de los seres sintientes.

Estudios científicos han demostrado que los animales sí piensan, como si ese hecho los hiciera dignos de vivir y de ser respetados. ¿Importa que piensen, que sean racionales o no? Lo anterior es irrelevante: un ser capaz de sentir dolor no debe de ser dañado, no porque sea capaz de pensar, sino porque es capaz de sentir. Del mismo modo que hoy nos sorprende que Descartes considerara a los animales como máquinas, resulta sorprendente que la humanidad se haya preguntado si los animales sienten y si tienen conciencia de su dolor.

Filosóficamente existen al menos dos formas básicas para estar en contra de la tauromaquia: 1) La tauromaquia debe acabar porque daña la psique infantil y provoca agresividad en el adulto. Aunque esta es una visión injusta con el animal maltratado, si puede ser útil debe emplearse, y 2) la tauromaquia es un mal no por el daño que ocasiona a la sociedad humana, sino al animal mismo. En realidad ambos argumentos son reales: la tauromaquia es nociva para el ser humano y ningún ser capaz de sentir dolor debiera ser torturado.

Si en el siglo XXI no logramos extender la compasión a todos los seres sintientes, este siglo no existirá, pues el desbalance ocasionado por el abuso del ser humano para con el resto de los animales, seguirá poniendo en riesgo al planeta.

La tauromaquia es una de las muchas tradiciones que debemos cambiar si queremos una educación que conduzca a la valoración de la diversidad de la vida en el planeta; por ello, el siglo XXI será animalista, o simplemente, no será.

 

* Paulina Rivero Weber es directora del Programa Universitario de Bioética y profesora de tiempo completo la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y del Colegio de Bioética, A. C.

 

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

 

[1] Animal cordado mamífero artiodáctilo rumiante, para ser exactos, pues pertenece al reino animal, al filo de los cordados, clase mamífera, orden artiodáctilo, suborden rumiante.

[2] Consultado aquí.

[3] Cf. Jesús Mosterin, A favor de los toros,

[4] 2. Darwin C. The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex. NY, New York, Penguin Editions, 2004. Traducción mía, en el original se lee: “Sympathy beyond the confines of man, that is humanity to the lower animals, seems to be one of the latest moral acquisitions…. This virtue [concern for lower animals], one of the noblest with which man is endowed, seems to arise incidentally from our sympathies becoming more tender and more widely diffused, until they extend to allsentient beings”.

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