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Atrapar el mundo en un click

Por Moisés Castillo
19 de febrero, 2011
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¡Qué es esto! Fue lo que se dijo sorprendido el fotógrafo Daniel Aguilar al bajar del avión en Puerto Príncipe, Haití. No lo podía creer. Aquella ciudad que conocía a la perfección como a su cámara Nikon se encontraba en ruinas. El terremoto de 7.3 grados en la escala de Richter enterró a 250 mil personas y 800 mil más se encuentran desplazadas viviendo en condiciones miserables. El 12 de enero de 2010, el país más pobre de América vivió otra tragedia, la más dolorosa. Pareciera que Haití es una nación condenada a sufrir.

Foto: cortesía Daniel Aguilar

Foto: cortesía Daniel Aguilar

Siempre fue complicado para Daniel trabajar en la isla caribeña. Desde el 2000, el tema Haití le ha apasionado. Regresaba una y otra vez para retratar las revueltas civiles y los problemas sociales que parecen no tener fin. El fotoperiodista mexicano sabía que Haití vivía una relativa estabilidad dentro del caos, pero nunca imaginó que un terremoto transformaría a la capital en un infierno.

Lo primero que le habían contado a Daniel fue que su hotel favorito para hospedarse se había convertido en polvo, el Palacio Nacional de Baussan donde caminó por sus largos pasillos se había derrumbado. Referentes históricos de Puerto Príncipe ya no existían más. Pero lo que más le dolió fue no encontrar a sus amigos: horizonte de límites cambiantes.

Cuando caminó por el Aeropuerto Internacional Toussaint Louverture era un verdadero campo de batalla, se movían cientos de personas en todas direcciones entre rescatistas de la Cruz Roja, policías y periodistas de todo el mundo. La anarquía total. Lo primero que hizo Daniel fue tomar su equipo y salir a la calle en busca de alguna imagen para comenzar a surtir el servicio informativo. Y era verdad: del Palacio Nacional sólo habían montones de cascajo blanco. Daniel atrapó decenas de rostros con la mirada perdida y gente que corría sin rumbo por el pavimento destrozado.

Foto: cortesía Daniel Aguilar

Foto: cortesía Daniel Aguilar

A pesar de que fue muy impactante y triste la realidad haitiana, Daniel siguió caminando y encontró gente sepultada, sangre derramada, mujeres implorando al cielo que se tornaba gris. El viento deshacía en lentos vuelos las pequeñas nubes. Las sirenas de emergencia anunciaban que la pesadilla apenas había empezado. Las caras de hombres, mujeres y niños reflejaban una tristeza asfixiante. Sus pasos se hundían en el polvo que el fuego no consumía.

“En algunas zonas había mucha prensa, parecíamos hormigas escapando de la confusión. Al mismo tiempo veías equipos de rescate moviéndose de un lado a otro, pero no llegaban a un punto fijo porque les decían ‘en la calle atrás de la universidad’, pues cuál universidad si estaba irreconocible. Viví la muerte”.

Foto: cortesía Daniel Aguilar

Foto: cortesía Daniel Aguilar

En una zona comercial donde normalmente transitaba mucha gente y el ruido de los autos desquiciaba a cualquiera, se había convertido en un cementerio. Cuando Daniel pudo llegar a esa calle sólo encontró desolación, algunos postes de luz estaban a punto de caer. De repente observó que una familia caminaba entre los escombros con un poco de bienes y comida que pudo rescatar. Daniel se aproximó, apretó el disparador y sonó un clic. Un instante y un clic. Una foto histórica para un momento único. Como decía el famoso corresponsal de guerra Robert Capa “si tus fotos no son buenas es que no estabas lo suficientemente cerca”. Esta imagen fue ganadora del Premio Internacional de Periodismo Rey de España en la categoría de Fotografía. Esta fotografía es la portada de la serie “Las venas abiertas de Puerto Príncipe”.

Para el jurado de la XXVIII edición de los galardones, que convocan anualmente la Agencia Efe y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la fotografía “capta con enorme fuerza plástica la desolación y el drama humano vividos en Puerto Príncipe después del terremoto”.

-¿Cuántas instantáneas contienen el foto-reportaje?

En total son 15 fotos. Para el Premio Rey de España solicitaban que escogieras tres fotos. Las envíe tres y el jurado escogió solamente una.

-¿Cómo surgió el título?

Fue una combinación entre el reportero que escribió la nota y lo que me preguntó de ese momento. Lo platicamos y editamos el trabajo. Normalmente vimos en los periódicos “Tragedia. 250 mil muertos” pero lo triste no son los 250 mil personas que murieron sino las 250 mil historias de sueños y esperanzas sin contar. La impotencia de no poder hacer algo más fue lo que derivó el título: la herida queda ahí. Si nosotros duramos años en recuperarnos del terremoto, en Haití no hay forma de salir del miedo. Es una tragedia.

-En el libro “Haití, isla pánico” aparece un capítulo de tu autoría, ¿Cómo fue este proceso para realizar el texto?

A mí me gustó mucho. Al principio me invitaron para la foto de la portada. Luego me avisaron que querían más fotos para usar todo un pliego para las páginas centrales. José Luis Ruiz, David Aponte, Eduardo Mora y Carlos Loret de Mola, habían escrito las crónicas y una noche me habló Loret para que me aventara un texto. Le dije que sólo iría con las fotos. Me contestó que ahí estaba el espacio y me provocó a escribir. Lo revisaron y dijeron ‘está bueno’ y a partir de ese momento me prendió mucho escribir. Ahora escribo las historias de mis fotos.

-¿Qué significado le das a un reconocimiento como el Premio Rey de España?

Antes el que ganara el Premio Nacional de Periodismo era así como lo mas grande que podías aspirar, aunque fuera un premio otorgado por el gobierno. Ahora las cosas han cambiado con un jurado independiente y el valor del Premio adquiere otra dimensión. Esta noticia me sorprendió, pensé que era una broma. Es bonito, pero la vida sigue. En la fotografía nunca terminas de aprender ni de proponer. Tomo este reconocimiento como un aliciente para ser más exigente con mi trabajo.

Informar con imágenes

25 años antes, Daniel tuvo la misma expresión mientras tomaba fotos por las calles devastadas del centro de la ciudad de México tras el sismo de 8.1 grados en la escala de Richter. ¡Qué es esto! La tragedia de 1985 no sólo fue resultado de la incontrolable fuerza de la naturaleza, sino de la especulación inmobiliaria y la corrupción de funcionarios y empresas constructoras que levantaron edificios con materiales de pésima calidad.

Acompañado de Luis Aguilar, su padre, quien le enseñó que la fotografía con el tiempo obtenía un valor histórico, Daniel captó sus primeras imágenes entre la angustia y el drama de la gente. Nunca olvidará los escombros del lujoso Hotel Regis, de la Alameda Central.

Daniel tenía 14 años de edad y aprovechó que habían cerrado su escuela, la Secundaria 4 “Moisés Sáenz”, ubicada en la Ribera de San Cosme, para hacer unas fotos con el afán de “tomar lo malo” que sucedía. Con el paso de los meses se dio cuenta que tenía mucho material y por recomendación de Don Luis empezó a ponerles fecha y archivar los negativos. Daniel escucha esa voz paternal que reconstruye todos los días y le devuelve su imagen.

“Las tengo muy guardadas. No son las grandes fotos, pero son como mis primeras fotografías y les tengo un cariño especial”.

Aquel joven nunca pensó que sus fotos que tomaba en las calles del Distrito Federal se publicarían en periódicos o en revistas, hasta que conoció a varios reporteros gráficos que le ayudaron a ordenar su destino. Uno de ellos fue Mario Hernández, quien era subjefe del departamento de fotografía de El Heraldo de México.

Daniel tenía un plan antes de trabajar: en cinco años formaría una carpeta, después entraría a un diario y al final ingresaría a una agencia de noticias. Pero el tiempo se adelantó y aquel señor le preguntó:

-¿Tú para quién trabajas?

-No, pues para nadie… contestó Daniel pensativo.

-Deberías ir al periódico, hay chance para que te pongas a trabajar.

Al día siguiente, Daniel se dirigió a la calle Dr. Carmona y Valle 150 en la colonia Doctores, pero no pudo ser contratado de inmediato porque no era mayor de edad. Sin embargo, los fotógrafos del periódico le dejaban “chambitas” para que aprendiera el oficio. Fue su primer empleo como fotógrafo y a sus 39 años de edad su plan se cumplió enormemente: trabajó en Excélsior, El Universal, en 1997 ingresó en la agencia internacional de noticias Reuters, donde estuvo hasta 2010.

Actualmente es fotógrafo independiente y colaborador de la revista emeequis. Ha realizado coberturas en diversos países como Guatemala, El Salvador Honduras, Colombia, Haití, Venezuela, Cuba, Argentina, Jamaica, Bolivia, Costa Rica, Estados Unidos y China. Su cámara ha captado eventos internacionales como los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y de Pekín 2008, el golpe de Estado en Venezuela en 2002 y la crisis política acaecida en Haití en 2004.

Sus fotografías han sido reconocidas por el World Press Photo, que le concedió una mención de honor en 2005 y en el que logró el tercer puesto en 2007. Asimismo ha ganado, entre otros galardones, el Premio Nacional de Periodismo de México, que recibió en 2000, 2002, 2004 y 2006.

Daniel Aguilar se muestra inquieto y ve para todos lados como buscando fotografiar a alguien con sus ojos ojerosos. Viste unos jeans azul marino y una camisa negra de cuadritos de manga corta. Su amabilidad contrasta con el poder y la crudeza de sus imágenes, su voz mesurada desentona con el dolor que ha mirado. Uno de sus fotógrafos favoritos, el estadounidense James Nachtwey dijo que ser fotógrafo de alguna manera es una profesión enferma. Quizá Daniel de niño lo entendió de forma inconsciente.

Su primera cámara se la regalaron a los seis años de edad. Era una Instamatic Kodak que se caracterizaba por ser delgada 126X110, y se la obsequió su padrino con motivo de su primera comunión. Daniel, desde que tiene memoria, siempre le llamó poderosamente la atención las fotografías de los periódicos, en especial las que publicaba La Prensa cuando usaba diapositiva. Sus imágenes favoritas no eran las policíacas sino las fotos de incendios o accidentes donde se jugaba con los contrastes y contraluces.

“En mi inquietud de hacer fotografía, revelaba o intentaba revelar con vinagre, porque ya era una enfermedad y una desesperación de querer hacer fotografía. Sin embargo, en casa no había los recursos económicos para hacer ese tipo de cosas. En esa época, la fotografía era carísima para mí, no había forma de estar comprando rollos y revelar en estudios”.

Los fines de semana, Daniel salía con su padre a tomar fotos a la calle y a las plazas. Don Luis no era fotógrafo profesional pero le gustaba mucho la fotografía de asfalto: eran los objetos y el paisaje urbano los que pedían ser fotografiados. Él llevó a su hijo por el camino de las velocidades, diafragmas, películas, lentes, filtros…

¿Cómo ha evolucionado tu obra fotográfica? ¿Fue difícil encontrar ese tono o estilo en tus fotos?

La verdad no sé si tengo un estilo, pero de las primeras fotos a las de ahora sí hay un cambio importante. Las primeras que publiqué en El Heraldo muchas las guardé porque era muy emocionante ver una foto impresa con tu nombre. Hay una evolución en ir aprendiendo esa cultura visual que te dan los libros, el cine, las exposiciones, los libros de fotografía. Ver el trabajo de hace 20 años si me da como penita y veo el trabajo que hice hace un mes y le encuentro muchas fallas. Creo que esto es lo bonito de la fotografía, siempre aprendes con el tiempo.

Daniel Aguilar se convirtió en el primer mexicano que obtiene el 3er premio en la categoría individual de Noticias Generales del prestigioso World Press Photo 2007 con su imagen que dio la vuelta al mundo: “Amarrado”.

"Amarrado" Galardonada en World Press Photo 2007//Cortesía Daniel Aguilar

"Amarrado" Galardonada en World Press Photo 2007//Cortesía Daniel Aguilar

Entre junio y diciembre de 2006, Daniel fue testigo del conflicto más violento que haya sufrido la ciudad de Oaxaca, el protagonizado entre el gobierno de Ulises Ruiz y la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca.

La noche del 18 de octubre Daniel Aguilar de Reuters, Raúl Estrella de El Universal, y Paty Gutiérrez de EFE, se encontraban cenando y de repente les avisaron que había un muchacho amarrado a dos avenidas de distancia.  Mientras tomaban las fotos, pasó un taxista y les dijo ‘aquí adelante tienen a otro’. Se movieron al lugar donde había un hombre de edad mediana y pelo corto. Estaba golpeado y descalzo. La diferencia de este “Amarrado” es que estaba sujeto al único poste de luz que tenía iluminación con un letrero que decía “estoy así por rata”. La naturaleza del lugar dio el ambiente para hacer la fotografía.

-¿Tú conociste más de esta persona?

Hicimos un buen equipo. Estaba Carlos Ochoa un reportero de El Universal y varios compañeros fotógrafos. Llegamos y lo primero que hacíamos era sondear el terreno para ver que tan peligroso era trabajar ahí, porque normalmente había colonias muy hostiles que no querían nada con la prensa. La gente decía que este hombre lo agarraron en una casa robando. Él no podía hablar, estaba entre medio borracho y drogado. Sí había que especificar muy bien si lo habían amarrado civiles, si lo habían amarrado los maestros, si lo habían amarrado gente de la APPO y por qué.

-¿Cómo eliges tus temas para hacer este tipo de series fotográficas?

Durante 20 años trabajé para empresas periodísticas y agencias de noticias y tenía ciertas asignaciones, pero también los temas que a mí me pegaban más, los de corte social, los proponía y era lo que me dedicaba hacer. ¿Cómo hago las series? En el caso de Oaxaca, a la semana de haber iniciado el conflicto me di cuenta que iba a crecer mucho y empecé armarme una idea de cómo poder contar esa historia con imágenes del día y darles una edición adecuada para formar una serie.

-¿Qué tanto les ha ayudado o perjudicado la tecnología a los fotógrafos? Porque pareciera que todo mundo saca buenas fotos con una buena cámara digital…

Es que ahí el punto es aprender a diferenciar entre una buena y una mala foto. Lo importante es el contenido de la imagen. Entre fotógrafos hay esta onda contaminada de que entre mejor cámara tengas mejores fotos salen. Hay una anécdota muy buena, creo que fue Bresson, que en una entrevista un reportero le dice ‘oiga que buena foto, seguro tiene una buena cámara’. Cuando se publicó el texto, el reportero le enseña el periódico y Bresson le responde ‘que buen texto, seguro tiene una muy buena máquina de escribir’. En la fotografía lo importante es el contenido, no importa si la imagen fue tomada con un celular.

-¿Te han censurado en tus más de 20 años de experiencia fotográfica?

Nunca me he sentido con censura. Para muchos la censura es la línea editorial de determinadas empresas. Si tu trabajas en un medio lo primero es comulgar con la línea editorial. En el caso de los fotógrafos no deben existir las quejas. Se me hace muy tonto decir que hay censura, porque puedes subir tus imágenes al blog y difundirlas en Internet. Hace poco y no por cuestión editorial sino por el criterio de un editor en la oficina donde trabajaba, me dijo sin argumentos que la foto del funeral del narcotraficante “Nacho” Coronel no se iba a publicar y renuncié.

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Cómo el cubrebocas evita la propagación de la COVID y puede reducir los síntomas

Un nuevo estudio concluyó que usar mascarillas reduce la carga viral a la que estaríamos expuestos y, de contagiarnos, la manifestación de la enfermedad sería más leve o inclusive asintomática.
Getty Images
9 de agosto, 2020
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El argumento generalizado de parte de las autoridades sanitarias y gobernantes por todo el mundo que recomiendan y/o imponen el uso de mascarillas es que evitan que las personas infectadas propaguen el coronavirus.

Pero un nuevo estudio concluyó, tras examinar varios casos, que usar mascarillas reduce la carga viral a la que estaríamos expuestos y, de contagiarnos, la manifestación de la enfermedad sería más leve o inclusive asintomática.

La investigación realizada en Estados Unidos por los doctores Monica Gandhi y Eric Goosby, de la Universidad de California, y el doctor Chris Beyrer, de la Universidad Johns Hopkins, resalta que la exposición al coronavirus sin consecuencias severas debido al uso de mascarillas podría generar una inmunidad a nivel comunitario y reducir la propagación mientras se desarrolla una vacuna contra el virus.

En vista del rechazo al uso de mascarillas de algunos grupos y personas, el beneficio al individuo (además de a otros) que porta el tapabocas sugerido por el estudio podría ser un incentivo más para su uso y convertirse en un pilar del control de la pandemia.

El estudio fue publicado en la revista especializada Journal of General Internal Medicine.

Un hombre con una mascarilla pasa frente a una valla con la imagen del coronavirus

Getty Images
La mascarilla reduce la posibilidad de tener síntomas severos de covid-19, dicen los investigadores.

El efecto de la carga viral

Los doctores Gandhi, Goosby y Beyrer respaldan su teoría -como la llaman- comparando la evidencia de múltiples situaciones en las que grupos usaron o dejaron de usar mascarillas y la relación que eso tiene con la carga viral y los crecientes índices de infecciones leves o asintomáticas.

La infección asintomática puede ser problemática porque promueve la propagación del virus por personas que están contagiadas sin que lo sepan, pero al mismo tiempo ser asintomático en lugar de estar gravemente enfermo es beneficioso para el individuo, indican.

Además, los índices más altos de infección asintomática conducen a índices más altos de exposición al virus. El exponer a una sociedad a este coronavirus sin las consecuencias de una enfermedad grave podría crear mayores niveles de inmunidad comunitaria, la llamada inmunidad de rebaño.

Los investigadores reconocen que la respuesta inmunológica de anticuerpos y células T a las diferentes manifestaciones de covid-19 todavía está siendo analizada, pero las señales basadas en los datos del desarrollo de esa inmunidad celular, aun con una infección leve, son esperanzadoras.

Evidencia

La perspectiva que los portadores de mascarillas están expuestos a una carga viral menor que resulta en una infección más leve está sustentada en el estudio de tres importantes cúmulos de evidencia: virológica, epidemiológica y ecológica.

Una fila de compradores todos con mascarillas

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Hasta ahora, el principal argumento para el uso de las mascarillas es la protección de los otros.

Con respecto a la primera, las mascarillas -dependiendo del diseño y material- filtran la mayoría de las partículas virales, aunque no todas. Desde hace un tiempo se ha propuesto que la exposición de ese bajo nivel de partículas virales probablemente producen una enfermedad que es menos severa.

Los resultados de experimentos realizados en el pasado con humanos expuestos a diferentes volúmenes de virus no letales demostraron síntomas más severos en sujetos que recibieron una carga viral mayor.

Con el nuevo coronavirus la experimentación no es posible ni ética, pero unas pruebas realizadas a hámsteres en las que se simuló el uso de mascarillas separando a los animales con una pared divisoria hecha de una máscara quirúrgica, no sólo demostraron que los hámsteres protegidos fueron menos propensos a la infección, sino que los que, entre esos, se contagiaron de covid-19 manifestaron síntomas leves.

En términos de la evidencia epidemiológica, los doctores indican que los altos índices de mortalidad que se vieron al inicio de la pandemia parecen estar asociados a la intensa exposición a la alta carga viral antes de que se introdujera el uso de mascarillas.

Caso del crucero argentino

Un caso reciente en particular llama la atención: el de un crucero en Argentina donde todos los pasajeros y tripulantes fueron dotados de mascarillas tras detectarse un brote de covid-19.

En ese entorno cerrado, 128 de las 217 personas abordo dieron positivo en la prueba de coronavirus. Sin embargo, la mayoría de los infectados (81%) se mantuvo asintomática.

Un autobús en Taiwán con pasajeros usando mascarillas

Getty Images
Las tasas de mortalidad se han mantenido baja en países que han reabierto sus actividades pero todavía usan mascarillas.

Como evidencia ecológica, la investigación indica que los países y regiones que de por sí acostumbran a usar mascarillas para el control de infecciones, como Japón, Hong Kong, Taiwán, Singapur, Tailandia y Corea del Sur, no han sufrido tanto en cuanto índices de la severidad de la enfermedad y la mortalidad.

Igualmente ha sucedido con los países que aplicaron tempranamente la medida del uso de mascarillas.

Es más, aun cuando los mencionados países registraron un resurgimiento de casos de covid-19 al reanudar la actividad social y económica, las tasas de mortalidad se ha mantenido baja, sustentando la teoría de la carga viral, afirman los autores del estudio.

En conclusión, los doctores alegan que el uso universal de mascarillas durante la pandemia debería ser uno de los fundamentos más importantes en el control de la enfermedad y abogan que esta medida se tome en particular en Estados Unidos, donde las directivas no han sido homogéneas y parte de la población ha reaccionado hasta violentamente contra el uso de mascarillas.

Resaltan que durante la devastadora pandemia de gripe en 1918, los estadounidenses adoptaron sin contratiempos el uso de las mascarillas en público, pero la respuesta a las actuales recomendaciones de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) ha sido dispareja.

Una secretaria con mascarilla escribe a máquina en su escritorio en 1918

Getty Images
En 1918, el público estadounidense no tuvo objeción en cumplir con el uso de mascarillas para combatir la pandemia de influenza.

El uso de mascarillas tiene dos ventajas. La primera es proteger a los demás evitando la propagación del virus por una persona infectada. Si esa preocupación por el prójimo no es suficiente, tal vez la segunda ventaja -el beneficio individual- sea una motivación más eficaz.


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