Adivino tu rostro entre estas sombras
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Adivino tu rostro
entre estas sombras

Por Moisés Castillo
25 de junio, 2011
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Enrique Landgrave

El poeta José Emilio Pacheco aconseja mirar las cosas que se van, recordarlas, porque no volverás a verlas nunca. Memoria del olvido. Y, de alguna manera, le ha sucedido a Enrique Landgrave: los cientos de rostros que ha retratado y pintado jamás han reaparecido ante su mirada. Sin embargo, las caras de hombres y mujeres quedaron en el papel, detenidas en el tiempo y con otra vida: en sus ojos navegan relámpagos, sueños, horas, presencias y ausencias.

Para este pintor-fotógrafo de 32 años, el retrato es el acontecimiento del rostro. Dice que en la mirada de un retrato hay denuncia, comunión y reconocimiento. Las imágenes que elije tienen la particularidad de observar al espectador, de avasallarlo y atravesarlo: deja que te recuerde o te sueñe.

Enrique dice que decidió explorar el rostro porque es su parte favorita del cuerpo: define la personalidad de un individuo y la mirada funciona como un puente para conocer sus sentimientos más profundos. La técnica que usa es la taxomización del rostro: toma una fotografía, la reproduce, la amplifica y después la soterra con capas de pintura. Manchas de color. No pinta encima, sino que emerje lo que hay debajo. La foto muere y reencarna en pintura.

A este proceso, Enrique lo llama una calca “desterritorializada”: arrancar el rostro y transformarlo en algo vivo. ¿Quién mira a quién?

Admirador de la obra de artistas como Francis Bacon, Jenny Saville, Jean Michel Basquiat y Marlene Dumas, Enrique dice que cada rostro es diferente, tiene una vida particular al pintarlo, por lo que no tiene uno favorito. Sin embargo, recuerda que la cara de una joven con aspecto andrógino le congeló la sangre. La encontró en la Lagunilla y era una chica atractiva, blanca como la nieve y con varios piercings. Sus ojos negros: secreto abierto en una flor. Ella tenía un corte de cabello tipo mohawk y sujetaba una “mona” con su mano derecha. Con el “viaje”, posó de una forma natural, con una mirada profunda y luminosa. Nunca supo su nombre.

También por los puestos de chácharas, fotografió a unos punks que trataban de explicarle a su amiga gringa el significado del mercado más tradicional de la ciudad de México. Enrique nunca había hecho click a personajes rudos, que proyectaran tanta fuerza y energía. La preocupación que tenía era que se molestaran, ya que los había seguido durante media hora. Le obsesionaba tener esa fotografía para convertirla en pintura. Los punks tan indefensos sonrieron y posaron.

“Voy cazando rostros. A veces me pasa que alguien me llama la atención y digo ‘esta es una persona que tengo que retratar’. Antes, sin importarme, paraba a la gente y le tomaba la foto. Hacia un registro de imágenes y después las trabajaba. Ahora me da pudor”.

-¿Cuáles son tus principales influencias para pintar rostros?

Al principio veía mucho la influencia de artistas como Jean Michel Basquiat, aunque él nunca hizo retrato, me fascinó su trazo libre, lo gestual. Igual que él, soy autodidacta. Con el correr de los años pasé del intento de ‘copia’ a tener un estilo propio. Lo veo ahora, mi estilo es muy marcado. Antes trabajaba el pliego completo de papel y lo intervenía todo y después lo pegaba. Ahora sólo hago recortes, me voy al collage, dejó que se vea la copia y salga la pintura, es como estar en dos o tres dimensiones.

-¿Cuáles son tus aspiraciones como artista?

En algunos momentos no me ha interesado exponer en galerías o museos, pero igual hay un poco de mentira en eso. Sí me gusta que vean mi trabajo, que lo aprecien y creo que más que en una galería. Me fascinaría que la gente logre apreciar un rostro que lo sacuda o que le provoque acordarse de equis persona, para mí sería un gran logro. Me encantaría exponer más en Nueva York, México, etc., pero no creo que sea mi necesidad absoluta.

-¿Tu obra se ha movido de forma autogestiva?  ¿Cuáles son los medios para que la gente conozca tus retratos?

Algunas cosas han surgido por amistades. Mi último retrato nació cuando hubo una peda en la casa y uno de los invitados me dijo que iba ser cumpleaños de su novia y quería que la retratara. En caliente me pagó el cuadro. De repente no sabes cómo surgirá un nuevo rostro, no tengo un patrón definido. A veces, alguien me invita a participar en una exposición con una pieza. En Lenguaraz, que es una revista literaria, un amigo de la ‘prepa’ me invitó a participar en ilustración. Las invitaciones y las propuestas siempre están ahí.

-¿Cuál ha sido tu mayor logro como pintor-fotógrafo?

Al ser autodidacta, para mí era importante que vieran mi obra. Aquí en México llegué a tener exposiciones pequeñas con un colectivo que se llamaba ‘Mayéutica’, en la colonia Roma. A la gente le gustó mucho, incluso a algunos compañeros que estudiaban Gestión Cultural y Museografía en el Claustro de Sor Juana. También era importante para mí salir y checar si fuera de México mi obra gustaba. Tuve la oportunidad de ser aceptado en una residencia en Nueva York, en el School of Visual Arts, y fue como un punto clave en mi labor artística. No tanto como el ‘reconocimiento’, sino los comentarios positivos a tus cuadros. Y dije “voy por buen camino”, no está tan jodido.

Insectos, fotografía y los 90’s

Enrique tenía tan sólo 10 años cuando empezó a pintar. Su padre, Pablo Montero, un ingeniero que tenía como hobbie disecar insectos, le enseñó el arte del color y el trazo. Paralelamente, su madre, Graciela Landgrave, economista de profesión y diseñadora industrial-fotógrafa por convicción, lo llevaba junto con su hermana a las calles para que tomara fotos a los árboles, a la gente que caminaba por ahí o congelar algunas manifestaciones desde el lente.

Mientras le da un sorbo a su cerveza fría oscura, explica que es muy raro y cómico su caso. Su familia fue su mejor escuela pero con los roles invertidos: de su padre aprendió los trucos del detalle y la paciencia, en el proceso de conservar a estos artrópodos. Se le hacía una parte femenina. Y, por otro lado, su madre le enseñó la técnica, artefactos de luces y sombras, el laboratorio y sus químicos, revelar, imprimir, algo que para él era del mundo masculino.

Su madre estudió fotografía en el extinto Centro Cultural de Arte Contemporáneo en Polanco. Fueron años maravillosos porque pertenecía casi a la generación de figuras como Flor Garduño, Graciela Iturbide, Pedro Meyer, entre otros fotógrafos reconocidos. La mamá de Enrique cerró su círculo de blancos y negros, ganando la beca de producción de la V Bienal de Fotografía INBA 1988, que se expuso en el Instituto Veracruzano de Cultura.

Enrique viste una camisa guinda de manga corta y unos jeans. Lleva unos lentes retro, es un hombre alto y corpulento. Es un joven amable y honesto con lo que cree y pinta. Sabe desde niño que todo lo que hace es un autoretrato. Se mira al espejo: enjambre de reflejos.

-¿Eres 100 por ciento autodidacta?

Me he formado en la pintura y en la fotografía de una forma muy libre. No quiere decir que no tenga formación académica, pero todo fue un tanto empírico.  Estudié historia del arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En el segundo semestre me fui a Estados Unidos a hacer unos cursos en el Parsons The New School for Design. Algunas cosas las aprendía al ver la obra de otros artistas y era muy padre porque descifraba cosas: tal artista usó equis material o algunos profesores hablaban de técnicas. Al escuchar y ver arte estuve haciendo mis propias pruebas. Y así poco a poco y en estos cursos, empecé a trabajar collage y acrílico.

-¿Sólo pintas rostros? ¿Es lo único que te interesa pintar?

Hay dos temas que me gustan: el paisaje urbano, sobre todo las construcciones inconclusas, los edificios sin terminar, como que hay una parte poética en eso, sobre todo en México. En algunos lugares todavía dejan las varillas y los castillos, como una añoranza constante de terminar algo. Siempre estar construyendo sin perder esa esperanza. Otro tema que me interesa mucho son las parafilias. Estoy trabajando una serie de parafilias pero en Internet. Creo que está cambiando lo que te hace sentir ser hombre o mujer. Antes lo transgénero era una onda bizarra, algo imposible o una fantasía. Ahora un hombre puede decidir dejar de serlo y volverse cosméticamente mujer. La mujer nunca se había cuestionando ese rollo. Siempre hemos escuchado del varón y sus juegos de querer ser mujer, pero apenas la mujer se ha cuestionado el quiero jugar a ser hombre.

-¿Cómo se encuentra la escena pictórica en México?

Es un medio muy cerrado. Si quieres colocarte en México es difícil, hay mucha gente que está posicionada y son historias que no terminamos de escuchar. Sobre todo para artistas emergentes. Por lo mismo, voy buscando otras opciones fuera de las galerías. Autogestionarte o buscar espacios alternos a la galería. Hay gente que hace exposiciones en casas increíbles o lugares abandonados, como fue en Europa o Estados Unidos en los 80’s. Es como una galería temporal.

Enrique está nostálgico y prefiere escuchar ‘alternativo’, con ese término iba a buscar sus cassettes o CD’s a las tiendas. Es la música que tocaban grupos como Elástica, Stone Temple Pilots, el grunge. También anda en la onda del Britpop de Oasis y Blur. Le fascinan bandas de sonidos electrónicos como Massive Attack, Tricky, pero también pone en la tornamesa los acetatos sicodélicos de su padre. Lee mucho ensayo filosófico, que lo ayuda a aclarar ciertas ideas para plasmarlas en el lienzo. Su última lectura fue Lógica de la sensación, que es un tratado sobre Francis Bacon y lo escribe Gilles Deleuze.

En su antebrazo izquierdo, Enrique tiene un tatuaje negro oriental. En un diccionario de símbolos chinos leyó que las arañas (zhi-zhu) descendiendo de su tela son un símbolo de buena fortuna: la suerte baja del cielo. La entomología, pasatiempo favorito de su padre, se traslado a su piel: insecto de la espera taladrando el espacio.

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Familia Dudek

Ikea indemniza con 46 mdd a padres de un niño que murió aplastado por uno de sus muebles

El gigante sueco alcanzó un acuerdo millonario con la familia de un niño de 2 años que en 2017 fue aplastado por los cajones de un gavetero de la línea Malm que le cayeron encima.
Familia Dudek
7 de enero, 2020
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El fabricante de muebles sueco Ikea alcanzó un acuerdo por el que pagará US$46 millones a los padres de un niño que murió cuando varios cajones de un mueble fabricado por esa empresa le cayeron encima.

Jozef Dudek, de 2 años, falleció en mayo de 2017 cuando los cajones de un gavetero de Ikea modelo Malm se desplomaron sobre él en el hogar familiar en California, Estados Unidos.

El mueble, que pesa unos 32 kilogramos, había sido retirado del mercado un año antes por una alerta de seguridad tras la muerte de otros tres menores.

Se trata de la mayor indemnización por homicidio imprudente de un niño en la historia de Estados Unidos, según dijeron los abogados.

Tres hombres participan en una demostración, con una muñeca, de cómo se pueden volcar los cajones de una cómoda Malm de Ikea

AFP
Expertos realizaron en 2016 demostraciones del peligro que pueden suponer las cómodas de la línea Malm de Ikea.

“Si bien ningún acuerdo puede alterar los trágicos eventos que nos trajeron hasta aquí, por el bien de la familia y de todos los implicados estamos agradecidos de que el litigio se haya resuelto”, declaró una portavoz de Ikea.

“Seguimos comprometidos en nuestro esfuerzo por abordar esta cuestión de seguridad doméstica tan importante”, añadió.

Una familia devastada

En un comunicado, los padres del niño, Joleen y Craig Dudek, dijeron que están “devastados” por la pérdida de su hijo.

“Nunca pensamos que un niño de 2 años pudiera hacer que un gavetero de 76 centímetros de altura volcara y lo aplastara”, añadieron. “Solo después supimos que el mueble era inestable por diseño“.

Exposición de un gavetero Malm de Ikea en China

Getty Images
Los gaveteros Malm fueron también retirados de las tiendas de Ikea en China en 2016.

“Contamos nuestra historia porque no queremos que esto le suceda a otra familia”, prosiguió la pareja, que instó a cualquiera que todavía tenga uno de los muebles retirados del mercado a devolverlo.

La familia también dijo que donarán US$1 millón del acuerdo a grupos que trabajan para proteger a los niños de productos peligrosos.

Retirada del mercado

En 2016, Ikea llamó a sacar del mercado norteamericano millones de gaveteros Malm por una alerta de seguridad. Fue el retiro más grande de un producto del mercado en la historia de la compañía.

Inicialmente, la empresa aconsejó a los clientes utilizar una sujeción de pared para estos muebles, pero la muerte de un tercer niño hizo que Ikea decidiera retirarlos.

Camden Ellis y Curren Collas, de 2 años cada uno, y el bebé de 23 meses Ted McGee fueron todos aplastados por este tipo de gavetero.

De izquierda a derecha: Camden Ellis, Curren Collas y Ted McGee

Feldman Shepherd
De izquierda a derecha: Camden Ellis, Curren Collas y Ted McGee, tres niños que murieron aplastados por cajones de gaveteros Malm de Ikea.

En diciembre de ese año, la empresa aceptó pagar US$50 millones en un acuerdo combinado con las familias de los tres niños.

Bajo aquel acuerdo, Ikea se comprometió a vender en EE.UU. solamente gaveteros que cumplan con -o excedan- los estándares voluntarios de seguridad nacional para unidades para guardar ropa.

Las muertes propiciaron que la Comisión para la Seguridad de los Productos de Consumo de EE.UU. lanzara una campaña educativa sobre el riesgo de caída de los muebles con cajones.

En 2017, Ikea volvió a lanzar una orden de retirada en EE.UU. y Canadá.

La empresa dijo que unidades de su línea Malm y otros gaveteros y tocadores suponen “un serio peligro de volcado y aprisionamiento” si no están sujetos a la pared de forma segura.


Recientes indemnizaciones millonarias en EE.UU.:

  • En diciembre de 2019, la familia de un chico de 15 años que murió después de que un agente de policía lo alcanzara con un arma eléctrica Taser logró una indemnización de US$12 millones por homicidio imprudente.
  • Ese mismo mes, el condado de Sacramento, California, accedió a pagar al menos US$25 millones tras un accidente que involucró un auto del sheriff y que dejó a una niña de 10 años con daño cerebral permanente.
  • En noviembre de 2019, un jurado ordenó a las tabacaleras RJ Reynolds y Philip Morris pagar más de US$157 millones a un hombre de Florida por la muerte por cáncer de su esposo.
  • En mayo de 2019, un jurado de California le concedió más de US$2.000 millones a una pareja que denunció que el herbicida Roundup era responsable de su cáncer. La empresa estudia apelar.
  • En 2017, la firma Johnson & Johnson fue condenada a pagar US$417 millones a una mujer que dice que desarrolló cáncer de ovarios después de usar productos como polvos de talco (también pendiente de apelación).

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