La vida a través del cristal de la cárcel
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La vida a través del cristal
de la cárcel

Por Rosario Carmona/ Uriel Ricardo Hernández
25 de abril, 2011
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Dicen que la vida se ve dependiendo  del cristal con que se mira… para Juan no ha sido muy nítido, tal vez, por eso gasta sus días limpiando con insistencia.

A sus 28 años suma 14 ingresos al Consejo para Menores Infractores y una sentencia de tres años por robo de auto que purgó inicialmente en el Reclusorio Norte, mientras que los últimos ocho meses fueron en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla. “Es lo peor que me ha pasado”, asegura con dolor.

A sus 28 años Juan suma 14 ingresos al Consejo para Menores Infractores.

Se dice y ha demostrado estar rehabilitado. Ya no ingiere drogas, desde hace más de dos años no roba, tampoco bebe alcohol, ahora dedica su tiempo a trabajar y a su familia.

Ya nada es como antes, cuando vivía en las calles de la ciudad de México.

Le pone pausa a una película. Son casi las nueve de la noche cuando acepta la charla, sentado en el único sillón de su nueva casa. Su pareja a un lado, su bebé dormido en una sillita a sus pies, su otro hijo, acostado en la cama.

“Vengo de una familia desintegrada de la que no vale la pena hablar. Me salí de mi casa muy chico, me maltrataban mucho, a veces comíamos y a veces no, preferí las calles”.

“Yo he hecho de todo para sobrevivir”, cuenta Juan mientras mueve con el pie izquierdo la silla de su hijo, quien intenta despertar. En un gesto cariñoso, que contrasta con sus facciones rudas, le ofrece su biberón.

Entonces… la película de su vida comenzó

Su madre, una mujer alcohólica y drogadicta; su padrastro, un borracho, golpeador. Nunca se preocuparon por darles educación y a los 8 años él decidió abandonar su casa en ciudad Nezahualcóyotl.

“Llego a la  Tapo (terminal de autobuses) y comienzo a pedir dinero; como era niño, la gente me daba para comer y eso era mejor de lo que tenía en casa y me dije, para qué regreso si mi familia es la calle. Después me paso a la Terminal del Norte, empiezo a juntarme con la banda y a consumir activo”, señala.

“Poco a poco va subiendo, era cada vez mayor, el consumo de droga”, aclara. “Ya no me satisfacía, no era suficiente para alucinar, para olvidarme de lo que estaba pasando o de las carencias que tenía”, narra Juan.

“Cuando los años pasaron fue diferente. Como ya era un joven, las personas no me daban dinero. Ya no hubo  sonrisas de ternura o lástima, ahora sólo recibía  el desprecio, los gritos y groserías”: ‘mejor ponte a trabajar huevón’, me decían”.

Su vida en la calle lo llevó a conocer gente de la colonia Morelos, del barrio de Tepito, de la Guerrero, ahí comenzó su largo peregrinar por los Consejos Tutelares. “Catorce veces estuve ahí, dos de ellas en el Quiroz Cuarón, por riñas colectivas, esa es la cárcel de la cárcel. Ahí conozco a gente más pesada que se dedicaba a secuestrar y a matar.

“Chavos que ya nunca iban a salir y sus vivencias comienzan a llamarme la atención”. Al salir Juan conoce a un valedor de la calle Tenochtitlán, en Tepito, y se va a vivir con su familia. Ahí su carrera delictiva fue en aumento, debía aportar dinero.

Empezó a robar en transporte público, después autopartes, finalmente carros completos: un vocho por cinco mil, un tsuru siete o hasta ocho mil pesos. “Era muy mal pagado”, asegura.

“Entonces es cuando se me cae el cantón y voy a dar al Reclusorio Norte por robo a mano armada, a los pocos días mi causa (cómplice) queda libre y yo me quedo de pagador con una sentencia de 13 años.”

Durante su estancia en prisión,  nunca recibió visitas y no había forma de subsistir. Dedicó su tiempo a vender droga a los demás internos.

Fue entonces cuando, debido a programas de libertad anticipada, le redujeron la sentencia a tres  años de cárcel, pero los últimos ocho meses debía pasarlos en la Penitenciaría de Santa Martha.

Cuando lo cambiaron de penal, vendía pulseritas, lavaba ropa, “porque la Peni son palabras mayores, ahí no puedes andar vendiendo droga.

“Es lo más pesado que he conocido, la cárcel es la cárcel, pero ahí hay gente que ya no va a salir y por cualquier cosita te pican, a la visita familiar no la puedes ver a los ojos porque te pican, siempre debes andar agachado.”

Juan no se cansa de contar sus experiencias: “Tienes que estar a lo que la mamá del cantón dijera (líder de la sección), o lo que el famoso Marajá dijera, que es el chavo de la mamá del cantón”. La cárcel, asegura, lo cambió y nunca regresará.

Al salir de prisión, lo primero que hizo fue buscar a su exesposa. La encontró embarazada de otro hombre.

Cuando narra que el hijo que procrearon juntos, ahora lo tienen sus suegros y no le permiten verlo “porque es una persona peligrosa para el niño”, le cambia el tono, incluso como que se le quiebra la voz. Erika, su pareja, sentada a su lado, voltea a verlo como si lo descubriera por primera vez.

Cuenta que no puede ver al niño y eso sí le puede, por eso regresó a las calles, por eso las drogas otra vez.

Ahí en las calles vio de todo

“He visto morir a compañeros por la droga o por sida. A una compañera se le murió su bebé en el baldío. Incluso, ver cómo se agarran a balazos la policía y la rata, eso, dice, es vida de calle“.

En un albergue mixto conoció a Erika. Ella tenía un bebé y había dejado a su pareja. Se arreglaron y empezaron a andar.

“Yo me dejé de drogar porque ella me dijo: `¿qué es lo que tú quieres?, ¿seguir viviendo en la mierda o una familia?´Yo estaba drogado y le dije `a mí déjame, en la mierda soy feliz´.

“Pero poco a  poco se me va bajando el alucine, empiezo a reflexionar lo que me había dicho y pos ahora tengo dos hijos.

“Nos salimos de la casa. Nos fuimos a vivir en la glorieta de Eje 1 Norte y Reforma. Poníamos una lona y esa era nuestra casita de hule. Estuvimos más de un año, no siempre  nos quedábamos en esa calle, porque a veces llevábamos a los niños a bañarse, también nosotros nos bañábamos en los hoteles de alrededor de la colonia Morelos o la Guerrero.

“En diciembre -agrega- nos trajeron a las casas de fundación Renacimiento. Mientras estoy aquí, a echarle ganas para hacer algo y cuando me tenga que ir, no regresar al baldío, para ahora sí ser parte de la sociedad.

“Hasta el día de hoy he evitado andar de malandrín”, dice mientras esboza apenas una sonrisa.

“Como no quería robar y el hambre es cabrona empiezo a lavar parabrisas.”

Y así se gana la vida. Limpiando una y otra vez, hasta que junta 100 pesos, con eso le alcanza para sobrevivir el día.

“Me pasó algo raro, porque cuando hablé con ella de que quería hacer las cosas bien, al otro día me dejo de drogar, ya tengo dos años 11 meses que no pruebo drogas. José Manuel y Cuauhtémoc son mis niños y ellos me hicieron cambiar, en vez de gastarme el dinero en la  droga tenía que comprar leche y pañales.”

Y cuando ya no quiere hablar más, vuelve la mente al crucero de Reforma y Eje 1 Norte. Como cada día, Juan regresa a los parabrisas, a mirar a través del cristal.

Mientras limpia el vidrio empañado descubre eso que le gustaría ser. Se topa de frente, a veces, con el sueño de una familia ideal y otras, la mayoría, estrella sus sueños con la negativa cargada de rechazo, del desprecio de esa persona que ahí, desde dentro de su coche, sólo observa a un joven con el cabello decolorado, con la ropa sucia y con el cuerpo tatuado.

“Es como un sueño que tengo: tener una casa propia, ver a mis hijos hechos unos hombres de bien. Se oye padre, ¿no? pero dejemos que el tiempo decida, que tal si mañana me toca y hasta ahí. La vida no la tenemos comprada, vivo al día, ya comí, ya bebí ya veremos mañana, ¿qué más?”.

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'El día que le dije a mi novio que era una persona no binaria'

Katje van Loon tuvo la idea de celebrar un Día Internacional de las Personas No Binarias, a mitad de camino entre el Día Internacional de la Mujer y el Día Internacional del Hombre.
14 de julio, 2022
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Hace 10 años, Katje van Loon escribió una publicación en su blog en la que pedía la creación del Día Internacional de las Personas No Binarias el 14 de julio, exactamente a medio camino entre el Día Internacional de la Mujer y el Día Internacional del Hombre. Katje le ha contado a la corresponsal de género e identidad de la BBC, Megha Mohan, por qué es importante que el día se haya convertido en una realidad.

Hay un meme que aparece de vez en cuando sobre un pájaro al que han llamado pingüino toda su vida. Un día, el pájaro se encuentra con un médico que le dice: “No eres un pingüino, eres lo que se llama un cisne“. El cisne se siente aliviado. De repente, toda su vida cobra sentido.

Yo tuve mi momento cisne en 2011, cuando tenía unos 20 años.

Mi abuela acababa de morir y yo estaba en su apartamento organizando sus cosas. Tratando de distraerme, entré en internet y, pasando de un página a otra, me encontré con la entrada en Wikipedia sobre identidades de género.

Fue aquí donde leí por primera vez la definición de “no binario”. En esos párrafos, aprendí sobre personas que no siguen las normas binarias de género, personas que sienten que existen en un espacio intermedio fuera de las definiciones de hombre y mujer.

“Esto soy yo”, pensé. “Soy una persona no binaria. Esto es lo que he sido toda mi vida. Y nunca he tenido las palabras para describirlo”. Empecé a llorar. Sabía que tenía que contárselo a mi novio.

La chica más fuerte

El teatro era mi asignatura favorita en la escuela secundaria. Me gustaba todo, incluso acarrear las cosas pesadas que habíamos utilizado al final de la clase. Me señalaban como la “chica más fuerte de la clase de teatro” cuando me tocaba guardar las piezas pesadas del set junto con los chicos.

Así que allí estaba yo, moviendo atrezzo con los chicos, identificada como diferente a las otras chicas. Pero, extrañamente, esta era de las pocas veces en las que ser diferente era un motivo de orgullo para mí en lugar de una vergüenza.

De alguna manera, yo era como mi madre. La gente decía que mi madre era una mujer “guapa”, y mucho más tarde me di cuenta de que en realidad lo decían como un insulto para referirse a su aparente falta de feminidad.

Era una mujer soltera, abogada y educadora. Ella no era como las otras madres de la escuela. Se sentía tan cómoda arreglando cosas por la casa como cuando enseñaba a sus alumnos o me cuidaba a mí.

Yo era como ella al adoptar roles de género no tradicionales. Pero a diferencia de ella, yo existía en otro lugar. No era solo que no me sintiera “femenina”, o que fuera más alta y más grande y menos femenina. Era algo más que eso: la etiqueta de “mujer” simplemente no me encajaba.

Al crecer en los barrios periféricos de Vancouver, en Canadá, y luego en Hawái, me perdí en libros de fantasía, en mundos ficticios creados por escritores como Ursula K. Le Guin, habitados por personajes sin identidad de género fija.

A los 12 años comencé a escribir, creando mis propios planetas ficticios. Más de una década después pude publicar una versión muy revisada y pulida de estos mundos, la primera de una serie de novelas de ciencia ficción.

En estos imperios creativos, jugué con los roles de género; los personajes oscilaban entre tener características sexuales masculinas o femeninas. Escribir me dio la libertad para imaginar una realidad menos rígida.

Como milenial, crecí en internet. En los chats encontré comunidades de personas que hablaban sobre sexualidad y me declaré bisexual a los 14 años. Primero en internet y luego en el mundo real, las comunidades LGBT me dieron la bienvenida cuando me abrí sobre mi sexualidad, y entonces experimenté un sentimiento de pertenencia.

Expulsada de la comunidad LGTB

Más tarde, cuando tenía 20 años, me enamoré de mi novio, Nathan. Pero esto tuvo un precio. Creo que no hay forma más rápida de ser expulsada de una comunidad LGBT que la de ser una mujer bisexual que sale con un hombre.

La gente te ve como “heterosexual”, alguien que no entiende la lucha, y de repente las conversaciones y los eventos ya no te incluyen. Lo llaman el “bi-borrado”, y es un fenómeno muy real. Dejan de invitarte a cosas. Se crean grupos privados sin ti.

En mi experiencia, las personas todavía entienden la sexualidad de la forma en la que no entienden la identidad de género.

Cuando encontré la página de Wikipedia que explicaba mi identidad no binaria, Nathan fue la primera persona a la que quise contárselo, pero me daba mucho miedo.

Cuando lo vi más tarde ese día, lo dije rápidamente: “Soy una persona no binaria”.

Pausa.

“Entonces, ¿qué es lo que cambia?”, preguntó.

Otra pausa.

Puede que use pronombres diferentes“, respondí. “O que me llame de otra forma a veces”.

Me preguntó si yo era transgénero. ¿Estaba pensando en cambiar físicamente de alguna forma?

Dije que no, que no lo era.

“Está bien, intentaré recordar tus pronombres”, dijo, “pero no soy muy bueno recordando cosas”.

Ambos nos reímos, relajados, y la tensión se disipó. Le expliqué cómo, al crecer, me había sentido mal representada como esta “otra” persona, y que ahora tenía un nombre para describir lo que era, por lo que inmediatamente encajé un poco mejor en mi propia piel.

Nos comprometimos poco después y nos casamos en 2015.

La boda de Katje y Nathan.

Zemekiss Photography

Durante varios años, usé diferentes pronombres en lugar de “ella”. Me gustó especialmente “zie”, que sonaba suave y divertido. Eran términos neutros en cuanto al género que la gente usaba en internet y que no determinaban el sexo de la persona.

Durante un tiempo estuve a favor del pronombre “they” utilizado en singular (en inglés significa tanto “ellos” como “ellas”). Pero a medida que vi su uso florecer y despegar, comenzó a desagradarme, y ahora no lo soporto.

Como escritora, me tomo el lenguaje muy en serio, y he leído varios textos en los que las personas usan el pronombre “they” que me confundieron realmente sobre si se referían a un individuo o a un grupo. Algunos escritores argumentan que Shakespeare solía usar “they”, a lo que respondo: “Muy pocas personas escriben tan bien como Shakespeare”.

Con el tiempo, mi amor de la infancia por la escritura de fantasía se convirtió en una carrera, así como en una salida para mi mundo imaginario fuera de las normas de género.

En mi libro “Stranger Skies” (Cielos más extraños), escribo sobre una diosa que cae de los cielos a un planeta que no obedece las leyes de la física o la biología. Descubre que en ese mundo, el género está programado, se es hombre o mujer, pero el sexo es mutable. Las personas pueden cambiar su cuerpo físico a través de una pequeña ceremonia semirreligiosa. Esto permite que las parejas homosexuales puedan tener hijos biológicos sin intervención médica. Me divierto mucho explorando estos conceptos en mi escritura.

Un año después de identificarme como persona no binaria, escribí una publicación de 153 palabras en mi blog sobre por qué debería haber un Día Internacional de las Personas No Binarias. Dije que debería ser en julio, a medio camino entre el Día Internacional de la Mujer en marzo y el Día Internacional del Hombre en noviembre. Hubo algunos comentarios en el blog entonces, pero apenas se extendió por internet.

Katje haciendo pompas de jabón

Kam Abbott
Katje pasa ahora menos tiempo en internet.

Lo olvidé hasta varios años después, cuando vi que el Día Internacional de las Personas No Binarias se celebraría oficialmente el 14 de julio, el mismo día que sugerí en mi publicación. Lo iban a celebrar la organización Campaña por los Derechos Humanos, Stonewall, el sitio web del Parlamento de Reino Unido e incluso la web dictionary.com.

La gente citaba las razones que yo había dado para elegir la fecha, pero solo la página de Wikipedia sobre el género no binario mencionó mi blog como inspiración. Esto me molestó. Un pequeño reconocimiento hubiera estado bien.

Cambios

Ahora, las cosas han cambiado en mi vida. Estoy más cómoda conmigo misma. Me importa menos cuando la gente se refiere a mí como mujer o usa el pronombre “ella”.

Solía ​​​​estar muy a favor de tener un tercer marcador de género en las identificaciones, como pasaportes o permisos de conducir, como tienen en Argentina, Australia e India y han propuesto en Sudáfrica. Pero ahora no estoy tan segura. ¿Quiero que los datos de las minorías de género se recopilen en algún lugar al que los gobiernos puedan acceder fácilmente? Definitivamente no. No tengo fe en las burocracias. Puedo entender por qué puede ser importante para algunas personas en ciertos países, pero no lo es para mí.

También paso mucho menos tiempo en internet. No me siento cómoda ni en las páginas conservadoras ni en las liberales. Se fagocitan a sí mismas, a la espera de que la gente diga lo que ellos consideran que no está bien.

Solíamos llamarlo “la cultura de la denuncia“, pero ahora le han crecido más cabezas, es una bestia. Y no ayuda a nadie, y mucho menos a las personas vulnerables que quieren pertenecer a algo pero que saben que pueden ser apartadas en cualquier momento por decir algo incorrecto.

Katje en la convención Dragon Con, disfrazada de la teniente Starbuck, de la serie Battlestar Galactica.

Katje van Loon
Katje en la convención Dragon Con, disfrazada de la teniente Starbuck, de la serie Battlestar Galactica.

Puedo imaginar lo que puedes estar pensando ahora. Si no quiero ningún nuevo tipo de documento de identidad, y no necesito que respetes mis pronombres preferidos (todavía zie), ¿qué sentido tiene ser no binario? ¿Es importante tener un Día Internacional de las Personas No Binarias?

Sí, lo es.

Podemos sentirnos invisibles en un mundo que aún no ha entendido del todo lo que somos. Así que es bonito tener un día que reconozca nuestra existencia. ¿Tiene que ser un día en el que estemos en las calles marchando? No. Pero sería lindo recibir algunas flores.

Creo que ser llamada persona no binaria es importante a nivel interno. Para mí es importante tener esas palabras para describirme, y saber quién soy me permite estar más cómoda conmigo misma. Quiero que la gente sea feliz como es.

Y si tener un día te ayuda a ser feliz contigo mismo, genial. Ese es el mejor resultado que podría haber esperado de esa publicación de blog que escribí hace 10 años.


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