Antonio Ortuño: un Mr Hyde mexicano
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Antonio Ortuño:
un Mr Hyde mexicano

Por Moisés Castillo
5 de febrero, 2011
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El mundo es un conjunto de posibilidades infinitas y Antonio Ortuño se decidió por la escritura. Desde su infancia, Antonio estuvo rodeado por viejos libreros que se convirtieron en una especie de murallas medievales levantadas dentro de su casa. Libros de Unamuno, Pío Baroja, la generación del 27, las obras completas de Ortega y Gasset, Edgar Allan Poe, Homero, entre otros, se asomaban ante los ojos saltones de aquel niño de sólo 4 años de edad.

Mientras sus amigos jugaban en las calles o en plenas vacaciones, Antonio se refugiaba en los libritos de historia que contaban las hazañas de los griegos y los romanos. En su casa no había televisión, nunca vio caricaturas y esos programas que ven los niños normalmente, pero sí podía presumir que sus padres eran muy buenos lectores.

“Cuando se reúne la gente de mi generación, escritores y amigos, comentan las caricaturas que veían de niños y estoy separado por un abismo porque veía muy poco la televisión. Veía el futbol americano, era realmente lo único me interesaba”.

Su padre Daniel, hijo de españoles, nació en el mineral Real del Monte, Hidalgo. Una familia de mineros lo recogió y lo crió en ese pueblo abundante, donde también convivían ingleses, galeses, franceses e indígenas de la zona. Su madre Elisa, llegó a raíz de la guerra civil española y conoció a Daniel en la ciudad de México, donde los dos fueron devorados por el fuego. En el Distrito Federal nació su hermano mayor y años después emigraron a Guadalajara, la ciudad de Antonio.

A sus 34 años de edad, este escritor es el más mordaz y ácido de los escritores mexicanos. Pareciera que las páginas de sus libros son frases infinitas de insultos, sarcasmo y “mala leche”. El humor y el insulto como postura literaria, se encuentran en sus novelas “El buscador de cabezas” (2006), “Recursos humanos” (2007) y en sus libros de cuentos “El jardín japonés” (2006) y “La Señora Rojo” (2010).

En la vida real, a Antonio Ortuño le gustan los buenos modales, es una persona tranquila y detesta la vida como arte, “salir a la cremería con cara de artista, es absurdo”.

Sin embargo, cuando escribe se convierte en Mr. Hyde, se transforma en otro ser, en su perfecto opuesto. El bien y el mal, las dos caras de una misma moneda. Una bipolaridad personificada. Al Dr. Ortuño, o a su Mr. Hyde, se le escapan las palabras para mentir de forma interesante. No escribe bonito. Escribe de una forma insultante, su lenguaje es agresivo. Dice que no se puede malinterpretar un insulto. Su influencia directa es la ironía de Ibargüengoitia y la eficacia de Borges, sus escritores de cabecera.

Ortuño respeta a los críticos literarios pero no les teme. Sólo le interesa molestar a cierta gente y entretener a otra. En 2010 fue el único mexicano incluido en la edición especial de la revista británica “Granta” que dedicó un número especial a seleccionar a los 22 mejores narradores jóvenes en español.

La prestigiada publicación ha dedicado dos números especiales -en 1979 y en 1993- a seleccionar a los 20 mejores novelistas británicos jóvenes con los que consolidó las carreras de escritores como Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie, Ian McEwan, Rose Tremain, Louis de Bernieres, Bruce Chatwin y Philip Kerr.

-Luego que estudiaste comunicación audiovisual en la Universidad de Guadalajara, ¿Por qué no diste ese salto al cine?

Quise ser cineasta en algún momento pero finalmente el cine es una creación colectiva, es un asunto de equipos de trabajo y que tiene mucho que ver con tu capacidad de producir, para negociar y ponerte de acuerdo con la gente. Hay muchos niveles de creación en el cine: el director, el guionista, el actor, el fotógrafo, y todo mundo opina. Descubrí que no tenía ganas de ponerme de acuerdo con 25 personas. Escribí desde muy joven y mucho, compulsivamente. Un día me dí cuenta que tenía 10 mil cuartillas escritas y se fueron nueve mil 912 a la basura.

-Fuiste reportero, editor, jefe de redacción, en diarios como el desaparecido Siglo 21 y Público en Guadalajara, ¿Cómo influyó el periodismo en tu obra como escritor?

Fui periodista muchos años, prácticamente desde que acabé la escuela hasta ahora, y me di cuenta que lo que sé hacer mejor y lo que me gustaba más es escribir y que quería escribir narrativa, porque era lo que mejor me acomodaba. Fue una especie de matrimonio por conveniencia. El periodismo y la literatura son cosas diferentes. Desde luego que hay algo en común que es el lenguaje y la necesidad de comunicar cosas a la gente.

-Compartes la idea del escritor Tomás Eloy Martínez de que la literatura, como el periodismo, son actos de transgresión, maneras de mirar un poco más allá de tus narices…

Los fines son muy distintos. El periodismo es muy riguroso, se trata de informar, de comunicar, de apegarse a lo que el periodista cree lo que es la verdad, según su percepción y la línea editorial en la que trabaja. Mientras que la literatura es un espacio de libertad absoluta. El periodismo te da rigor, escribes para alguien más que no conoces y tienes que explicar, justificar y elegir palabras para mantener la atención de los lectores, eso es muy valioso para la literatura como disciplina de trabajo. Sin embargo, la literatura tiene otros procedimientos, otras herramientas y lo he compartimentado hasta la esquizofrenia. Me parece una abominación ser un escritor periodístico o que anden ahí cuchileando la nota roja para escribir cosas, eso realmente no me interesa.

-¿Trasladas tu personalidad a tus libros?

No, no. A mí no me gusta que la gente se comporte agresiva o desagradable. Considero que la hipocresía social es una necesidad. Es absurdo las buenas maneras en la literatura.

-¿Te costó llegar como a un tono, a un estilo propio? ¿Cómo fue el proceso de aprendizaje?

Tres mil cuartillas tiradas a la basura, jajaja… Fue un proceso largo y sólo se aprende escribiendo. La gente que organiza los programas de literatura y letras sabe perfectamente que eso no te va ser escritor. Me parece que hay mucha charlatanería en las clases de escritura, en los talleres, eso no me interesa y ni me hubiera servido por mi propio carácter para escribir. La gente con la que tengo contacto y que estuvo en talleres no le sirvieron de nada. Los que llegaron a escribir lo hicieron de otra manera, no es como aprender a nadar o andar en bicicleta. Creo que ser escritor es algo que se aprende pero no se enseña.

¿Tuviste alguna influencia o personaje clave que te impulsara a escribir tus novelas y cuentos?

Tardé mucho en mostrarle a la gente mis textos porque no estaba conforme con ellos. No te puedo decir que tuve una especie de tutor, sólo me acompañaron mis lecturas y mi juicio bueno o malo. Trato y sé que es una pretensión absurda o ridícula, pero mis modelos de escritura son Borges, Cioran, Ibargüengoitia, Célin, Evelyn Waugh, Shakespeare, Homero, Patricia Highsmith,  y trato de juzgar lo que escribo a la luz de haber leído a todos ellos, que considero son los mejores escritores. Si leo y admiro a Juan Marsé, y luego escribo algo que me parece completamente absurdo e indigno de su obra, lo tiro a la basura.

Steelers, Fugazi y las becas malditas…

Antonio Ortuño viste de negro, es de piel blanca y tiene una barba de candado pulcra. Si se pone un casco, sería un perfecto ala cerrada de los Acereros de Pittsburgh: agresivo, incómodo y que seguramente los contrarios se quejarían de su juego sucio. A sus 12 años tuvo que dejar el americano porque se jodió una rodilla, tiene un tendón hecho nudo.

Ortuño, fanático de los Acereros

Este domingo, Antonio puede celebrar otra victoria de sus amados Steelers en el Super Bowl XLV en el Cowboys Stadium. La primera vez que los vio ganar fue en enero de 1980, Pittsburgh superó sin complicaciones 31-19 a unos debutantes y mermados Carneros de los Ángeles.

“A mí me tocó crecer con unos Acereros que eran malísimos, aunque mi primer recuerdo fue cuando ganaron el Supertazón XIV. Después tardaron 16 años en llegar a una final que además perdieron contra Los Vaqueros de Dallas. Afortunadamente ya habían nacido mis hijas cuando ganaron lo dos más recientes. Me siento un fanático comprobado”.

Ortuño dice que le gusta la música sinfónica pero que el rock estruendoso de Fugazi, el punk de The Clash y The Ramones, la sofisticación ruidosa de Velvet Underground y Nick Cave, tiene mucho con la estética irónica y retadora de su literatura. Ortuño le debe más al punk rock que a las becas y talleres literarios.

Inicialmente para escribir sus novelas “El buscador de cabezas” y “Recursos humanos”, Ortuño solicitó becas y ninguna salió seleccionada. Recorrió el camino normal de mandar propuestas para que en un lapso de tiempo terminara de escribir sus novelas, pero al final le cerraron la puerta en sus narices.

“Las becas no llegan uno las tiene que pedir y por lo pronto no he decidido solicitar una beca más. Mis dos novelas no las tenía escritas y ganó gente que no ha publicado y que no va a publicar esas novelas horribles que seguramente escribieron”.

-¿Tienes rencor contra las becas? ¿Son innecesarias?

Para mucha gente han sido útiles y necesarias, lo que no creo que hagan las becas es producir libros interesantes y lo tienen que reconocer los implicados y quienes otorgan las becas. La mayor parte de los trabajos que pasan son cosas que ya estaban escritas. Les dan una especie de premio, de dinero a fondo perdido, como una suerte de premio por ser quienes son y porque consideran que pueden ser buenos escritores o porque son sobrinos de alguien. Creo que la gente que da las becas se debería preocupar porque muchos de los escritores más visibles ahora en la literatura mexicana somos quienes no obtuvimos becas. Pero supongo que no es un valor que les importe a ellos.

– Aparte de escuchar música, ¿Qué te gusta hacer en tus ratos de ocio? ¿Cómo es un día común de Antonio?

Convivo con mi familia y mis amigos. No veo la TV para hacer zapping, ahora me interesan algunas series televisivas, pero no las que les gustan a toda la gente como Lost, ni me interesa ni la voy a ver nunca. Me gusta mucho Breaking bad, la bajo de Internet y la veo. Soy un ciudadano común. Escribía de madrugada, trabajaba como jefe de cierre de un periódico y cerraba edición, llegaba a mi casa y me ponía a escribir y me sirvió muy bien, hasta que adquirí horarios más normales. Ahora tengo una disciplina mas o menos férrea, escribo en la noche hasta que me duermo y en la mañana antes de irme a trabajar corrijo. Uno de los dos fines de semana, los dedico a escribir y corregir.  Acabo de terminar una novela que se llama “Ánima”, y me voy a dar un espacio para vivir y leer y sacar mis pendientes.

ANTONIO ORTUÑO EN FRASES…

Cuentos-La Señora Rojo

-Mi madre, secretaria seca y estricta, se esforzaba por hacer llevadera la derrota de haber sido abandonada por el marido con un hijo pequeño y otro imbécil.

-Reconocí desde pequeño que mi padre era la mierda más repulsiva del planeta.

-Nadie me daría la pena máxima por matar una estafadora gorda como tú.

-Mi padre nunca intentó inmiscuirse en política: se limitó a cortar carne en su local y a votar por los candidatos perdedores en cada elección convocada.

-Un hombre de verdad jamás habría agradecido como un cachorro la atención y amistad de un enemigo.

Recursos humanos. Finalista en 2007 del Premio Herralde de Novela

-Me tutea ¿Es estúpida? Tengo debilidad por las mujeres estúpidas.

-Si: era y soy un resentido. Al menos en eso tenía razón aquella chica, a quien nunca me atreví a decirle que su boca no olía bien ni resultaba agradable su sudor.

-Quien sostenga que las putas son románticas no entiende nada de las putas ni del romanticismo.

-Soy sólo otro hambriento venido a más.

-No soy feliz. Nadie puede sostener, honradamente, serlo. No soy feliz porque he hecho depender mi felicidad de la fortuna de mis amoríos con un monstruo.

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Quiénes eran las Panteras Negras, el grupo radical de los años 60 en EU que aún tiene integrantes en prisión

La Corte Suprema de Nueva Jersey anunció esta semana que otorgaba la libertad condicional a Sundiata Acoli, el exintegrante de las Panteras Negras de mayor edad que aún queda en la cárcel. El grupo de izquierda reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense en los 60.
15 de mayo, 2022
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Por casi medio siglo, ha vivido detrás de la rejas en una prisión de Nueva Jersey. Ahora, a sus 85 años, volverá a respirar la libertad.

La Corte Suprema de ese estado anunció esta semana que decidió liberar a Sundiata Acoli, el exintegrante de mayor edad de las Panteras Negras que aún queda en la cárcel. Se trata del controvertido grupo de izquierda que reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense a finales de 1960.

Acoli era elegible para libertad condicional desde hace 29 años, pero cada vez que sus abogados la solicitaron, se le negó.

Fue considerado sistemáticamente una “amenaza pública”, pese a que su salud, los años y diversos reportes médicos y psiquiátricos sugerían lo contrario.

Lo habían condenado a cadena perpetua en 1974, luego de un extraño incidente un año antes en el que un policía terminó muerto.

Acoli viajaba con Assata y Malik Shakur, otros dos integrantes de las Panteras Negras, cuando dos oficiales pararon el carro para una inspección rutinaria en la autopista de peaje de Nueva Jersey: llevaban una luz rota.

Lo que siguió después nunca ha quedado claro: hubo un tiroteo, Malik y un policía murieron, Acoli y otro agente resultaron heridos.

Acoli y Assata huyeron, pero fueron detenidos pocos días después y condenados a pasar el resto de su vida tras las rejas.

En una de las fugas más memorables de las cárceles de Estados Unidos, Assata logró escapar y se refugió años después en Cuba, donde se cree que todavía vive (sigue aún en la lista de los más buscados del FBI).

Acoli ha pasado su vida en la cárcel, pero no es el único.

Al menos 12 miembros del movimiento siguen todavía presos, con condenas que se acercan o superan los 50 años de cárcel.

Sus sentencias son todavía el testimonio de una época controvertida de luchas por los derechos civiles en EU y una muestra de la brechas raciales y sociales de la sociedad en que se generó.

Pero, ¿qué fue este grupo y por qué sigue generando polémica más de medio siglo después?

El partido

Boinas negras y chaquetas de cuero negro, puños cerrados y pistolas en mano… las Panteras Negras crearon su propia moda que era, a la vez, su símbolo.

Propugnaban la autodefensa armada, especialmente contra la policía, y se definían como un “partido socialista” en una época en la que el comunismo era visto como el mayor enemigo de EU.

El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale, quienes se habían hecho conocidos unos años antes por protestar en un acto en California que obvió el legado negro en la colonización del oeste americano.

Huey Newton y Bobby Seale

Getty Images
El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale.

Desde entonces, se habían envuelto en el activismo político pero hubo dos hechos que los llevaron a dar un paso más allá.

En febrero de 1965, fue asesinado el líder de los derechos civiles Malcom X y, un año después, la policía de San Francisco mató a tiros a un adolescente negro desarmado: Matthew Johnson.

Fue entonces cuando decidieron crear el Partido Pantera Negra para la Autodefensa, cuyas principales metas en un inicio eran monitorear las actividades policiales contra las comunidades negras en Oakland y otras ciudades.

Su activismo y carisma muy pronto multiplicaron la popularidad del grupo: del monitoreo pasaron a crear programas sociales, incluyendo desayunos gratuitos para niños o personas con anemia, a la vez que se involucraron en actividades políticas.

En un par de años, las filiales del grupo se habían multiplicado en más de 30 estados.

En su libro Black Against Empire: The History and Politics of the Black Panther Party, Joshua Bloom y Waldo E. Martin estiman que para 1969 ya tenía más de 5 mil miembros y sus ideas eran populares tanto en comunidades pequeñas como en grandes ciudades, desde Los Ángeles y Chicago hasta Nueva York o Filadelfia.

A diferencia de otros grupos por los derechos civiles de los afroaestadounidenses, las Panteras Negras portaban armas y defendían el derecho a la autodefensa con ellas.

Bloom y Martin señalan en su libro que era una respuesta activa ante la violencia policial que vivía la población negra y que buscaba “empoderar a la comunidad negra frente a un sistema racista”.

Sin embargo, su desafío a las autoridades y su uso de armas fue visto como desafiante y en ocasiones se les describía como pandillas o grupos violentos, algo que sus líderes negaban.

El peligro marxista

Las Black Panthers eran parte de un grupo todavía mayor, el llamado Black Power, que defendía el orgullo negro y la unidad por los derechos de las minorías raciales.

Sin embargo, Newton y Seale no se conformaron con la ideología de esa organización y se basaron en el marxismo.

Creían fervientemente en la “lucha de clases” y pensaban que la organización representaba “la batalla de la vanguardia proletaria contra el capitalismo”.

Fueron estas ideas en las que basaron su plataforma política, a la que llamaron Programa de Diez Puntos, en el que pedían, entre otras cosas, el fin inmediato de la brutalidad policial, empleos para los afroestadounidenses y mayor acceso a tierra, vivienda y justicia para todos.

Su cercanía al marxismo, el enfoque nacionalista negro y una serie de actos violentos que cometieron entonces los pusieron en la mira de las autoridades, en especial del Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Edgar Hoover.

El FBI, de hecho, creó un programa secreto de contrainteligencia, COINTELPRO, solo para seguir de cerca a los miembros de las Panteras Negras.

panteras negras

Getty Images

Fue solo el comienzo.

Para 1969, el FBI los declaró una “organización comunista” y “enemiga del gobierno”, y Hoover llegó incluso a considerarlas “una de las mayores amenazas para la seguridad interna de la nación”.

Las rivalidades con la policía

El libro de Joshua Bloom y Waldo E. Martin cuenta cómo la creciente persecución de las autoridades llevó a una rápida radicalización del grupo.

Los enfrentamientos con la policía se hicieron frecuentes y varios agentes murieron en tiroteos que implicaban a las Panteras Negras. El grupo, sin embargo, siempre aseguró que solo usaban las armas como método de autodefensa y que solo respondían a la policía si esta los agredía.

La organización también se volvió un foco de la violencia policial.

En uno de los casos más sonados, en 1969, la policía de Chicago disparó más de 100 tiros a dos miembros del partido que dormían en su apartamento.

panteras negras

Getty Images

Las autoridades aseguraron que había ocurrido un feroz intercambio de disparos, pero luego se demostró que solo una bala provino del arma de uno de miembros del grupo.

En el libro The Black Panther Party , el historiador Charles E. Jones asegura que fue tanta la persecución a la que se vieron sometidos los miembros del grupo que una especie de paranoia colectiva comenzó también a manifestarse entre sus miembros… y a dividirlos.

Esto llevó no solo a numerosas discusiones y temores, sino que hubo también denuncias de que algunas “panteras negras” asesinaron o golpearon a otros del mismo grupo que creían que eran informantes de la policía.

Ciertas partes del movimiento fueron también asociadas con actividades delictivas y una ruptura interna entre sus principales líderes y organizadores pronto los debilitó como fuerza política.

Para mediados de los 70, las Panteras Negras siguieron perdiendo seguidores y popularidad, aunque hicieron esfuerzos por sobrevivir a la debacle, incluyendo crear una rama armada, el Ejército Negro de Liberación.

En las décadas siguientes, el nombre del grupo pasó a quedar como un asunto para investigaciones académicas y libros de historia, mientras algunos de sus principales activistas morían, escapaban a otros países o consumían sus vidas en la cárcel.


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