Caso Morlett: Ver la vida diferentetras la desaparición de Adriana
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Caso Morlett: Ver la vida diferente
tras la desaparición de Adriana

Por Alberto Tavira
21 de enero, 2011
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No creía en Dios. A lo largo de sus 54 años de vida, el economista Javier Morlett Macho había sido uno de los más grandes escépticos de cualquier tema que no estuviera comprobado por la ciencia. A raíz del vía crucis que ha padecido por la desaparición de Adriana, su primogénita, Morlett no sólo ha presentado sus cartas credenciales frente a Dios, sino que también ha depositado toda su fe en La Virgen de Guadalupe, en los dioses mayas, en los santos y en cualquier fuerza superior que pueda ayudarle a encontrar a su hija.

Está desesperado. Fuma dos cajetillas de Benson & Hedges dorados. Es decir, unos 40 cigarros por día, poco más del doble de lo que consumía en años anteriores. Javier ha bajado siete kilos de peso desde aquel 6 de septiembre de 2010 cuando su hijo Javier, de 18 años, le llamó por teléfono para decirle que su hermana, Adriana, no había regresado a la casa.

Adriana con una de sus amigas.

La joven, de 21 años, cursaba el tercer semestre de la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tenía fama de buena estudiante. La última vez que se le vio fue en Biblioteca Central de la UNAM a donde acudió para solicitar un libro en préstamo. Después de ahí se reunió con Mauro Alberto Rodríguez Romero –también alumno de la UNAM, pero de quinto semestre de Psicología–, a quien ella acompañó a su departamento ubicado en la colonia Santo Domingo. Luego de un lapso de no más de dos minutos los dos salieron de la casa para que Adriana regresara a su casa. Alrededor de las 20:30 horas la hija de los Morlett abordó un taxi en la esquina de avenida Aztecas y Nezahualpilli. A partir de entonces no se ha vuelto a saber nada de ella.

Otra vida en el mismo cuerpo

Ya han pasado cuatro meses y no hay ningún dato nuevo. Las investigaciones que está realizando la Fiscalía Antisecuestros (FAS) no han aportado elementos que permitan dar con el paradero de Adriana. La difusión que han hecho los Morlett, del caso de su hija, en los medios de comunicación tampoco les ha traído pistas. Hasta el momento no les han pedido rescate y aunque el escenario de secuestro sigue latente, ha perdido fuerza. Sin embargo, entre las muchas hipótesis que se ha planteado la familia se encuentra la de que Adriana fue víctima de una mafia de tratantes de blancas.

Adriana durante sus vacaciones.

“La incertidumbre me quema. A veces es mejor no pensar porque hace mucho daño. De lo único que estoy seguro es que mi hija no se fue porque quisiera, alguien la retiene contra su voluntad y eso nos duele mucho”, dice con voz fuerte y agitada el señor Javier Morlett, quien elige que la entrevista se realice en un lugar al aire libre de la Facultad de Arquitectura para poder fumar.

Adriana, la incertidumbre.

El patriarca narra como desde el primer día que no volvieron a ver a su hija la vida de todos los integrantes de su familia dio un giro de 180 grados. En principio, él y su esposa abandonaron su casa en Acapulco, de donde son originarios, y se mudaron al departamento que, en agosto de 2009, rentaron en la colonia Copilco –a  unos cuantos pasos de Ciudad Universitaria– para que sus hijos, Javier y Adriana, vinieran a estudiar sus carreras a la capital. El objetivo era claro: buscar a Adriana en el lugar donde había desaparecido y no descansar hasta encontrarla.

De igual forma el señor Morlett tuvo que dejar su despacho de avalúos, también ubicado en tierra guerrerense, para volcarse de lleno en recuperar a su hija. Aunque esto le ha generado carencia de recursos económicos, ha podido solventar sus gastos gracias al apoyo de familiares y amigos. Por su parte, el hermano de  Adriana, también universitario, abandonó sus estudios y cerró filas con sus padres para encontrar ese integrante que le había sido arrebatado a los suyos.

A partir de entonces nada volvió a ser igual. Según el propio Javier, los primeros cuatro días de la desaparición de su hija, él y su esposa no durmieron. Había ratos en que el cuerpo les exigía cerrar los ojos y lo hacían sólo por unos minutos para luego despertar ansiosos, a la espera de alguna llamada que les diera información.

Atrás quedó aquella rutina en que Javier se levantaba a las 7 de la mañana, con el calorcito acapulqueño, y se iba a trabajar a su oficina esperando que dieran las 2 de la tarde para salir a tomarse un café con los amigos, “así se usa allá”. Morlett recuerda que entre semana comía en algún restaurante cerca de su despacho para luego volver a sus labores y, por ahí de las 6 de la tarde, regresar a casa.

Ahora se levanta a las 6 de la mañana. Toma un café y se mete a la computadora a ver si ha datos sobre su hija tanto en las redes sociales como en el blog que ha abierto para recibir información. Su esposa prefiere quedarse en cama unas horas más. En realidad ambos han perdido la noción del tiempo. Saben que hay días y que hay noches, pero no saben qué día es ni qué fecha y mucho menos la hora. Ante eso no sorprende que Morlett no use reloj.

El entrevistado hace una comparación de su vida de antes y la de ahora. “Hasta hace unos años, cuando mis hijos vivían en Acapulco, anhelábamos los fines de semana, sobre todo los puentes, para irnos a la playa, luego a comer a un restaurante y más tarde al cine. Ahora esos días son verdaderamente un tormento. No hay nada que hacer porque las instituciones cierran, no trabajan y son días de angustia impresionante. Es inevitable que uno caiga en depresión”.

Al pie de guerra

Los Morlett no quieren estar solos. En el departamento, que han convertido en su centro de operaciones, se acuestan todos en la misma recámara. Los tres toman pastillas para dormir. “Ya he asimilado que esta batalla puede ser muy larga y que necesitamos fuerzas para luchar. Obligo a mi familia y me obligo a mí mismo a comer y descansar. Hay que recargarse. Lo que realmente me mantiene al pie de guerra es que mentalmente platico con mi hija y siento que ella me dice: ‘papá, sígueme buscando, no descanses, estoy esperándote’,  esa autosugestión es la que me da fuerzas porque estoy seguro que ella en algún lugar lo está pensando”.

Adriana, su familia no baja la guardia.

Morlett no titubea en su testimonio. Cuando se refiere a su hija ocasionalmente cierra los ojos y los aprieta mientras sigue hablando. Pero cuando habla de las fuerzas que ha recobrado se acerca más a la grabadora, como quien quiere que no se pierda ni una sola palabra de ese mensaje. De pronto suena su celular. Javier se pone nervioso. Inmediatamente saca sus lentes de aumento de la bolsa de la camisa y deja al descubierto la nula atención que pone a todo lo que no se refiera a su Adriana. Los dos cristales están zafados del armazón negro y pegados con diurex. Se los pone para ver el número que aparece en su BlackBerry. Al otro lado de la línea es su esposa quien tiene una buena noticia. Pero doña Adriana también tiene hambre y le pide que por favor terminando la entrevista lleve algo de comer.

En eso también han cambiado las cosas. Ahora, la mayoría de las veces, Javier es quien se encarga de hacer el desayuno y la comida, pues, como él mismo señala “desafortunadamente mi esposa es más vulnerable a caer en depresión y hay días que no sale de la cama. Ha sufrido desmayos porque en ocasiones nos llega información sobre el posible paradero de nuestra hija y claro que surgen las esperanzas, de pronto nos llama la policía y nos advierte que es una falsa alarma, entonces nos viene un bajón de ánimo terrible. A mí, por ejemplo, se me refleja la ansiedad porque me da mucha comezón en todo el cuerpo. Esto ha sido una montaña rusa de emociones”.

Ante la pregunta de si están tomando alguna terapia sicológica para sobrellevar esta experiencia, Javier asegura que no. Que a pesar de que se la han ofrecido, él considera que cuando suceden casos como este, toda la concentración de fuerzas, de recursos económicos y de tiempo, tienen que estar destinados a encontrar a la persona desaparecida. “Le restamos importancia al tratamiento sicológico sabiendo que sí lo necesitamos, pero yo siento que estoy perdiendo el tiempo cuidándome a mí, en lugar de destinar ese tiempo en encontrar a mi hija”.

Los sueños rotos de una familia.

¿En qué sueña Javier Morlett? “En que todo vuelve a la normalidad. En que Adriana está aquí, con nosotros, para cumplir sus propios sueños. En que ella regresa a su carrera que tanto ama. Mi hija, a sus 21 años, sabe exactamente lo que quiere hacer en un año, dentro de cinco y dentro de 20 años. Ella y yo ya habíamos platicado sobre sus objetivos y el camino que tenía que seguir para lograrlos. Pero no sé cómo regrese, en qué estado y con qué traumas. También estoy consciente que existe la posibilidad de que no regrese, pero yo voy a seguir luchando cada día de mi vida por encontrarla”.

Génesis de un activista

Ya lo tiene claro. Independientemente que Adriana regrese o no con ellos, Morlett quiere contribuir de alguna manera para prevenir el robo y secuestro de niños y jóvenes en las escuelas. Entre sus planes, Javier tiene en mente agrupar a varias personas que se han solidarizado con él y que están dispuestas a crear una fuerza que genere propuestas a las autoridades sobre el tema de la seguridad en las escuelas. “En México estamos muy preocupados por elevar el nivel académico, por la comida chatarra… sin embargo, se están robando a nuestros hijos de las escuelas, los están secuestrando y para las autoridades eso no es prioridad”.

Morlett señala que en las escuelas públicas del país, que son las de mayor número de estudiantes,  no existen cámaras de video dentro y fuera de las escuelas, no hay planes de contingencia y en muchas ciudades no existen policías o personal del seguridad cerca de las escuelas para salvaguardar la integridad de los estudiantes.

La propuesta de Javier consiste en que, en la medida que se fortalezca la agrupación, se realicen visitas a las escuelas públicas de país para evaluar cuáles son los puntos vulnerables y, con la ayuda de la iniciativa privada, ayudarles a satisfacerlos.

Otro de los puntos de su iniciativa consiste en que esta misma asociación diseñe un ranking del nivel de seguridad de las escuelas, el cual pueda ser publicado de manera anual en internet, para que cuando los padres vayan a inscribir a sus hijos a las escuelas no nada más tomen en cuenta  si la institución está cerca o lejos de su casa o si en nivel académico es bueno o malo. De los puntos más importantes será ver qué escuela es más segura que otra.

Javier Morlett está consciente de lo difícil que estas propuestas puedan materializarse en nuestro país, “donde el sindicato de la educación está más preocupado por sus intereses económicos y políticos que por el cuidado de las escuelas. Yo he visto que las escuelas son del país, de todos los mexicanos porque están hechas con recursos públicos, pero siento que están tomadas por los sindicatos. Los padres de familia hemos abandonado la realidad de que las escuelas son propiedad de los mexicanos y no del sindicato, ellos son empleados de los padres de familia que son quienes llevan a sus hijos a la escuela”. Pero no pierde las esperanzas: “yo voy a hacer todo lo posible para prevenir que a otros niños y jóvenes les pase lo que a mi hija le pasó”.

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Dan Nobel de Medicina a descubridores del virus de Hepatitis C

Harvey J. Alter, Michael Houghton y Charles M. Rice fueron los galardonados este año con el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento del virus de la hepatitis C.
5 de octubre, 2020
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El británico Michael Houghton y los estadounidenses Harvey J. Alter y Charles M. Rice fueron los galardonados este año con el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento del virus de la hepatitis C.

La Asamblea del Nobel del Instituto Karolinska, la encargada de elegir al ganador del Nobel en el área médica, destacó que los tres virólogos “han hecho una contribución decisiva a la lucha contra la hepatitis de transmisión sanguínea, un importante problema de salud global que causa cirrosis y cáncer de hígado en personas de todo el mundo”.

El organismo añadió que con sus estudios, los científicos habían ayudado a salvar millones de vidas aislando e identificando el virus, permitiendo que los suministros de sangre en todo el mundo fueran examinados para detectar la hepatitis C y evitando la transmisión de la enfermedad.

El descubrimiento permitió que “ahora existan análisis de sangre altamente sensibles para el virus que prácticamente han eliminado la hepatitis por transfusión en muchas partes del mundo”, explicó la entidad, con sede en Estocolmo.

La hepatitis —o inflamación del hígado— es una enfermedad prehistórica y algunos la consideran una de las principales plagas que han afectado a la salud humana a lo largo de los tiempos.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 325 millones de personas en todo el mundo padecen esta afección de forma crónica y 1,4 millones mueren cada año por esta causa.

Imagen de infección con VHC

iStock
La hepatitis C es considerada la más peligrosa porque es una enfermedad que puede causar mucho daño sin que uno lo sepa.

Es la segunda enfermedad infecciosa más mortífera después de la tuberculosis y las más comunes son la hepatitis A, B o C.

Hepatitis C

La hepatitis C, en la que los tres premiados con el Nobel centraron sus estudios, es una de las variantes más dañinas y letales de las hepatitis virales.

Se cree que la mayoría de los que la contraen son personas que compartieron agujas con alguien infectado o que recibieron transfusiones de sangre contaminada con el virus (antes de 1990 no se revisaba la sangre donada en busca de este virus).

Presentación

Getty Images/Jonathan Nackstrand
La Asamblea del Nobel durante la presentación del trabajo de los tres científicos.

Harvey J. Alter nació en Nueva York y ejerció durante años en la Universidad de Georgetown, hasta que en 1969 se reincorporó al Instituto Nacional de Sanidad (NIH), una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU.

Fue codescubridor de un antígeno clave para detectar el virus de la hepatitis B,

Más tarde encabezó un proyecto en el Centro Clínico del NIH que creó un almacén de muestras sanguíneas utilizadas para descubrir las causas y reducir el riesgo de hepatitis asociada a las transfusiones.

Nombrado en 2002 miembro de la Academia Nacional de Ciencias (NAS) y del Instituto de Medicina de Estados Unidos, fue investigador principal de estudios para identificar la hepatitis C.

Michael Houghton, nacido en Reino Unido, ha ejercido en su país y también en Canadá, donde ha continuado prácticamente toda su carrera al frente del departamento de Virología de la Universidad de Alberta.

Junto con su equipo, identificó la secuencia de fragmentos de ADN a partir de ácidos nucleicos encontrados en la sangre de un chimpancé infectado.

La mayoría de estos fragmentos provenían del genoma del propio chimpancé, pero los investigadores predijeron que algunos habrían derivado del virus desconocido, lo que permitió su localización.

Busto de Alfred Nobel

Getty Images
El premio asciende este año a US$1,2 millones y el de Medicina es el primero de los Nobel que se anuncia cada año.

Charles M. Rice nació en 1952 en Sacramento (Estados Unidos) y ejerce desde 2001 en el Centro de Estudios de la Hepatitis C de la Universidad Rockefeller.

Desde su laboratorio, considerado puntero en los estudios del virus, se ha investigado la replicación del virus y las respuestas inmunes innatas que limitan la infección. Su grupo también está desarrollando nuevos modelos experimentales en animales y en cultivos.

Semana de Premios Nobel

Con el anuncio de este lunes se abre la semana en la que se darán a conocer los ganadores del resto de Premios Nobel: Física (martes), Química (miércoles), Literatura (jueves), Paz (viernes) y Economía (lunes de la próxima semana).

El premio asciende este año a US$1,2 millones y es el primero de los Nobel que se anuncia.

La totalidad de los galardones se entrega el 10 de diciembre, aniversario de la muerte del fundador, Alfred Nobel, en actos paralelos en Estocolmo, para los científicos, de Literatura y Economía, mientras que el de la Paz se celebra en Oslo.

El Premio Nobel de Medicina recayó el año pasado en William Kaelin y Gregg Semenza y Peter Ratcliffe por su investigación sobre cómo sienten las células y se adaptan al oxígeno disponible.


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