¿Cómo volví al transporte colectivo Metro?

Los primeros 7 años de mi vida usé el transporte público con frecuencia. Un accidente redujo mis habilidades motrices y me obligó a trasladarme en auto. 21 años después he regresado al Metro para incidir en la construcción de ciudades más humanas.

Por: Roberto Martínez

El transporte colectivo en Ciudad de México no se destaca por ser eficiente, cómodo o seguro. En esta ciudad, para llegar a la escuela o trabajo se deben recorrer bastantes kilómetros y recurrir a medios de transporte como la combi, el micro, el metro o moto taxi, además de caminar largas distancias.

Hasta el día de hoy el transporte público no deja de asombrarme. Desde niño viajaba con mi madre tomando micros, combis o Metro para llegar al centro del Distrito Federal. Recuerdo largos recorridos en micro, de Tláhuac hasta la estación del metro más cercana, en ese entonces, Taxqueña Línea 2. Al llegar al centro de la ciudad todo parecía inmenso, las calles, los edificios, el ruido, las multitudes y la numerosa cantidad de autos; caminar entre tanta gente era un desafío.

Mi madre me enseñó que debía voltear a ambos lados al cruzar una calle; una vez reconocido el terreno debía correr al otro lado, siempre rápido, corriendo preferentemente. Jamás se cuestionó el comportamiento del auto, no consideró que esas máquinas pesadas pudieran tener alguna consideración para los peatones, ceder el paso, reducir la velocidad cuando el semáforo estuviese amarillo o al menos respetar el paso de cebra, dando por hecho que la infraestructura era exclusiva para los autos y que los peatones estábamos ahí para estorbarles en su veloz camino. Ante esta problemática que desafortunadamente perdura, hoy en día me sigue sorprendiendo que un auto me ceda el paso.

Siendo un niño de siete años veía con temor los microbuses; la sensación de peligro continúa hoy día. Recuerdo que mi madre tenía que cargarme para subir o bajar por la gran altura para abordar y alguna vez ella y otros pasajeros descendieron para auxiliar mi descenso o ascenso. En una ocasión, el chofer arrancó, quedándome en la unidad, avanzó unos metros mientras mi madre corría desesperada hasta que los pasajeros le hicieron notar la situación y mi madre pudo rescatar a su pequeño hijo de siete años. En esa primera etapa de mi vida usaba el transporte público con frecuencia. Algo inesperado me separó por veintiún años de usarlo, no porque haya ganado la lotería y eso me permitiera comprar un auto lujoso para moverme “libremente” por la ciudad, sino porque un accidente redujo mis habilidades motrices y ante el caótico transporte público era más seguro trasladarme en auto.

Visión Zero, Xilografía, 2015

Visión Zero, Xilografía, 2015

Es evidente que las calles no son construidas para los peatones; aún para una persona con todas sus habilidades, transitar la ciudad es complejo y peligroso.

Ante este panorama pensar que un peatón adulto mayor, una persona con discapacidad visual o una persona con silla de ruedas pueda recorrer cómodamente y con seguridad la Ciudad de México es difícil.

El accidente que tuve a los diez años -caída de bicicleta con lesión medular- parecía temporal, y un diagnóstico final de displasia espondiloepifisiaria múltiple configuró mi mundo. Todas estas fallas de infraestructura fueron aún más evidentes. A punto de perder el año escolar, mi maestra Margarita con clases particulares me ayudó a rescatar el quinto año de primaria. Regresar a la escuela para sexto año fue el comienzo de una vida académica en la que mis colegios, universidades, posgrados o academias nunca brindaron la más mínima adaptación en infraestructura para alguien con mis condiciones físicas.

Laminectomia, Xilografía, 2007

Laminectomia, Xilografía, 2007

Recuerdo que el recorrido al colegio corriendo delante de mi madre o mi tía cambió por una silla de ruedas a un ritmo lento. Aunque la habilidad de mis piernas era limitada, subía a mi aula de clases sin mucho problema; fue el primer gran reto de muchos que vendrían en el futuro. La secundaria no fue distinta, pero ya no me trasladaba en silla de ruedas sino en una bicicleta con asiento en la barra superior del marco de la bici. La conducía mi madre quien me llevó a toda velocidad durante mis tres años de secundaria.

Alguna vez me propusieron cambiar mi salón de piso y tomar clase en la planta baja pero siempre me han gustado los retos. Es por eso que al terminar la secundaria decidí seguir la tradición familiar y estudiar en el mismo colegio al que asistieron mi madre, mi hermana y uno de mis hermanos. A pesar de que mis padres me ofrecieron estudiar el nivel medio superior en un colegio privado para estar cerca de casa y que un bus me trasladara a diario, el reto era estudiar en el Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur al cual llegar en bici no era viable: el campus ubicado al sur de la ciudad fue construido sobre un terreno volcánico, en el pedregal, con miles de escaleras cual obra de M.C. Escher. Durante años el auto fue la opción más segura y mi única forma para recorrer largas distancias; pues para desplazarme en mi colonia, el invento que realizó mi padre una bicicleta con cuatro llantas, es ideal.

Relativity. M.C. Escher

Relativity. M.C. Escher

Aquella bici personalizada detonó que mi obra artística se comenzara a llenar de bicis, lo cual me llevó a sumarme al movimiento bicicletero de Ciudad de México y a esa lucha por ciudades más humanas, caminables y pedaleables, pero mi discurso no estaba completo pues promovía el uso de la bicicleta desde la comodidad de mi auto. Sin embargo, en los últimos dos años mi obra plástica como credencial y mi bici como pasaporte me permitieron conocer otros países como Colombia, España y Chile; en ellos, bajo los efectos aventureros que todo viaje brinda, me atreví a tomar el metro, a desplazarme en tren con mi patín del diablo y a tomar las calles en bici como pocas veces lo he hecho en mi propia ciudad.

 

Grabador viajero, Xilografía, 2015

Grabador viajero, Xilografía, 2015

Así, decidí no seguir pasando horas en el tráfico, que aunque pareciera imposible, debía desplazarme a mi Taller de Producción en otros medios. Me aventuré a viajar en Metro, a evaluar desde dentro las condiciones estructurales de un transporte que desplaza a miles de personas, transporte que temía usar pues encapsulado en mi auto me sentía seguro, nadie me empujaba y siempre tenía mi lugar asegurado. Por el temor a desplazarme como el 70 % de la población, me di cuenta que me perdí de experiencias gratas y otras tantas de terror: desde encuentros con amigas de la secundaria que me invitaron a clases de tango en la alameda central, reencuentros con amigas de la universidad, hasta la gestión de nuevas exposiciones artísticas con directores de centros culturales.

Encuentros que, en el mejor de los casos, me demostraban la magia del transporte público al que poco a poco he ido conociendo para hacer más seguros mis traslados y por ejemplo, me ha enseñado qué estaciones evitar. Como el transbordo de Hidalgo, el que alguna vez tomé desde Universidad –donde por cierto por primera vez tomé el Pumabus y pregunté si cobraba- hacia mi estudio en el Zócalo a las dos de la tarde. Con el metro repleto, me acerqué a la puerta lentamente para bajar mientras la gente amablemente me cedía el paso; al abrir la puerta con el objetivo de salir rápidamente para no obstruir la entrada y con pie cerca de piso firme, un mar de gente se abalanzó sobre mí regresándome al interior del vagón. Temeroso, aplastado, desesperado y aterrorizado por la situación mi adjunto me protegió y cargó hacia fuera cual juego de fútbol americano en donde el quarterback es derribado al romperse la bolsa de protección.

Aún con las enormes deficiencia que presenta el Metro de Ciudad de México (sin elevadores en todas las estaciones, sin rampas, con puertas de acceso y salida siempre bajo llave arriesgando la integridad de los usuarios ante una emergencia, falta de conciencia para usar los elevadores pues mucha gente incluso corre para hacerse caber en ellos sin considerar que deben cumplir con ciertas condiciones para utilizarlo, la negación de usuarios para ceder lugares pues su comodidad y bienestar es primero, entre otras deficiencias) considero importante que, desde mi persona, pueda incidir en la concientización de usuarios y servicios, haciéndome presente, dejando mi auto en la cochera, con patín del diablo alineado y engrasado, ahora sí con un discurso integral como artista, peatón, ciclista y cochista, y luchar por ciudades más humanas desde las entrañas del transporte público.

 

* Roberto Martínez es artista visual, grabador, pintor y ciclista, egresado del Posgrado de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México, y miembro de la Liga Peatonal y de la Comisión de Diseño y Mercadotecnia en la Bicired México. [email protected]

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