Tres puntos sobre resistencia civil de la Caravana por la Paz
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Tres puntos sobre resistencia civil de la Caravana por la Paz

Por Paris Martínez
13 de junio, 2011
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En entrevista con Animal Político, el profesor Pietro Ameglio, amigo íntimo de Javier Sicilia desde 1984, miembro activo en las labores organizativas de la Caravana del Consuelo (aunque sin una responsabilidad específica) y quien imparte las cátedra de movimientos sociales, educación para la paz y resistencia civil en la UNAM, así como pedagogía de la paz y metodología de la acción no violenta en la Universidad del Claustro de Sor Juana, echa luz sobre algunos de los conceptos en los que se sustenta el movimiento que terminó su camino de siete días a la urbe más violenta del planeta, Ciudad Juárez, Chihuahua.

¿Existe diferencia entre resistencia civil y desobediencia civil? ¿Qué vincula la vida y obra de Gandhi con la actual situación de violencia e impunidad que priva en México? ¿Qué sigue, luego de la Caravana por la Paz y la Justicia con Dignidad? Pietro, con un tono de absoluta humildad, baja un momento de la camioneta en que viaja con Sicilia para ofrecer algunas respuestas.

1.- Espiral de paz contra espiral de violencia

“En nuestro país -explica el catedrático-, el nivel de inhumanidad no se ha estabilizado ni está a la baja, sino creciendo: en abril, de hecho, se llegó a 40 mil 515 muertos producto de la guerra contra el crimen organizado (librada por el gobierno federal en los últimos cuatro años), y ésta es una realidad que sólo puede abatirse si se crean las condiciones necesarias”.

Estas condiciones, asegura el autor del libro ‘La desobediencia civil, México hoy’, editado por Plaza y Valdés, guardan una relación de equilibrio con el nivel de inseguridad prevalente: “entre la violencia y la no violencia hay una relación de equilibrio, de grados. Las más de 40 mil muertes y 10 mil desapariciones registradas en este sexenio -aclara-, no pueden ser detenidas con cartas o conferencias de prensa, ya que éstas no tienen el nivel de contundencia que el adversario emplea en la construcción de su guerra”.

Por ello, el movimiento encabezado por el poeta Javier Sicilia ha considerado impostergable trazar una estrategia de “radicalización ciudadana masiva”, basada en acciones pacíficas, que no abonen a la espiral de violencia que se pretende detener, y a la cual ya se han sumado miles de ciudadanos a lo largo del recorrido de la Caravana, esto es la “resistencia civil”, la primera escala de la lucha.

“Si el gobierno no entiende el emplazamiento que le hace esta fuerza ciudadana –señala-, si no cambia de estrategia para resolver la inseguridad y luego sus estrategias económica, laboral, ambiental, entre otras, la gente caminará hacia la no cooperación con la autoridad, porque si tú has tomado conciencia de que hay más de 40 mil muertos y desaparecidos, y luego de eso sigues cooperando con los políticos, entonces te vuelves su cómplice.”

Ésta es la razón por la cual las movilizaciones emprendidas hace poco más de dos meses y medio, desde el asesinato de Juan Francisco, hijo del poeta y sus seis amigos, señala Ameglio, empezaron siendo de alcance estatal y, al no obtener una respuesta favorable a su exigencia de justicia por parte del gobierno morelense, se escaló la protesta y se realizó una marcha de cuatro días al DF, “el centro del poder político y económico del país”. Nuevamente, al no existir señales positivas, ahora del gobierno federal, se decidió emprender la Caravana de nueve días, esta vez “al punto más adolorido del país a causa de la guerra contra el crimen”, Ciudad Juárez, pasando en su recorrido por otras plazas laceradas por el crimen, la impunidad y la corrupción: Michoacán, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango y Nuevo León.

En todos estos puntos, explica, los cuales son representativos de una realidad que se sufre a nivel nacional, existen ya dos consensos absolutos: “que no queremos ni un muerto más, por un lado, y por el otro la exigencia de alto a la guerra y la militarización, planteamientos ambos que resultan una novedad en la sociedad mexicana”.

Si esto no resulta, afirma, “si no se llega a quebrar las decisiones del poder, si esto no lo hace reconsiderar en un sentido positivo, entonces se abrirá espacio a la desobediencia civil: que ya no es dejar de cooperar con la autoridad, sino en forma abierta romper con ciertas leyes del orden institucional que nos dañan, lastiman y nos matan. La autoridad debe tener inteligencia y mirada abierta, compleja, de lo que está pasando, porque no se puede jugar con masas que salen a la calle con este nivel de firmeza”.

2. Gandhi, más actual que en su época

A principios del siglo XX, Gandhi articuló en India un discurso en torno a la no violencia, que recupera, señala Pietro, “una cultura antigua de paz y concordia, que tiene muchos apellidos: para algunos cristianismo, para otros anarquismo, otros más lo ven en el islamismo y en las culturas prehispánicas, ya que la no violencia tiene raíces en muchas civilizaciones y culturas”.

Para el académico, la no violencia concebida por Gandhi, y que él llamaba “la fuerza de la verdad”, plantea que los medios no quedan justificados por los fines, sino que son un fin en sí mismo.

Para Gandhi, señala Amegilo, “existe una relación entre medios y fines, que él comparaba con la relación que existe entre semilla y árbol: de una semilla podrida no puede nacer un árbol sano, entonces, si para construir la justicia vamos a mentar madres, matar a otros, denigrar todo lo humano, si vamos a hacer lo mismo que nos hacen sufrir a nosotros, no vamos a llegar lejos.”

Es por eso, señala, que en la actualidad es más fácil comprender el mensaje de Gandhi que en su propio tiempo, ya que cuando él vio los riesgos del capitalismo y el maquinismo, a principios del siglo XX, existía esperanza en que el progreso capitalista sacaría a la humanidad de sus rezagos, abatiría el hambre y la enfermedad, pero “Gandhi vio la catástrofe cien años antes de que consumara, él se dio cuenta de que eso no iba a pasar y que, por el contrario, aumentaría el desempleo, la degradación moral, espiritual y física de la gente, se multiplicarían los pobres, el consumismo voraz, y fue por eso, y no por prejuicio alguno, que él combatió el modelo del industrialismo”.

Estos planteamientos, aclara Pietro, son “tan antiguos como las montañas”, parafraseando al líder de la revolución independentista india y paquistaní, “pero Gandhi los sistematizó en formas radicales, sacando físicamente a la gente a una lucha pacífica contra fuerzas opresoras, que ejercen la violencia como medio de subsistencia, y así las venció. En eso Gandhi es más actual hoy que en su época.”

3. El caso mexicano

El también articulista en distintos medios nacionales señala que la otra parte del mensaje gandhiano “tiene que ver con el tema del poder, el tenía una imagen muy clara, que Javier cita constantemente: el pueblo es quien otorga poder, no los diputados, senadores, o el aparato político; para Gandhi, tenemos una especie de hipnosis que nos obliga a estar volteando siempre hacia arriba. Por eso, los gobernantes creen que el poder les llegó casi mágicamente, olvidando que el poder se los dio la gente y, si esa autoridad no cumple lo que la gente esperó al ponerlo ahí, la misma gente tiene el deber moral de quitarlo del cargo… es más, la autoridad misma tiene la obligación ética de dejar el poder si no cumple. Por eso, ni siquiera habría que exigir la renuncia de Genaro García Luna luego de que su estrategia contra el crimen sólo ha multiplicado la muerte y la violencia, sino que él mismo tendría que renunciar sin que nadie se lo pidiera. Un tipo que construye un modelo que, a la postre, deja 40 mil muertos, debería reconocer que no puede con el cargo; con escuchar uno solo de los testimonios de madres aullando de dolor por la desaparición forzada de su hijo, destrozadas por no poder encontrar ni siquiera su cadáver, debería bastar para que reconociera su equivocación y cambiara de modelo, pero como el nivel de cinismo y de negocio para los políticos es tan grande, y no hay control popular, estos personajes avanzan, porque lo único que hacen es disfrazar la realidad”.

La población mexicana, sin embargo, ahora intenta hacerle entender a la clase política “que está dispuesta a sacrificar lo que sea, hasta el propio cuerpo, con tal de que los niños que vienen ya no vivan este infierno, muy al estilo de Gandhi”.

Por ello, afirma Pietro, “cuando se habla de diálogo con las autoridades, de ninguna manera se habla de negociación, se habla de hacerles patente el ‘basta ya’”.

Esa es la razón, consideró, de que la desobediencia civil sea un escenario no sólo posible, sino previsible, “ya que la autoridad insiste en sus mensajes de guerra y en repetir su discurso de que no hay otra salida más que la militarización, ante eso la sociedad civil se radicalizará cada vez más”.

A manera de conclusión, agobiado por el sol inclemente de Chihuahua, Pietro Ameglio lanza una reflexión, con tono de advertencia: “es interesante darse cuenta que, en la Revolución Francesa, la burguesía y una parte del pueblo no pedían la caída de la monarquía, sino una reforma política, lo cual, al no ser atendido, terminó en el fin de un sistema y en la decapitación de sus representantes… Durante la guerra de independencia mexicana, el cura Hidalgo pedía una reforma que cobijara a toda la sociedad, y no sólo a un sector, incluso gritó ‘Viva Fernando VII’, pero no se entendió lo que la gente pedía y ese proceso acabó en el derrocamiento del imperio colonial… En la Revolución mexicana, Madero sólo pedía la no reelección, ni siquiera pedía que se fuera Porfirio Díaz, o que lo exiliaran, y menos planteó en su inicio la guerra que se desató después, sin embargo, el proceso de represión y de endurecimiento de la autoridad generó una fuerza social de masas, en este caso armada y muy violenta, pero necesaria para el ya basta. Entonces, la autoridad debe entender bien lo que la sociedad civil está queriendo expresar. El pueblo mexicano no quiere un progreso, un avance, que implique caminar por encima de 40 mil cadáveres”.

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El mercado clandestino donde los bebés robados se venden por unos cientos de dólares

Una periodista de la BBC logró infiltrarse en la próspera red clandestina de bebés activa en Kenia, que vende niños robados al mejor postor.
19 de noviembre, 2020
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Cada vez que ve a un niño, a Susan Wanjiku se le caen las lágrimas.

El suyo se le robaron en 2016 en las calles de Nairobi, la capital de Kenia, cuando su hijo tenía tan solo 3 años y pocos meses.

Ahora, dice: “preferiría enterrarlo sabiendo que está muerto, antes de saber que se lo robaron”.

A Rebecca Wanjiru, una mujer sin hogar, le robaron su bebé mientras dormía con sus hijos por la calle.

Nunca más volvió a saber de él.

Se estima que solo en Nairobi viven en la calle unos 60,000 niños, que en los últimos años se han convertido en los principales objetivos de los traficantes de niños.

Después de un año de investigación, la periodista Njeri Mwangi y el equipo Africa Eye de la BBC descubrieron pruebas irrefutables de una próspera red clandestina de bebés activa en el país africano.

Los implicados en este tráfico arrebatan los bebés a sus madres y los venden incluso por pocos centenares de dólares.

A raíz de esta investigación, la policía de Kenia arrestó a tres médicos que presuntamente dirigían una parte de este tráfico.


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