La autonomía universitaria: ética y vigilancia

La sociedad mexicana tiende a equiparar de manera injusta todo ejercicio de poder y de vigilancia con un acto despótico: como estudiantes muchas veces rechazamos irracionalmente toda figura de autoridad.

Por: Tzitzi Janik Rojas Torres

 

Con admiración y cariño a todo el personal de vigilancia y protección civil de la UNAM

 

 “¿Quis custodiet ipsos custodes? (¿Quién vigilará a los vigilantes?)”, esta pregunta del poeta romano Juvenal nos remite a La República de Platón: mientras que Juvenal cree que no se puede confiar en vigilantes para cuidar a la fidelidad matrimonial, Platón, a través de Sócrates, afirma que se puede confiar en los vigilantes pues la educación moral que éstos recibirían en la utópica república platónica les permitiría cuidar sus propias acciones; en otras palabras, para Platón los vigilantes se vigilan a sí mismos.

Durante octubre y noviembre del 2017 tuve el honor de dar, durante dos semanas, clases en el “Taller de cuidado y de protección de la comunidad desde un enfoque ético” que el Programa Universitario de Bioética impartió al personal de vigilancia y protección civil de la UNAM. A lo largo del curso, los asistentes tuvieron la oportunidad de acudir a clases que abordaron valores universitarios, emociones humanas, equidad de género, violencia y acoso, todo desde una perspectiva ética y bioética. Los profesores, por nuestro lado, gozamos con la oportunidad de escuchar y aprender de una de las comunidades más importantes de la universidad y cuya voz pocas veces se abre camino entre la multitud universitaria: la comunidad de vigilantes y protección civil de la UNAM.

El curso surgió como una respuesta a la atención de necesidades específicas de esta comunidad: como sociedad mexicana nos enfrentamos a situaciones de violencia e inseguridad que tienen un reflejo directo en la comunidad universitaria y cuyo primer frente de encuentro son el cuerpo de vigilancia: la pregunta que intentamos contestar tanto profesores como alumnos de manera conjunta era ¿cómo salvaguardar la universidad y los universitarios siempre desde una perspectiva ética y bioética?

La participación y conocimiento de los alumnos fueron valiosísimos y necesarios a lo largo del curso: los ejemplos que se discutían en clase eran perspectivas muy humanas de parte de una comunidad que como sociedad generalmente deshumanizamos. La sociedad mexicana tiende a equiparar de manera injusta todo ejercicio de poder y de vigilancia con un acto despótico: como estudiantes muchas veces rechazamos irracionalmente toda figura de autoridad. Muchas veces fallamos, como estudiantes y académicos, al ver en aquel trabajador una de las bases firmes y absolutamente necesarias de la universidad. Digo fallamos, porque tendemos a simplificar sus tareas y a subestimar sus labores. A mirar desde la arrogancia académica y el egoísmo individual: ¿Qué importa si me detengo por un segundo en la línea del metrobús, si sólo es un segundito?, ¿por qué se pone tan pesado el vigilante si es “nomás una cervecita”?, ¿qué la universidad no es zona autónoma?, entonces ¿por qué no puedo tomar, fumar o hacer con mi “autonomía” lo que me dé la gana?

Justamente uno de los temas de discusión más recurrente en la clase fue la repetida confusión de la autonomía universitaria con un cierto tipo de “zona sin ley”: no, autonomía no significa que no se esté sujeto a leyes, sino que refiere la capacidad de darse sus propias leyes; de auto-legislarse. Todo universitario debe, por tanto, seguir las leyes que la misma UNAM se ha dado y mismas que los vigilantes y el cuerpo de protección salvaguardan: el acto más libre, nos diría Kant, es aquel que se ejerce desde la racionalidad; el reconocimiento de la ley que la razón se otorga a sí misma, y estas leyes no se pueden suspender porque seamos grandes catedráticos, nos vayamos a estacionar un segundito o sea nada más una cervecita entre cuates.

Cuando los vigilantes Marina o Alfredo, Fabián, Marco o María nos explicaban las problemáticas que enfrentan cada día, es patente que su labor es no sólo primordial y básica sino que tiene implícita una reflexión ética y bioética compleja, siempre presente. Desde cómo interactuar con nuestro medio ambiente –incluyendo la importantísima reserva ecológica con la que cuenta la UNAM y su riquísima fauna de especies autóctonas-, hasta cómo garantizar la autonomía universitaria, vigilar sin violencia y establecer diálogo con otras partes de la comunidad que no siempre los reconocen como iguales para dialogar. ¿De dónde sacamos los universitarios tanta arrogancia ante una parte misma de nuestra universidad?, ¿acaso cuando vemos nuestro rostro pensamos que los ojos son más importantes que la piel que nos recubre?, ¿no son todas las partes igual de importantes e imprescindibles así sean muy distintas?

No busco aquí hacer ninguna apología ingenua sino compartir mi propia experiencia del trabajo con los compañeros del cuerpo de vigilancia y protección civil. Reconocer la gran disposición para cambiar antiguos errores y aprender nuevas actitudes. Así como ellos lo están haciendo, nos toca a la comunidad hacer lo correspondiente: librarnos de prejuicios y arrogancias para reconocer su valioso conocimiento y aportación universitaria. Platón estaría orgulloso de nuestros vigilantes, pues los vigilantes de la UNAM, aun teniendo muchas áreas que mejorar y formaciones que emprender, son como los guardianes de la república, un admirable cuerpo de vigilantes que se vigila también a sí mismo.

 

* Tzitzi Janik Rojas Torres es egresada de la Licenciatura en Filosofía, sus líneas de investigación son la ética, la estética y el pensamiento no-occidental.

 

 

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