Jorge Ayala Blanco y las películas como recuerdos
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Jorge Ayala Blanco y las películas como recuerdos

12 de febrero, 2011
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François Truffaut ya era un crítico de cine reconocido en Francia, cuando Jorge Ayala Blanco a sus 12 años y ocho meses de edad, descubrió los textos cinematográficos de Efraín Huerta, que publicaba sin firma en el periódico El Fígaro, mejor conocido como “El moradito de los domingos”.

El poeta escribía dos columnas que se llamaban “Luneta de cuatro pesos” y “Cuéntame la película” y, luego de leerlas con una avidez comparable a la de un niño cuando se come una golosina, al pequeño Jorge le pareció “maravilloso” el uso lúdico de las palabras. En ese momento decidió convertirse en crítico de cine, fue un día venturoso.

Gracias al chofer que los llevaba a él y a sus amigos de excursión a Xochimilco en un camión destartalado, halló el semanario de los “pelados” debajo de su asiento. Era una publicación prohibida en casa no por su información deportiva y de espectáculos, sino por las “encueradas”, que por cierto Efraín Huerta era el encargado de los pies de foto: un poeta que erotizaba la palabra y el mundo.

Nunca imaginó conocer a “El Gran Cocodrilo” en la Asociación Civil Periodistas Cinematográficos Mexicanos (Pecime) y que se convirtiera en uno de sus mejores amigos.

Jorge Ayala Blanco nació en Coyoacán el 25 de enero de 1942, pero medio año después su familia se cambió a la colonia Santa María La Ribera, vivió en la calle de Sabino. Sin proponérselo estaba rodeado por los mejores cines de la época: el Majestic, el Carpio (le decían el Majestic chico), el Rívoli, el Roxy, el Cosmos, el Ópera y el Lux.

Esas grandes salas fueron su verdadera vida. Cuando tenía ocho años heredó ese gusto de la gente por ir al cine, era una actividad central en la vida cotidiana de los capitalinos. El pequeño Jorge comenzó a ver películas en las matinés de 11 de la mañana a 8 de la noche, sin importarle los regaños de su madre.

Miraba sin pestañear aventuras de piratas, historias de capa y espada, westerns, pero le sorprendieron, hasta dejarlo sin aliento, los seriales de Flash Gordon: Flash Gordon: Frederick Stephani y Ray Taylor (1936); Flash Gordon’s Trip to Mars: Ford Beebe y Robert F. Hill (1938); Flash Gordon Conquers the Universe: Ford Beebe y Ray Taylor (1940).

“Veíamos 15 episodios en 31 partes y terminaba mareado porque era toda la mañana del domingo. Veía con mis amigos la serie completa que duraba cuatro horas y media. Me acerqué a las historietas permitidas por la escuela y la casa, y las que vendían a las afueras de la iglesia. Después me acerco a la literatura, pero los libros que leo son historietas en sí”.

Algo parecido le sucedió a François Truffaut y lo cuenta en su libro “Las películas en mi vida”. El autor de Los 400 golpes dice que su recuerdo más lejano es una escapada al cine cuando tenía diez años: “Un día de 1942 estaba tan ansioso por ver Les Visiteurs du Soir de Marcel Carné, que decidí salirme furtivamente de la escuela”.

Jorge Ayala Blanco dice que fue afortunado al encontrar de niño la libertad de la imaginación en el cine.

“Es un culto a tu propia imagen, a tu capacidad imaginativa. De niño coleccionaba los programas de cine que te daban en las matinés. Tengo el programa de la primera función de cine a la que asistí de una manera consciente, ¿Por qué guardaba yo los programas de cine? No lo sé, pero el cine ejercía en mí una fascinación total”.

Su padre Leopoldo Ayala, latinista excepcional, fue discípulo de Joaquín Arcadio Pagaza, un escritor, eclesiástico y humanista de principios del siglo XX. Fundó una escuela secundaria humanista al estilo antiguo, la “Secundaria 10”, que está por el rumbo de Mixcoac. Creía en la enseñanza democrática a través del latín y el griego. Nunca lo conoció porque murió cuando tenía 8 años.

Su madre Carmen Blanco fue una “niña bien” quien perteneció a una familia muy conservadora. Ella estudió en el Colegio Teresiano. Sin embargo, su abuela le enseñó francés a los 16 años y comenzó a leer muchos libros en la lengua de Víctor Hugo, fue una manera de “sortear el oscurantismo familiar”.

Devoró en su pequeño cuarto toda la colección Salgari, aunque sus libros favoritos fueron “El Corsario Negro” y los ciclos “Capitán Tormenta” y “Los horrores de las Filipinas”. Pasaron por sus manos novelas como “Los tres mosqueteros” y “El Conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas.

Un año después, empezó a leer profusamente las grandes revistas de cine como Travail et Culture y Cahiers du cinéma, que llegaban a la Alianza Francesa, su otra casa. En Cuadernos de cine, leyó las críticas fantásticas e insuperables de Éric Rohmer, Luc Moullet, Jacques Rivette, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol y François Truffaut, los fundadores de la Nueva Ola francesa.

A los 18 años, Ayala Blanco estudió Ingeniería Química en el Instituto Politécnico Nacional y aprendió alemán. Además dirigió el cine club del IPN “Medicina Rural”, ahí proyectaba películas de arte todos los sábados, simplemente por el gusto de hacerlo y esta actividad le sirvió para acercarse al lenguaje cinematográfico y empezar a desarrollar su propio método de escritura.

En 1965 recibió la beca del Centro Mexicano de Escritores, gracias a la cual dejó de ejercer la Ingeniería Química y se dedicó a escribir, teniendo como maestros a Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde.

Si Truffaut saltó de la crítica a la dirección de películas fue porque “quería estar cada vez más cerca del cine”; Jorge Ayala Blanco acercó a la gente al cine a través de sus textos publicados en suplementos como “México en la cultura” del diario Novedades (1963-1968), “La cultura en México” de la revista Siempre! (1968-1987), “Diorama de la Cultura” del diario Excelsior (1969-1973), en la “Revista Mexicana de cultura” del periódico El Nacional (1997-1998), en el periódico La Jornada y en la sección cultural del diario El Financiero (1989 a la fecha).

Asimismo están ahí su veintena de libros con su famoso abecedario del cine mexicano y los conocimientos que comparte en las aulas con sus alumnos del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos desde hace 47 años.

-¿Cómo surge su primer libro “La aventura del cine mexicano”?

La beca del Centro Mexicano de Escritores me la dan cuando tenía 23 años para escribir un libro sobre cine. Hubo mucha reticencia porque ya habían dado esa beca. Dos años antes se la otorgaron a Carlos Monsiváis, que por supuesto no hizo nada, él nada más les tomó el pelo y vivió de la beca. Afortunadamente les interesó mi proyecto y estudié el cine mexicano a fondo. Fue un libro que se publicó hasta 1968. Precisamente, el día de la matanza en Tlatelolco fui a recoger los ejemplares a la imprenta que se ubicaba en Iztapalapa y de alguna manera ese libro me salvó la vida porque ya no pude ir al mitin de los estudiantes.

-¿Cuál fue su influencia en su forma de escribir, de “desmontar” el lenguaje cinematográfico?

Por supuesto la crítica francesa, que era también la que influía en los escritores de cine de la época. Mi estilo sería un poco a imitación de los críticos de las revistas francesas. Mis primeros artículos que se publicaron en el suplemento “México en la cultura” de Novedades antes de cumplir los 21 años son de este tipo. Sin embargo, la gente que más me influye es Salvador Elizondo y Efraín Huerta.

-¿Cómo ingresó a ese suplemento cultural?

Esa publicación estaba dominada por la mafia de Fernando Benítez, la mafia de los escritores que todavía es la gente que domina la cultura mexicana a través de CONACULTA. Fue muy importante para mí entrar a un lugar donde pudiera expresarme con libertad, y el único lugar que encuentro es donde habían corrido a Benítez de “México en la cultura”, y entonces simplemente llegué con un artículo y me presenté con el nuevo director y le dije: “Me gustaría colaborar con ustedes”.

¿Siempre estuvo contra esta mafia cultural que menciona?

Hice amistad con muchos miembros de la mafia y gracias a José Emilio Pacheco entré a trabajar en el suplemento de la mafia “La cultura en México” de Siempre! y ahí permanezco 17 años con diferentes directores, uno de ellos era el propio Benítez. Después deja Benítez la dirección y entra una especie de junta militar que gobierna y después fue Monsiváis. Cuando deja Carlos el suplemento pues también salgo con él. En el Financiero escribí con una gama de posibilidades literarias, puedo escribir con dos regímenes de lenguaje distinto, como si fuese dos personas diferentes escribo de esa manera. Eran los “Cine lunes exquisitos” y los “Cine miércoles populares”. Los lunes escribía de cine extranjero con un lenguaje más conceptual y los miércoles escribía con otro tipo de lenguaje que era para hablar de películas mexicanas.

-¿En qué estado de salud se encuentra la crítica cinematográfica?

Las nuevas generaciones van en extinción. Hay mucha gente que le gusta el cine pero no tiene tribuna periodística, lo que tiene son blogs en internet. En los blogs sí encuentras artículos interesantes, pero realmente los sobrevivientes, los dinosaurios de la crítica de cine ya son cincuentones, ¿no?

-¿Quiénes son?

Mi generación prácticamente está extinta, el último dinosaurio soy yo. Los otros ya son generaciones intermedias por ejemplo la de Carlos Bonfíl, Ernesto Diez Martínez, Rafael Aviña, Fernanda Solórzano, en fin. Chamaquitos no son. No me atrevería a decirles “la crítica joven”.

-¿Existen repercusiones en la crítica de cine ante la falta de suplementos culturales?

La desaparición de los suplementos fue sintomática. Más bien lo que desapareció fue el pensamiento crítico cinematográfico. Me parece terrible que nadie se atreva a tener un enfoque cultural sobre el cine. Lo que hay son lectores de noticias de espectáculos. Ahora encuentras en los periódicos refritos de boletines de las distribuidoras. Salvo excepciones, sólo hay el “recomendador” de películas, el comentario amable o simplemente el “calificador” de estrellas.

-¿Por qué afirma que Emilio García Riera fue un crítico de cine “oficial”?

Lo que hizo el expresidente Echeverría fue mediatizar la crítica de cine, que tenía mucha fuerza en esa época. Entonces creó la “crítica oficial”, quien la encabezó Emilio García Riera, Tomás Pérez Turrent, Fernando Gou y José de la Colina. Ellos participaron en un programa llamado “Tiempo de cine” en el Canal 11, y me llamaron para colaborar. Les dije: “miren mi mano tiene cinco dedos y siempre seré el que se opone a los demás”. “La Aventura de cine mexicano”, fue el primer ensayo histórico que revolucionó la cultura cinematográfica en México, ¿Qué necesidad tenía de servir al poder?

La mayoría de los críticos no sólo formaron polémicas, sino formaron grupos: los Ayalistas y los Rieristas. Los Rieritas son los vendidos, los que están haciendo relaciones públicas con el poder, los que defienden las películas mexicanas porque son producidas por sus amigos. Por otro lado, estábamos los que sí hicimos una crítica de cine independiente: Gustavo García, Andrés de Luna, José María Espinasa, José Felipe Coria, la gente de Intolerancia, en fin, buenas plumas.

Si no aceptas mi crítica, no mereces ser mi amigo

En tiempos del gobierno de Carlos Salinas, el director de cine Arturo Ripstein interpuso en 1991 una demanda judicial por difamación contra el crítico de cine Jorge Ayala Blanco por una reseña negativa a su película “Mentiras piadosas” (1988). El cineasta mexicano exigía 20 millones de pesos porque el texto de Ayala Blanco lo había dejado sin empleo.

El profesor del CUEC dijo que la cinta era un “agrio y airado desprecio clasista”, “suicidas caprichos creadores”, “pataleta pírrica”, “racismo omnímodo”. Para Ayala Blanco filmó “las más tediosas películas del cine nacional”. Al final, la demanda no prosperó y, al paso del tiempo, el creador de “El castillo de la pureza” reconoció que había sido un error acudir a los tribunales porque eso le acumuló “nuevos enemigos”.

Al momento de recordar este episodio de su vida, Jorge Ayala Blanco suelta una risa sarcástica que permite ver sus dientes amarillentos. Viste unos jeans color gris y una camisa de franela casi negra. Disfruta cada palabra cuando dice que Arturo Ripstein “se escondió bajo las faldas de su familia”.

“Imagínate el poder que puede tener un crítico de cine. En ese momento me convertí en el desempleador de cineastas. Por eso me llevaron a los tribunales, por daños morales y patrimoniales, ya que lo dejé sin trabajar dos años. Ese es el grado de odio que uno puede generar al escribir críticas de cine con un lenguaje abstruso. Lo que ocurrió con todo esto es que me estaban pasando la cuenta por escribir 30 años crítica de cine por la libre”.

-¿Coincides con Huberto Batis en que no hay crítica literaria, porque las nuevas generaciones quieren bajar todo de Internet?

La extinción de los espacios culturales provocó la desaparición de la crítica literaria que nunca ha sido demasiado vigorosa en México, siempre ha sido el reseñismo en determinada revista para apoyar a los mismos que escriben en la publicación. Traté con mis textos de romper con las relaciones públicas. Mi lema es muy agresivo “si no aceptas mi crítica, no mereces ser mi amigo”. Eso de que te invitan a ver una película y te dicen: “¿Qué te pareció mi película?”, “¡Putrefacta, mano!”. Pues si lo voy a escribir, se lo digo en su cara al director. Como dice Roland Barthes la verdadera función de la crítica es desmontar el lenguaje. Poco a poco, fui encontrando una forma de escribir muy plástico y sintético.

Desde hace 47 años, la misma escena se repite en la casa de Jorge Ayala Blanco: se levanta a las 5:30 de la mañana, se pone sus lentes de contacto y antes de rasurarse, prende su computadora y se pone a teclear dos horas y media. Luego desayuna y sale al CUEC a dar historia del cine y análisis cinematográfico. A veces acude a alguna función de prensa y regresa a su hogar para seguir con la investigación de sus libros. Asegura que en toda su vida ha visto alrededor de 18 mil películas.

-¿Le gusta lo que está produciendo el “Nuevo cine mexicano”?

Es muy chistoso porque a lo largo de existencia me ha tocado un mínimo de seis u ocho “Nuevos cines mexicanos”. Siempre es una fórmula sexenal. Actualmente las películas se hacen para que nadie las vea, ¿no? Porque ninguna se puede recuperar en cartelera. Ya no existe el cine mexicano popular. El verdadero cine mexicano es el que compras con el pirata de 10 o 15 pesos.

-¿Cuál fue la última película mexicana que le agradó?

“Año Bisiesto”, “Zacateco”, películas que ves y que ni siquiera están en cartelera, pasan una vez en la Cineteca. “El Varal” es excelente. Escribo como una necesidad y compromiso con el cine mexicano. Una cinta que no fue muy vista y vale la pena podemos recuperarla y darle otra vida.

-¿Cómo quiere que lo recuerden, como el crítico de cine o como el maestro universitario?

Pues como un cuate al que le gustaba el cine y compartía con los demás sus placeres cinematográficos. De eso se trata la vida.

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Rusia invade Ucrania: qué son los ‘bonos de guerra’ y cómo pueden ayudar a Kiev ante el ataque ruso

El gobierno ucraniano está recurriendo a este viejo ejercicio de recaudación para financiar las operaciones militares ante la ofensiva de Rusia.
2 de marzo, 2022
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A medida que avanza la invasión rusa sobre Ucrania, el gobierno de Volodymyr Zelensky está buscando a contrarreloj la forma de financiar a sus Fuerzas Armadas y la costosa defensa de su país.

El escenario es complejo: después de una importante inversión y modernización del poderío militar de Rusia, los ucranianos son superados en armas y en número de soldados, sin contar la capacidad aérea ucraniana, que es muchísimo menor a la rusa.

Además, su economía está paralizada por la guerra, con escasa capacidad de recaudación y precios disparados como el del petróleo.

En ese contexto, el Ministerio de Finanzas ucraniano anunció esta semana que recurrirán a un viejo instrumento financiero para apoyar a sus tropas: el llamado “bono de guerra”.

“En un momento de agresión militar de la Federación Rusa, el Ministerio de Finanzas ofrece a los ciudadanos, empresas e inversores extranjeros apoyar el presupuesto de Ucrania invirtiendo en bonos del gobierno militar”, explicó el ministerio a través de su cuenta de Twitter.

https://twitter.com/ua_minfin/status/1498319436633329666

Según especificó el gobierno de Zelensky, cada bono tendrá un valor nominal de 1.000 grivnas ucranianas (US$33) y la tasa de interés “se determinará en la subasta”.

“Los ingresos de los bonos se utilizarán para satisfacer las necesidades de las Fuerzas Armadas de Ucrania”, agregó.

En una reunión con inversionistas extranjeros, la cartera de finanzas también dio señales de tranquilidad al mercado, asegurando que no incumplirán con sus deudas existentes.

El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky.

Getty Images

Y es que a los inversionistas les preocupa que la invasión por parte de Rusia empuje a Kiev a dejar de pagar su deuda. Por lo mismo, en los últimos días ha habido una fuerte caída en los precios de los bonos de circulación de Ucrania.

Ante esta difícil situación, los “bonos de guerra” parecen ser una buena salida (o, al menos, un respiro) para financiar su defensa. La recaudación —que comenzó este martes—logró recaudar en un día aproximadamente U$270 millones.

Pero ¿qué son realmente estos bonos y cuándo se ha recurrido a ellos en la historia reciente?

¿Qué són?

Los bonos de guerra —similar a otros instrumentos de deuda—, son deudas que un determinado Estado adquiere con inversionistas (particular o institucionales), la cual se compromete a devolverle en un plazo determinado con los intereses correspondientes.

En estos casos, el dinero se emplea específicamente para financiar las operaciones militares durante un período de conflicto bélico.

Los "bonos de guerra" son para financiar las Fuerzas Armadas de Ucrania.

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Los “bonos de guerra” son para financiar a las Fuerzas Armadas de Ucrania.

Normalmente, este ejercicio de recaudación ofrece un tipo de rendimiento por debajo de la media y con un alto porcentaje de riesgo pues, si se pierde la guerra, es posible que también el dinero invertido.

Así, se suele atraer a los inversionistas apelando al patriotismo y a las emociones de los ciudadanos que quieran ayudar en la defensa de un país.

Ucrania, por ejemplo, ha llamado a apoyar a su nación “en tiempos difíciles”.

Los bonos de guerra también son un medio para controlar la inflación al sacar dinero de circulación de una economía estimulada en medio de los conflictos bélicos.

¿En qué otros momentos de la historia se ha recurrido a ellos?

Esta no es la primera vez en la historia que se recurre a este instrumento financiero para apoyar a las Fuerzas Armadas de un determinado país en momentos de guerra.

Estados Unidos también emitió este tipo de bonos para financiar parte del gasto en su defensa durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Propaganda estadounidense 1917.

Getty Images

Entre 1917 y 1918, el gobierno estadounidense emitió los llamados “Liberty Bonds”, creando una campaña masiva con el fin de popularizar los bonos a través de llamados patrióticos. En la campaña incluso participaron artistas famosos, entre ellos, Charles Chaplin y la actriz Ethel Barrymore.

Hoy se cree que esta herramienta de financiamiento fue vital para la recaudación de fondos en la defensa del país.

Luego, en 1940, se repitió la historia.

A pesar de que se evaluó la posibilidad de cobrar impuestos para el financiamiento de las Fuerzas Armadas, finalmente se recurrió nuevamente a los bonos —esta vez se les llamó “War Bonds” o “Victory Bonds”— tras el ataque japonés a Pearl Habour en 1941.

Un llamado a comprar bonos de guerra en Times Square, en la ciudad de Nueva York, en 1940.

Getty Images
Un llamado a comprar bonos de guerra en Times Square, en la ciudad de Nueva York, en 1940.

Reino Unido también emitió bonos de guerra en 1917.

La frase propagandística para atraer este tipo de inversión decía: “Si no puede luchar, puede ayudar a su país invirtiendo todo lo que pueda en Bonos del Tesoro Público al 5%… A diferencia del soldado, el inversionista no corre ningún riesgo”.

Los medios de comunicación de ese país también se unieron a las peticiones de recaudación.

En su momento, la revista política británica The Spectator, escribió: “Es el pueblo de Gran Bretaña quien debe proporcionar el efectivo para financiar la guerra”.

Propaganda estadounidense de 1943.

Getty Images
Propaganda estadounidense de 1943.

Canadá también adoptó los bonos de guerra como una forma de inyectarle recursos a su defensa durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

El país logró involucrar a millones de canadienses a través de agresivas campañas con voluntarios que ofrecían los llamados “bonos de la victoria” de puerta en puerta y a corporaciones privadas.

“Los bonos de la victoria ayudarán a detener esto” o “trae a casa con el bono de la victoria” eran algunos de los sloganes de la época.


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