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Plantíos de droga proliferan por incapacidad y desconocimiento
Por Juan Veledíaz
18 de julio, 2011
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Los conocen como los pilotos Maruchan, son un grupo de oficiales del Ejército que sin experiencia como aviadores fueron preparados “expreso” –como las sopas— para operar el lote de aeronaves que, al inicio del gobierno de Felipe Calderón, la PGR transfirió por decreto a la secretaría de la Defensa Nacional. Su entrenamiento no rebasó las 40 horas de vuelo, en el Ejército se pensó que podrían operar el lote de 50 helicópteros y 10 avionetas cessna con que contaba hasta antes de su desaparición el área de erradicación de cultivos ilícitos de la procuraduría. Pero luego de cuatro años de que se transfirió el parque aéreo, no operan más de ocho aparatos en territorio nacional mientras en estados como Guerrero y Michoacán, de acuerdo a documentación entregada por ambas dependencias vía el IFAI, los cultivos de amapola proliferan en las zonas serranas.

Operativo en la sierra de Guerrero para localizar plantíos de droga.//FOTO: Cuartoscuro

“Un piloto Maruchan se distingue porque no conoce el instrumental con el que operan los equipos, por su ignorancia de los códigos de vuelo civiles y por su profundo desconocimiento de las características del terreno a sobrevolar para la erradicación vía aérea de cultivos de droga”. El dicho es de un grupo de pilotos civiles adscritos a la PGR que, por separado, accedieron a compartir sus experiencias desde que en mayo del 2010 se les anunciara que volarían para el Ejército como parte del convenio de colaboración que suscribieron la procuraduría y la Defensa Nacional para proporcionarle apoyo aéreo en operaciones contra el narcotráfico.

El acuerdo, cuya copia tiene Animal Político, caduca en 2012 y algunos de los 13 puntos de que consta destacan que la planeación de las operaciones estará a cargo de la Sedena y en todos los vuelos participarán personal militar; las aeronaves asignadas serán tripuladas y mantenidas sólo por personal que la PGR asigne en las operaciones que el Ejército determine; y el piloto como comandante de la aeronave, será la máxima autoridad a bordo como responsable de la operación y dirección del aparato.

Después de tres años que los militares asumieron tareas de erradicación vía aérea, sus “pilotos Maruchan” no pudieron echar a andar los equipos y a partir del año pasado pidieron ayuda a la PGR. Desde entonces hay todo un catálogo del modus operandi castrense que podría ayudar a entender el porqué del crecimiento de plantíos de estupefacientes y la caída en las cifras de erradicación.

Postales desde el “Triángulo Dorado”.

al paso de los meses y de las cosechas de droga, se ha convirtió en una constante.//FOTO: Cuartoscuro

Era febrero de 2011 cuando una avioneta cessna despegó del aeropuerto de Mazatlán para un vuelo de reconocimiento en la sierra de Sinaloa en su colindancia con Durango y Chihuahua. Era una ruta que los pilotos de la PGR conocían desde hace más de 20 años y donde por esas fechas invernales suele comenzar a pintar el color rojo de las amapolas. En pocos minutos en dirección norte apareció el cerro de los Frailes, considerado una referencia para la detección de plantíos y puerta de entrada al llamado “Triángulo Dorado”. Cuando el piloto dio aviso a los tripulantes –un par de oficiales jóvenes del ejército—para que registraran las coordenadas de los primeros sembradíos, éstos se dieron cuenta que su GPS se había quedado sin señal. No sabían que el aparato que usaban en tierra, no era el mismo para operar en el aire. En otra ocasión, cuenta un segundo piloto que al igual que sus compañeros solicitó se reservara su identidad, una avioneta similar despegó de la base en Culiacán para delimitar un perímetro entre los municipios de Cosalá en la sierra sinaloense y su colindancia con Tamazula, en territorio de Durango. Luego de más de una hora de vuelo para trazar el mapa, el comandante giró su cabeza para ver si su compañero había concluido su tarea, cuando de pronto, sin que se percatara en qué momento ocurrió, éste se había quedado dormido. Lo que podría parecer algo inusual, resultado de la inexperiencia, al paso de los meses y de las cosechas de droga, se ha convirtió en una constante.

La PGR tiene más de 21 máquinas en funciones para detectar plantíos y no son ubicados porque los militares no saben hacer el trabajo: no saben manejar el GPS, van dormidos, y en ocasiones trazan rutas donde la mayor parte son áreas pobladas, como ha ocurrido cuando ordenan volar sobre los techos de la zona hotelera de Mazatlán, dice un tercer piloto que hasta hace unos meses le tocó volar en el sur de Sinaloa. “Mañosamente escogen donde no hay nada”. Otro de sus colegas, entrevistado por separado, comenta que la mayor parte del las máquinas están paradas por falta de piezas de repuesto, falta de mantenimiento y falta de pilotos. Hay ocho cessnas que están parados en el aeropuerto de Culiacán, llevan cinco meses y nos los pueden arreglar, señala. Como la mayoría de los plantíos destruidos en lo que va del actual sexenio se ha realizado vía manual, en ocasiones se transporta a las tropas y los comandantes no llevan las coordenadas de los sembradíos. Se puede decir, añade este piloto, que del 100% de zonas sembradas ubicadas, solo el 10 ha sido de utilidad.

La ruina

Eran los primeros días de mayo pasado cuando a bordo de un cessna volaba un oficial del Ejército junto al  piloto, habían despegado de la base de Chilpancingo, y a menos de un kilómetro en dirección al cerro Mayor que domina el valle donde se asienta la capital de Guerrero, aparecieron docenas de plantíos de mariguana. No era la primera vez, recuerda el operador de aquella aeronave entrevistado en un café por el rumbo de Naucalpan, en el Estado de México, esa área desde hace pocos años ha registrado presencia de cultivos ilícitos lo que denota un cambio en la estrategia de los sembradores. Como se destruye poco ahora cada vez es más frecuente que se siembre cerca de las poblaciones medianas, cada vez es menos riesgoso para el sembrador, se han alejado paulatinamente de las zonas más inaccesibles.

Decomiso y quema de mariguana en el norte del país.//FOTO: Cuartoscuro

La línea horizontal que cubre el hueco de los años 2009 y 2010 donde debería estar la cifra de hectáreas de amapola destruidas en Guerrero, podría ser un argumento para explicar el porqué de la proliferación de cultivos en esta entidad. De acuerdo a una petición de acceso a la información hecha a la Defensa Nacional vía el IFAI, sobre el total de hectáreas erradicas vía aérea tanto de mariguana como de amapola, la cifra ha descendido a sus mínimos históricos con huecos, como el de años pasados, que revelan el cese de las operaciones contra la siembra de droga en el país. Llama la atención que durante el año 2008, de acuerdo al informe, en el estado de Durango –en cuya zona serrana presuntamente se ocultaría Joaquín Guzmán Loera— no haya cifras de hectáreas sembradas de droga destruidas. Lo mismo ocurriría con Michoacán durante 2009 y en menor medida durante 2010.

Un grupo de extrabajadores de la PGR, que en su momento pertenecieron al área de erradicación de cultivos ilícitos, señala que la destrucción de plantíos de droga en el país que se realiza es nada en comparación a lo que se hacía antes con los mismos recursos. Por los pocos colegas que aún siguen en funciones se han enterado que al quedarse la PGR sin personal, en el Ejército hay escasez de material humano capacitado. No sólo para volar las máquinas sino también para llevar a cabo labores de erradicación. A eso se suma que sus equipos de logística no se les da mantenimiento y con el parque aéreo en tierra, un argumento que han esgrimido los responsables de esa área es que hay escasez de repuestos necesarios dado el desgaste de las máquinas al paso del tiempo y el reemplazo de componentes de vida útil calendarizada.

Al Ejército la PGR le entregó las naves pero no tenían ni siquiera los manuales. Los pilotos de la fuerza aérea no tenían la capacidad para volar las naves y mucho menos para una labor tan sui generis como el vuelo de erradicación, dice uno de estos exfuncionarios. De 20 aeronaves, quizá volarán unas nueve en promedio. Un oficial del Ejército no sabe reconocer los plantíos, no sabe dimensionar la longitud, muchas veces sectorizan áreas que tradicionalmente no presentan cultivos ilícitos, añaden.

Accidente de una avioneta tipo Cessna modelo Skyline de la Fuerza Aérea Mexicana en Querendaro, Michoacán.

Lo que ignoran la mayoría de militares comisionados a operaciones aéreas contra cultivos de droga es que existen rasgos asociados con los plantíos de amapola y mariguana: donde hay sembradíos suele haber árboles caídos, la altura de éstos casi siempre proporciona pistas si hay cultivos cercanos, en ocasiones las formas del terreno, que pueden ser irregulares, son una señal de que por ahí hay droga. Hubo un tiempo, recuerda uno de estos extrabajadores de la procuraduría, en que se sembraba en lo más profundo de las cañadas, otras veces cuando se encontraban zonas amplias cultivadas costaba trabajo verificarlas desde el aire porque no era común que esto pasara. Cuando se estaba en medio de la sierra el viento traía el aroma de la mariguana, la planta huele a lo lejos. En ocasiones en el mismo sembradío se encontraban plantas de cannabis en diferentes etapas de crecimiento. No es fácil que todas tengan una apariencia regular.

Sin cálculos reales

La “Operación Zorro” era una estrategia de la PGR para erradicar los plantíos de droga que se localizaran durante uno o dos meses completos en los que se concentraba en una sola región todo el equipo con que se contaba. Casi siempre se escogía en principio al “Triángulo Dorado”, el cual está rodeado de bases aéreas construidas en comunidades serranas como Canelas, en Durango, Guadalupe y Calvo en Chihuahua y San José del Llano, Badiraguato, en Sinaloa. Funcionaba no sólo vía aérea sino que cuando se identificaban zonas accesibles por tierra hasta personal administrativo participaba. La estrategia se desarrolló entre los años 2003 y 2005, después se convirtió en una operación de apoyo a la seguridad pública que arrancó en ese año en Reynosa. Desde entonces desapareció.

El incremento de los plantíos de droga en el país que se observa desde los Estados Unidos, se debe a que cada vez hay más soldados comisionados en labores de seguridad en áreas urbanas, dice Luis Astorga, especialista en temas relacionados con el tráfico de drogas por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. El doctor en sociología por la Sorbona de París señala que se carece de cifras reales sobre la producción de mariguana, así como de heroína y opio que se extrae de los plantíos de amapola. Durante la entrevista, realizada días antes de que la oficina contra la droga y el delito de la ONU diera a conocer su informe del 2010, señaló que las estimaciones más certeras son las de Naciones Unidas, y son las que sirven para realizar un cálculo de cuanta droga se siembra y cultiva en el país.

El último informe de la ONU señaló que la producción ha mantenido los mismos niveles que 2009 aunque se observó un incremento en la producción de drogas sintéticas. Para los extrabajadores de la PGR que tras más de dos décadas de experiencia en terreno, conocieron casi a la perfección las montañas del “Triángulo Dorado” y la serranía de Guerrero y Michoacán donde se siembra droga,  la producción se ha cuadruplicado aunque reconocen que no se puede calcular cuántas hectáreas se siembran. Es tanta la producción que cualquier cifra resulta un aproximado, dicen.

Quizá por ello, ante la proliferación del producto, la demanda no alcanza para consumir toda la droga que se genera. No hay manera de sacarla, dice uno de estos exfuncionarios quien junto con otro de sus antiguos colegas lanza una hipótesis del origen del incremento de la violencia en amplias zonas del país. Como hay tanta producción llegan muchos a ofertar porque hay mucha mercancía atrás de ellos. Y la demanda no es tan grande como para terminársela. Como la demanda no crece al mismo nivel que la producción se genera una disputa por los mercados. Disputa que se incrementó en ciudades donde antes no pasaba nada, a la par que se cambió la política contra los cultivos de droga que atacaba de raíz una de los orígenes del problema, no para erradicarlo, sino al menos para controlarlo.

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Qué es la epigenética y cómo explica que los hijos hereden los traumas de los padres
Los hijos son moldeados en gran medida por los genes que sus padres y madres les transmiten. Pero nuevos estudios apuntan a que esa herencia se puede ver condicionada por los traumas vividos por los progenitores.
4 de mayo, 2019
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En 1864, cerca del final de la Guerra Civil de Estados Unidos, las condiciones en los campos de prisioneros de guerra de la Confederación estaban en su peor momento.

Hubo tal hacinamiento en algunos campamentos que los prisioneros, soldados del Ejército de la Unión del norte, tenían el espacio en metros cuadrados equivalente a una tumba. La cifra de muertes de los presos se disparó.

Para muchos de los que sobrevivieron, la desgarradora experiencia los marcó de por vida.

Cuando la guerra acabó, volvieron con problemas de salud, peores perspectivas laborales y menor esperanza de vida.

Pero el impacto de todos estos problemas no se limitó únicamente a quienes los sufrieron en primera persona.

Los efectos se extendierona los hijos y los nietos de los prisioneros, en una herencia que parecían pasar a través de la línea masculina de las familias.

Si bien los hijos y nietos no estuvieron en ningún campo de prisioneros de guerra, y pese a que no les faltó de nada durante su infancia, sufrieron tasas de mortalidad más altas que el resto de la población en general.

Al parecer, los prisioneros transmitieron parte de su trauma a sus descendientes.

Pero a diferencia de la mayoría de las enfermedades hereditarias, esto no se produjo como consecuencia de mutaciones en el código genético.

Herencia oscura

Los investigadores analizaron un tipo de herencia mucho más oscura: cómo las cosas que le pasan a alguien a lo largo de su vida pueden cambiar la forma en que se expresa su ADN, y cómo ese cambio puede transmitirse a la próxima generación.

Este es el proceso llamado científicamente epigenética, donde la legibilidad o expresión de los genes se modifica sin que se produzca un cambio en el código del ADN.

Es decir, existen pequeñas etiquetas químicas que se agregan o eliminan de nuestro ADN en respuesta a los cambios en el entorno en el que vivimos.

Estas etiquetas activan o desactivan los genes, posibilitando la adaptación a las condiciones del entorno sin causar un cambio más permanente en nuestros genomas.

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La epigenética juega un papel clave en nuestro árbol genealógico.

El hecho de que estos cambios epigenéticos puedan transmitirse a las generaciones posteriores tendría unas implicaciones enormes.

Supone que las experiencias vividas por una persona, especialmente las traumáticas, tendrían un impacto muy real en su árbol genealógico.

Existe un número creciente de estudios que apoyan la idea de que los efectos de un trauma pueden transmitirse a las siguientes generaciones a través de la epigenética.

En los campamentos de la Confederación, estos cambios epigenéticos fueron el resultado del hacinamiento extremo, el deficiente saneamiento y la desnutrición.

Los hombres tuvieron que sobrevivir con pequeñas raciones de maíz, y muchos murieron de diarrea y escorbuto.

“En este período de inanición intensa, los hombres se volvieron esqueletos andantes”, dice la autora del estudio Dora Costa, economista de la Universidad de California, en Los Ángeles.

Costa y sus colegas estudiaron los expedientes médicos de casi 4.600 niños cuyos padres habían sido prisioneros de guerra y los compararon con los de más de 15.300 niños de veteranos de guerra que no habían sido capturados.

Los hijos de los primeros tenían una tasa de mortalidad un 11% más alta que los hijos de veteranos que no fueron prisioneros.

Los investigadores hallaron que otros factores, como el estado socioeconómico del padre y el trabajo y el estado civil del hijo, no podrían explicar esa mayor tasa de mortalidad.

¿Y las niñas?

Estas mayores tasas de mortalidad se debieron principalmente a mayores ratios de muerte por hemorragia cerebral.

Los hijos de los veteranos de guerra que habían sido prisioneros también eran ligeramente más propensos a morir de cáncer. Sin embargo, sus hijas parecían ser inmunes a esto.

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El genoma es el abecedario del ADN, del material genético, y el epigenoma es toda la regulación de ese genoma.

Este patrón inusual ligado al género de la descendencia fue una de las razones que levantaron las sospechas de Costa.

Empezó a pensar que estas diferencias de salud estaban provocadas por cambios epigenéticos. Pero, primero, Costa y su equipo tuvieron que descartar que fuera un efecto genético.

Los niños nacidos antes y después de la guerra debían tener la misma probabilidad de reducción en la esperanza de vida. Pero “si miras dentro de las familias, solo hay efectos entre los hijos nacidos después, pero no antes de la guerra”, dice la experta.

Así que una vez descartadas las causas genéticas, la explicación más plausible que quedaba era un efecto epigenético.

“La hipótesis es que hay un efecto epigenético en el cromosoma Y”, dice Costa.

Efectos en los descendientes masculinos

Este efecto es consistente con los estudios en aldeas suecas remotas, donde la escasez en el suministro de alimentos tuvo un efecto generacional en la línea masculina, pero no en la línea femenina.

Pero ¿qué pasaría si este mayor riesgo de muerte se debiera a un legado del trauma del padre que no tuvo nada que ver con el ADN?

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El código epigenético se superpone al código genético, es decir tenemos una instalación eléctrica que serían las bombillas, los cables, el genoma. La epigenética sería la serie de interruptores de la luz.

¿Qué pasaría si los padres traumatizados tuvieran más probabilidades de abusar de sus hijos, provocando consecuencias de salud a largo plazo?

Una vez más, comparar la salud de los niños dentro de las familias ayudó a descartar esto.

Los niños nacidos de padres en una fecha anterior a que fueran prisioneros de guerra no mostraban un aumento en la mortalidad. Pero los hijos de los mismos hombres nacidos después de su experiencia en la guerra sí lo hicieron.

“Descifrar esto supone descartar las otras opciones posibles”, dice Costa.

“La mayor parte del caso es una prueba por eliminación y ver cuál es la explicación más consistente”, añade.

Muchas de las veces en las que se cree que el trauma se ha transmitido a través de la epigenética están vinculadas a los momentos más oscuros de la historia.

Se cree que las guerras, las hambrunas y los genocidios han dejado una marca epigenética en los descendientes de quienes los sufrieron.

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Si imaginamos una computadora, el hardware es el genoma mientras que el software, toda la programación, es el epigenoma

Algunos estudios han resultado más controvertidos que otros. Un análisis de 2015 descubrió que los hijos de los sobrevivientes del Holocausto tuvieron cambios epigenéticos en un gen que estaba vinculado a sus niveles de cortisol, una hormona involucrada en la respuesta al estrés.

“La idea de una señal, un hallazgo epigenético en la descendencia de los sobrevivientes puede significar muchas cosas”, dice Rachel Yehuda, directora de la División de Estudios de Estrés Traumático de la Escuela de Medicina Mount Sinai de Nueva York y autora de dicho estudio.

“Es emocionante que esté ahí”.

El estudio fue pequeño. Evaluó solo a 32 sobrevivientes del Holocausto y a un total de 22 de sus hijos, con un pequeño grupo de control.

Varias generaciones

Los investigadores han criticado las conclusiones del estudio. Sin mirar varias generaciones y buscar más ampliamente en el genoma, no podemos estar seguros de que sea realmente una herencia epigenética.

Yehuda reconoce que los resultados fueron exagerados en algunos informes, y se necesitarían análisis más amplios que evalúen varias generaciones para sacar conclusiones firmes.

“Fue solo un estudio pequeño, una sección transversal de adultos, muchos años después del trauma de los padres. El hecho de que recibimos una pista fue una gran noticia “, dice Yehuda.

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El epigenoma representa cambios químicos que no afectan a la secuencia de ADN pero pueden modificar la expresión de los genes, activándolos o silenciándolos.

Saber que las consecuencias de nuestras propias acciones y experiencias podrían afectar la vida de nuestros hijos, incluso mucho antes de que sean concebidos, podría dar un giro muy diferente a cómo elegimos vivir.

A pesar de la evidencia de estos ecos de traumas a lo largo de las generaciones, hay un gran obstáculo en la investigación de la herencia epigenética: nadie está seguro de cómo sucede.

Algunos científicos piensan que en realidad es un hecho muy raro.

Una de las razones por las que puede no ser muy conocido es que la gran mayoría de un tipo de marca epigenética en el ADN -llamada metilación– se borra en el momento de la concepción del embrión.

“Tan pronto como el esperma ingresa al óvulo en un mamífero, se produce una rápida pérdida de la metilación del ADN del conjunto paterno de cromosomas”, dice Anne Ferguson-Smith, una investigadora que estudia epigenética en la Universidad de Cambridge, Reino Unido.

“Esa es la razón por la que la herencia epigenética transgeneracional es una sorpresa”.

“Es muy difícil imaginar cómo alguien podría tener una herencia epigenética cuando hay un proceso que elimina todas las marcas epigenéticas previas y coloca otras nuevas en la próxima generación”.

Hay, sin embargo, partes del genoma que no se limpian.

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El epigenoma es más flexible de lo que jamás se imaginó en el pasado y esto podría tener enormes implicaciones en el campo de la salud en el futuro.

Un proceso llamado impronta genómica protege la metilación en puntos específicos del genoma. Pero estos sitios no son aquellos donde se encuentran los cambios epigenéticos relevantes para el trauma.

Hay investigadores convencidos de que han encontrado las características de la herencia epigenética para varios rasgos, tanto en humanos como en animales. Además, creen haber hallado el mecanismo que la hace funcionar.

Podrían ser moléculas similares al ADN, conocidas como ARN, las que están alterando el funcionamiento de los genes.

Un reciente artículo reveló pruebas sólidas de que el ARN puede desempeñar un papel en la forma en que se heredan los efectos del trauma.

“Nuestro modelo es bastante único”, dice Isabelle Mansuy, de la Universidad de Zúrich, Suiza, quien dirigió la investigación. “Imita las familias desintegradas, o el abuso, la negligencia y el daño emocional que a veces vemos en las personas”.

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La epigenética es lo que ayudaría también a explicar las diferencias entre los seres humanos y otros primates.

Esta investigación, al igual que muchos estudios en ratones, se centra en el esperma y la herencia epigenética en la línea masculina.

Esto no significa que los científicos crean que este fenómeno solo sucede en los hombres.

Es mucho más difícil estudiar los óvulos que estudiar los espermatozoides.

Los esfuerzos para descifrar la herencia epigenética en la línea femenina es el siguiente paso en la investigación.

“Teníamos que empezar por algún lugar”, dice Mansuy. “Pero estamos buscando tener un modelo que muestre cómo se produce la herencia tanto a través de mujeres como de hombres”.

Diversos experimentos con ratones revelaron a los investigadores que los procesos de “desensibilización” revertían el efecto.

Y sugirió que si los humanos heredan el trauma de manera similar a como lo hacen los ratones, el efecto en nuestro ADN podría deshacerse utilizando técnicas como la terapia cognitiva conductual.

Curar los efectos de traumas vividos puede detener el proceso epigenético para que no lo hereden generaciones posteriores.

*Las ilustraciones de este artículo fueron creadas por Javier Hirschfeld para la BBC. Puedes leer el artículo original (en inglés) en BBC Future.


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