#Marchadelasputas: ¿Quién te dio derecho a decirme ‘sabrosa’?
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#Marchadelasputas:
¿Quién te dio derecho a decirme ‘sabrosa’?

Por Dulce Ramos
11 de junio, 2011
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Las miradas y el acoso, muchas veces van juntas.//FOTO: Cuartoscuro

“¡Qué sabrosas nalgas tieneeeeeees!”

El grito fue un golpe seco. Una pedrada en la nuca. El paradero de Cuatro Caminos es un hervidero de gente y autobuses a las 9 de la mañana, pero entre el barullo, pude ponerle rostro a la voz masculina.

Fue el chofer de un pesero. Levanté la vista indignada y él aprovechó para rematar con un beso que lanzó hacia la banqueta.

Me pasmé. Tuve miedo. Detuve el paso entre el “¡súbale, reinita!” de los cacharpos y el “¡sí hay!”, de los ambulantes. Cuatro palabras proferidas a la luz del día tuvieron el poder de asustarme y  recordarme que iba sola. Un desconocido, con su procaz referencia a mi cuerpo, me hizo recordar que soy mujer y sólo por eso, alguien ha decidido que no puedo caminar segura por donde me plazca.

No importa si llevo –como aquel día– jeans y una camiseta cualquiera. Tampoco importa si voy con un atuendo de oficina y tacones o con un par de tenis gastados y mugrientos. Si alguien quiere acosarte, lo hará porque cree que tiene el poder y nada más.

Ha pasado un año de aquel episodio. No fue el primero ni ha sido el último, y eso ha hecho que la sensación siga fresca. El hostigamiento se repite, palabras más, palabras menos, en la periferia, en el centro de la ciudad o en calles rodeadas de tiendas de lujo.

¿Cuántas veces al día me lanzan un beso? ¿Para qué tocan el claxon a mi paso? ¿Qué significa ese silbido succionado que se pega al oído todo el día? ¿Quién les dio derecho de decirme “mamacita”, “sabrosa” con tono lascivo? ¿Quién?

Para buscar respuestas rompo una de mis reglas de oro. “No te subas al metro en falda”. Es un argumento pueril, lo sé, pero a algo hay que asirse cuando se busca seguridad.

Tomo del clóset una falda corta con poco de vuelo. Me gustan sus tonos de rosa y la tela gruesa con que está hecha. Cada vez que quiero usarla evalúo los rumbos que pisaré ese día y por más ganas que tenga de usarla, acabo por desistir.

Sé que una simple prenda puede ser la sentencia condenatoria a un día de interminable ‘sabroseo’ por las calles, pero esta tarde la uso y la combino con unos zapatos bien altos, con una plataforma de corcho.

Unos pasos atrás de mí, con una camarita de video, un compañero reportero graba mis pasos y, también, me cuida.

Primera parada: Metro La Merced.

‘Chiquitita’

Abordo en Sevilla. Evito sentarme. Las puertas del vagón se abren, se cierran y, en cada parada alguien aprovecha para verme de abajo a arriba. Algunos mirones tienen suficiente con llegar a las ‘bubis’ y después de ahí, pierden interés. No les importa mi rostro. Estación con estación, la incomodidad aumenta.

Seis paradas después, un tufo a cebolla y humedad me anuncia que llegué al destino.

Un grupo de veinteañeros me cede el paso al bajar y agradezco el gesto, pero noto de reojo que aprovechan para evaluar mi retaguardia. Las miradas me hacen chiquita, sin embargo me enderezo y sigo a paso digno.

Recorrer el tianguis que rodea la boca del metro es un deporte extremo. Para no hacer evidente el miedo, dejo la vista perdida. Evito el más mínimo cruce de miradas.

En los estrechos pasillos, entre puestos de pilas, cosméticos baratos, pantuflas y películas porno me lanzan un “¡aaay!” quedito. Como de placer ahogado. Unos pasos más adelante, me hacen “ssssss” al oído, como cuando se retiene la saliva ante un manjar.

Me enoja, me desespera. Yo no estoy ahí para dar placer a nadie ni soy un plato bien servido, ¡soy una persona!

Doy un rápido ‘paseo’ por los puestos. Si las miradas ‘encueraran’, hubiese salido de ahí completamente descubierta.

Decido regresar al Metro. A unos pasos de la entrada, unos gritos masculinos me llaman la atención.

–¡Quédate ahí, hija de la chingada! –Por lo bajo, los sollozos apagados de una mujer.

El drama viene de una tele. Unos hombres se detienen a observar la escena y yo los veo unos pasos atrás. En la pantalla un hombre le propina una golpiza a una mujer tirada en el piso.

Todos los discos exhibidos en el puesto parecen tratar de lo mismo. Madrazos descarnados contra una o varias mujeres.

Me dan ganas de increparlos a todos. ¿Por qué se detienen a ver? ¿De dónde sacan esas películas? ¿Quién se atreve a comprarlas? ¿En qué cabeza cabe exhibirlas en la calle sin recato?

En eso estoy cuando el dependiente nota mi presencia. Me mira a los ojos, y yo opto por no meterme en problemas. Me retiro con las preguntas en la cabeza cuando cerca de los torniquetes, un hombre muy bajito me flanquea por la derecha y me susurra “chiquititaaaaa”.

Me pregunto si se dio cuenta que soy mucho más alta que él.

Suspiro.

Espero el próximo tren.

Experimento de @Pajaropolitico en el metro

Debajo de la falda

Trasbordo en Pino Suárez. Ahí sube una pareja de adolescentes melosos. Acaban de comprar una especie de iPod y lo miran emocionados. Ella, con shorts y cabello pintado de rubio me mira varias veces y luego me aborda.

–Oye, amiga. Te están grabando.

Le doy las gracias por avisarme, le explico que el chico de la cámara y yo somos reporteros, pero aprovecho para iniciar el diálogo.

–Pasa mucho, ¿verdad?

–Uuuuuy.

–¿Te ha tocado?

–Sí. Sobre todo a la salida de la escuela. Si no te fijas, ya traes un celular abajo de la falda.

–O uno arriba, tomándoles aquí –interrumpe el novio y se toca a la altura del pecho.

–Luego los cuelgan en YouTube.

Me despido de ellos en Chabacano. Les vuelvo a agradecer y en mi cabeza se queda la chica de los shorts. ¿Cuántas miradas? ¿Cuántos ‘mamacita’ llevará en el día y cuántos le faltan?

Última parada: Tacubaya

“¿A dónde te llevo?”

Conozco bien la jungla en que se convierte esa parte de la ciudad. El olor a tianguis, a aguas estancadas, los gritos de los ‘taxistas de la muerte’ que, de a 20 pesos por cabeza, meten a cuatro personas y las llevan hasta Santa Fe.

No me gusta Tacubaya. De mis lugares cotidianos es en el que peor me ha ido con los insultos, el hostigamiento y los apretones. Hasta los policías te clavan la mirada con cierta insolencia y descaro.

–¿Y si un día tengo que recurrir a ellos por algún ‘manoseo? –me pregunto. Entonces me reitero que las mujeres estamos más solas de lo que creemos.

Salgo del metro y me doy cuenta de que a esas alturas, ya perdí la cuenta de las miradas y de las expresiones insultantes.

Agobiada por el ruido, el gentío, las miradas y los gritos, me doy por vencida. Doy por terminado el experimento y regreso a la oficina sin respuesta a mi pregunta. ¿Quién nos ha dado derecho de violentar al otro?

Con la firme convicción de que iré más segura, paro un taxi.
Al abrir la puerta, con una familiaridad pasmosa, el conductor me dice.

-¿A dónde te llevo, preciosa?

Suspiro.

Y otra vez, me doy por vencida.

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Cómo Islandia se convirtió en el primer país de Europa en deshacerse de la COVID-19

Islandia ha tenido un gran éxito conteniendo la pandemia del coronavirus, lo que le ha permitido reanudar sus actividades con bastante normalidad mientras muchos otros países de Europa siguen bajo confinamiento.
24 de marzo, 2021
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Sí, Islandia es una isla remota en el Atlántico Norte, con un solo aeropuerto internacional. Y sí, es el hogar de menos de medio millón de personas.

Por lo tanto, sería justo suponer que tiene que agradecer la suerte de poder convertirse en el primer país de Europa en deshacerse virtualmente del covid-19.

Pero diles eso a los islandeses y no harás muchos amigos. Porque cuando apartas la geografía y miras los detalles, hay más; y estos isleños están bastante orgullosos de su éxito.

Es jueves por la noche y los jóvenes acuden en masa a la noche de karaoke en el centro de Reikiavik, la capital, gritando en el micrófono interpretaciones de todos los clásicos. Se abrazan y se besan, mientras gotitas de saliva vuelan por el aire.

En Reikiavik ya disfrutan nuevamente de sus noches de karaoke.

BBC
En Reikiavik ya disfrutan nuevamente de sus noches de karaoke.

Las salidas nocturnas, los restaurantes, los conciertos y todo lo que el resto de Europa anhela están de vuelta aquí.

Solo hay 20 casos confirmados de coronavirus al momento de escribir este artículo. Una persona está siendo tratada en el hospital e Islandia ha tenido un total de 29 muertes, lo que equivale a 8.5 por cada 100.000 personas.

“Me he estado preparando para esta pandemia durante 15 años”, dijo Thorolfur Gudnason, el epidemiólogo jefe de Islandia, cuando la BBC le preguntó exactamente cómo lo había manejado.

Gudnason fue puesto a cargo de la respuesta a la pandemia de Islandia desde el principio.

“Decidimos de inmediato lo que haríamos: realizar pruebas, rastrear contactos y aislar a todos los diagnosticados. Hicimos esto de manera agresiva, desde el primer día”, apuntó.

Su equipo de rastreo de contactos, integrado por detectives de la vida real, estaba en funcionamiento antes de que Islandia registrara su primer caso.

Cuando aparqué frente a un hotel feo en el centro de Reikiavik, un hombre alto y alegre retiró las barricadas de metal, bloqueando la puerta: “Bienvenido al hotel de aislamiento”, se rió entre dientes.

Gylfi Thor Thorsteinsson dejó un trabajo en marketing en marzo pasado para abrir el hotel, donde se envía a las personas diagnosticadas con el virus. “En mi primer día, la mayoría del personal del hotel simplemente se fue, se negaron a participar”, cuenta.

Gylfi Thorsteinsson.

BBC
Gylfi Thorsteinsson dejó su trabajo para abrir un hotel de aislamiento.

Poco a poco, los convenció de que regresaran y, durante el último año, han atendido a más pacientes que todos los hospitales de Islandia juntos.

Todos los días, Thorsteinsson se viste con equipo de protección personal completo para ir a sus habitaciones y hacerles compañía.

“Ha sido un viaje, sin saber nunca lo que traerá el día”, dice.

Ahora el hotel tiene solo un puñado de pacientes.

Pero Islandia ya ha estado aquí antes. Tuvo su primera ola bajo control rápidamente y, en mayo de 2020, la gente había comenzado a declarar al país libre de coronavirus.

Las cosas siguieron así por un tiempo, pero a fines del verano, Islandia fue golpeada inesperadamente por otra ola más feroz, después de que dos turistas que dieron positivo rompieron las reglas de su aislamiento.

Hotel de aislamiento.

BBC
El hotel de aislamiento llegó a cerrar pero debió ser reabierto cuando surgieron nuevos casos de coronavirus.

Thorsteinsson ya había cerrado y se había ido a casa. Incluso había organizado una gran fiesta para todo su personal para celebrar.

“Honestamente pensamos que habíamos ganado. Pero luego recibí la llamada: estaba de regreso. En media hora, había abierto de nuevo y la gente seguía viniendo y viniendo. Y todavía lo hacen”, señala.

Después de erradicar el virus de la sociedad, Islandia erigió fronteras de acero. Desde junio del año pasado, todos los pasajeros que llegan han sido puestos en cuarentena y hay pruebas obligatorias en el aeropuerto.

Las aguas termales de Islandia son un gran atractivo para los turistas.

BBC
Las aguas termales de Islandia son un gran atractivo para los turistas.

“Siguiente”, grita una enfermera antes de meter un hisopo en mi nariz y bajar por la garganta, todo antes del control de pasaportes.

Algo que algunos países tardaron casi un año en descifrar, Islandia lo descubrió en unos meses. Si la sociedad tenía alguna posibilidad de reabrirse, el virus tenía que ser contenido al entrar.

Cuando le pregunté a Thorsteinsson qué le había dado a Islandia esta ventaja, fue enfático: “han sido los científicos quienes han creado las reglas, no los políticos. Eso importa. Ellos saben de lo que están hablando, los políticos no”.

En cada paso, Islandia ha seguido la ciencia, liderada por el profesor Gudnason y su equipo, sin que los políticos participen en las reuniones informativas diarias.

Al reunirme después con la primera ministra de Islandia, Katrin Jakobsdottir, tenía curiosidad por saber por qué se había quedado en un segundo plano.

La mujer, de 44 años de edad, ha dirigido el gobierno verde de izquierda del país desde 2017.

Para ella, pandemia y política son dos palabras que no van de la mano.

Ella me dijo lo emocionada que estaba por impulsar la realización rigurosa de pruebas, rastreando y aislando a los posibles contagiados, con la esperanza de evitar que el país sufriera bloqueos drásticos, algo que, en general, consiguió.

Pero pasar a un segundo plano no significó tomárselo con calma: “Esta pandemia me ha mantenido despierta durante todo un año. Solo desearía que todo terminara y pudiera volver a hablar de política de nuevo”, señala.

Alguna ayuda inesperada obtuvo desde el principio. Reikiavik es el hogar de una de las principales empresas de genética humana del mundo, dirigida por Kari Stefansson, un hombre animado de unos 70 años de edad que ha alcanzado el estatus de celebridad en Islandia.

A los pocos días de la llegada del virus a la isla, Stefansson acordó poner en manos de los científicos sus laboratorios de última generación para rastrear la propagación.

“Al principio, esto parecía la extinción de la humanidad, así que nos lanzamos con toda nuestra fuerza”, me dijo Stefansson mientras recorríamos los laboratorios.

“Somos una pequeña comunidad. Todos sabían que podíamos hacer esto, así que estaba claro que teníamos que hacerlo”.

Desde entonces, sus equipos han secuenciado cada caso positivo para comprender cómo se está propagando y cambiando. Señala que como el virus muta con cada cuarta transmisión, el 25% de las veces, ellos pueden averiguar quién se lo ha transmitido a quién. “¿Se lo transmitió Juan a Pedro o Pedro a Juan?”, explica.

Vida nocturna en Reikiavik.

BBC
El eficaz mecanismo de rastreo de contactos de Islandia es considerado como una de las claves para poder reanudar las actividades de ocio nocturno.

No tiene ninguna duda de que esto ha ayudado a Islandia a mantenerse por delante. “Para mí, ha sido un momento divertido. Me siento un poco culpable de admitirlo, pero ha sido emocionante”, apunta.

Durante meses, Islandia ha logrado evitar que la variante británica ingrese al país al contener los casos en la frontera.

Pero mientras estuve allí, el equipo de Kari Stefansson notó que el primer caso se había filtrado y había contagiado a otra persona.

Esa persona había ido a trabajar a un hospital y, luego, a un concierto con otras 800 personas en el que habían socializado en el bar durante el intermedio.

Parecía un desastre. Pero aquí, fui testigo de toda la fuerza del poderoso sistema de rastreo de contactos de Islandia en acción.

En cuestión de horas, todos habían sido contactados y en unos días más de 1.000 personas habían sido evaluadas. Se identificaron dos casos más y todos los infectados fueron trasladados al hotel de aislamiento.

Sorprendentemente, la variante estaba contenida, incapaz de causar el caos visto en otras partes de Europa en este momento.

“Normalmente somos una nación bastante rebelde, pero prosperamos en una crisis”, señaló Stefansson con orgullo.

Dejando la ciencia a un lado, es imposible ignorar el papel que la geografía única de Islandia ha jugado en su éxito. Esta isla volcánica, con todas sus erupciones y avalanchas, está acostumbrada a lidiar con desastres.

Islandia

BBC
Islandia tiene mucha experiencia lidiando con desastres.

Durante semanas, Islandia ha experimentado un serie de miles de terremotos al día y ha quedado claro que la pandemia es solo otra catástrofe que manejar. La primera ministra incluso admitió que tenía los mismos equipos trabajando en ambos.

Gylfi Thor Thorsteinsson está de buen humor en el hotel de aislamiento a pesar de sus nuevos pacientes.

“Tenemos el control”, sonríe desafiante. “Este es el espíritu que mantenemos. Estamos ganando”.

Pero aún no está listo para celebrar: “No más fiestas de despedida de covid. Todavía no”.

Kate Vandy contribuyó con esta nota.


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