A un año de Villas de Salvárcar
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A un año de Villas de Salvárcar

Por Dulce Ramos
1 de febrero, 2011
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Algún día tenía que ocurrir. Más temprano que tarde Ciudad Juárez iba a expeler la rabia, la indignación, la tristeza. El recuerdo de 15 jóvenes baleados a quemarropa hace un año, en la Colonia Villas de Salvárcar, hizo que la sociedad diera un manotazo. Así como no hay cuerpo que resista tanta desgracia, tampoco hay ciudad que lo logre.

El 30 de enero hizo un año que los juarenses comenzaron a quitarse las costras de miedo. El asesinato de 15 estudiantes que según versiones oficiales, fueron confundidos con criminales, desató (y aún desata) el repudio a las estériles soluciones de los gobiernos federal, municipal y estatal. Con 2 mil 377 muertos en 2010 y la memoria de los jóvenes aún fresca, organizaciones civiles, artistas, defensores de derechos humanos y víctimas de la violencia, gritaron su hartazgo en puntos representativos de esta ciudad. La consigna: un ayuno de 24 horas, además de tomar el centro, la línea fronteriza y la colonia donde ocurrió la masacre.

Villas del Portal 1310

El 30 de enero de 2010, en la casa contigua al 1310 de la calle Villas del Portal, Dolores Torres no podía conciliar el sueño. A sus más de 70 años, los ojos invadidos por las cataratas le juegan malas pasadas, pero el oído lo tiene bien despierto.

Su recámara queda justo de espaldas a la sala donde, en la casa vecina, los 15 jóvenes masacrados se divertían con la música en alto. Cuando el barullo paró de súbito, el más agudo de sus sentidos le advirtió que algo estaba por ocurrir.

“Empecé a escuchar los balazos. Ratatatata. Uno tras otro. Y escuchaba a las muchachas gritar ¡Párenle! ¡Por favor, ya párenle!”. El rostro de Dolores, lleno de arrugas, se acartona aún más cuando intenta reprimir la tristeza.

Las  vecinas de Villas de Salvárcar decidieron que en el aniversario de la masacre, el barrio  debía mostrar dignidad. En la biblioteca, enclavada a unas calles, los vecinos ayunaron todo el día. En la casa de la tragedia, sucia y abandonada días antes, un crespón blanco y uno negro pendían de las ventanas.

“La fachada ha estado saliendo en las noticias, y no queremos que se vea deprimente”, explicó una de las mujeres de la cuadra. De aquí y de allá salieron señoras con fotos, flores, veladoras y cartulinas con mensajes. Ahí ocurrió una matanza que cimbró a México y no están dispuestas a que se olvide.

Ni el alumbrado, ni los parques, ni las obras satisfacen a los habitantes de Villas de Salvárcar.

Al centro de la colonia, un parque reluciente, con juegos y campos deportivos se yergue como el signo de una dignidad que, en Juárez, sólo se gana con una cuota de muertos. Al caer la tarde, cuadrillas de trabajadores se apresuran a terminar detalles. “Andan corriendo pa’ cuando vengan a inaugurar”, dicen los vecinos por lo bajo.

Pero las estrategias como ‘Todos somos Juárez’ han traído a la ciudad mucho concreto y pocas soluciones. El lunes pasado, en uno de los parques recién construidos con recursos del programa, siete jóvenes fueron masacrados mientras jugaban futbol. Ciento ochenta balas les dispararon. Los activistas cuentan que el telón de fondo para los cuerpos fue una barda con la frase ‘Vivir mejor’. En el afán por mostrar soluciones, ningún órgano de gobierno reparó en que en el perímetro del parque confluyen colonias con violentos grupos rivales.

En Villas de Salvárcar, fraccionamiento de clase media baja cercano al Aeropuerto, los jóvenes ya no salen. La matanza y el clima de violencia los retiene en sus casas en cuanto cae la noche. Cinco de los 15 masacrados hace un año vivían en la colonia, así que las fiestas y el ambiente se han acabado.

A un año de la desgracia en la colonia había duelo, pesadumbre. Ojos incrédulos y madres que cada mañana miran el sitio donde mataron a su hijo porque no hay otro lugar a donde correr.

Entre los Policías Municipales que cerraron la calle con sus pick ups, Blanca Esthela Camargo anda con la mirada perdida. Sus ojos verdes y el cabello rojizo la distinguen de todas las demás. Llorosa observa las fotos de Horacio, su hijo, y varios mensajes escritos con caligrafía adolescente. “Te extrañaremos muzho”, reza uno. “El rey feo”, dice otro. A pesar del título de nobleza estudiantil, el muchacho era popular en su bachillerato. Ganaba concursos de baile y era encantador con las chicas.

“Las autoridades nos han dicho que fue un error, pero eso a nosotros no nos satisface. Lo único que nos queda es aprender a vivir con los que estamos aquí”. Blanca abandona la casa con la vista en el piso.

‘We will rise again’/No estamos solos

En una árida zona conocida ‘de este lado’ como Anapra y del otro, como Sunland Park, está el rostro más cruel de la frontera juarense. Enclavado al norponiente, en este barrio las constantes son los muertos, la pobreza y la ominosa valla fronteriza.

A Juárez y a El Paso los puede dividir una malla ciclónica, pero las aristas del narcotráfico las unen.  Ahí, en ese Anapra que nada ofrece, la sociedad civil mexicana y estadounidense se encontró para celebrar un acto binacional.

Cada grupo en su lado de la frontera escuchó al otro. Un discurso en inglés, otro en español, pero todos llevaban el mismo mensaje de solidaridad y hartazgo. En cada lado, un centenar de personas blandió mantas con mensajes de paz, globos y banderas multicolores. Si en El Paso se escuchaba el grito ‘We will rise again’ (nos levantaremos de nuevo), en Juárez respondían, a voz en cuello, con un ‘No estamos solos’. El ayuno, que para ese entonces ya llevaba medio día, no les restó energía para pedir una frontera distinta.

De su lado de la valla, el sacerdote estadounidense Guillermo Morton, líder paseño, reconoce que Estados Unidos condena la desgracia mexicana sin voltear a verse el ombligo. La demanda de drogas y el tráfico de armas son asuntos que debe resolver su país, en vez de desgarrarse las vestiduras.

Entre los dos centenares de asistentes no sólo hay fronterizos. Activistas ingleses, canadienses, alemanes y periodistas de Europa y Asia atestiguan el mitin en el que ambas comunidades vomitan todos su dolores. Lo mismo condenan el abuso a los migrantes que los feminicidios, el tráfico de drogas y de armas.

De todos los rostros variopintos, sobresale uno conocido. Emilio Álvarez Icaza, expresidente de la Comisión de Derechos Humanos del DF, es la única personalidad pública presente. ¿Dónde está la Comisión Nacional en este acto? Él también se lo pregunta.

“Deberían de estar aquí. La CNDH tiene una oficina aquí en Juárez, pero tal parece que la única problemática que atiende es la de los migrantes. Han prestado muy poca atención a los abusos a los derechos humanos cometidos por la Policía Federal y el Ejército. Se han convertido en parte del problema”, dice con tono de preocupación.

Al exombudsman también le preocupa el anuncio que el viernes hicieran el Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, el Gobernador chihuahuense, César Duarte, y el Alcalde juarense, Héctor Murguía. En un cuarto intento por pacificar la ciudad, informaron que en los próximos días habrá una nueva policía con 422 elementos supuestamente certificados.

“Qué pena que el nuevo Gobernador proponga una policía de élite, que no da seguridad, sino miedo. Qué pena que Estados Unidos sólo tenga capacidad para poner rejas y detener migrantes, pero no para detener los tráileres que pasan a México cargados de armas”, dijo. A unos pasos, elementos de la patrulla fronteriza y la policía estadounidense recibieron el mensaje.

Con un sol en pleno, la sociedad civil se expresó por dos horas. Pero las palabras se las llevó el viento helado que soplaba ayer en la frontera. Ningún político estuvo ahí para escucharlos. Incluso, la patrulla de la Policía Municipal que llegó a vigilar el acto, se retiró una hora después. Aunque ni falta hizo.

Cuando no quedó más que decir, el ritmo de unos tambores afroantillanos desató el baile aquí, y allá, y ese fue el único lenguaje. Los dedos se cruzaban por la malla ciclónica para que, completos desconocidos, se tocaran la mano.

Con las palmas, los últimos llevaron el compás del ritmo, cuando de pronto surgió un cántico ‘¡Que baile la migra! ¡que baile la migra!’ Naturalmente, nunca sucedió.

Con Juárez de espaldas

La cita era a las 9:00 de la mañana. A esa hora, un centenar de personas llegó a la mitad de la plaza más emblemática del centro: el monumento a Benito Juárez.

Allí inició la jornada de reflexión y ayuno y de ahí también partió la caravana de autos para celebrar el acto binacional en Anapra; pero también hubo algo más significativo. En un esfuerzo por reapropiarse de la ciudad, se levantaron dos campamentos para pasar ahí la noche. Los ciudadanos quieren Juárez para ellos, no para los narcos. Al caer el sol, con veladoras, los presentes formaron la palabra ‘JUSTICIA’ a los pies de Benito Juárez.

Como una alegoría involuntaria de lo que ocurre en la Ciudad, los activistas quedaron en la parte posterior del monumento. Literal y metafóricamente, Juárez les da la espalda en más de un sentido.

Pero a ellos no les importa. Jóvenes, defensores de derechos humanos y padres que perdieron a sus hijos en Salvárcar se dieron cita y, valientes, tomaron el micrófono. Entre ellas, Luz María Dávila. La mujer bajita, morena y de cabello crespo que, llena de valentía, increpó a Calderón cuando el año pasado llegó a dialogar con los ciudadanos.

“Yo no le puedo decir bienvenido porque no lo es”, le dijo cara a cara en aquella ocasión.  Este 29 de enero, la valentía de Luz María ya no estaba. Apenas pudo articular un discurso. y condenar los programas del Gobierno Federal. “un parque, dos parques, no nos dan ni nos quitan la seguridad”, dijo nerviosa. Minutos antes, ella había sido la encargada de sonar una campana que el movimiento contra los feminicidios ha llevado por todo el país. Ayer la hizo sonar 15 veces, una por cada joven muerto. Dos de ellos, Marcos y José Luis, eran sus hijos.

Las campanadas fueron también por Juan Carlos Medrano. “Él quería ser piloto aviador. Se le truncaron los sueños y, a mí, la vida”, cuenta con lágrimas su madre, Arcelia Medrano. “Las emociones siguen a flor de piel, como si hubiera pasado todo en este momento”.

Arcelia sabe que hay detenidos, pero no sabe si hay un juicio. Nadie del poder judicial se ha acercado a comentarle si el proceso camina. Ella, lo único que quiere es justicia y no duda que, entre los detenidos, haya algún ‘chivo expiatorio’. Para algunos, de hecho, ese ‘chivo’ tiene nombre y apellido.

Israel Arzate Meléndez fue detenido el 3 de febrero de 2010. En la plaza, Guadalupe Meléndez, su madre muestra documentos que dicen que está detenido por posesión de auto robado. La policía lo acusa de haberse conducido una de las dos pick ups que llegaron a rafaguear el 1310 de la calle Villas del Portal, pero en la camioneta no hay ni una sola huella digital que lo indique.

Cerca de los familiares de las víctimas, la mujer asegura que los militares torturaron a su hijo para que aceptara su delito y denuncia que fue presentado tres días después de su arresto. Israel, que vendía discos junto a un supermercado, podría enfrentar cuatro años de prisión.

Entre la indignación, el dolor que aún sigue vivo, y la solemnidad de la jornada de ayuno, una figura alta y delgada, vestida de negro, sobresalía por sus movimientos grandilocuentes.

Con el rostro pintado de blanco, una nariz de bola roja y su cabello rizado, el payaso Yayo cambio el cariz del acto. Música circense lo acompañaba.

“Por si algo sucede, hemos hecho nuestra propia patrulla”, y de sus espaldas sacó un pequeño coche de cartón con la leyenda ‘Patrulla Poesía Ciudadana’. Las carcajadas resonaron.

“¡Sí están vivos!”, festejó el artista cuando pudo cambiar las caras largas.

Y Yayo puso a bailar y a brincar a toda la plaza. Junto con él, los juarenses movieron los brazos de arriba abajo como si volaran en uno de los momentos más conmovedores del sábado. Un día antes, el payaso visitó el Hospital Central como un Patch Adams mexicano y ahí, niños de cinco años, pero también de 60, plasmaron en dibujos su clamor por paz.

Habiendo relajado los ánimos, y aún con la cara pintada, Yayo queda sorprendido por el buen humor de los juarenses. Llevar su acto a colonias donde han ocurrido matanzas, o a parques donde lo pueden matar si a un sicario se le da la gana, requiere valor.

“No se trata de hacer el payaso todo el tiempo. Se trata de usar la creatividad para salvar la vida”, relata el payaso que, también, es un hombre con dos hijas y una esposa.

Con las caras de la gente ya sonrientes (escena rara de encontrar en la ciudad), Yayo lanza un último mensaje.

“Que nos quede a todos muy claro. El humor no es para evadir el miedo ni para distraerse. Es ­­­­–y se da un golpe en el corazón dos veces—para enfrentarlo”. Con la risa, la solidaridad y la protesta, Juárez ha logrado hacer una catarsis.

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BBC

Qué pasaría en la Tierra si los humanos desapareciéramos de ella

Si nuestra especie se extinguiera mañana ¿qué pasaría realmente y qué tipo de planeta dejaríamos atrás?
BBC
6 de julio, 2020
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Estamos viviendo los albores de una nueva época en la historia de la Tierra: el Antropoceno.

Los humanos siempre han moldeado aspectos de su entorno, desde el fuego hasta la agricultura. Pero la influencia del Homo sapiens en la Tierra ha alcanzado un nivel tal que ahora define el tiempo geológico actual.

Desde la contaminación del aire en la atmósfera superior hasta fragmentos de plástico en el fondo del océano, es casi imposible encontrar un lugar en nuestro planeta que la humanidad no haya tocado de alguna manera.

Pero hay una nube oscura en el horizonte.

Nube oscura en el horizonte.

Getty Images
Tarde o temprano, la humanidad se enfrentará a su extinción.

Más del 99% de las especies que han existido en la Tierra han desaparecido, la mayoría durante catástrofes y extinciones como la que acabó con los dinosaurios.

La humanidad nunca ha enfrentado un evento de esa magnitud, pero tarde o temprano lo hará.

El fin de la humanidad es inevitable

Para muchos expertos la cuestión no es si los humanos nos extinguiremos, sino cuándo lo haremos. Y hay algunos que piensan que será más pronto que tarde.

En 2010, el eminente virólogo australiano Frank Fenner dijo que desapareceremos probablemente en el próximo siglo, debido a la sobrepoblación, la destrucción del medio ambiente y al cambio climático.

Frank Fenner

Getty Images
El profesor Frank Fenner frente a una fotografía proyectada de sí mismo tomada en la década de 1950

Por supuesto, la Tierra puede sobrevivir y lo haría sin nosotros.

La vida continuaría y las marcas que dejamos en el planeta se desvanecerían antes de lo que creerías. Nuestras ciudades se derrumbarían, los campos crecerían y los puentes se caerían.

“La naturaleza finalmente lo descompondrá todo”, dice Alan Weisman, autor del libro The World Without Us (“El mundo sin nosotros”), publicado en 2007 y en el que examina lo que sucedería si los humanos desaparecieran del planeta.

“Si no puede descomponer las cosas, finalmente las entierra”.

En poco tiempo, todo lo que quedaría de la humanidad sería una fina capa de plástico, isótopos radiactivos y huesos de pollo (matamos 60.000 millones de pollos por año) en el registro fósil.

Como evidencia de esto, podemos mirar las áreas del planeta que nos hemos visto obligados a abandonar.

En la zona de exclusión de 19 millas (30 km aproximadamente) que rodea la planta de energía de Chernóbil en Ucrania, que fue severamente contaminada después del colapso del reactor de 1986, las plantas y los animales prosperan de una manera que nunca antes lo habían hecho.

Gato en Chernóbil

Getty Images
Los animales, como este gato aventurero, tomaron la Zona de Exclusión de Chernóbil desde que los humanos se alejaron.

Un estudio de 2015 financiado por el Natural Environment Research Council encontró “abundantes poblaciones de vida silvestre” en la zona, lo que sugiere que los humanos son una amenaza mucho mayor para la flora y fauna local que 30 años de exposición crónica a la radiación.

La velocidad a la que la naturaleza se adueña del paisaje depende mucho del clima de un área.

En los desiertos de Medio Oriente las ruinas de hace miles de años aún son visibles, pero no se puede decir lo mismo de las ciudades que solo tienen unos pocos cientos de años en los bosques tropicales.

En 1542, cuando los europeos vieron por primera vez las selvas tropicales de Brasil, reportaron ciudades, rutas y campos a lo largo de las orillas de los principales ríos.

Sin embargo, después de que la población fue diezmada por las enfermedades que los exploradores trajeron consigo, estas ciudades fueron rápidamente tomadas por la selva.

Es seguro que las ruinas de Las Vegas persistirían por mucho más tiempo que las de Bombay.

Árboles y raíces tomaron el templo de Ta Prohm en Camboya.

Getty Images
Árboles y raíces tomaron el templo de Ta Prohm en Camboya.

Recién ahora las técnicas de deforestación y teledetección nos ofrecen una idea de lo que había antes.

Las especies de plantas y animales que han formado vínculos estrechos con los humanos serían las más afectadas si desapareciéramos.

Los cultivos que alimentan al mundo, que dependen de las aplicaciones regulares de pesticidas y fertilizantes, serían reemplazados rápidamente por sus antepasados salvajes.

“Van a ser superados rápidamente”, dice Weisman. “Las zanahorias convertirán en silvestres y las mazorcas de maíz podrían volver al tamaño original, no más grandes que una espiga de trigo”.

Ruinas romanas.

Getty Images
Al igual que estas ruinas romanas, los edificios de hoy seguirían siendo reconocibles en el futuro

La repentina desaparición de pesticidas también significaría una explosión demográfica para los insectos.

Los insectos son móviles, se reproducen rápidamente y viven en casi cualquier entorno, lo que los convierte en una clase de especies altamente exitosa, incluso cuando los humanos están tratando activamente de suprimirlos.

“Pueden mutar y adaptarse más rápido que cualquier otra cosa en el planeta, excepto quizás los microbios”, explica Weisman. “Cualquier cosa que se vea deliciosa será devorada”.

La explosión del insecto a su vez aumentaría la población de especies que se alimentan de ellos, como pájaros, roedores, reptiles, murciélagos y arácnidos, y luego un auge en las especies que comen esos animales, y así sucesivamente en toda la cadena alimentaria.

Una silla llena de insectos.

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Cuando los humanos abandonen el planeta, los insectos disfrutarán de un rápido renacimiento.

Pero todo lo que sube debe bajar. Esas enormes poblaciones serían insostenibles a largo plazo, una vez que se hubieran consumido los alimentos que los humanos dejaron.

La extinción de los humanos tendría consecuencias en la red alimentaria durante al menos 100 años, antes de que se estableciera una nueva normalidad.

Algunas razas salvajes de vacas u ovejas podrían sobrevivir, pero la mayoría fueron criadas como máquinas de comer lentas y dóciles que terminarán muriendo en grandes cantidades.

“Creo que pronto se volverán las víctimas de carnívoros salvajes que van a comenzar a proliferar”, opina Weisman.

Esos carnívoros incluirían a las mascotas humanas, más probablemente gatos que perros. “Creo que los lobos van a tener mucho éxito y van a competir con los perros”, dice Weisman.

“Los gatos son una especie no nativa muy exitosa en todo el mundo. Donde quiera que vayan prosperan”.

La pregunta de si la vida “inteligente” podría evolucionar nuevamente es más difícil de responder.

Una teoría sostiene que la inteligencia evolucionó porque ayudó a nuestros primeros antepasados a sobrevivir a los choques ambientales.

Otra es que la inteligencia ayuda a las personas a sobrevivir y reproducirse en grandes grupos sociales.

Gatos

Getty Images
A los gatos les iría mejor que a los perros en caso de extinción humana.

Una tercera es que la inteligencia es simplemente un indicador de genes sanos.

Los tres escenarios podrían ocurrir nuevamente en un mundo poshumano.

“Entre los primates, el siguiente cerebro más grande por peso corporal es el del babuino, y se podría decir que sería el candidato más probable”, analiza Weisman.

“Viven en la selva, pero también aprendieron a vivir en los bordes de la misma. Pueden recolectar comida en las llanuras realmente bien y saben cómo unirse contra los depredadores”, describe.

“Los babuinos podrían hacer lo que hicimos, pero por otro lado no veo ninguna motivación para ello. La vida es realmente buena para ellos tal como es”, añade.

Zona abandonada en Chernóbil tomada por la vegetación.

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Muchas zonas de Chernóbil están hoy repletas de vegetación.

El futuro de la vida en un planeta contaminado

Los cambios que podrían expulsar a los babuinos (u otras especies) de su zona de confort podrían ponerse en marcha por la desaparición de los humanos.

Pero si todos desapareciéramos mañana, los gases de efecto invernadero que hemos bombeado a la atmósfera tardarían decenas de miles de años en volver a los niveles preindustriales.

Algunos científicos creen que ya hemos pasado puntos de inflexión cruciales, particularmente en las regiones polares, que acelerarán el cambio climático incluso si no volviéramos a emitir otra molécula de CO2.

Luego está el problema de las plantas nucleares del mundo.

La evidencia de Chernóbil sugiere que los ecosistemas pueden recuperarse de las emisiones de radiación. Pero hay alrededor de 450 reactores nucleares en todo el mundo que comenzarían a derretirse tan pronto como el combustible se agotara en los generadores de emergencia que les suministra refrigerante.

Ruta dañada y con humo en Centralia, Pensilvania.

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Un incendio de carbón ha estado ardiendo bajo tierra en Centralia, Pensilvania desde hace décadas.

No hay forma de saber cómo una liberación tan enorme y abrupta de material radiactivo a la atmósfera podría afectar los ecosistemas del planeta.

Y eso es antes de que comencemos a considerar otras fuentes de contaminación.

Las décadas posteriores a la extinción humana estarían marcadas por devastadores derrames de petróleo, fugas químicas y explosiones de diferentes tamaños, todas bombas de tiempo que la humanidad ha dejado atrás.

Algunos de esos eventos podrían provocar incendios que pueden arder durante décadas.

Debajo de la ciudad de Centralia en Pensilvania, una capa de carbón se ha estado quemando desde al menos 1962, lo que ha obligado a la evacuación de la población local y la demolición de la ciudad.

Hoy, el área parece una pradera con calles pavimentadas que la atraviesan y columnas de humo y monóxido de carbono emergen desde abajo. La naturaleza ha tomado la superficie.

Las huellas finales de la humanidad

Cueva de las manos en Argentina.

Getty Images
La cueva de las manos en el sur de Argentina contiene arte rupestre de hace unos 13.000 años.

Pero algunas huellas de la humanidad quedarían, incluso decenas de millones de años después de nuestro fin.

Los microbios tendrían tiempo de evolucionar para consumir el plástico que dejamos.

Los caminos y las ruinas serían visibles durante muchos miles de años (el hormigón romano aún es identificable 2.000 años después) pero finalmente serían enterrados o destruidos por las fuerzas naturales.

Es tranquilizador que nuestro arte sería una de las últimas pruebas de que existimos.

La cerámica, las estatuas de bronce y los monumentos como el Monte Rushmore -en el que están tallados los rostros de cuatro presidentes de EE.UU.- estarían entre nuestros legados más perdurables.

El Monumento Nacional Monte Rushmore

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El Monumento Nacional Monte Rushmore es una escultura tallada entre 1927 y 1941 en una montaña de granito situada en Keystone, Dakota del Sur en el que figuran los rostros de 18 metros de altura de los presidentes estadounidenses George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.

Nuestras transmisiones también perdurarían: la Tierra ha estado transmitiendo su cultura a través de ondas electromagnéticas durante más de 100 años, y esas ondas siguen en el espacio.

Entonces, a 100 años luz de distancia, con una antena lo suficientemente grande, podrá captar una grabación de cantantes de ópera famosos en Nueva York, la primera transmisión pública de radio, en 1910.

Esas ondas persistirían en forma reconocible durante algunos millones de años, viajando cada vez más lejos de la Tierra, hasta que finalmente se debilitaran tanto que no se pudieran distinguir del ruido de fondo del espacio.

Pero incluso nuestros artefactos espaciales seguirían funcionando.

Sondas.

Getty Images
Suponiendo que no haya colisiones, las sondas espaciales Voyager sobrevivirán incluso a nuestro planeta.

Las sondas Voyager, lanzadas en 1977, están saliendo del Sistema Solar a una velocidad de casi 60.000 km/hora.

Mientras no golpeen nada, lo cual es bastante improbable (el espacio está muy vacío), sobrevivirán al fatal encuentro de la Tierra con un Sol hinchado en 7.500 millones de años.

Serán el último legado restante de la humanidad, girando para siempre en la oscura negrura del Universo.

Si quieres leer el artículo original en el inglés puedes hacerlo aquí.


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