No te has ganado una canción para tu funeral
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No te has ganado una canción para tu funeral

Por Moisés Castillo
18 de junio, 2011
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Antonio Ramos y la portada de El Cantante de Muertos.

Dicen que cuando te cae la tragedia una vez, ya no te suelta. Hoy te llega una desgracia y andando el tiempo te llega otra mucho peor, no tiene remedio. Y así se siente Pablo Rodas, con una desdicha casi infinita cuando escucha los acordes que salen de la triste guitarra de su padre. Se pone rojo de vergüenza cuando sus amigos de la cuadra se burlan de él y le recuerdan que Don Salvador es el “mariachi de muertos”. La insistencia de su viejo de aprender el oficio familiar, provocó que el pequeño Pablo transitara del miedo nocturno al odio intestino a todo lo que hacía su papá.

Salvador Rodas tiene una doble identidad: es vendedor de uniformes de futbol en el centro de Monterrey y cantor de muertos. Para tocar en los funerales tiene su atuendo inconfundible: usa camisa y pantalón blanco, una corbata norteña, zapatos negros y sobre el hombro lleva su guitarra color guinda, que tiene una pequeña calcomanía de un gallo. Camuflaje eficaz.

El cantante de muertos (Almadía) del escritor regiomontano Antonio Ramos Revillas, es una novela estructurada en tres relatos que transitan en mundos distintos aunque paralelos, la muerte siempre presente: nunca sabemos si entramos o salimos. La realidad está al borde del abismo: entre irse y quedarse. El niño Pablo desafía a su familia para definir lo que le gustaría ser y se conoce a partir del oficio de su progenitor.

Cuando Pablo le pide a Sol que le diga a su padre que deje de cantarle a los muertos, su abuela, mientras lee la revista Alarma, le contesta:

-No, hijo, no, qué locuras traes. Está bien lo que hace tu papá, está muy bien. Lo que canta tu padre es lo que nos define como familia.

En esta primera novela de Antonio Ramos Revillas se encuentran historias de amor, traiciones, chantajes y muerte, que abarcan tres generaciones de la familia Rodas. Es un libro que invita a reflexionar sobre los muertos y los vivos, pero también juega con la idea “qué hubiera pasado si”: enfrentamiento perpetuo con diversas alternativas para afrontar la vida, optar por una y eliminar las demás. El escritor crea tiempos que proliferan y se bifurcan: ¿Quién diablos es Antonio Heredia? ¿Por qué Salvador se niega hablar de él? ¿De dónde viene tanta muerte?

Nadie sabe nada, sólo que Antonio Heredia fue el primer cantante de la familia aunque no lleve la misma sangre.

Antonio Ramos Revillas usa palabras que dicen, conmueven y traen un frío que inmoviliza el cuerpo. Al leer cada página, se siente un impulso de mala nostalgia: imperceptible veneno en el aire. Da miedo y dolor cerrar los ojos y escuchar al cantor de muertos: Te vas ángel mío/ ya vas a partir/dejando mi alma herida/y un corazón a sufrir/Te vas y me dejas un inmenso dolor/recuerdo inolvidable/me ha quedado de tu amor. De repente un silencio que embriaga.

-¿Cómo surgió El cantante de muertos?

La forma como se construyen las novelas y como se origina la idea de una novela, nunca es una certeza inmediata. Es una certeza que se va construyendo cada vez que escribes. En el caso de El cantante de muertos fue una novela por etapas: un tío muy querido murió y cuando mi abuelo está triste le toca canciones con su saxofón. La segunda parte se me ocurre la historia de un niño que encuentra el amor en un velorio. La tercera fue un punto en el cual las dos primeras historias se conjuntan y resulta que hay un cantante de muertos. Entonces fue todo un proceso. Lo de mi tío ocurrió en 1997. La primera historia la pensé en 2002-2003 y la idea de un cantante de muertos en 2005.

-¿Quién este personaje misterioso Antonio Heredia? Según la abuela es el primer cantante de muertos de la familia…

Es un tipo que no logra dominarse, ni dominar su violencia, ni la forma cómo ama. Estos amores que devienen en cuestiones de celos, posesión y agresión. Antonio Heredia es un hombre castigado por sus obsesiones y sus tragedias. La única forma de paliar ese dolor es siendo violento y vengativo.

-¿Por qué este recurso de combinar la música con la literatura?

Tiene que ver porque los corridos también son historias. Lo que quise juntar fue está cuestión de la literatura como una historia y también las canciones que nos cuentan vidas. Por eso la novela incluso tiene una división de primera estrofa, segunda estrofa, coro y tercera estrofa, que es como tradicionalmente se componen las canciones. De ahí viene la relación.

-¿Por qué crees que los muertos piden perdón?

Todos tenemos muchas posibilidades de ser y vivir, pero las decisiones que tomamos nos definen. Creo que aunque seamos aparentemente felices, siempre hay un dejo de ‘qué hubiera pasado si’. Por ejemplo, una persona querida se muere y vas al funeral, no tanto le lloras al muerto sino le lloras al remordimiento y a todo lo que no le pudiste decir a esa persona.

Tenía un tío que era el mejor del mundo, pero los últimos meses estuvimos como enojados y me fui de viaje, cuando regresé estaba muerto. Fue así como una cuestión de remordimiento, le pedía perdón y por supuesto que no me estaba escuchando. Entonces, tuve esta idea que al final pedimos perdón a nosotros mismos.

La canción más popular de los funerales

-¿Cómo vivir con esta carga del remordimiento?

Creo que no aprendemos a vivir con ello, simplemente lo ocultamos. Lo mantenemos como a estos perros enjaulados, con correa y dentro de un espacio chiquito para que no nos ataque. Con ese tío fue terrible, nos peleamos, me porté como un escritor joven que se siente tocado por Dios y me porté así y no se lo merecía. De ahí viene un poco la historia del perdón. El perdón tiene que ver con esta carga judeo-cristiana de la culpa. Es imposible que nos la quitemos.

-¿Por qué esta idea de que los muertos deben ser dignos de las canciones que les tocan en los funerales?

La literatura por lo general hace una radiografía de los aspectos grises del hombre. Pero hay otra literatura que nos enseña todo este lado de la esperanza, que es un tema fallido por lo general porque puedes caer en la cursilería con mucha facilidad. Esa idea de que uno se tiene que ganar su canción, es con esta idea de la esperanza, de que uno puede ganarse una gran canción porque tiene certidumbre de lo que hace. Me gusta. Hay que mantener la cabeza alta. Y cómo te lo ganas, no traicionándote.

-¿Cómo te gustaría que fuera tu funeral?

Tengo un libro que se llama Necrologías y son puras reflexiones sobre mi propia muerte. Me gustaría que fuera cerrado, con canciones, que dijeran palabras y ya. Mi canción ahorita sería El Chubasco… Y si me enfermera y me dijeran ‘ya te vas a morir en dos meses’, me gustaría hacer una gran fiesta y ver a los amigos. Pero sé que una vez que muera no voy a tener control sobre nada, no sé que van hacer conmigo. Al final, quiero que el que vea mi cadáver me pueda tratar con respeto.

Rayados, WTC y Cambio de piel

En la casa de Antonio Ramos Revillas no había libros, sólo calculadoras y números. Creció en una familia de contadores públicos. Sin embargo, cuando  estuvo de niño hospitalizado tres meses por asma, su padre le regaló sus primeros ejemplares: uno sobre historias del Imperio persa, cartaginés, egipcio, y otro sobre biografías de la Revolución Mexicana. Después, llegaron los viajes extraordinarios de Julio Verne con Los hijos del capitán Grant y La isla misteriosa.

Años más tarde, su profesor de la Preparatoria 7 Oriente de la Universidad Autónoma de Nuevo León, pidió a sus alumnos que se acercaran a la ventana para ver el paisaje y que de tarea hicieran una descripción de lo que observaron sus ojos. Antonio tenía 16 años y escribió lo mejor que pudo, tecleó, borró y tecleó: frases en la garganta al papel. El maestro se quedó tan impresionado que le dio puntos sobre el examen final.

Monterrey camperón del torneo México ’86

El primer libro que compró Antonio fue las obras completas de Juan Rulfo, pero quedó asombrado cuando una amiga le prestó Cambio de piel, de Carlos Fuentes.

“Llegó cuando había empezado a ir a los talleres y estaba tomándome las cosas más en serio, y leerlo fue una cosa impresionante. Hay una cantidad de voces, estructura, la trama, el espacio temporal de la novela, el lenguaje, el juego de los nombres de los personajes, es una obra mayor. Fue una sacudida”.

Cuatro años después, Antonio se percató de la existencia del mundo de los escritores y se propuso aprender a escribir y contar historias: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel. Estos libros son el resultado de más de una década de trabajo, de mentir con gracia y agarrar al mundo un solo instante.

Antonio Ramos Revillas tiene un look grunge, usa una camisa a cuadros de franela, unos jeans y botas negras rasposas. Sus lentes sofisticados de pasta son parte de su rostro amigable. Dice que nunca se enoja o por lo menos trata de no durar disgustado con nadie porque su mente no lo resistiría.

 

-¿Te gusta como escribes? ¿Ya llegaste a lo que llaman “estilo”?

Creo que ya llegué a esa etapa, y lo sé por lo que estoy escribiendo ahora. Siento que soy yo. Hay variaciones, pero siento que está la apuesta a lo lírico, a las metáforas y de pronto tirar a netas, soy desastroso jajajjaa. Creo que cuando iba a los talleres muchos escribían pero había como un lenguaje rígido, no sé en qué consiste pero era como burdo, todos escribían igual. Si tu lees mis otros libros vas a encontrar ciertas cuestiones de tono y temas.

-¿Las becas son un mal necesario para los escritores?

Está mal supeditar la escritura a las becas. Cuando necesitas un taller, tómalo pero la clave es saberlo dejar. Lo mismo pasa con las becas. Si tienes un proyecto y quieres escribirlo pues escríbelo en la beca, pero no por el hecho de que no te den la beca no vas a escribirlo. Eso es lo que está mal. El ejemplo más claro: cuántas becas da el FONCA al año… Digamos que da alrededor de 25, pero cuántos libros salen de estas inversiones: uno o dos. ¿Y todos los demás?

-¿Cuál fue tu impresión cuando llegaste a la ciudad de México?

Llegué al DF el 18 de febrero del 2002, porque me dieron la beca del Centro Mexicano de Escritores, que entonces lo dirigía Carlos Montemayor y Alí Chumacero. Me hablaron y me dijeron ‘te la vamos a dar pero sólo si vienes a vivir acá’, y yo ‘pues esa era la intención’. No la conocía y me enamoré, y mira que estuve viviendo por Aragón, que es una zona pesada. Para muchos es un problema pero a mi me encantó ver mucha gente y el metro me fascinó. Vinieron unos amigos y como a los tres días me dijeron vamos al WTC, cuando lo vi dije ¡wuuaoooo!, me quedé con la boca abierta. Es una ciudad que me gusta mucho, tuve que aprender a vivirla. Aprendí que para vivir tienes que estar cerca de tu trabajo, no hay de otra, si no es un caos.

-¿Y Monterrey, tu ciudad?

Es una ciudad que es ironía: es una ciudad que peleó mucho contra el desierto y ahora es una ciudad que la violencia la ha vuelto desierto. Eso es Monterrey, es una ciudad desierto. Vas a los bares, al barrio, a la noche regia que era fabulosa y ya no hay nada. Todo lo cierran a las nueve de la noche, salvo algunos lugares pero todos los roban. Eso es mi ciudad ahora.

-¿Por qué le vas a los Rayados?

Porque de niño fue el primer equipo que vi y quedó campeón. Un título que dicen los Tigres que no vale pero son unos ardidos. Fue el Torneo México ’86 y fue un campeonato heroico porque iban 2-2 en el marcador global y al final metió un gol ‘El Abuelo’ Cruz y fue la locura… Recuerdo que un delantero del Tampico Madero le fractura las costillas al ‘Wama’ Contreras, ya no había cambios y así jugó en la portería. La ‘Jaiba Brava’ estaba encima y atacando con todo. No solamente es el futbol sino la historia y los incidentes. Por eso le voy a los Rayados, si me hubieran dicho que iban a tardar 17 años sin ser campeones tal vez no le hubiera ido, pero en los últimos años me han hecho muy feliz.

El cantante de muertos en frases…

-Qué vergüenza sólo de imaginarme ahí, ridículo, con una guitarra y queriendo hacer llorar a la mamá o a los hijos del muerto.

-Luego me preguntaba si me recordarían al año de muerto.

-Pero los vivos sí lo escuchan. No le cantas al cadáver, sino al dolor del que sigue en pie.

-¿Qué le pasa, viejo pendejo? ¡Cállese, téngame un poco de respeto!

-Papá ni se movió: sólo noté cómo, al romper la guitarra, él se convertía en nada, en polvo. Dios le quitaba la vida.

-Como había dicho mi abuela, sólo el verdadero amor y la muerte nos toman desprevenidos.

-Heredia se  había enamorado de a cachitos, hablaba de ella a la menor provocación, le salía la risa fácil al mencionarla.

-Él destruye lo que ama –sentenció Sol-, es como sabe vivir.

-Pocos son los muertos que merecen con su partida canciones dignas.

-Supongo que todas las mujeres que nos aman, nos aman con mucho de compasión.

-Una vez Sol me dijo que cuando uno quiere la verdad debe estar dispuesto a perderlo todo y ganarlo otra vez, o perderse para siempre.

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Viacrucis de Iztapalapa: la olvidada historia de cómo surgió esta representación de Semana Santa

Cada año en Ciudad de México hay una recreación de grandes proporciones de la Pasión de Cristo. Su origen se dio en un momento de gran necesidad para México.
15 de abril, 2022
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Hasta antes de la pandemia de coronavirus, cerca de dos millones de personas se congregaban en el sureste de Ciudad de México para presenciar la representación de la Pasión de Cristo.

Es uno de los rituales de Semana Santa más importantes y de maores proporciones del mundo, y se celebra en Iztapalapa, la alcaldía más poblada de la capital mexicana.

Curiosamente, el origen de esta tradición de casi 180 años está en otra enfermedad que se azotó México en el siglo XIX: una epidemia de cólera.

“La epidemia fue una situación límite, como la actual. Enfrentaron una mortandad tan grande que creían que iban a desaparecer“, explica a BBC Mundo la antropóloga Mariángela Rodríguez.

Este año, la Pasión de Cristo espera recuperar el esplendor que tenía hasta antes de la pandemia, con el regreso de cientos de miles de visitantes dado que Ciudad de México ha registrado un bajo nivel de contagios de covid-19 en los últimos meses.

Y como antes, unos 5.000 participantes, entre actores, organizadores y penitentes, volverán a las calles de Iztapalapa.

Pero ¿cómo surgió el fervor por la Pasión de Cristo en un antiguo barrio prehispánico?

La representación de la Pasión de Cristo de Iztapalapa

Getty Images

El “teatro evangelizador”

Si bien el ritual de los últimos días de la vida de Jesús, según la tradición católica, comenzó a escenificarse hace dos siglos en Iztapalapa, el cómo pasó a formar parte de la fe de la mayoría de los mexicanos viene de mucho antes.

El colonialismo y la instauración del catolicismo como única religión permitida desde el siglo XVI supuso el adoctrinamiento generalizado de los pueblos indígenas, los cuales tenían una diversidad de creencias y tradiciones que fueron prohibidas.

Una de las herramientas que más sirvió al clero fue el “teatro evangelizador”, explica Rodríguez, pues echó mano del arraigado gusto de los pueblos prehispánicos, como el mexica de Ciudad de México, por las puestas en escena teatrales.

La representación de la Pasión de Cristo de Iztapalapa

Getty Images

“Tenían que popularizar las creencias y no había manera de enseñarlas de manera oral o escrita. Y lo más útil fue usar imágenes”, explica Rodríguez.

En su tiempo, los dramaturgos prehispánicos eran los sacerdotes que componían comedias cortas representadas ante el público con temas religiosos o profanos. Los actores incluso eran profesionales, dedicándose casi exclusivamente a ello.

En las ceremonias y fiestas indígenas abundaba el sentido dramático, tanto en procesiones como en cantos, danzas, trajes y escenificaciones que tenían un alto contenido emotivo.

“Los mexicanos eran en especial sensibles a las formas teatrales, pues gustaban mucho de la farsa y la comicidad. Sin embargo, también se conmovían ante los hechos cruentos y dolorosos. Esto nos permite entender por qué fueron tan receptivos a la Pasión de Cristo”, señala la antropóloga Mariángela Rodríguez en su investigación titulada “Los insólitos caminos de la tradición: Semana Santa en Iztapalapa”.

Facsímil del códice Tonalámatl de Aubin

BBC
Los pueblos prehispánicos tenían muchas ceremonias alegóricas que eran vistas por grandes públicos.

Los evangelizadores españoles aplicaron lo que ahora se conoce como “culto de sustitución”.

Templos como el del Señor del Santo Entierro, conocido popularmente como el Señor de la Cuevita, el más venerado en Iztapalapa, en la época prehispánica era el de Tezcatlipoca, una deidad de los mexicas.

Una doble intención

La antropóloga reconoce la astucia de los españoles al haber usado la cosmovisión indígena como herramienta didáctica de la evangelización católica.

Pero los pueblos prehispánicos también se sirvieron de este fenómeno para preservar sus tradiciones.

La representación de la Pasión de Cristo de Iztapalapa

Getty Images

“El culto de sustitución muestra que, para que sobreviviera la religiosidad indígena, tuvo que vestirse de católica. La Virgen de Guadalupe es Tonantzin del mundo indígena”, le dice Rodríguez a BBC Mundo.

Hasta la fecha, elementos alegóricos de las viejas tradiciones prehispánicas siguen vivos en torno a rituales católicos como el viacrucis de Iztapalapa.

Aquellos caballeros águila o tigre prehispánicos hoy siguen apareciendo en las danzas de los carnavales que preceden a la Semana Santa y que forman parte de la tradición católica de la cuaresma.

El mismo sitio en donde hoy se realiza la Pasión de Cristo no es otro que el antiguo Huizachtépetl (“cerro de los huizaches”, en la lengua náhuatl) donde cada 52 años tenía lugar la ceremonia del Fuego Nuevo.

La promesa

Hacia el año 1833, México vivió una epidemia de cólera morbus que causó decenas de miles de muertes. En Ciudad de México falleció el 5% de la población y decenas de miles enfermaron.

La gente de Iztapalapa acudió ante el Señor de la Cuevita para pedirle el fin de la enfermedad. En retribución, recrearían el Vía Crucis de Jesucristo cada año a partir de 1843.

La representación de la Pasión de Cristo de Iztapalapa

Getty Images

“Creían que iban a desaparecer. Entonces el tamaño de la promesa tenía que ser así de grande”, explica Rodríguez.

El pueblo de Iztapalapa se apropió de la celebración y su organización, más allá de las directrices de la Iglesia católica.

“Es la elaboración propia de los pueblos. Se basa en textos que son básicamente melodramas. Si bien la Iglesia ya echaba mano del melodrama, aquí es hipermelodrama“, señala la antropóloga.

“Hay que recordar que en la Biblia no existen las tres caídas. Y acá sí. Y está la virgen María y María Magdalena que lloran”, añade.

La representación de la Pasión de Cristo de Iztapalapa

Getty Images

La representación del viacrucis es convalidado por la Iglesia a través de la celebración de misas, pero los organizadores son un grupo familias que han heredado la estafeta desde hace décadas.

“Todos los que participan tienen una manda o promesa para transformar su mundo. Buscar la salud, buscar empleos, son las peticiones más importantes que se hacen ahí”, señala Rodríguez.

“Es un pueblo que ama sus tradiciones”.


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