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Caso Wallace:
Tagle se retracta y alega tortura
Por Paris Martínez
27 de febrero, 2011
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Jacobo Tagle mira perplejo a Isabel Miranda, cuando ésta toma la palabra. “Quiero que los medios de comunicación comprueben que el detenido no ha sido golpeado”, reclama la mujer. Tagle alza los brazos, para que cuatro agentes le quiten el chaleco antibalas, levanten su camisa y dejen a la vista de las cámaras el dorso desnudo del joven de 31 años, que un día antes vio concluida la persecución que durante el último lustro se cernió en su contra.

Efectivamente, no hay huellas evidentes de violencia.

Y es que “casi todas las personas detenidas, cuando están frente al juez, claman tortura”, advierte Isabel Miranda, con firmeza, mientras mira al último presunto implicado en el secuestro y asesinato de su hijo, el empresario Hugo Alberto Wallace, y quien se mantenía prófugo desde el 11 de julio de 2005, fecha en que ocurrieron los hechos.

“Jacobo, nada más te pediría que me dijeras si corroboras lo que ayer dijiste (ante el Ministerio Público) sobre la participación de todos los implicados, de Brenda Quevedo Cruz, de César Freyre Morales, de los hermanos Castillo Cruz, de Juana Hilda González Lomelí y tuya en el secuestro de mi hijo”, inquiere la madre, quien un mes antes recibiera del presidente Felipe Calderón el Premio Nacional de Derechos Humanos 2010, tras erigirse en icono de  la lucha civil contra la impunidad y la delincuencia en México.

“Sigo en lo dicho”, responde Jacobo Tagle y, sólo entonces, se le conduce fuera de la sala de prensa de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, entidad donde horas antes, durante la madrugada del pasado 4 de diciembre, había sido aprehendido.

Diez días después, sin embargo, y ya estando preso en el penal federal de El Rincón, Nayarit, Tagle denuncia ante un juez no sólo que su confesión inicial fue producto de la “tortura” de la policía, de forma previa a su presentación ante los medios de comunicación –tal como Isabel Miranda había previsto–, sino también que dicha confesión fue escrita por su misma acusadora, ante sus ojos, después de que el agente del Ministerio Público le cediera su lugar.

La indignación

A bordo de una camioneta negra, Isabel Miranda arriba al punto de encuentro, un restaurante ubicado a un costado del Lago de Chapultepec, acompañada por dos asistentes, quienes permanecen fuera del recinto.

Al tomar asiento, la presidenta de la asociación civil Alto al Secuestro elige primero mirar hacia la puerta de acceso del establecimiento, dando así la espalda al muro (como dictan las medidas de seguridad personal, en caso de temerse algún atentado, de los cuales Isabel Miranda ha sufrido al menos uno), pero al ser de vidrio este muro, con vista directa al cuerpo de agua, la mujer recapacita y cambia de lugar, para poder admirar a los patos que ahí nadan.

La mujer revisa la copia de la Declaración Preparatoria de Tagle, en la que éste se retracta de la confesión de culpabilidad rendida a principios de diciembre, y luego sonríe: “Jacobo no sólo es un secuestrador, un asesino y un mentiroso… además es un tonto. Resulta absurdo que alguien torture a una persona para obtener una confesión, cuando ya se cuenta con las pruebas en su contra”.

Mismas pruebas, aclara Miranda de Wallace, que el juez ha dado por buenas al momento de condenar al resto de sus cómplices.

“No sólo Jacobo, sino todos los implicados en el asesinato de mi hijo siempre le han apostado a decir que fueron torturados; el problema es que lo prueben. Esa es una estrategia seguida desde que los defendía la abogada Ámbar Treviño (procesada en 2010 por presunta falsificación de peritajes sobre tortura, precisamente relacionados con el caso Wallace).

Me indigna que traten de manchar mi nombre y el de mi hijo, por eso el año pasado tomé la decisión de denunciar a la abogada Treviño, porque si yo dejaba pasar eso, al rato iba a decir misa”.

Y es que, en efecto, todos los acusados de participar en el secuestro y asesinato del joven empresario han reportado, en un momento u otro, que fueron sometidos a los mismos tormentos: asfixia por sumersión, golpes en los oídos, golpes en los genitales y, en el caso de una de las implicadas, además de la tortura física también se denunció abuso sexual y violación.

La rabia

Jacobo Tagle Dobín fue capturado en el municipio mexiquense de Cuautitlán Izcalli durante la madrugada del 4 de diciembre pasado, luego de que la mujer con la que sostenía una relación sentimental descubriera su verdadera identidad y lo delatara.

Según el procurador del Estado de México, Alfredo Castillo, “el viernes 3 de diciembre, a las 19:00 o 20:00 horas, ella se presentó a narrar esta situación, (por lo que) el Ministerio Público y el Grupo Táctico atendieron de manera inmediata la denuncia (y) se hizo vigilancia”.

El procurador afirma que, durante la madrugada del día siguiente, Jacobo Tagle se percató de la presencia de los agentes, por lo que salió de la vivienda que le servía de escondite y “pretendió sobornar a los policías, (quienes) no lo aceptaron y lo presentaron a las autoridades”.

Lo que ocurre en las siguientes horas es narrado por el detenido, de la siguiente forma, ante el  juez Primero de Distrito de Procesos Penales Federales de Nayarit, según la Declaración Preparatoria de la que Animal Político posee una copia: “(el indiciado manifestó) que durante su detención, en la camioneta en que lo llevaban a bordo, recibió patadas en los testículos, golpes en  los oídos, le pusieron una almohada o telas para no dejarle marcas en el cuerpo (y) también le echaban agua en la cara, con una toalla tapándole la nariz. Todo ello fueron torturas sin dejar huella”.

Luego, al llegar a las instalaciones del Ministerio Público, según el mismo documento, al indiciado “le dijeron que si no decía todo lo que ellos (los policías) le iban a decir, le iba a ir de la ‘chingada'”.

Esta confronta ministerial se prolongaría todo el día 4 de diciembre, por lo que, ante la petición de los medios de comunicación de que el detenido fuese exhibido de forma pública, el procurador mexiquense explicó en ese momento que la “declaración (de Tagle) tomará varias horas e, inclusive, se hará un traslado al lugar donde él señala que fueron depositados los restos de Hugo Wallace, lo que nos puede tomar todo el día”.

Aquel 4 de diciembre, Isabel Miranda fue avisada por las mismas autoridades acerca de la captura del Jacobo Tagle, a quien la madre, convertida en la principal investigadora del caso, había perseguido durante los últimos cinco años.

“Yo me presento al Ministerio Público de Cuautitlán Izcalli –narra la mujer– y cuando entreabren una puerta lo veo, veo que Jacobo Tagle está ahí… Sentí una mezcla de sentimientos: gusto, por saber que ya lo habían capturado; y también coraje, mucho coraje, e impotencia, por saber que esos ojos, los ojos de Jacobo, fueron los últimos que mi hijo pudo ver antes de morir”.

La mujer habla por lo bajo, discretamente, y fija toda su atención ahí donde posa su mirada.

“Pero lo más duro –aclara– fue constatar la frialdad con la que él platicó todo lo que le hicieron a Hugo; al pensar en todas las barbaridades que cometieron contra mi hijo, todavía más rabia siento.”

La confesión

El testimonio que Tagle rindió ante el juez federal describe los términos en los que fue levantada su confesión ante la policía, el día en que fue capturado: “En la declaración ante el (agente del) Ministerio Público, la señora Isabel Miranda retiró a éste y ella, junto con su hija, llenó la declaración”, denuncia el detenido.

Después, continúa Jacobo, al terminar Isabel Miranda de redactar el texto, “delante del procurador (Alfredo Castillo) la señora me dejó en claro que si no firmaba lo escrito en el acta, y si no me careaba con César Freyre y le decía eso en su cara, se las iba a pagar mi familia; que sabía dónde trabajaba mi hermana, cuál pesera tomaba, y que si no quería que la ‘levantaran’, tenía que declarar lo que ella me había dicho; de igual forma, que a mi madre le podía pasar algo; y que a mi hermano iba a ver la manera de refundirlo en la cárcel; o que a cualquiera de mis tíos o mi abuela les podía ocurrir algo, así como a mi pareja sentimental o a la familia de ella (…); que más valía que estuviera de acuerdo con esa declaración o me atuviera a las consecuencias”.

Como se recordará, en la confesión inicial firmada por Tagle, éste admite haber actuado en contubernio con César Freyre para secuestrar a Hugo Alberto Walace; que Juana Hilda González Lomelí fue el gancho para engañar al empresario y conducirlo al lugar donde permanecería retenido; que los hermanos Castillo Cruz ayudaron a someterlo, mientras Freyre lo golpeaba hasta causarle la muerte; y que Brenda Quevedo tomó fotografías del cadáver, simulando que Wallace seguía vivo, para intentar cobrar un rescate.

De todo ello Tagle se desdijo oficialmente ante el juez y aseguró que mediante “presión psicológica le hicieron firmar esas declaraciones, con las cuales no está de acuerdo”.

Cabe destacar que, consultado al respecto, el maestro en derecho penal Hanzel Holtzheimer aclaró que el artículo 20 Constitucional establece que “ninguna declaración que emita una persona sometida a proceso judicial tendrá validez si ésta no es rendida ante el Ministerio Público propiamente.

Por obvias razones, aquella actuación que no sea hecha ante la autoridad administrativa correspondiente, en este caso el agente del MP, carece de toda validez. El problema es que si el documento viene avalado por la firma del acusado, así como por el Secretario del MP, que es el que da fe de la legalidad del hecho, difícilmente se puede venir abajo dicha actuación.”

El especialista en derecho penal aclaró, también, que para que dicho procedimiento pudiera haberse llevado a cabo tuvieron que estar presentes no sólo Tagle, el agente del MP y su oficial Secretario, “sino también un defensor, ya sea de oficio o particular o, en su defecto, una persona de confianza nombrada por el indiciado mismo”, lo que habría impedido que, tal como Jacobo afirma, una persona no autorizada le tomara la declaración.

El perdón

Estando frente al juez, sin embargo, Tagle no sólo denunció haber sido torturado y obligado a firmar una declaración que no fue emitida libremente por él, sino también que, luego de rendir testimonio ante el Ministerio Púbico, fue conducido a distintos puntos de la ciudad “para decir que ahí fue tirado el cuerpo (de Hugo Alberto Wallace)”, instruido siempre sobre los lugares que debía señalar por la propia Isabel Miranda.

“Ella se entrevistaba antes con él, para que más o menos dijera por dónde era el lugar (previamente marcado)”, asienta el acta testimonial del acusado.

No obstante, eso también es refutado por la líder civil.

“Cuando yo anduve buscando a Hugo en el predio que Jacobo señaló como el lugar en donde lo habían arrojado, en el Barrio 18 de Xochimilco, estuvieron detrás de nosotros como 40 medios de comunicación, y todos tienen la grabación de lo que él estuvo diciendo de manera espontánea: ‘es que cuando yo vine a dejar el cuerpo de Hugo, venía con Brenda, ella se quedó en aquella calle; yo me cambié al coche de Freyre; yo me quedé aquí; entre los dos bajamos la maleta en la que traíamos el cuerpo; el cuerpo no estaba así, sino más hacia la izquierda’. Eso no nada más lo dijo ante el MP, lo dijo también ante todos los medios de comunicación, ¿quién le va a creer que fue sujeto de tortura cuando de manera espontánea, ante la prensa, confesó todo?”.

–¿Usted acompañó al MP al reconocimiento que realizó Jacobo en dichos lugares, antes del recorrido que se hizo con la prensa? –se le pregunta a Isabel Miranda.

–El día que Jacobo Tagle fue capturado, yo me presenté en el MP de Cuautitlán Izcalli y sólo lo vi de lejos. Yo permanecí toda esa noche fuera de las instalaciones judiciales, dentro de un auto. Y cuando vi que sacaron a Jacobo, me fui siguiéndolos, porque me dijeron que los iba a conducir a un lugar. Cuando llegamos y vi que se bajaron, yo me mantuve a distancia; Jacobo iba escoltado por el agente del MP y por policías. Nunca estuve cerca de él, sin embargo, en una de esas él se volteó y me identificó, ahí fue cuando se disculpó conmigo, pero yo no hablé con él para nada.

–¿Cómo se disculpó?

–”Perdón”, me dijo, “Yo no lo quería hacer”.

Isabel Miranda concluye sus palabras acompañadas con esa mirada metálica que de vez en cuando se ha posado en los patos del lago.

Antes de partir, cuatro comensales que departen a unos metros la llaman a señas y, cuando captan su atención, una de ellas eleva la voz: “Señora, la felicitamos por su labor”. Luego, al unísono, las mujeres le rinden un aplauso, discretamente, para no interrumpir las conversaciones que se desarrollan en el resto de las mesas.

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