Lucha Castro, Lucha de Chihuahua

Lucha Castro, Lucha de Chihuahua
La activista Marisela Escobedo fue asesinada el 16 de diciembre de 2010

Ciudad Juárez.— La abogada Lucha Castro y su clienta Marisela Escobedo no sólo tenían una relación de litigante y defendida. Se convirtieron en amigas. En compañeras de causa.

Marisela, activista asesinada el 16 de diciembre de 2010 de un tiro en la cabeza, buscó a la litigante por primera vez a mediados de ese mismo año. Lucha, con un historial exitoso en el combate a los feminicidios, era su esperanza para que la justicia invalidara la absolución al asesino de su hija Rubí.

¿Qué tiene Lucha Castro que tantas chihuahuenses la han buscado? ¿Quién es esta litigante cuyo nombre ya no sólo incomoda a las autoridades locales, sino a las de todo el país?

En el estado, y poco a poco en todo México, resuena el nombre de esta defensora de derechos humanos que, además, es teóloga, fundadora del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres y de la organización Justicia para Nuestras Hijas.

Lucha, como la nombran todos, en realidad se llama Luz Estela. Suena demasiado dulce para una mujer que ha sabido valerse ante procuradurías sordas, funcionarios que hacen el tonto y aparatos de justicia desvencijados. Nunca a una mujer le había quedado mejor su apelativo.

Esta abogada de 57 años hace el trabajo en donde se requiera. Un día está en la Ciudad de México, al otro en Ciudad Juárez y después, en cualquier otro municipio chihuahuense. Donde la búsqueda de justicia la requiera, hasta allá se traslada. Viaja tanto que nunca ha reparado en cuántas noches al mes pasa fuera de casa para denunciar las violaciones a los derechos humanos.

Es común verla con zapatos bajos. Las citas interminables en un lugar y en otro no admiten cansancio. Bajita, con una cabellera teñida de rubio para esconder las canas, ojos miel bien abiertos y el acento norteño marcado, la abogada por la Universidad Autónoma de Chihuahua lleva muchas causas en su espalda y a los del poder, no les causa gracia.

—Se ha vuelto una mujer incómoda —se le comenta.

—Más bien me he transformado en una mujer empoderada. Tal vez yo sea la cara visible de un trabajo que realizamos, pero no podría hacer nada sin el equipo de organizaciones —replica como en un esfuerzo de dar a cada quién lo justo.

Lo cierto es que el alma es ella. En junio del año pasado, la organización Frontline, protectora de los defensores de Derechos Humanos, la nominó para el premio anual que otorga a quienes ponen en riesgo su vida por la dignidad de otros.

Una promesa de vida

Antes de que los feminicidos, el narcotráfico y el crimen asolaran a Juárez, Lucha ya denunciaba otras injusticias. En la década de los 90, oprobiosa para la economía mexicana, Lucha saltó del asistencialismo a los pobres, a la lucha para defender casa, capital y tierras de quienes se quedaron sin nada por el rescate bancario y la devaluación del peso.

En aquella época en la que manifestarse consistía en plantarse con mantas, Lucha y los barzonistas buscaron la forma de hacerse oír. Un día, recuerda, recurrió al ‘lavado’ de dólares frente a un banco. Acompañada de otras mujeres ‘armadas’ con cubetas y lavaderos de lámina, restregaron billetes verdes con jabón y agua hasta que los dejaron relucientes. Después, los colgaron en un improvisado tendedero.

En la lucha de aquellos años hubo una constante: la presencia de las mujeres. Ellas defendieron las pequeñas propiedades mientras el marido labraba el campo o se buscaba la vida al ‘otro lado’. Ellas advirtieron que sus hijas, sus sobrinas, hermanas o vecinas no regresaban a casa después de que el timbre de las maquilas marcaba el fin del turno. Lucha señala que hoy, igual que en ese entonces, son las mujeres quienes sacan la cara por el hijo secuestrado por el narco o por el Ejército que, para algunos, son la misma cosa. Son ellas las que recorren morgues en busca de cuerpos cercenados y quienes encaran a jueces incólumes en procesos vergonzosos.

Pero ni las desapariciones de mujeres, ni la crisis económica, ni la lucha contra el narco decidieron el destino de Lucha, madre de dos mujeres y un hombre. Sus razones son más personales.

Sentada en una pick up azul de camino a una protesta en Ciudad Juárez, la defensora relata con la vista perdida el hecho que verdaderamente la hizo dedicarse en pleno a lo que hoy hace.

“Mi hermana fue violentada tumultuariamente. A mí me tocó cuidarla y, entonces, me hice la promesa de que los días que me quedaran de vida, me iba a dedicar a atender a las mujeres que habían sufrido de violencia. Ese episodio marcó mi vida’.

Y desde entonces, la abogada se solidarizó contra la violencia feminicida y con las llamadas ‘Mujeres de negro’. Su sombrero rosa, símbolo de la juventud, la esperanza y la vida de las mujeres, contrasta con la túnica negra que significa el luto y el dolor. Así, con ese uniforme, es común verla en distintos actos de protesta por las y los que han muerto y, por los que con vida, claman justicia.

La entereza de Lucha no es usual para quien tiene la tragedia como materia prima para trabajar.  “Un problema fundamental de las defensoras de derechos humanos es que no cuidamos nuestra salud”, reconoce. La desprotección de los defensores ha hecho que muchos queden agotados y “cuando estás quemado –dice Lucha—ya no sirves para nada”.

En las dos organizaciones que ha ayudado a fundar, los psicólogos no sólo están para los agraviados, sino también para quienes como ella, requieren un ejercicio de ‘contención’.

Lucha creció en el campo chihuahuense. Su padre era campesino al que define como “nada machista” y su madre, una mujer “muy espiritual”. De ahí el interés por la teología y, a la vez,  su proceso de curación ante las cruentas historias que conoce.

“Personalmente tengo un proceso espiritual personalísimo. Pero tenerlo no significa que en cada acontecimiento cicatricen las heridas”. Así, cada feminicidio es un duelo nuevo y con la guerra contra el narco (una “guerra impuesta”) las razones para el luto cada vez son más.

“Ahora las señoras nos llegan con casos de hijos desaparecidos y no podemos decirles: ‘No, señora. ¿Sabe qué? Aquí sólo atendemos casos de mujeres’. Le entramos a todos”. Y como si el trabajo en su estado fuera poco, la red se ha extendido a todo el norte del País.

“Amo muchísimo la vida”

Lucha Castro parece incansable. Y puede que, en algún sentido, lo sea. No está acostumbrada a perder. Lo que es más, no conoce la derrota. Caso que llega al Centro de Derechos Humanos de la Mujer, caso que gana.

Por eso la presencia de lucha incomoda. No niega que ante lo ocurrido con Marisa, teme por su seguridad, aunque de ello habla muy poco. Es el único tema en el que se muestra esquiva, pues, dice, no está en sus planes ser mártir. “Yo amo muchísimo la vida. Quiero seguir viviendo y estoy segura de que voy a seguir viviendo; pero aquí nos tocó estar”.

El miedo tampoco lo esconde. “Sería absolutamente deshonesta si dijera que no tengo miedo. El año pasado, de cinco asesinatos a defensores, tres ocurrieron en Chihuahua. Es una tasa muy alta, pero aquí no tenemos más que dos opciones. O continuamos trabajando con firmeza y valentía, o cerramos las oficinas y nos vamos a otro lado”. Ese panorama, recuerda, lo enfrentó el Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, que debió cerrar las oficinas ante la falta de condiciones para operar.

La reticencia para tratar las amenazas a su vida no la abstiene que dejar claro que ya ha solicitado para ella y todo su equipo, medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La desconfianza hacia las instituciones de seguridad nacionales es demasiada para dejar la seguridad ‘a la buena de Dios’.

Las esperanzas que la gente cifra en Lucha y en la sociedad civil son tan inconmensurables como la decepción ante las instituciones públicas. Por ello, cuando se le pregunta si estaría dispuesta a sumarse a la política, vistos los magros resultados de quienes la ejercen, responde resuelta que ningún partido cumple con sus funciones.

A pesar de su respuesta, la abogada ya sabe lo que es la militancia y los colores partidistas. En la elección de 2004 fue candidata a diputada por el PRD, y en 1986, año del fraude electoral contra el panista Francisco Barrio, Lucha colaboró en la desobediencia civil blanquiazul e, incluso, fue su representante el Instituto Electoral del estado

–¿Regresaría a la política?

–No por ahora. Los partidos políticos ni nos representan, ni han estado a la altura que los ciudadanos necesitamos.

Por el momento, la chihuahuense se encuentra a gusto en este lado de las causas sociales. Se niega a etiquetar con la palabra ‘víctima’ a quien sufren abusos. Prefiere la expresión ‘mujeres en situación de violencia’, para no clavarles un estigma. Seguirá estudiando los instrumentos del derecho internacional para sus litigios y atenderá el caso de Marisela –o el de cualquier otra mujer– hasta que haya quedado resuelto. La lucha de Castro es, en muchos sentidos, la lucha de Chihuahua.

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