“A lo único que le apuesto es a recuperar algo del cuerpo de mi hijo"
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“A lo único que le apuesto es a
recuperar algo del cuerpo de mi hijo"

Por Alberto Tavira Álvarez (segunda y última parte)
10 de diciembre, 2010
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No. Ya no volvió a su casa. El 11 de julio de 2005, Hugo Alberto Wallace Miranda, de 36 años, fue secuestrado. El joven empresario iba saliendo del cine en Plaza Universidad con una acompañante cuando cayó en manos de sus plagiarios. Jacobo Tagle Dobin, le había presentado a “su amigo” a Juana Hilda González Lomelí, alias “Claudia” quien estaba coludida para secuestrar al publicista.

Al siguiente día, Isabel llamó a su hijo a sus dos teléfonos celulares, pero estaban apagados. Eso le dio muy mala espina a la señora Wallace quien, con la información que pudo recabar de testigos, dos días después presentó una denuncia ante las autoridades del Distrito Federal y de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO). “Pero yo veía que no actuaban, que no le daban seguimiento, así que me fui a la calle a buscar a Hugo, a hacer averiguaciones, seguimientos, lo único que quería era encontrar a mi hijo”. Desde ese momento Isabel señaló a Jacobo Tagle, frente a las autoridades, como uno de los secuestradores de su hijo.

Días después, Isabel recibió un sobre que contenía el comunicado de los secuestradores pidiendo el rescate y una fotografía de Hugo desnudo con los ojos vendados. Esa documentación la entregó a la PGR. En otro comunicado de los secuestradores, le reclamaban a la señora Wallace que hubiera entregado estos documentos a la policía. “Era evidente que alguien de la autoridad tenía complicidad con los plagiarios de mi hijo”. El segundo comunicado de los secuestradores fue el último que recibió la familia Wallace, quienes al solicitarles una prueba de vida, suspendieron la comunicación.

Hubo fuga de información.

El vía crucis había comenzado. En unas cuantas horas, la vida de cada miembro de los Wallace dio un giro de 180 grados: Isabel tuvo que renunciar a su empleo como directora en el Colegio Aztlan, en Tlalpan, donde llevaba 22 años trabajando; Enrique, ya retirado de sus negocios y con sesenta y tanto años sintió cómo se le vino una década encima; la hermana de Hugo Alberto, Claudia, con cinco meses de embarazo de su tercer bebé, por seguridad se fue a vivir a casa de su papás; Roberto, el hermano de Isabel, dejó por un momento a su propia familia y también se instaló durante seis meses en la propiedad de los Wallace para apoyarlos en todo lo que se ofreciera.

El caos se apoderó tanto de los Wallace como de los Miranda. Todo mundo opinaba. Todo mundo defendía su estrategia para salvar a Hugo. Todos criticaban las ideas del otro. Medio mundo quería estar al frente de la negociación. “Un día me harté. Llamé a mi familia, a mis sobrinos, a mis hermanos, a todos los adultos. Los senté alrededor de la sala y les dije: ‘En muchos secuestros las familias terminan divididas. Nosotros siempre hemos presumido nuestra unidad y ahora nos estamos empezando a fracturar. Yo les agradezco a todos su buena intención, pero les quiero decir que aquí la que va a llevar el timón del barco soy yo. Porque a nadie le duele tanto como a mí el arrebato de mi hijo’”. A partir de entonces el equipo proponía, pero Isabel era quien daba la última palabra. “Eso nos ayudó mucho para no terminar en reproches inútiles o en una fractura irreversible”.

A decir de la señora Wallace cada integrante de los suyos sacó la casta. Había quien era bueno para la computadora, otro tenía la fuerza para la investigación de campo. Uno de los hermanos de Isabel, que había trabajado en un Ministerio Público, contribuía a hacer seguimientos. Por su parte, uno de los sobrinos que era bueno para la electrónica instalaba cámaras donde ella le decía. Otro más le hizo una página de Internet para comunicarse con los secuestradores.

La familia siempre estuvo unida.

“Duré 11 días sin dormir y sin comer. Con trabajos dormitaba unos minutos y me despertaba agitada, llorando. Todo ese tiempo me la pasaba llorando hasta que un día me sentó mi marido y mi hermana Asunción y me dijeron: ‘Si tú realmente quieres encontrar a tu hijo no puedes seguir así. Te estás matando’. Me obligaron a dormir por lo menos tres horas diarias, actualmente sólo puedo dormir cinco. Desde luego que mi biorritmo cambió. Dejé de tener horarios para comer, para dormir. Dejé toda mi vida porque desde que se llevaron a mi hijo me he dedicado al cien por ciento a encontrarlo”.

Le pone rostro a los secuestradores

Isabel se levantó. Sacó fuerzas de su interior y siguió con la tarea de buscar a su hijo. Un día que iba caminando por Paseo de la Reforma recordó que Hugo, como publicista, era un ferviente creyente del impacto que tenían los espectaculares, así que se le ocurrió poner uno, pagado de su bolsa, con el rostro de uno de los plagiarios: César Freyre, un policía judicial que era cómplice de Jacobo y Juana Hilda.

Tras seguirlo por varios días, tanto Isabel como su hermano Robert, habían capturado a Freyre a quien presentaron ante la autoridad para que fuera procesado en el fuero Federal, pero ahí les dijeron que mientras no se le acusara de delincuencia organizada no podían hacer nada. Y para acusarlo de delincuencia organizada se tenían que comprobar que participó en por lo menos dos secuestros.

El espectacular con la foto de César fue un shock para todos los que volteaban a ver “el anuncio”. Nunca se había visto una cosa así en la historia de la publicidad en México. Isabel buscó a los medios de comunicación para que difundieran la foto del secuestrador de su hijo. Necesitaban sólo otra persona que lo denunciara para que lo pudieran procesar. “Yo tenía la esperanza que llegara aunque sea un reportero y publicara la foto en algún periódico. Mi cabeza de maestra sólo daba para eso. Pero aquello fue un boom. Llegaron cientos de periodistas y la imagen salió hasta en canales de televisión”. Freyre fue acusado de otros cuatro casos de secuestro.

Dado el éxito obtenido, conforme Isabel fue consiguiendo fotos de los otros secuestradores de de Hugo, mandó a hacerles sus respectivos espectaculares en los que ofrecía recompensa hasta por 250 mil pesos a quienes dieran información que llevara a su captura.

Luego de la detención y declaración de Juana Hilda González Lomelí, Isabel Wallace se enteró de la dura verdad: su hijo había sido asesinado a manos de sus secuestradores.

La dura verdad.

Lágrimas sin reflector

“Claro que lloro. Por Hugo he derramado muchas lágrimas y las seguiré derramando, pero nunca en público. Jamás frente a las cámaras. No quiero dar lástima a nadie. No voy a ser un ejemplo de debilidad para las mujeres que están pasando por lo mismo que yo. Es más, para ninguna mujer. Tampoco les voy a dar gusto de verme doblegada a los asesinos de mi hijo”.

Es en Navidad cuando Isabel más le llora a su hijo. Sin embargo, durante la entrevista, recuerda sonriente que cuando Hugo era pequeño siempre le pedía a Santa Claus el juguete que estaba de moda. Uno de esos años hizo que su mamá viera su suerte pues quería el muñeco del personaje de Hulk, el cual estaba agotado en todas las jugueterías de la ciudad. Aún así su madre lo consiguió.

Más allá del pavo y el arbolito, Isabel fomentaba la tradición para celebrar la Navidad. Reunía en su casa a toda su familia, incluyendo a sus nueve hermanos y sus respectivas parejas e hijos. Entre todos pedían posada. Los más pequeños arrullaban al Niño Dios y lo acostaban en el pesebre que colocaban a un lado del árbol. Los Miranda hacían una oración para agradecer las bendiciones que habían recibido durante el año y, después de la cena, venía el baile. La anfitriona no bailaba. No le gusta. En cambio Hugo, aunque no era su máximo en la vida, de vez en cuando se aventaba sus pasitos con su hermana Claudia.

Con respecto a la comida, los romeritos era el platillo favorito de Hugo. No le perdonaba a su mamá que no los preparara para la cena. “A los dos años del secuestro de mi hijo mis hermanos me obligaron a celebrar estas fechas. Como sabían que yo no tenía humor ni de arreglar la casa se empezaron a rotar para organizarlo en casa diferentes. A mí me tocó llevar los romeritos. A la hora que los iba a empezar a preparar me desplomé. Me solté a llorar de manera incontenible. Por más que quería no paraba el llanto. Me acordé tanto de mi hijo que no pude seguir”.

Una lucha de cinco años.

Durante los cinco años que Isabel Wallace estuvo dedicada a la búsqueda de su hijo no volvió a poner arbolito. “No concebíamos la Navidad sin él”. Sin embargo, este 2010 es el primer año en que vuelve a sacar las series de luces y las esferas para montarlas en su pino. “Se lo prometí a mi nieta, la hija de Hugo, y ella con toda la ilusión del mundo vino a ponerlo conmigo”.

No acaba la búsqueda

Con una serenidad admirable, Isabel, responde a las preguntas de la entrevista con ese tono un poco ronco en la voz. Sentados en una mesa del restaurante La Fonda Mexicana, en San Jerónimo, la señora Wallace no utiliza metáforas y le llama a las cosas por su nombre.

Luego de cinco años prófugo de la justicia, finalmente ya capturaron a Jacobo Tagle Dobin, el otro secuestrador de tu hijo Hugo Alberto, ¿qué sigue en tu lucha Isabel?

“Sé que me estoy enfrentando a una realidad que yo no quería aceptar: la posibilidad de no encontrar a mi hijo. Y digo la posibilidad porque todavía, al día de hoy, no he perdido la esperanza de encontrar sus restos. Jacobo me llevó al terreno del barrio 18, en Xochimilco, donde pusieron una parte del cuerpo de Hugo. Eso es a lo único que le estoy apostando, a poder recuperar algo del cuerpo de mi hijo.”

En todo momento te has mostrado inquebrantable. Ya me dijiste que no lloras en público, pero ¿cómo sacas ese dolor? ¿Vas a alguna terapia?

“No. No estoy en terapia. Antes del secuestro de Hugo sí iba porque estaba estudiando una especialidad en terapia de pareja y era obligatorio que yo asistiera a mi propia terapia. Pero desde hace cinco años que no voy. En todo este tiempo yo he sido mi propia terapeuta, mi medicina, mi consejera… yo he sido todo.”

Pero supongo que en algún momento habrás tenido la necesidad de desahogarte con alguien.

“Claro, cuando tengo que platicar hablo con mi hermana (Asunción) y cuando tengo que llorar, también lloro con ella. Le digo mis frustraciones, mi coraje, mi impotencia. Así es como canalizo mi dolor. También con mi esposo me desahogo.”

¿Qué va a pasar con Isabel Wallace independientemente de que encuentre o no a su hijo?

“Más allá de qué va a pasar, lo importante es saber cómo voy a aprender a vivir con esta situación. Cómo voy a aprender a vivir con este dolor y eso es en lo que estoy trabajando.”

Aprender a vivir con el dolor.

¿Existe algo que hayas descubierto de ti misma frente al secuestro y asesinato de tu hijo?

“En esta crisis algo que comprobé fueron mis valores. No fui capaz de matar, yo entregué a los asesinos; no fui capaz de sobornar, yo exigí justicia. En este tiempo me topé con gente de todo tipo. Hubo quien me pidió 100 mil pesos a cambio de matar al secuestrador de mi hijo, aún cuando éste ya estaba adentro del reclusorio. Hubo otro que me mandó un mail y me dijo que lo mataba gratis. Haber aceptado es ir en contra de mi misma.”

¿Cuál es el castigo que quieres para los asesinos de Hugo?

“Yo sólo quiero que se haga justicia. Que los recluyan en la cárcel toda su vida. No más. Yo no voy a revivir a mi hijo mandando a matar a sus asesinos. Tengo un respeto enorme por la vida.”

¿Eres muy religiosa?

“No tanto pero sí creo en Dios. Sí voy a misa cada ocho días aunque no voy a rezar el rosario todas las tardes. Hago una oración diario porque así me los enseñaron desde niña mis papás.”

¿Has sido consciente de todo lo que has hecho por encontrar a tu hijo?

“Definitivamente no. Soy una inconsciente. Lo que me ha movido todo este tiempo es el amor y la desesperación. Yo no me puse a pensar que necesitaba para esta guerra, sólo me aventé a ella. En el camino me di cuenta que iba muy desarmada, a veces incluso sentía que se me caía la piel de tantos arañazos que me daban y yo seguía caminando mutilada, sabiendo en el fondo, que iba a llegar a mi hijo. En mi vida, casi todo lo que me he propuesto lo he conseguido. Lo único que no he conseguido hasta ahorita es encontrar los restos de mi hijo, pero no pierdo la esperanza. Hay algo en mí, muy dentro de mí, algo que no te puedo explicar que me dice: adelante, lo vas a encontrar”.

Tras las rejas

*Luego de cinco años de persecución por parte de la familia Wallace, todos los secuestradores y asesinos de Hugo Alberto han sido capturados pero ninguno ha sido sentenciado.

*César Freyre Morales actualmente se encuentra interno en el penal de máxima seguridad denominado Altiplano no. 1 “La Palma”.

*Alberto y Tony Castillo Cruz, también cómplices, están en el Reclusorio Varonil Norte.

*Juana Hilda González Lomelí, fue trasladada al reclusorio de Santa Martha Acatitla.

*Brenda Quevedo Cruz se encuentra en el Metropolitan Correctional Center en Chicago Illinois, siendo sujeta a un proceso de extradición hacia México.

*Jacobo Tagle Dobin fue detenido el pasado 4 de diciembre.

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Los desconocidos casos de bebés y niños secuestrados durante el régimen militar de Brasil

A diferencia de países vecinos como Argentina, donde las causas judiciales por apropiación de niños durante los gobiernos militares llevan años, Brasil aún no parece haber explorado esta parte de su pasado.
4 de mayo, 2022
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Desde hace al menos una década, Rosângela Serra Paraná busca a sus padres biológicos.

Es víctima de un crimen de Estado poco conocido: el secuestro de bebés y niños de activistas que se opusieron al régimen militar en las décadas de 1960, 1970 y 1980 en Brasil.

Rosângela fue apropiada ilegalmente por una familia militar en la década de 1960 y solo descubrió su condición mucho después, durante una discusión con miembros de la familia.

Once de los 19 casos conocidos de secuestros de niños durante el régimen militar están vinculados a miembros de Araguaia, un movimiento guerrillero de oposición que se desarrolló entre fines de la década de 1960 y 1974 en la región amazónica, en la confluencia de los estados de Pará y el actual Tocantins.

Estas 11 víctimas son hijos de guerrilleros y campesinos que dieron cobijo al movimiento.

Los secuestros de niños ocurrieron en la primera mitad de la década de 1970, durante los gobiernos de los generales-presidentes Emílio Garrastazu Médici y Ernesto Geisel.

Los 19 casos están enumerados en el libro de reportajes Cativeiro sem fim (“Cautiverio sin fin”), escrito por mí.

Contactados en el momento de la escritura del libro, el Ministerio de Defensa y los comandos del Ejército y Fuerza Aérea no respondieron a la solicitud de información.

En una entrevista en un libro publicado el año pasado, el general Eduardo Villas Bôas dijo que los informes sobre los secuestros de bebés durante el régimen militar “carecen de verosimilitud“.

En busca de padres biológicos

“Vivo en una pesadilla todos los días, pensando que mi madre podría estar viva, necesitándome”, dice Rosângela Serra Paraná.

“Hoy vivo con la angustia de no saber quién soy, cuántos años tengo y ni siquiera saber quiénes fueron mis padres”, agrega.

La mujer fue apropiada por Odyr de Paiva Paraná, miembro de una familia militar en Río de Janeiro.

La familia dice que la bebé fue adoptada en 1963.

Un acta de nacimiento da como fecha de nacimiento el 1 de octubre de 1963. Pero la inscripción se hizo en el registro civil el 22 de septiembre de 1967.

En el documento elaborado en el Registro Civil de Catete, Rio de Janeiro, consta que Rosângela es hija ilegítima de Odyr y Nilza.

El documento no proporciona el nombre de los padres biológicos. Nilza, según su familia, no podía tener hijos.

Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Archivo personal
Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Odyr es conductor de profesión.

Según Rosângela, su padre adoptivo trabajaba como chofer del general Ernesto Geisel.

“Tenía un gran auto negro que siempre estaba limpiando”, recuerda.

El acta de nacimiento de Rosângela da como lugar de nacimiento una propiedad en Rua Marquês de Abrantes, 160, Flamengo, Rio de Janeiro.

La propiedad pertenece a Rio Previdência, una entidad de empleados estatales, que la compró en 1958, según consta en el certificado de propiedad.

La misma partida de nacimiento tiene dos testigos. Uno de ellos es Alcindo Quintino Ribeiro, propietario de un inmueble donde vivía la familia Serra Paraná.

El otro es Paulo Cardoso de Oliveira, chofer de profesión, como Odyr. La dirección de residencia del testigo, sin embargo, no existe.

El padre de Odyr, Arcy Paraná, estaba en el ejército. Según el Boletín Oficial, alcanzó el grado de sargento. En la década del 50 fue ascendido y comenzó a trabajar en el sector administrativo de las fuerzas militares.

Los casos de Juracy y Miracy

En la región guerrillera de Araguaia, a principios de la década de 1970, los militares secuestraron a dos niños de una misma familia.

El primero, Juracy Bezerra de Oliveira, fue un error de las fuerzas militares.

El objetivo era Giovani, hijo de uno de los líderes guerrilleros, Osvaldo Orlando da Costa, alias Osvaldão, con una mujer llamada María.

En 1972 o 1973, Juracy tenía unos 7 años. Los militares pensaron que era el verdadero hijo del guerrillero Osvaldão con Maria Viana da Conceição. Pero la madre de Juracy era Maria Bezerra de Oliveira y su padre, Raimundo Mourão de Lira.

La confusión en el secuestro se habría dado porque los militares buscaban a un niño moreno, de entre 6 y 8 años, hijo de una mujer blanca, de cuerpo grande y ojos claros, de nombre María.

José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Eduardo Reina/BBC
José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Encontraron a la madre de Juracy con las mismas características y se llevaron al niño.

Terminó siendo apropiado por el teniente del Ejército Antônio Essílio Azevedo Costa, quien lo inscribió en una notaría como si fuera su hijo legítimo y vivió con la familia del militar durante muchos años.

“Un día llegaron y me llevaron. Mi madre ni me acuerdo qué hizo. Yo era un niño cuando me llevó el Ejército. Estuve 15 días en el bosque”, contó.

El secuestrado quedó con una mano deformada debido a las quemaduras que sufrió. Dice que los soldados decidieron castigarlo por pensar que su padre había matado a un militar.

Más tarde, en la ciudad de Fortaleza, Juracy fue criado por la madre del teniente Antônio Essílio.

A principios de la década de 2000, decidió regresar a la región de Araguaia, todavía pensando que era el hijo de Osvaldão.

Al llegar, conoció a Antônio Viana da Conceição y descubrió su verdadera historia.

Se reencontró con su madre biológica, Maria Bezerra de Oliveira, cuando descubrió que su hermano, Miracy, también había sido secuestrado por militares.

Hoy vive en una isla en medio del río Araguaia.

Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

Archivo personal
Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

El hermano de Juracy, Miracy, tenía piel clara y ojos claros, a diferencia de su hermano.

Fue llevado por el sargento João Lima Filho a la ciudad de Natal, en Rio Grande do Norte, también en 1972 o 1973.

Años después, Juracy y su madre, Maria Bezerra de Oliveira, fueron a buscar a Miracy. Pero no encontraron rastro del sargento que se lo llevó; tampoco obtuvieron información en el cuartel del ejército en Natal sobre el paradero del militar.

Otros secuestros

Después del secuestro por error de Juracy, los militares encontraron a Giovani, hijo de Osvaldão y Maria Viana da Conceição.

El niño tenía entre 4 y 5 años cuando fue secuestrado, según otro de los hijos de Maria, Antônio Viana da Conceição.

El secuestro ocurrió en 1973, en la ciudad de Araguaína, actual Tocantins.

La existencia de este hijo de guerrillero en Araguaia también es revelada por Sebastião Rodrigues de Moura, Mayor Curió, ahora militar retirado y responsable de la cacería de guerrilleros a partir de 1973 en Araguaia.

Se desconoce el paradero de Giovani.

También en Araguaia fue secuestrada Lia Cecília da Silva Martins, hija del guerrillero Antônio Teodoro de Castro, conocido como Raúl.

Lia fue llevada a un orfanato que pertenecía a un teniente de la Fuerza Aérea en Belém do Pará. Fue adoptada por una pareja que trabajaba en la entidad.

Seis niños campesinos también fueron separados de sus familias biológicas y llevados a cuarteles del ejército, de donde luego fueron liberados: José Vieira; Antônio José da Silva, Antoninho; José Wilson de Brito Feitosa, Zé Wilson; José de Ribamar, Zé Ribamar; Osniel Ferreira da Cruz, Osnil; y Sebastião de Santana, Sebastiãozinho.

Solo se localizó a José Vieira. Es hijo de Luiz Vieira, agricultor de subsistencia y residente de la región de São Domingos do Araguaia. Luiz fue asesinado por las fuerzas militares.

Gente caminando en São Paulo

Getty Images
Se desconoce el número de bebés que fue secuestrado.

También hubo casos de secuestro de bebés y niños en Paraná, Pernambuco y Mato Grosso.

Las respuestas de los militares

Cuando investigaba en 2018 para mi libro, el Ministerio de Defensa, el Ejército y la Fuerza Aérea no respondieron a las preguntas enviadas.

El Ministerio de Defensa sugirió que se enviaran nuevas solicitudes a dichas instituciones, alegando que la información solicitada debía estar custodiada bajo el mando de estos cuerpos militares.

El Ejército respondió: “La Institución aclara que no tiene nada que informar al respecto”.

La Fuerza Aérea afirmó que “el 16 de noviembre de 2009, la Procuraduría General de Justicia Militar manifestó interés en analizar los documentos producidos y acumulados por el Comando de la Fuerza Aérea, desde 1964 hasta 1985”.

“En ese sentido, el 3 de febrero de 2010, la colección, que contiene 212 cajas con 49.867 documentos, fue recolectada de la Coordinación Regional del Archivo Nacional del Distrito Federal (COREG), donde se encuentran en dominio público”, agregó.

El año pasado, en una entrevista publicada en el libro “General Villas Bôas-Conversación con el Comandante”, de Celso Castro, de la Fundação Getúlio Vargas, el militar cuestionó que realmente ocurrieran secuestros de niños durante la dictadura.

“Recientemente alguien vinculado a los derechos humanos trajo un tema que yo nunca había escuchado, que un centenar de niños habían sido secuestrados y arrebatados a sus padres”, afirmó Villas Bôas.

“Esta y otras narrativas, como una supuesta masacre de indígenas, en la apertura de la carretera que une Manaus con Boa Vista, carecen de verosimilitud y contribuyen a la falta de exención en la conclusión de las investigaciones”, agregó.


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