Federico Campbell:
Me siento un farsante como escritor

Federico Campbell: <br>Me siento un farsante como escritor

Primera de dos partes

 

I.

Por un trozo de papel mojado, Federico Campbell quiso ser escritor. Una mañana dee 1962 salió de su cuarto, que rentaba su profesor de derecho romano Guillermo Floris Margadant, y se dirigía rumbo a la puerta principal de la casona de San Ángel, Tlacopac. Federico iba caminando un poco cabizbajo sobre el jardín, con la mirada clavada en el suelo, y se percató que una regadera con forma de araña mojaba una hoja y el pasto verde.

Con curiosidad levantó el papel húmedo y roto y empezó a leer “como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte…”. Se quedó estupefacto, nada turbó la placidez del momento.

Se dio cuenta que era una hoja cortada de La Gaceta, la revista literaria del Fondo de Cultura Económica. Al día siguiente completó la página y el texto se titulaba “Homenaje a Otto Weininger” y lo firmaba un tal Juan José Arreola.

A los 22 años de edad, Federico descubrió la literatura y el impulso de escribir.

“Me di cuenta que era posible encajar palabras que te revelaban un mundo que no había percibido, te hacían ver matices, ángulos de la realidad que de otra manera no habría percibido. Me transportó a otra dimensión, eso es la literatura”.

Este hecho le pareció una operación de la mente humana, de una creatividad fascinante y entonces empezó a interesarse especialmente en la narrativa. Leyó La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi; El espía que surgió del frío y El topo, de John le Carré; esta última una de las mejores novelas que ha devorado. Después llegó a sus manos Chacal, de Frederick Forsyth; y una lista interminable de títulos.

Juan José Arreola no sólo fue importante para Federico Campbell sino para otros escritores como Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, José de la Colina, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska. El autor de Bestiario les enseñó que el arte podía incorporarse en la vida cotidiana y que existía el oficio de leer y escribir. Arreola era el espíritu de aquella época. Se le podía ver en la Casa del Lago organizando grupos de poesía en voz alta y juegos de ajedrez, una de sus grandes pasiones.

En 1964, Federico asistió al taller literario que impartía Arreola. En esos momentos era un joven entusiasta de la Revolución Cubana, lleno de ilusiones y de ingenuidad como casi todos los veinteañeros.

Arreola daba su taller los jueves en una casa ubicada en la calle Río de la Plata, en la colonia Cuauhtémoc. Las reuniones tenían la particularidad de poner énfasis al sonido de las palabras y no sólo su significado, en cuidar la cadencia de la frase: invocar a una noción musical. A escritores y poetas les ayudó a educar el oído para tener sensibilidad ante el lenguaje.

Todas las tardes acudían puntuales Elsa Cross, José Agustín, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Alejandro Aura, José Carlos Becerra, Juan Tovar y otros literatos. Era un hombre muy generoso y paciente con los asistentes.

“Arreola era incapaz de decirte cómo estructurar una novela porque no trabajaba con textos largos. Se movía en la frase y en el cuento breve. No estudiaba mucho el efecto de conjunto que podía tener una novela de 300 páginas. Creo que la enseñanza de la escritura sí está en el párrafo. Es lo que se necesita para saber cuando suena bien una frase”.

La casa de Federico Campbell realmente es luminosa. Su sala tiene un enorme tragaluz que ilumina hasta el rincón más lejano de la estancia. Viste una camisa verde y una chamarra de piel café muy elegante. Sus ojos claros se confunden a través de sus lentes.

Dice que Juan José Arreola era un hombre muy entusiasta, un niño jugando constantemente. Era un excelente carpintero: labraba los caballos y las torres y las cajas de ajedrez; hacía mesas de ping pong, incluso tenía raquetas versión china y occidental.

“Era un hombre maravilloso, un enamorado del arte y la literatura, del lenguaje y de la lengua española. Tenía un gran amor por nuestra lengua porque decía que en nuestra lengua se inventó eso que se llama novela, lo cual es cierto. La novela moderna nace con el Quijote”.

Para Federico ahora hay una reivindicación del realismo y se vuelve a leer y a reeditar la obra de Balzac, Thomas Hardy, Emily Brontë, George Elliot; pero en 1964 había en México un profundo desdén por la novela del siglo XIX y se menospreciaba la trama, la anécdota, la construcción del personaje.

Recuerda que los 60 no fueron tiempos propicios para que los escritores primerizos pudieran comprender la importancia de la composición literaria, el efecto de conjunto de un texto, y entonces algunos de su generación, incluido él, perdieron muchos años sin saber qué ni cómo escribir.

 

II.

Desde hace 10 años Federico Campbell no escribe y se siente un farsante. Dice que no escribe en gran medida por su incapacidad para concentrarse, es muy disperso. Todos los días se le van: sombra que se desliza bajo la piel del aire. Jorge Luis Borges decía sentirse a veces un poco farsante pero nunca sabremos qué tanto fue verdad.

A sus 70 años de edad, el mejor narrador bajacaliforniano de su generación dice, sin falsa humildad, que es un impostor. Nunca termina de escribir lo que se propone. Nadie lo va entender, sólo él y a penas lo comprendería su sicoanalista después de 100 sesiones. Su silencio se mezcla al aire.

Muchos escritores sueñan y hacen todo lo posible para alcanzar el éxito y la fama, ser el foco de atención. Algunos autores tienen en mente hacer un juego perfecto como en el béisbol, pero las crisis aparecen de vez en cuando y Federico lo sabe muy bien. Para él, el verdadero éxito es ser feliz, estar acompañado y tener salud.

“Hay una especie de autosabotaje para no triunfar. Uno de los enigmas que más me han fascinado en esta vida es el enigma de Juan Rulfo. Siempre me he preguntado por qué dejó de escribir. No se creía escritor, por eso era un hombre tan veraz, auténtico, tan lejos de las simulaciones”.

Federico ya dejó atrás el lastre inútil de ser reconocido. Ahora la ventaja que tiene es que le ha bajado el espíritu de la competencia, así que él está tranquilo y escribe lo que puede. Vive feliz sin el reconocimiento ajeno, aunque aceptó por educación el homenaje que el INBA le rendirá este domingo 25 de septiembre en el Palacio de Bellas Artes por su trayectoria literaria.

Como pocos escritores, admite que no es un novelista con destacada capacidad inventiva. Además, se siente frustrado porque no llegó a ser el escritor que siempre imaginó como Mario Vargas Llosa, de quien admira su disciplina.

El narrador tijuanense tiene una veintena de libros publicados entre los que destacan Pretexta o El cronista enmascarado, Transpeninsular, La clave Morse, La memoria de Sciascia. Dice que con el tiempo se vuelve una costumbre no escribir: la mente está a otras cosas, sobre todo en la información.

“La información es una adicción y no se puede vivir sin una dosis diaria, lo cual es una de las tantas maneras de perder el tiempo”.

 

 

III.

Algunos dicen que escribir es un psicoanálisis baratísimo. Lo cierto es que, como dice Javier Marías, sólo si el escritor trabaja en la falsa creencia de que su libro es el único libro existente en el mundo, logrará sacarlo adelante y completarlo. En el caso del traductor de Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia, fue un proceso gradual y de constante lucha con su impaciencia.

El joven Federico Campbell vivía en la azotea de un edificio ubicado en la calle de Damas, en la colonia San José Insurgentes, justo atrás del famoso teatro. Cursaba estudios de Derecho y luego Filosofía en la UNAM, y un día su amigo Fernando Macotela leyó algunas cosas escritas que tenía Federico en un cuaderno y le dijo “oye esto es bellísimo”. Sacó la máquina de escribir, copió las palabras de la libreta y de inmediato le propuso: “hay que dárselo a un señor que vive aquí abajo, es director de una revista literaria”. Ese vecino era Huberto Batis. Junto con el escritor Carlos Valdés fundaron Cuadernos del Viento (1960-1967) y fue una publicación importante para muchos escritores jóvenes.

Huberto Batis publicó el poema “Recuperación de Taormina”. Fue un momento crucial para Federico, algo se le salía del pecho, un deleite extraño.

“El hecho de que me publicara y viera las letras de imprenta para mí fue un impacto, un golpe brutal a mi identidad personal como escritor. Empecé a ser escritor ante a mí mismo cuando vi mi nombre por Federico Campbell, gracias a Huberto”.

También por los primeros años de los 60, Federico tradujo un cuento de J. D. Salinger “Un día perfecto para el pez banana.” Lo publicó también en Cuadernos del Viento y el mismo Huberto corrigió y le puso “Un día perfecto para el pez plátano”. Es la historia de Seymeour Glass, un hermano del narrador, que acaba de regresar de la segunda guerra europea y está en un hotel de Miami. Sale a la playa y allí conversa con una niña a quien le cuenta que más allá, en el mar inacabable, vive feliz el pez banana.

“Se ve la capacidad de diálogo que el personaje —a punto de romper con la realidad en una caída psicótica— tiene con la infancia, con una interlocutora niña. Después Seymour regresa a su cuarto y se descerraja un tiro en la sien”.

Federico dice que cada ser humano guarda dentro de sí mismo una narración y esa narración, como dice el neurólogo inglés Oliver Sacks, es su identidad personal, es su memoria. La memoria es la persona.

Borges escribió que la obra más importante de un hombre es la imagen que deja de sí mismo en la memoria de los otros. Federico Campbell: hombre bueno como un árbol.

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