Ciudad con “c” de cuidado

El diseño urbano no considera que los patrones de movilidad de las mujeres son distintos a los de los hombres ni toma en cuenta el trabajo de cuidado que realizan mayoritariamente las mujeres.

Por: Lillian Sol Cueva (@SoLillian)

Es una realidad. Tradicionalmente quienes han planeado y diseñado los espacios y servicios en las ciudades han fallado en integrar la vida cotidiana de las mujeres, pues la planificación urbana privilegia las actividades productivas remuneradas -que mayoritariamente realizan los hombres- dejando fuera otras actividades necesarias para la vida.

Los cuidados son de esas actividades fundamentales para la vida. Son tan fundamentales, que suceden en una línea continua entre lo privado y lo público, sosteniendo la producción y reproducción de las sociedades. Los cuidados implican alimentar, limpiar, pagar cuentas, dar cariño y educar, llevar y traer, sanar cuando se está enfermo y un largo etcétera, que además de ser largo, sin vacaciones, sin seguridad social, aguinaldo, jubilación u otra garantía que acompaña idealmente al trabajo remunerado, no es visibilizado como trabajo, es poco valorado y se hace gratuitamente por las mujeres todos los días (muchas veces antes o después del trabajo asalariado). En México, según información de la Cuenta Satélite del Trabajo no Remunerado de los Hogares de México, este trabajo equivale al 24.2 % del PIB nacional, siendo las mujeres quienes destinan 47.9 horas a la semana, frente a las 16.5 horas de los hombres.

Sabemos, por ejemplo, que asociado al trabajo de cuidado los patrones de movilidad de las mujeres son distintos a los de los hombres, ya que sus propósitos son diversos y simultáneos, sus distancias recorridas son más cortas y en tiempos más variados, sus destinos son escalonados y sus viajes son mayormente acompañadas de personas a su cuidado o de paquetes y bolsas “del mandado”. Sin embargo, las rutas, los horarios, las tarifas, incluso el diseño de vagones y autobuses no contemplan estas diferencias. La mayoría de los sistemas de transporte urbano consideran viajes lineales desde los lugares de residencia a los centros de trabajo, en horas de “oficina”, y viajando solo.

Tampoco para diseñar las banquetas y los cruces se consideran los trabajos de cuidado, pues usar tacones y falda, llevar carriolas, los carritos para ir al mercado, caminar cargando a una niña pequeña o acompañando a un hombre mayor al médico, implicaría diseñar y construir banquetas anchas, mantenerlas en buen estado y limpias, demoler los puentes “antipeatonales”, establecer luminaria que alumbre a las personas que transitan las banquetas y no a los coches, u otras medidas.

Otro ejemplo es el de las inversiones en el espacio público, que priorizan campos de futbol o canchas deportivas -beneficiando principalmente a hombres jóvenes- en lugar de destinar recursos para la edificación de centros de cuidado comunitario y estancias infantiles, que permitan la conciliación de la vida personal, familiar y profesional de mujeres y hombres; y ni que decir de la inversión en carreteras, calles, avenidas y estacionamientos públicos, que favorecen a los que se desplazan en automóvil privado y que son en su mayor medida varones.

Todo lo anterior es importante, ya que tiene un impacto directo en cada esfera de la vida de las mujeres, en la persecución de sus proyectos profesionales, personales o familiares, en sus recursos y tiempo disponible, en el disfrute de los espacios públicos, incluso en su presencia en estos.

Entonces, frente a un urbanismo “neutro” proponemos uno con perspectiva de género, que tenga en cuenta las necesidades e intereses de mujeres y hombres a lo largo de su ciclo de vida, de todas las condiciones e identidades; que reconozca, haga visible y permita la corresponsabilidad de los trabajos de cuidado entre el Estado, iniciativa privada, las comunidades y entre hombres y mujeres; que garantice la participación significativa y activa de las mujeres durante la planeación, implementación y evaluación de los proyectos urbanos; que cree espacios libres de violencia, y que facilite actividades productivas, reproductivas, de educación, divertimento, artísticas y otras, para la inclusión y el disfrute de todas las personas. Es decir, un urbanismo que construya ciudades para todas las mujeres y todos los hombres.

 

* Lillian Sol Cueva es Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestra en Acción Humanitaria por la Universidad de Groningen, Holanda. Su experiencia profesional incluye trabajo en políticas públicas, derechos humanos y de las mujeres, desarrollo sustentable, energía y cambio climático. Ha adquirido experiencia profesional como feminista, activista, investigadora, coordinadora de proyectos y funcionaria pública de varias ONG nacionales e internacionales, así como del gobierno mexicano.

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