Las calles, grandes salas de urgencias

No podemos perder ni una vida más por circunstancias que podemos controlar; ni la de un joven ni de nadie. No podemos dar por hecho que nuestras calles sean cementerio de peatones, ciclistas y automovilistas. Mucho menos aceptar que estos siniestros en la calle sean la primer causa de muerte en niños, jóvenes y adultos menores de 45 años en México.

Las calles, grandes salas de urgencias
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Por: Frank Aguirre Riveros (@FrnkAguirre)

Cuando pasen un par de décadas más, quienes hoy tenemos 30 años de vida o menos, tal vez nos preguntemos ¿qué pasó con nosotros durante este tiempo?, ¿salió adelante la juventud mexicana de este período en donde la muerte en las calles era tan común y la vida parecía valer tan poco?

Esto me ha hecho preguntarme cómo podemos mejorar nuestra realidad para los jóvenes, para todos. No solamente la vida se ha desvalorizado como consecuencia de la violencia irracional de la cual muchísima gente es víctima, sino que también hay jóvenes que no podrán vivir plenamente o morirán como consecuencia de un atropellamiento fatal.

Lo primero que siento respecto a las muertes en las calles es lo siguiente: no podemos perder ni una vida más por circunstancias que podemos controlar; ni la de un joven ni de nadie. No debemos tolerar el hecho de que las muertes en las calles pudieron ser evitadas. No debemos de sacrificar a nadie en el altar de la indiferencia. No podemos dar por hecho que nuestras calles sean cementerio de peatones, ciclistas y automovilistas. Mucho menos aceptar que estos siniestros en la calle sean la primer causa de muerte en niños, jóvenes y adultos menores de 45 años en México.

Como médico y activista de la movilidad no motorizada he comenzado a relacionar mi actividad en las calles con la muerte y lo común que se ha vuelto, debido a la cercanía que para bien y para mal, mi profesión me llevó a tener con este elemento que no podemos divorciar de la vida. Una de las experiencias que siempre rondan mi actividad es haber visto a alguien morir a pesar de hacer todo lo aprendido para salvarle, utilizando todos los medios disponibles al alcance. Solemos consolarnos con un seco “así es la vida”, o engañándonos con un “hicimos todo lo que pudimos” cuando esta persona víctima de un siniestro vial NUNCA debió haber llegado a la sala de urgencias.

Te pondré un ejemplo: imagina la sensación que surge después de haber hecho todo lo posible para salvar a un niño de 3 años que llega a tu guardia nocturna, posterior a una colisión entre vehículos, una fatalidad que después te enteras pudo haberse evitado al 100%. Imagina después de 6 años de constante preparación, y de saberte capacitado para enfrentar la adversidad de un traumatismo, realizar todas las maniobras conocidas, utilizar todo el material disponible y aplicar todo el conocimiento aprendido, para que al final, la fatalidad y el grave estado de salud del niño sea quien haya definido su fatídico futuro.

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Imagina salir de la sala de urgencias, agobiado, frustrado, desvelado, con el pulso aún acelerado, no para descansar y tener un tiempo para asimilar lo sucedido, sino para continuar tu labor iniciando por mencionarle de la manera más sutil a los padres del recién occiso, que su primogénito ha muerto, y saber que dentro de tus palabras se oculta el hecho de que con él no volverán a reír, no volverán a hablar y no podrán volver a jugar de nuevo. Sólo después de haberles hecho romper en llanto continuarás tu trabajo llenando papeles, actas de defunción (si es que te equivocas redactándolas) y reportes el resto de la madrugada, para quizá iniciar el día atendiendo otro paciente crítico, producto de un siniestro vial con un grado de fatalidad que probablemente no te dejará rango de maniobra para evitar su muerte.

Es una realidad: las muertes por siniestros viales son una epidemia mundial de la cual México no se escapa, y en el caso de mi ciudad, La Paz B.C.S., tampoco estamos exentos. Los siniestros viales son la causa principal de muerte en niños, jóvenes, adolescentes y adultos menores de 45 años, según datos de CONAPRA. Es más, en el mundo, durante el día de hoy 500 niños morirán como víctimas de una colisión entre vehículos o atropellados, según la OMS. Esto es motivo de alarma para quienes estamos en la lucha por la reconstrucción y la construcción de ciudades a escala humana.

Nuestra juventud no solo está siendo masacrada a consecuencia de la inverosímil “guerra contra el narcotráfico”, también estas vidas se nos están yendo en las calles mediante el simple hecho de salir de un lugar y no poder llegar vivo a su destino. Los jóvenes están muriendo mientras satisfacen una necesidad de desplazamiento.

Es importante destacar que los siniestros viales también son una de las causas más importantes que generan pobreza en México. Según Milenio, El Financiero, así como la Organización Panamericana de la Salud, las fatalidades por siniestros viales son los generadores más rápidos de pobreza en la República Mexicana. Esto no es de sorprenderse, una familia de clase media baja, la cual depende (como muchas) del ingreso de quien esté a la cabeza de familia (padre o madre) puede ver mermado su ingreso económico y su desarrollo familiar al perder aquel ingreso del cual todos dependían. Si un miembro de una familia queda lesionado de por vida, el fuerte gasto que implica la rehabilitación es un golpe duro a su estabilidad financiera.

Por eso es que las autoridades correspondientes y nuestros representantes, tanto en el congreso como en los municipios, gobiernos del estado y gobierno federal, no pueden aspirar a controlar el problema de tráfico vehicular con más infraestructuras para vehículos ni con políticas públicas que generen más tráfico vehicular mediante el fenómeno denominado “tráfico inducido”.

El tráfico inducido surge de una congestión vehicular constante y periódica que genera conductores malhumorados. Este malestar común se convierte en exigencias por mejorar la fluidez del tráfico, por lo que las instituciones optan por construir infraestructura para generar mayor espacio al automóvil, lo que a su vez alimenta un imaginario colectivo en el que se cree que en ese espacio caben todos los conductores, incentivando a más conductores a manejar por dichas vías. Este efecto de atracción termina generando más tráfico vehicular. A más automóviles, mayor probabilidad de que surja un siniestro. A mayor tasa de motorización, mayor probabilidad de fatalidad durante un percance en las calles.

De esta manera nuestras autoridades no solo se equivocan una y otra vez cada que invierten en infraestructura exclusiva para el vehículo (como los puentes antipeatonales o distribuidores viales) intentando que los conductores se muevan de manera más fluida, sino que a su vez discriminan a las personas que se desplazan en otros medios, como a pie, en silla de ruedas, en bicicleta o en transporte público. Esto reduce la probabilidad de realizar desplazamientos eficientes, cómodos, y seguros, otro factor que contribuye a la tasa de mortalidad para peatones y ciclistas.

Es un error pensar que los departamentos correspondientes al desarrollo urbano y al cuidado de tránsito podrán solos en esta ardua labor por construir ciudades a escala humana; se necesita que el sector salud haga su parte al contribuir con análisis y programas de medicina preventiva como un medio para evitar el interminable número de pacientes por enfermedades producto del sedentarismo, padecimientos crónico-degenerativos y fatalidades que en cierta manera están vinculadas con nuestro estilo de vida, y la forma en que están construidas las ciudades.

Un ejemplo de éste es el círculo vicioso que generan los barrios obesogénicos, los cuales son desarrollos inmobiliarios que por su grado de conectividad con vías principales están enfocados en satisfacer el espacio para los vehículos y no el traslado de personas dentro y fuera de las vecindades, por lo que es muy común ver banquetas de mala calidad, ausencia de banquetas, o longitudes ridículamente reducidas que no permiten el desplazamiento de personas en silla de ruedas, por lo que la única opción para cumplir un traslado es el uso innecesario y excesivo del auto, así el destino esté a un par de cuadras.

Este tipo de complejos inmobiliarios incitan al sedentarismo al limitar la posibilidad de desplazarse en distancias cortas a pie o en bicicleta, lo que contribuye a padecer enfermedades crónico-degenerativas y rompe por completo con una idea de ciudad en el que las personas a pie o en bicicleta sí caben. Por el contrario, se genera una psicosis colectiva, en la cual si no eres un carro no tienes derecho a la calle, y si tienes la osadía de “invadir” la calle mereces ser atropellado y será tu culpa si lo haces fuera de la raya peatonal. Se vuelve legal morir atropellado en la cebra peatonal pero ilegal hacerlo fuera de ella.

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Por esta razón, el sector salud tiene un grado de responsabilidad en el desarrollo de nuestra ciudad pues si atiende enfermedades y sabe sus causas, puede generar el conocimiento necesario para limitar estas causas y evitar los padecimientos, ejecutando políticas públicas de salud de manera interinstitucional y multidisciplinaria, como algunas acciones realizadas en Medellín en los años de Sergio Fajardo, cuando la Secretaría de Cultura Ciudadana se vinculó con la de Desarrollo Urbano y con la Dirección de Tránsito para que sus nuevas políticas de incidencia en las vialidades tomaran en cuenta al usuario del espacio y su comportamiento, y no obligarlo a utilizar algo que no fue pensado en base a sus necesidades.

Finalmente, como médico del tráfico, he aprendido que si bien hay tragedias que no podemos evitar, como el final natural de alguien que está al término de su vida, es de necios permanecer de brazos cruzados mientras hay decenas de personas que de manera prematura mueren por un siniestro vial.

Aquellos que están tanto en las instituciones como en la sociedad civil trabajando diariamente para impulsar la movilidad no motorizada, están contribuyendo a romper este fenómeno de muerte. Y solo construyendo redes y abriendo espacios de comunicación entre la sociedad y el gobierno podremos sanar nuestras ciudades más allá de curitas urbanas que solo sirven para la foto o para cumplir a tiempo con el plazo de un programa.

Antes de que pasen más décadas, algún día espero que esta lucha sea la de todos los que salimos a la calle, y organizados hagamos lo que nos corresponde. Pues lo valioso de la vida nos lo demanda.

 

* Francisco Aguirre Riveros es egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Guadalajara, Secretario Técnico de la comisión de Bicicampamento en la BICIRED MX, representante de Dante Caminante en la @LigaPeatonal. Actualmente cursa la maestría de Desarrollo Sustentable y Globalización en la Universidad Autónoma de Baja California Sur y es director de BCSicletos (@bcsicletos_ac), organización no gubernamental que trabaja en temas de movilidad no motorizada, derechos del peatón, seguridad vial, reforma y aplicación de la ley, transparencia y acceso a la información, ciclismo urbano y recuperación de espacios públicos en La Paz, Baja California Sur. Correo: triangulofar@gmail.com

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