Lucha Castro, Lucha de Chihuahua
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Lucha Castro, Lucha de Chihuahua

Por Dulce Ramos
2 de febrero, 2011
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Ciudad Juárez.— La abogada Lucha Castro y su clienta Marisela Escobedo no sólo tenían una relación de litigante y defendida. Se convirtieron en amigas. En compañeras de causa.

Marisela, activista asesinada el 16 de diciembre de 2010 de un tiro en la cabeza, buscó a la litigante por primera vez a mediados de ese mismo año. Lucha, con un historial exitoso en el combate a los feminicidios, era su esperanza para que la justicia invalidara la absolución al asesino de su hija Rubí.

¿Qué tiene Lucha Castro que tantas chihuahuenses la han buscado? ¿Quién es esta litigante cuyo nombre ya no sólo incomoda a las autoridades locales, sino a las de todo el país?

En el estado, y poco a poco en todo México, resuena el nombre de esta defensora de derechos humanos que, además, es teóloga, fundadora del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres y de la organización Justicia para Nuestras Hijas.

Lucha, como la nombran todos, en realidad se llama Luz Estela. Suena demasiado dulce para una mujer que ha sabido valerse ante procuradurías sordas, funcionarios que hacen el tonto y aparatos de justicia desvencijados. Nunca a una mujer le había quedado mejor su apelativo.

Esta abogada de 57 años hace el trabajo en donde se requiera. Un día está en la Ciudad de México, al otro en Ciudad Juárez y después, en cualquier otro municipio chihuahuense. Donde la búsqueda de justicia la requiera, hasta allá se traslada. Viaja tanto que nunca ha reparado en cuántas noches al mes pasa fuera de casa para denunciar las violaciones a los derechos humanos.

Es común verla con zapatos bajos. Las citas interminables en un lugar y en otro no admiten cansancio. Bajita, con una cabellera teñida de rubio para esconder las canas, ojos miel bien abiertos y el acento norteño marcado, la abogada por la Universidad Autónoma de Chihuahua lleva muchas causas en su espalda y a los del poder, no les causa gracia.

—Se ha vuelto una mujer incómoda —se le comenta.

—Más bien me he transformado en una mujer empoderada. Tal vez yo sea la cara visible de un trabajo que realizamos, pero no podría hacer nada sin el equipo de organizaciones —replica como en un esfuerzo de dar a cada quién lo justo.

Lo cierto es que el alma es ella. En junio del año pasado, la organización Frontline, protectora de los defensores de Derechos Humanos, la nominó para el premio anual que otorga a quienes ponen en riesgo su vida por la dignidad de otros.

Una promesa de vida

Antes de que los feminicidos, el narcotráfico y el crimen asolaran a Juárez, Lucha ya denunciaba otras injusticias. En la década de los 90, oprobiosa para la economía mexicana, Lucha saltó del asistencialismo a los pobres, a la lucha para defender casa, capital y tierras de quienes se quedaron sin nada por el rescate bancario y la devaluación del peso.

En aquella época en la que manifestarse consistía en plantarse con mantas, Lucha y los barzonistas buscaron la forma de hacerse oír. Un día, recuerda, recurrió al ‘lavado’ de dólares frente a un banco. Acompañada de otras mujeres ‘armadas’ con cubetas y lavaderos de lámina, restregaron billetes verdes con jabón y agua hasta que los dejaron relucientes. Después, los colgaron en un improvisado tendedero.

En la lucha de aquellos años hubo una constante: la presencia de las mujeres. Ellas defendieron las pequeñas propiedades mientras el marido labraba el campo o se buscaba la vida al ‘otro lado’. Ellas advirtieron que sus hijas, sus sobrinas, hermanas o vecinas no regresaban a casa después de que el timbre de las maquilas marcaba el fin del turno. Lucha señala que hoy, igual que en ese entonces, son las mujeres quienes sacan la cara por el hijo secuestrado por el narco o por el Ejército que, para algunos, son la misma cosa. Son ellas las que recorren morgues en busca de cuerpos cercenados y quienes encaran a jueces incólumes en procesos vergonzosos.

Pero ni las desapariciones de mujeres, ni la crisis económica, ni la lucha contra el narco decidieron el destino de Lucha, madre de dos mujeres y un hombre. Sus razones son más personales.

Sentada en una pick up azul de camino a una protesta en Ciudad Juárez, la defensora relata con la vista perdida el hecho que verdaderamente la hizo dedicarse en pleno a lo que hoy hace.

“Mi hermana fue violentada tumultuariamente. A mí me tocó cuidarla y, entonces, me hice la promesa de que los días que me quedaran de vida, me iba a dedicar a atender a las mujeres que habían sufrido de violencia. Ese episodio marcó mi vida’.

Y desde entonces, la abogada se solidarizó contra la violencia feminicida y con las llamadas ‘Mujeres de negro’. Su sombrero rosa, símbolo de la juventud, la esperanza y la vida de las mujeres, contrasta con la túnica negra que significa el luto y el dolor. Así, con ese uniforme, es común verla en distintos actos de protesta por las y los que han muerto y, por los que con vida, claman justicia.

La entereza de Lucha no es usual para quien tiene la tragedia como materia prima para trabajar.  “Un problema fundamental de las defensoras de derechos humanos es que no cuidamos nuestra salud”, reconoce. La desprotección de los defensores ha hecho que muchos queden agotados y “cuando estás quemado –dice Lucha—ya no sirves para nada”.

En las dos organizaciones que ha ayudado a fundar, los psicólogos no sólo están para los agraviados, sino también para quienes como ella, requieren un ejercicio de ‘contención’.

Lucha creció en el campo chihuahuense. Su padre era campesino al que define como “nada machista” y su madre, una mujer “muy espiritual”. De ahí el interés por la teología y, a la vez,  su proceso de curación ante las cruentas historias que conoce.

“Personalmente tengo un proceso espiritual personalísimo. Pero tenerlo no significa que en cada acontecimiento cicatricen las heridas”. Así, cada feminicidio es un duelo nuevo y con la guerra contra el narco (una “guerra impuesta”) las razones para el luto cada vez son más.

“Ahora las señoras nos llegan con casos de hijos desaparecidos y no podemos decirles: ‘No, señora. ¿Sabe qué? Aquí sólo atendemos casos de mujeres’. Le entramos a todos”. Y como si el trabajo en su estado fuera poco, la red se ha extendido a todo el norte del País.

“Amo muchísimo la vida”

Lucha Castro parece incansable. Y puede que, en algún sentido, lo sea. No está acostumbrada a perder. Lo que es más, no conoce la derrota. Caso que llega al Centro de Derechos Humanos de la Mujer, caso que gana.

Por eso la presencia de lucha incomoda. No niega que ante lo ocurrido con Marisa, teme por su seguridad, aunque de ello habla muy poco. Es el único tema en el que se muestra esquiva, pues, dice, no está en sus planes ser mártir. “Yo amo muchísimo la vida. Quiero seguir viviendo y estoy segura de que voy a seguir viviendo; pero aquí nos tocó estar”.

El miedo tampoco lo esconde. “Sería absolutamente deshonesta si dijera que no tengo miedo. El año pasado, de cinco asesinatos a defensores, tres ocurrieron en Chihuahua. Es una tasa muy alta, pero aquí no tenemos más que dos opciones. O continuamos trabajando con firmeza y valentía, o cerramos las oficinas y nos vamos a otro lado”. Ese panorama, recuerda, lo enfrentó el Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, que debió cerrar las oficinas ante la falta de condiciones para operar.

La reticencia para tratar las amenazas a su vida no la abstiene que dejar claro que ya ha solicitado para ella y todo su equipo, medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La desconfianza hacia las instituciones de seguridad nacionales es demasiada para dejar la seguridad ‘a la buena de Dios’.

Las esperanzas que la gente cifra en Lucha y en la sociedad civil son tan inconmensurables como la decepción ante las instituciones públicas. Por ello, cuando se le pregunta si estaría dispuesta a sumarse a la política, vistos los magros resultados de quienes la ejercen, responde resuelta que ningún partido cumple con sus funciones.

A pesar de su respuesta, la abogada ya sabe lo que es la militancia y los colores partidistas. En la elección de 2004 fue candidata a diputada por el PRD, y en 1986, año del fraude electoral contra el panista Francisco Barrio, Lucha colaboró en la desobediencia civil blanquiazul e, incluso, fue su representante el Instituto Electoral del estado

–¿Regresaría a la política?

–No por ahora. Los partidos políticos ni nos representan, ni han estado a la altura que los ciudadanos necesitamos.

Por el momento, la chihuahuense se encuentra a gusto en este lado de las causas sociales. Se niega a etiquetar con la palabra ‘víctima’ a quien sufren abusos. Prefiere la expresión ‘mujeres en situación de violencia’, para no clavarles un estigma. Seguirá estudiando los instrumentos del derecho internacional para sus litigios y atenderá el caso de Marisela –o el de cualquier otra mujer– hasta que haya quedado resuelto. La lucha de Castro es, en muchos sentidos, la lucha de Chihuahua.

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Los desconocidos casos de bebés y niños secuestrados durante el régimen militar de Brasil

A diferencia de países vecinos como Argentina, donde las causas judiciales por apropiación de niños durante los gobiernos militares llevan años, Brasil aún no parece haber explorado esta parte de su pasado.
4 de mayo, 2022
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Desde hace al menos una década, Rosângela Serra Paraná busca a sus padres biológicos.

Es víctima de un crimen de Estado poco conocido: el secuestro de bebés y niños de activistas que se opusieron al régimen militar en las décadas de 1960, 1970 y 1980 en Brasil.

Rosângela fue apropiada ilegalmente por una familia militar en la década de 1960 y solo descubrió su condición mucho después, durante una discusión con miembros de la familia.

Once de los 19 casos conocidos de secuestros de niños durante el régimen militar están vinculados a miembros de Araguaia, un movimiento guerrillero de oposición que se desarrolló entre fines de la década de 1960 y 1974 en la región amazónica, en la confluencia de los estados de Pará y el actual Tocantins.

Estas 11 víctimas son hijos de guerrilleros y campesinos que dieron cobijo al movimiento.

Los secuestros de niños ocurrieron en la primera mitad de la década de 1970, durante los gobiernos de los generales-presidentes Emílio Garrastazu Médici y Ernesto Geisel.

Los 19 casos están enumerados en el libro de reportajes Cativeiro sem fim (“Cautiverio sin fin”), escrito por mí.

Contactados en el momento de la escritura del libro, el Ministerio de Defensa y los comandos del Ejército y Fuerza Aérea no respondieron a la solicitud de información.

En una entrevista en un libro publicado el año pasado, el general Eduardo Villas Bôas dijo que los informes sobre los secuestros de bebés durante el régimen militar “carecen de verosimilitud“.

En busca de padres biológicos

“Vivo en una pesadilla todos los días, pensando que mi madre podría estar viva, necesitándome”, dice Rosângela Serra Paraná.

“Hoy vivo con la angustia de no saber quién soy, cuántos años tengo y ni siquiera saber quiénes fueron mis padres”, agrega.

La mujer fue apropiada por Odyr de Paiva Paraná, miembro de una familia militar en Río de Janeiro.

La familia dice que la bebé fue adoptada en 1963.

Un acta de nacimiento da como fecha de nacimiento el 1 de octubre de 1963. Pero la inscripción se hizo en el registro civil el 22 de septiembre de 1967.

En el documento elaborado en el Registro Civil de Catete, Rio de Janeiro, consta que Rosângela es hija ilegítima de Odyr y Nilza.

El documento no proporciona el nombre de los padres biológicos. Nilza, según su familia, no podía tener hijos.

Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Archivo personal
Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Odyr es conductor de profesión.

Según Rosângela, su padre adoptivo trabajaba como chofer del general Ernesto Geisel.

“Tenía un gran auto negro que siempre estaba limpiando”, recuerda.

El acta de nacimiento de Rosângela da como lugar de nacimiento una propiedad en Rua Marquês de Abrantes, 160, Flamengo, Rio de Janeiro.

La propiedad pertenece a Rio Previdência, una entidad de empleados estatales, que la compró en 1958, según consta en el certificado de propiedad.

La misma partida de nacimiento tiene dos testigos. Uno de ellos es Alcindo Quintino Ribeiro, propietario de un inmueble donde vivía la familia Serra Paraná.

El otro es Paulo Cardoso de Oliveira, chofer de profesión, como Odyr. La dirección de residencia del testigo, sin embargo, no existe.

El padre de Odyr, Arcy Paraná, estaba en el ejército. Según el Boletín Oficial, alcanzó el grado de sargento. En la década del 50 fue ascendido y comenzó a trabajar en el sector administrativo de las fuerzas militares.

Los casos de Juracy y Miracy

En la región guerrillera de Araguaia, a principios de la década de 1970, los militares secuestraron a dos niños de una misma familia.

El primero, Juracy Bezerra de Oliveira, fue un error de las fuerzas militares.

El objetivo era Giovani, hijo de uno de los líderes guerrilleros, Osvaldo Orlando da Costa, alias Osvaldão, con una mujer llamada María.

En 1972 o 1973, Juracy tenía unos 7 años. Los militares pensaron que era el verdadero hijo del guerrillero Osvaldão con Maria Viana da Conceição. Pero la madre de Juracy era Maria Bezerra de Oliveira y su padre, Raimundo Mourão de Lira.

La confusión en el secuestro se habría dado porque los militares buscaban a un niño moreno, de entre 6 y 8 años, hijo de una mujer blanca, de cuerpo grande y ojos claros, de nombre María.

José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Eduardo Reina/BBC
José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Encontraron a la madre de Juracy con las mismas características y se llevaron al niño.

Terminó siendo apropiado por el teniente del Ejército Antônio Essílio Azevedo Costa, quien lo inscribió en una notaría como si fuera su hijo legítimo y vivió con la familia del militar durante muchos años.

“Un día llegaron y me llevaron. Mi madre ni me acuerdo qué hizo. Yo era un niño cuando me llevó el Ejército. Estuve 15 días en el bosque”, contó.

El secuestrado quedó con una mano deformada debido a las quemaduras que sufrió. Dice que los soldados decidieron castigarlo por pensar que su padre había matado a un militar.

Más tarde, en la ciudad de Fortaleza, Juracy fue criado por la madre del teniente Antônio Essílio.

A principios de la década de 2000, decidió regresar a la región de Araguaia, todavía pensando que era el hijo de Osvaldão.

Al llegar, conoció a Antônio Viana da Conceição y descubrió su verdadera historia.

Se reencontró con su madre biológica, Maria Bezerra de Oliveira, cuando descubrió que su hermano, Miracy, también había sido secuestrado por militares.

Hoy vive en una isla en medio del río Araguaia.

Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

Archivo personal
Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

El hermano de Juracy, Miracy, tenía piel clara y ojos claros, a diferencia de su hermano.

Fue llevado por el sargento João Lima Filho a la ciudad de Natal, en Rio Grande do Norte, también en 1972 o 1973.

Años después, Juracy y su madre, Maria Bezerra de Oliveira, fueron a buscar a Miracy. Pero no encontraron rastro del sargento que se lo llevó; tampoco obtuvieron información en el cuartel del ejército en Natal sobre el paradero del militar.

Otros secuestros

Después del secuestro por error de Juracy, los militares encontraron a Giovani, hijo de Osvaldão y Maria Viana da Conceição.

El niño tenía entre 4 y 5 años cuando fue secuestrado, según otro de los hijos de Maria, Antônio Viana da Conceição.

El secuestro ocurrió en 1973, en la ciudad de Araguaína, actual Tocantins.

La existencia de este hijo de guerrillero en Araguaia también es revelada por Sebastião Rodrigues de Moura, Mayor Curió, ahora militar retirado y responsable de la cacería de guerrilleros a partir de 1973 en Araguaia.

Se desconoce el paradero de Giovani.

También en Araguaia fue secuestrada Lia Cecília da Silva Martins, hija del guerrillero Antônio Teodoro de Castro, conocido como Raúl.

Lia fue llevada a un orfanato que pertenecía a un teniente de la Fuerza Aérea en Belém do Pará. Fue adoptada por una pareja que trabajaba en la entidad.

Seis niños campesinos también fueron separados de sus familias biológicas y llevados a cuarteles del ejército, de donde luego fueron liberados: José Vieira; Antônio José da Silva, Antoninho; José Wilson de Brito Feitosa, Zé Wilson; José de Ribamar, Zé Ribamar; Osniel Ferreira da Cruz, Osnil; y Sebastião de Santana, Sebastiãozinho.

Solo se localizó a José Vieira. Es hijo de Luiz Vieira, agricultor de subsistencia y residente de la región de São Domingos do Araguaia. Luiz fue asesinado por las fuerzas militares.

Gente caminando en São Paulo

Getty Images
Se desconoce el número de bebés que fue secuestrado.

También hubo casos de secuestro de bebés y niños en Paraná, Pernambuco y Mato Grosso.

Las respuestas de los militares

Cuando investigaba en 2018 para mi libro, el Ministerio de Defensa, el Ejército y la Fuerza Aérea no respondieron a las preguntas enviadas.

El Ministerio de Defensa sugirió que se enviaran nuevas solicitudes a dichas instituciones, alegando que la información solicitada debía estar custodiada bajo el mando de estos cuerpos militares.

El Ejército respondió: “La Institución aclara que no tiene nada que informar al respecto”.

La Fuerza Aérea afirmó que “el 16 de noviembre de 2009, la Procuraduría General de Justicia Militar manifestó interés en analizar los documentos producidos y acumulados por el Comando de la Fuerza Aérea, desde 1964 hasta 1985”.

“En ese sentido, el 3 de febrero de 2010, la colección, que contiene 212 cajas con 49.867 documentos, fue recolectada de la Coordinación Regional del Archivo Nacional del Distrito Federal (COREG), donde se encuentran en dominio público”, agregó.

El año pasado, en una entrevista publicada en el libro “General Villas Bôas-Conversación con el Comandante”, de Celso Castro, de la Fundação Getúlio Vargas, el militar cuestionó que realmente ocurrieran secuestros de niños durante la dictadura.

“Recientemente alguien vinculado a los derechos humanos trajo un tema que yo nunca había escuchado, que un centenar de niños habían sido secuestrados y arrebatados a sus padres”, afirmó Villas Bôas.

“Esta y otras narrativas, como una supuesta masacre de indígenas, en la apertura de la carretera que une Manaus con Boa Vista, carecen de verosimilitud y contribuyen a la falta de exención en la conclusión de las investigaciones”, agregó.


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