¿Y si Blanca Nieves se uniera al crimen organizado?
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¿Y si Blanca Nieves se uniera
al crimen organizado?

25 de agosto, 2011
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Hay una sobrecarga de energía en los adolescentes que siempre genera conflictos, pero que ahora, al paso del tiempo, han escalado de gravedad. Un libro que surgió de un taller literario para adolescentes en problemas con la ley, expone a través de la reinterpretación de personajes del mundo infantil, cómo la realidad ha permeado el imaginario donde las drogas y la violencia aparecen como algo cada vez más común.

Portada de "La princesa loba en el bosque de los hongos alucinógenos".

Por Juan Veledíaz

Era un alboroto poco usual para que ocurriera tan cerca de su casa. Sucedió una tarde a principios de junio pasado, cuando Julia escuchó un rumor de voces que venían de la calle y que de pronto se transformaron en el estruendo seco de unos golpes. Se asomó y observó a un grupo de adolescentes que aporreaban a un chico en el suelo, alcanzó a distinguir en medio de aquel zafarrancho que la víctima era ese muchachito que apenas unos días antes se había convertido en su novio, salió a toda prisa y en medio de empujones, patadas, jaloneos de pelo y uno que otro rasguño logró zafarlo. A sus 16 años esta adolescente menuda y de apariencia frágil sabía que cualquier “extraño” que rondara por las calles donde ella vivía, en una de las colonias más conflictivas de Iztapalapa, era blanco fácil de las pandillas de chicos de su edad que por ahí rondaban.

Desde que era más pequeña Julia dejó entrever que el carácter recio y cierto aire de liderazgo, serían algunos de los  rasgos que perfilarían su personalidad en su paso por la adolescencia. Lo opuesto era su novio, quien con ese halo de timidez y nobleza, lucía como carnada para regocijo de la jauría de púberes que buscaban amedrentarlo en sus primeras expediciones amorosas. Las golpizas entre jóvenes no sólo estaban establecidas como el lenguaje primigenio de los barrios marginales en la ciudad de México, también eran parte de los códigos de identidad que utilizaban para reafirmarse y dotarse de cierta aura de respeto. Era como un juego simbólico de poder que usaban para “marcar su territorio”, consecuencia de estar excluidos –sin escuela o empleo— del tejido social.

Para un adolescente crecer en esa cotidianeidad donde las dificultades económicas y los conflictos familiares se imponían como denominador común, cualquier riña podría ser el preámbulo de situaciones más complejas.  Hubo un día en que Julia tuvo dificultades con la ley, un delito menor la llevó a juicio ante un tribunal para menores donde el dictamen final fue que quedaría bajo tratamiento en la comunidad externa de adolescentes, dentro de lo que antes era el Consejo Tutelar para Menores conocido hoy como dirección general de Tratamiento para Adolescentes.

Ahí comenzó a compartir aula con chicos que como ella cumplían su sanción en libertad. Desde los primeros días Julia mostró una necesidad de atención que se tradujo en actitudes y comportamientos que ameritaban en ocasiones un regaño, o hasta una sanción severa, dice Paola Gutiérrez Cuevas, una socióloga que forma parte del equipo especializado en atender a estos adolescentes. Su conducta  se transformó de manera paulatina cuando se unió a Bunkos, el espacio de lectura de la comunidad, donde nació hace unos meses el taller de creación literaria al que se sumaron varios de su edad. Fue una catarsis a través de la cual plasmó pasajes de su mundo interior, surgidos del día a día de su vida cotidiana en esa franja de riesgo donde nació. El resultado fue un cuento que tituló “La princesa Ósea Yo”, donde reflejó a través de  personajes de su universo infantil, el rol que tuvo que asumir frente a la violencia en calles de su barrio cuando se convirtió en la “ruda” que defendía a su novio.

Las batallas de Peter Pan.

Los poetas improvisados Maconha

Una tarde de abril pasado, Paola Gutiérrez llegó con sus alumnos del taller de literatura en la comunidad de tratamiento y les comunicó: “Ahora ustedes van a escribir”. Comenzó a repartir lápices, hojas y plumas mientras anunciaba que a partir de ese momento escribirían en completa libertad lo que quisieran. Era el inicio del cambio de actividad, después de semanas de libros y charlas, de lo que la joven socióloga llamó “sensibilización a la lectura”.

Paola es una especialista en lidiar con adolescentes que no rebasa las tres décadas de edad, luce un cabello azulado, es de trato relajado y hablar directo, lo que se ha traducido en una señal de proximidad para ganarse la confianza de los chicos que forman la comunidad externa. Recuerda que uno de los detonadores de la curiosidad por la lectura entre los menores fue la presencia de Eduardo Robles, conocido como “el Tío Patota”, escritor de novelas para adolescentes y uno de los narradores de cuentos más reconocidos de la literatura infantil en México. Su presentación fue una motivación que sirvió de antecedente, rememora, aunque en las primeras sesiones de escritura los chicos mostraron cierto temor para expresar en el papel lo que vivían y percibían de su entorno. Escribían muy preocupados, tenían presente que lo que hicieran se engrapaban e iba a dar a su expediente, un legajo que crecía cada día y que en cualquier momento podían solicitar del tribunal para revisar cómo evolucionaban en su  tratamiento.

Versión moderna de "Blanca Nieves".

Apareció entonces la autocensura, que a ratos se hacía parte del juego como en “Blanca Nieves del sur”, donde uno de los chicos escribió una breve interpretación al día de hoy de lo que podría ser el personaje del cuento infantil en la vida cotidiana. Por todos lados estaba la actitud rebelde, intrínseca a esta etapa de la vida. “La violencia y ellos son uno mismo”, recuerda Paola que le llegaron a decir algunos de los integrantes del taller. Hubo chicos que se jactaron de que sus personajes fumaban mota (El Lobo Pacheco), otros que utilizaban estimulantes para jurarse amor eterno (La bella y la bestia activos por siempre), y algunos más que utilizaron simbología vinculada a otras  drogas como los personajes de “El día de ayer”, donde las rayas de una cebra son una metáfora de la coca en pleno “acelere” en busca del Dios de la velocidad.

“La escritura fue un ejercicio de introspección, les hizo ordenar sus pensamientos, hacer una síntesis y aportar algún significado a lo que contaban”, añade Paola. De entrada había indicadores de cómo hoy día los adolescentes tienen acceso a drogas de manera más fácil, como el caso de los inhalantes, y que forman parte desde hace tiempo del léxico juvenil, como se lee en “Y le pidió unas monas”.

Estos cuentos “tiernos y dulces”, se adaptan a esta realidad a la que les ha tocado vivir, dice Víctor Hugo Ruíz Franco, psicólogo de la comunidad. “El taller fue un ejercicio de libertad, la libertad les caracteriza, y es aquí donde la familia no ha sabido cómo manejarla“, añade. “El chico ahora va más allá, los padres en este momento no han sabido contener, poner límites, y la sociedad se enfrenta a esta ansiedad de libertad”. La mayoría vienen de una franja de alto nivel de riesgo y sufrimiento social, controlar el entorno es imposible, pero se les dota de herramientas para que sepan que hay alguien que cree en ellos, explica. “Aquí se les generan necesidades, un proyecto de vida, se les enseña que hay más cosas, una vez que llegan están obligados a estudiar. (…) Se les evalúa y se desarrolla un programa personal, sicológico, social, cultural, la medida que dicta el tribunal puede ser un año y seis meses promedio, o 10 meses o más”.

El ejercicio fue una introspección para estos jóvenes.

Paola dice que no todos los cuentos fueron adaptaciones del universo infantil traídos al presente, hubo casos donde salieron a relucir situaciones más próximas a la violencia que reflejaban por qué algunos de esos adolescentes aún se encuentran en conflicto con la ley. Cuando se presentaron los trabajos se hizo una selección de los textos, los autores más “rudos” fueron canalizados a otro tipo de terapias, comenta.

La selección también generó otra catarsis que comenzó cuando surgió la posibilidad de publicar los escritos. El día que Paola se los comentó hubo reacciones encontradas. Algunos dijeron que no lo merecían, no aceptaban que fueran creativos. Otros pensaban que sus historias de vida no tenían mayor importancia. El consenso fue que nadie era escritor, menos poeta, entonces les dijo que por el hecho de haber logrado concretar sus preocupaciones y realidades era un mérito en sí mismo.

–Tú eres poeta—le dijo a uno de los chicos. –Sí, sí, pero improvisado—contestó. ¿Por qué no llamarse los poetas improvisados?—preguntó una de las chicas. Lo comentaron entre ellos, algunos no estuvieron de acuerdo en que sus textos aparecieran en forma de libro, quienes dieron su anuencia les gustó la idea de ser improvisados y comenzaron a sugerir nombres. Entre pláticas y bromas alguien propuso la palabra maconha  (marihuana en portugués), y al final acordaron llamarse los Poetas Improvisados Maconha. Para la edición del libro buscaron cómplices entre miembros de la comunidad, y los encontraron en el taller de computación, de donde salieron las ilustraciones a manos de quienes llamaron los “Ciberméndigos”.

El taller de creatividad literaria está dentro de las actividades culturales de la comunidad, se trata de una reinterpretación individual, “yo como me expreso al mundo y al mismo tiempo cómo estoy aprendiendo el mundo”, comenta Paola. Existe una ansiedad por expresar, por decir, hay una carga de energía que genera conflictos, explica, entonces se trató de que la sacaran por medio de la escritura, sin censura, que fueran  conscientes de que sí se pueden comer al mundo, pero aguas con la empachada.

La nueva"Bella".

A finales de junio pasado se celebró una tertulia literaria donde se presentaron los trabajos. Ese día los adolescentes comenzaron su jornada muy temprano con una visita al museo, muchos de ellos –desertores escolares a nivel secundaria—se preguntaron qué tenían que ver con esa actividad. No imaginaron que por la tarde habría otra sorpresa, los invitados de honor a la lectura serían sus familiares. Cuando los padres no están, dice el psicólogo Ruíz Franco, se busca en la red familiar, siempre hay alguien que los va a apoyar. Hay un rasgo en estos chicos de que la mayoría “se fuma” a sus padres, no existen. También hay una tendencia de que los papás buscan instituciones que se hagan cargo de sus hijos porque ellos no pueden, no los entienden.

Aquella noche hizo su aparición “La princesa loba en el bosque de los hongos alucinógenos”, como titularon al libro, donde se preguntaban desde el inicio: “¿Cómo reaccionará el mundo cuando Blanca Nieves se una al crimen organizado?” Fue un shock para muchos de ellos que entre el público estuvieran sus familiares escuchando y aplaudiendo sus lecturas, recuerda Paola. “Como traen el chip muy clavado de que ‘no merezco reconocimiento porque es un elemento de debilidad’ y los pone en evidencia de que necesitan a alguien más, fueron muy reticentes hasta que reconocieron que pueden mejorar”.

Contemporáneos del Ponchis

Se le conoce como el “triángulo de los niños salvajes” y lo conforman la confluencia de las colonias Guerrero, Morelos y Valle Gómez, en la frontera que une a las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza. El término es del argot policiaco capitalino porque a plena luz del día, en cualquier calle de estas zonas, puede aparecer un menor que arrebate un bolso, otro que rompa el cristal de un auto estacionado y uno más que apunte con una pistola a un transeúnte para arrebatarle la cartera. De ahí provienen más del 30% de los cinco mil 187 adolescentes “en conflicto con la ley”, como se les denomina desde el año 2008, a los menores que han cometido algún delito. De esta cifra, alrededor de mil 50 se encuentran internos en algunos de los cinco centros distribuidos por la ciudad. El resto, poco más de cuatro mil 432, son externos sujetos a tratamiento. Apenas unos puntos debajo de estas zonas aparecen San Miguel Teotongo y  Ejército de Oriente, en Iztapalapa, dos de los referentes citadinos cuando se trata de hablar de los núcleos de población juvenil más conflictiva.

“Una cosa es dónde cometen el delito y otra es de dónde vienen”, dice Claudia Navarro, directora de la Comunidad Externa de Atención para Adolescentes. Hay un respeto por el barrio, muchos de estos adolescentes delinquen en calles de la delegación Cuauhtémoc pero vienen de Iztapalapa, explica. Esta socióloga asegura que a partir del año 2008, cuando comenzó el cambio en el modelo de rehabilitación y trato a menores, las líneas que conforman el nuevo esquema han permitido canalizar el talento y la energía de los chicos a otras actividades. Por ejemplo, añade, uno de los adolescentes ganó en meses recientes un certamen de dibujo y diseño de la Unicef.

Sin embargo, de acuerdo a un estudio realizado en 2009 por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), un 46.4% de los presos en cárceles de la ciudad de México y el Estado de México, estuvieron internos en un centro de atención para menores infractores. El trabajo coordinado por Elena Azaola y Marcelo Bergman, refiere que uno de cada tres sentenciados había estado detenido antes de cumplir los 18 años en alguno de estos centros. Una de las preocupaciones a partir de los resultados fue que la reincidencia se incrementó, ya que quienes salen en libertad lo hacen convencidos de volver a cometer algún ilícito.

Navarro asegura que en lo que se invierte al trabajar con los adolescentes es a reconstruir la red social desde el hogar. Un doble factor que sale a relucir en casos de menores que delinquen–como el de Édgar, el chico conocido como el “Ponchis” que actuaba como verdugo del crimen organizado en Morelos—es la ausencia de una figura de autoridad desde la familia y la presencia de una red de delincuencia. Esa red es la única que está presente en amplias zonas del país, donde se incrementó el número de menores involucrados en la delincuencia organizada. Con esa realidad de fondo, añade, el cambio de modelo no sólo implicó que a los antiguos custodios ahora se les llame, “guías técnicos” y actúen como tales, sino que cada chico que llega se le da una hoja de ruta donde tendrá que saber reconocer sus habilidades sociales, aprender cómo se relaciona con un grupo y por qué lo hace de esa manera. También poner límites, decir no, discernir en qué momento va más allá y se pone en riesgo. Aunque al final uno de cada 10, según sus cifras, se vuelva reincidente.

La colección de cuentos:
cuentos

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El épico viaje de un grupo de estudiantes en un autobús viejo más allá de la Cortina de Hierro

En el verano de 1968, un grupo de amigos adaptó un autobús de dos pisos y se fueron de viaje en él por Europa del Este. Se encontraron con tanques soviéticos, una escasez de cerveza rumana y un peligroso paso de montaña yugoslavo.
24 de octubre, 2020
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The gang in front of the bus in Pisa

1968 CRD253 Group
De Escocia a Estambul vía Pisa.

En el verano de 1968, un grupo de amigos adaptó un autobús de dos pisos y se fueron de viaje en él por Europa del Este.

Patrocinado por dos fabricantes de whisky escocés, se encontraron con tanques soviéticos, una escasez de cerveza rumana y un peligroso paso de montaña yugoslavo.

El autobús era un antiguo AEC Regent MkII de Reading Transport Corporation, un modelo que ahora tiene su propia página de Wikipedia y un público fiel.

Luego de servir por mucho tiempo al público, el autobús estaba estacionado con una variedad de reliquias desechadas afuera de un garaje en Spittalfield, una pequeña ciudad al norte de Perth, en Escocia.

Ian Jack y su amigo Dave Stickland tenían vagos planes para algún tipo de viaje de verano.

Pasando por delante del garaje un día de mayo de 1968, los estudiantes vieron los autobuses y, por capricho, se detuvieron para preguntar el precio de los un piso.

Costaban unos US$520, increíblemente caros.

Pero, justo cuando se iban, el dueño del garaje los llamó y les ofreció uno de dos pisos, con menos demanda, por la mitad del precio.

Comprar un vehículo tan grande era “una idea ridícula”, por lo que declinaron y se fueron, dice Ian.

“Pero luego regresamos a la universidad y se corrió la voz y, de repente, la gente quiso darme algo de dinero para comprarlo”.

El viaje

El viaje estaba en marcha. La joya de la ingeniería británica construida en Southall estaba a punto de encontrarse con la Europa continental.

Quitaron los asientos para dar espacio a los colchones donados por su universidad, St Andrews.

Compraron trozos de alfombra, y Wendy Scott, una de las doce compañeras de viaje, hizo cortinas para la cubierta superior, tanto para las ventanas como para colgarlas en los dormitorios, para dar a las cinco estudiantes a bordo algo de privacidad.

Map of the entire route

Google
No había Google Maps en 1968.

Los arreglos para dormir eran algo en lo que la prensa local estaba particularmente interesada.

Instalaron una pequeña cocina y armaron una ducha improvisada con agua calentada por el sistema de enfriamiento del motor del autobús.

No había retrete, solo una pila de papel higiénico y la aceptación de que cualquier llamada de la naturaleza tendría que ser respondida al aire libre.

Intentamos que fuera cómodo“, dice Wendy, que ahora vive en Newcastle.

Bus parked near Hagia Sophia museum and the Blue Mosque in Istanbul

1968 CRD253 Group
Durante la estancia en Estambul, cerca de Santa Sofía.

“Tratamos de hacerlo habitable, porque sabíamos que íbamos a tener que dormir allí. Ya sabes, no hoteles ni nada. Tendríamos que dormir en este autobús durante 10 semanas”, agrega.

A veces dormían afuera si el clima lo permitía.

“Te despertabas por la mañana en la parte superior del bus, mirabas hacia abajo y allí estaba Ian, tocando la flauta, la gaita Absolutamente maravilloso. ¿Qué más quieres en esta vida?”, dice Wendy.

El camino

No es fácil precisar exactamente cuántos eran en total. Wendy recuerda 13, Ian piensa que 15.

Pero poco importa, ya que tenían la costumbre de recoger gente en el camino, por lo que su número fluctuaba constantemente.

Un soldado estadounidense, de vacaciones en Múnich, estaba tan atraído por el autobús que subió con su bicicleta y se quedó.

Un par de austriacos se unieron a ellos en Viena y no se fueron durante un mes. Uno, Klem, resultó ser chef y hábil en la “cocina” en la parte trasera del autobús, con su pequeña cocina de gas.

“Tuvimos mejillones y pollos… Ah, tuvimos comidas maravillosas”, dice Wendy, con melancólica.

Wendy Scott lying on a mattress on the beach by the Black Sea

1968 CRD253 Group
Wendy escribió un diario durante el viaje.

Recogieron los mejillones directamente del mar. Las gallinas, compradas vivas en un mercado, se volvieron locas en el autobús.

Dos días antes de llegar a Roma, Klem compró unos caracoles como regalo para su madre y los guardó en un gran cubo. A la mañana siguiente estaban por todas partes.

En Cluj, en el norte de Rumania, un viajero británico les dio las claves de cómo comprar cerveza durante lo que entonces era una escasez nacional.

Cuando el mismo problema se presentó en Bucarest, habían aprendido la lección.

“En ese momento sabíamos que la única forma de comprar cerveza era esperar en las puertas de la cervecería hasta que saliera un camión, luego seguirlo hasta su destino y pagar”, dice Ian.

Hanging out of the windows (l-r): Sarah Lowe, Wendy Scott, Rosemary Stanning. Just visible in the bus: Carol Cave and Margaret Hardisty (Hills). Outside: Roland Lisker, Klemens Hedenig, Dick Moore, Bryan Powell, Ian Jack, Dave Stickland, Mike Hughes, Nigel Hungerford, Sandy Scott

1968 CRD253 Group
El número de viajeros variaba de un país a otro.

El grupo había persuadido a la empresa de whisky escocés Teachers para que les pagara unos US$100 a cambio de un anuncio en el lateral del autobús y la promesa de repartir folletos promocionales escritos en inglés, francés y alemán.

“Recuerdo que iba por la autopista, cuando estábamos atrapados el tráfico, repartiendo folletos”, dice Wendy.

“La gente pensaba que estábamos locos“.

En Turquía y más allá

Conducir en Estambul era una “pesadilla” de calles estrechas llenas de gente, carretillas, carros tirados por burros y balcones colgantes.

Una calle se hizo más y más estrecha hasta que no pudieron ir más lejos.

“Los balcones daban contra el piso superior del autobús”, recuerda Ian. “Tuvimos que dar marcha atrás, cuesta arriba, provocando enormes perturbaciones en el tráfico”.

Para entonces, el autobús ya estaba bastante estropeado.

Se había quedado atascado debajo de un puente en la carretera a Núremberg y en otra ocasión se le habían desinflado los neumáticos.

The bus in Vienna by the parliament building on the Dr Karl Renner Ring

1968 CRD253 Group
Una productora de whiskey les dio algo de dinero por llevar un anuncio.

Luego, un día de agosto a la mitad del viaje, estuvieron a punto de caerse de la ladera de una montaña.

El camino era demasiado estrecho y la roca que sobresalía de un lado los obligó a alejarse tanto que las ruedas del autobús rozaron el borde del acantilado.

“Los lugareños se pararon frente al autobús tratando de persuadirnos de que no siguiéramos“, recuerda Margaret Hills, amiga de Ian, otra exmiembro del grupo.

“La pista estaba sin asfaltar, escombros de piedra caliza, estrecha, con voladizos en un lado y un precipicio en el otro. Fue tan aterrador”, dice.

Esto no sorprenderá a nadie familiarizado con el Paso de Cakor, una peligrosa carretera de montaña a través de Kosovo, entonces parte de Yugoslavia.

The bus on the very edge of the road on the Cakor Pass, Yugoslavia (Montenegro)

1968 CRD253 Group
El Paso de Cakor fue una de las carretera más peligrosa que tuvieron que atravesar.

Pero Ian tenía en una falsa sensación de seguridad por el nombre de la carretera, E27, que sonaba como una carretera principal.

La ruta, no obstante, pronto se deterioró hasta convertirse en una pista de grava con curvas cerradas alrededor de un desfiladero empinado.

“Algunas oraciones fueron pronunciadas incluso por los miembros ateos del grupo”, dice Ian. “Si hubiera sabido algo de esto de antemano, no hay forma de que me hubiera atrevido a intentar la E27”.

Otras peripecias

Después de viajar durante el día, estacionaban en cualquier lugar para pasar la noche: playas, apartaderos y, en una ocasión, un bosque en las afueras de Múnich que resultó ser un campo de tiro del ejército.

Un puente cerca del Danubio en Viena parecía agradable hasta que los drogadictos locales comenzaron a congregarse.

Visitaron tantos lugares que Wendy, ahora una viajera experimentada, no puede recordarlos todos.

Reflexionando sobre la clara evidencia de que fueron a un concierto en la famosa catedral de San Esteban de Viena, dice que “no tiene ningún recuerdo”.

Su diario dice que fueron, “así que definitivamente he estado allí”.

Ian, el cerebro del viaje, había recorrido parte de la ruta el año anterior en una motocicleta y un sidecar con Dave.

Conocía los mejores lugares para ir, dice Margaret, que ahora vive en Sandhurst. en Berkshire.

“Recuerdo que me llevaron por una ciudad con un calor sofocante similar y me dejaron en una piscina, que era la más fría que había experimentado. ¿Cómo diablos supo que estaba allí? Entonces no había wi-fi ni Google”.

Ian dice que tenían “algunos mapas razonables”.

Sin embargo, también tenían que tener cuidado con su dinero. A finales de los años 60, los controles destinados a mantener estable la economía significaban que la suma máxima de dinero que los viajeros británicos podían sacar del país era de 50 libras esterlinas.

Los pantalones vaqueros y bolígrafos occidentales resultaron ser una buena alternativa al dinero en efectivo y los amigos descubrieron un hospital en Kavala, en Grecia, que pagaba por donaciones de sangre.

También deseosos de no gastar más de lo necesario, idearon un plan para evitar un impuesto a los pasajeros que viajaban a Yugoslavia.

Después del puesto fronterizo griego, se bajaron del autobús y caminaron, fingiendo estar solo de paso, y se volvieron a subir una vez pasado el punto de control yugoslavo, no sin antes tener que hacer una larga caminata que los dejó de mal humor.

Las fronteras

Los cruces fronterizos no siempre fueron fáciles: el grupo generalmente fue interrogado y con frecuencia registrado.

En Bulgaria, los funcionarios de aduana sospecharon que transportaban artículos de contrabando.

“Me obligaron a pasar por un foso de inspección que me dio una oportunidad útil, y la única, de revisar la parte inferior del autobús mientras los guardias fronterizos buscaban drogas o lo que sea”, recuerda Ian.

Cruzar el Telón de Acero hacia Hungría fue difícil y lento, pero por diferentes razones que solo se hicieron evidentes más tarde, dice.

The Red Army and the troops of four other member countries of the Warsaw Pact (Hungary, Poland, Bulgaria and East Germany) invade Czechoslovakia, 21 August 1968

Keystone-France/Getty Images
Fue un año inestable en esa parte de la Cortina de Hierro.

Al ver un gran número de transportadores de tanques rusos, estaban “muy conscientes” de que algo se estaba gestando, dice Wendy. Pero no sabían qué y no se quedaron mucho tiempo.

Unas semanas más tarde, en la noche del 20 al 21 de agosto, Hungría se unió a otros cuatro países del Pacto de Varsovia -Polonia, Bulgaria, Alemania Oriental y la Unión Soviética – en la invasión de Checoslovaquia.

Los amigos acababan de evitar la Operación Danubio, la represión militar soviética a la Primavera de Praga, un intento de cuatro meses de los checos por recuperar parte del control de su país de manos de Moscú.

El regreso

Pero cuando los tanques se preparaban para cruzar la frontera, Ian y el grupo ya estaban de camino a casa, cruzando el Canal en el ferry de Dunkerque a Dover.

Wendy regresó pronto a Dundee con seis peniques en el bolsillo y las primeras 7.500 millas de lo que se convertiría en toda una vida de viajes.

La relación de Ian con el autobús duró un poco más. A principios de septiembre de 1968, lo condujo por última vez, de regreso a Aalst en Bélgica, donde estaba un hombre que había querido comprarlo cuando pasaron por la ciudad por primera vez dos meses antes.

The bus in 1981 in Meer, near the town of Aalst in Belgium

Ian Charlton
El bus en 1981.

Terminó como la carroza ganadora en el Carnaval de Aalst del año siguiente.

Y si los fanáticos del músico Cliff Richard encuentran que toda esta historia recuerda a su película de 1963 Summer Holiday, con el autobús, el grupo de amigos, el canto, el baile y la ocasional y peligrosa pista de montaña yugoslava, Ian dice que ni siquiera los inspiró.

La película pasó inadvertida para ellos por completo y todavía no la ha visto.


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