Mujeres migrantes, víctimas y victimarias
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Mujeres migrantes, víctimas y victimarias

Por Ángeles Mariscal
10 de septiembre, 2011
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Arriaga, Chiapas.- Alejandra abraza de forma protectora  a Marta, una mujer que ya ronda los 30 años. La guía por las vías del tren, le dice por dónde subirse a los vagones, en qué lugar sentarse, la actitud que debe mostrar ante quienes se acercan, en su mayoría hombres.

Juntas recorren el trayecto de 12 horas que lleva cruzar en tren la distancia que va de la ciudad de Arriaga, Chiapas, a Ixtepec, Oaxaca. En ese lugar permanecen un día. Luego, ambas mujeres, originarias de Honduras, suben al vehículo de un hombre que, dice Alejandra a su compañera, las llevará al centro del país.

Marta no lo sabe, pero a partir del momento en que aceptó la guía de Alejandra, su futuro es incierto. Alejandra tiene 15 años y un cuerpo de niña. Ha trabajado en diversos prostíbulos y recorrido en varias ocasiones la ruta del tren que abordan los migrantes para atravesar México. Actualmente Alejandra cumple el rol de “reclutadora” o enganchadora”, término que se utiliza para, quienes mediante amenazas o engaños, recluta personas para explotarlas sexual o laboralmente.

Mujeres, principales víctimas de trata de personas

La trata de personas se considera una forma moderan de esclavitud, y en México, sus principales víctimas son migrantes, señala el estudio “La trata de personas en México: diagnóstico sobre la asistencia a víctimas”, elaborado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Para el año 2010, al menos 12.3 millones de personas serían víctimas de trata en todo el mundo. Más de la mitad son mujeres y niñas.

El documento que fue presentado en junio pasado, contiene el análisis derivado de 165 casos de trata que la OIM registró entre los años 2005 a 2009, en las ciudades de México, y el estado de Chiapas. Los casos estudiados dan cuenta del perfil general de las víctimas, y del modus operandi de los tratantes, lo que le ha permitido a las autoridades y organizaciones sociales implementar acciones de prevención y combate a esta problemática.

La OIM  ubicó que el 80% de las 165 personas víctimas del delito de trata o de tentativa de trata, eran niñas y mujeres de entre  8 y 22 años, aunque también ubicó el caso de una personas de 50 años de edad. El 76.7% de las mujeres víctimas de trata son originarias de Centroamérica, provienen de zonas rurales y suburbanas de países centroamericanos.

Casi en el 90% de las víctimas –señala el estudio- antes de ser sometidas a la trata experimentaron violencia dentro del ámbito familiar, social, laboral o vivieron bajo condiciones externas de inseguridad y conflictos en sus países.

De acuerdo al testimonio de las víctimas, existen principalmente 35 destinos de explotación en México. Destacan los centros urbanos de Chiapas (Tuxtla Gutiérrez, Tapachula y Frontera Comalapa), y los estados de Tabasco, Quintana Roo, Veracruz y el Distrito Federal.

Las modalidades de explotación más reveladas fueron la laboral y la sexual, aunque la IOM identificó el reclutamiento para cometer delitos menores o de bajo nivel, la servidumbre en el matrimonio y la falsa adopción de niños.

Víctimas y tratantes

En febrero de este año Keylin  fue localizada cuando personal del Instituto Nacional de Migración y policías estatales realizaron un operativo en un bar del municipio Frontera Comalapa. Keylin era obligada a “fichar” y prostituirse. Su caso fue emblemático porque hizo evidente las denuncias en torno a la cadena de tratantes de personas que operan en Chiapas, y la línea de corrupción que la hace posible.

De acuerdo al acta administrativa 132/FS05/2011, iniciada por la Fiscalía Especializada en Delitos Cometidos contra Migrantes, dependiente de la Procuraduría de Chiapas, Keylin tenía 16 años cuando cruzó la frontera entre México y Guatemala.

En su declaración ministerial, la migrante narra que en octubre de 2010 ella y otra compatriota suya salieron de Honduras y llegaron al lugar llamado La Mesilla, uno de los cruces fronterizos formales entre México y Guatemala. En ese lugar se acercó a ellas otra hondureña de nombre Nataly, de 15 años de edad, quien les propuso ir a trabajar “en un lugar donde vendían comida”, dentro del territorio mexicano.

“Yo acepté. Nataly traía a otras dos menores (…) cruzamos frente a la caseta migratoria, tomamos un taxi y como en el transcurso de una hora llegamos a un lugar llamado Los Delfines. Al bajar del taxi me percaté que se trataba de un bar, le reclamé pero me dijo de forma muy agresiva: ‘de todos modos tienes que entrar porque ya pagué por ti’.

“Nataly entró a hablar con una señora llamada mamá Meche, y su esposo, papá Coqui, los dueños del bar. Luego ellos nos dijeron que cada una les debíamos 5 mil pesos porque habían pagado en los retenes para que pudiéramos llegar hasta ese lugar”.

Keylin cuenta que las tres migrantes –todas de origen hondureño- fueron llevadas a una “cuartería” o vecindario, y puestas al cuidado otra joven, quien tenía las llaves de acceso. “Al día siguiente, a las 10 de la mañana, nos llevaron de regreso a Los Delfines. Nos dijeron que íbamos a sentarnos con los clientes y a cobrar 80 pesos por cada cerveza que tomáramos, 40 pesos era para mamá Meche y los otros 40 para nosotros, para pagar la deuda que nos estaban cobrando”.

En su declaración, Keylin explica que el primer día tuvo que tomar 17 cervezas durante la convivencia con los clientes, y antes que terminara la jornada, uno de los parroquianos pagó 800 pesos a los propietarios del bar, para tener relaciones sexuales con ella. La sacó del lugar, la llevó a un hotel, y luego la regresó.

“Y así pasaron los días y yo seguía trabajando en ese bar y prostituyéndome obligadamente por mamá Meche, quien me amenazaba que si yo trataba de huir, no me extrañara que apareciera en la frontera (…) los días que yo no generaba ingreso mandaba a Yeni (otra migrante prostituta) a que me golpeara”.

Un mes después de su llegada, la propietaria del bar “vendió” a Keylin por 4 mil pesos, con un hombre llamado Levis, dueño de tres cantinas. “Ahí conocí a unas personas que trabajaban de ministeriales (policías investigadores), con quienes tuvo relaciones sexuales”.

En su declaración judicial, la migrante hondureña narra que en ese periodo también tuvo tratos con una persona que identificó como el delegado del Instituto Nacional de Migración (INM) en el municipio de Frontera Comalapa, “con quien tuve relaciones de novios aproximadamente dos meses (…) me prometió que regularizaría mi legal estancia en este país, así como también mandaría traer a mi hijo, el cual se encuentra en Honduras”.

Las promesas no se cumplieron. Keylin logró finiquitar su “deuda” con Levis, pero explica que al irse a vivir fuera del control del propietario de las cantinas, fue contactada nuevamente por Kimberly, quien la llevó a trabajar a otro bar, esta vez de forma independiente, “de 10 de la mañana hasta las 2 o 4 de la mañana del día siguiente”.

“Conforme fue pasando el tiempo me di cuenta que el Doctor Fidel –propietario del bar- no me pagaba. Cuando le reclamé me golpeó. Me dijo en tono agresivo e insultándome que yo le hiciera como quisiera y que no me pagaría nada. Él y su pareja llamada Ivania, de Honduras, eran los que me golpeaban y me obligaban a prostituirme, por lo que decidí escapar”.

Una vez afuera, “una amiga también de Honduras, me llevó a trabajar al bar El Ranchero, pero ese día que llegué personal de migración hizo el operativo y fue que me detuvieron”, narra la migrante.

En el proceso penal que se siguió por este caso –que dio a pie al cese del delegado del INM de la zona- la menor de edad dio cuenta del modo de operación de los tratantes. Explicó que las migrantes jóvenes son enviadas a la frontera a reclutar a sus compatriotas, obligadas bajo amenazas a “cuidar a las nuevas”, e imponerles castigos.

La OIM concluyó que a pesar de poder salir de los bares y transitar en los lugares cercanos, las amenazas y “deudas” contraídas por cruzarlas en la frontera, les impiden a las víctimas de trata escapar.

Luego, lo que les hace seguirse quedando en los lugares donde fueron enganchadas, y repetir el sistema de explotación del que fueron víctimas, es el miedo a adentrarse más en el país y ser deportadas, la inercia del “trabajo seguro”, y en algunos casos los embarazos no deseados.

Las redes “familiares”

En su estudio, la OIM señala que en los grupos dedicados a la trata de personas, hay estructuradas bien organizadas en la que cada miembro se especializa en una parte de la cadena del proceso de la trata: captación, enganche o reclutamiento;  traslado; y explotación.

El estudio indica que el 49% de quienes reclutan o enganchan a las personas víctimas de trata, son desconocidas; el 45% son conocidas con quienes tienen algún vínculo cercano o familiar.

El organismo internacional señala que en el 62% de los casos que estudió, la figura del tratante estuvo representada por una mujer. Pueden cumplir el rol de quienes enganchan, quienes trasladan y resguardan, o ser directamente quienes explotan. En una cuarta parte se observó la participación de ambos sexos, el resto fueron hombres los tratantes.

Según el estudio derivado de entrevistas a las víctimas, a organizaciones que las apoyan, y a autoridades, la OIM concluye que la participación cada vez mayor de las mujeres, en al menos una de las etapas del proceso de trata, forma parte de las tendencias internacionales actuales de esta problemática.

Este indicador, señala la OIM, desmitifica la idea de que los tratantes son exclusivamente del sexo masculino. En la actualidad existen cada vez más mujeres que actúan junto con hombres como reclutadoras o enganchadoras. Ello responde a que las mujeres tienden a generar con mayor facilidad espacios de confianza con otras mujeres o niñas.

En la mayoría de los 165 casos analizados, al inicio las víctimas no se resistieron a la explotación. Muchas veces confiaron en las personas que las llevaron, debido a que los métodos de reclutamiento son el ofrecimiento de trabajo, el enamoramiento, la venta por parte de algún familiar, o amenazas y secuestro en menor medida.

Luego, al detectar las víctimas de trata irregularidades e inconsistencias cuando son trasladadas de un lugar a otro,  empiezan a sospechar y, poco a poco, logran darse cuenta del engaño del que fueron objeto.

La OIM detectó que muchas veces, se percatan de que están bajo la custodia de sus captores y de que seguir con ellos es la única manera de permanecer con vida; “entonces, el deseo de escapar se convierte en una necesidad secundaria ante la de sobrevivir”.

 

Del total de las víctimas asistidas, sólo veinte emitieron denuncias en contra de los tratantes.

“Ellas llegan solas, porque en mi país muchas quieren salir”

Dice que se llama Giovana. Mi acompañante la invita a sentarse, me mira recelosa (por ser yo mujer), pero acepta. De inmediato se recarga en él, de forma melosa, y le advierte que ella cobra 80 pesos “la ficha” (cada cerveza o copa de licor que tomará con nosotros).

En el bar, ubicado en la zona sur oriente de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, hay al menos otras cinco mujeres como ella, sirviendo, sentadas con los parroquianos, o bailando con ellos en los minúsculos espacios que hay entre mesa y mesa.

El imaginario de la prostituta, de la “fichera” que se asienta en las llamadas zonas rojas o zonas de tolerancia, se viene abajo en Chiapas. Los bares, cantinas, “antros” o discotecas se encuentran en casi cualquier lugar, y en una cantidad importante de ellos hace presencia este sector, a  veces de forma sutil, en otras evidente.

Se encuentran desde las 10 o 12 de la mañana y “hasta que se va el último cliente”. No se esconden, no se visten de forma extravagante, basta una blusa entallada y con escote. Hacen las veces de meseras, de ficheras o de prostitutas, según lo pida el consumidor.

Giovana entra en confianza, accede a la plática y las confesiones. Cuenta que viene de Honduras, que fueron su hermana y otra migrante de origen nicaragüense, quienes la trajeron a México, junto a otras mujeres.

Giovana ve a su hermana como un ejemplo exitoso de vida. Ella también quiere quedarse a vivir en esta ciudad, comprar una casa y traer  a sus dos hijos, que se quedaron viviendo en Honduras. Dice que vivir en este lugar es mejor que la vida que llevaba en su país.

Sueña con tener su propio negocio. Dice que basta alquilar una vivienda con una sala o un patio amplio, hacer el acuerdo comercial con una cervecera que deje en comodato algunas sillas y mesas de plástico, y surta de cerveza. Los permisos legales para operar un “bar” se subsanan con “cuotas extraordinarias” a los inspectores, en especie o efectivo.

¿Mujeres? Ellas, señala, “llegan solas, porque en mi país muchas quieren salir”

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¿Por qué muchas mujeres aún se cambian el nombre para usar el apellido de sus maridos?

Tomar el apellido del esposo tiene un origen patriarcal histórico, ¿por qué entonces tantas mujeres mantienen esta tradición?
27 de septiembre, 2020
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Novia con brazo apoyado en el de su novio.

Getty Images
En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan.

Planear una boda en tiempos de pandemia es algo lleno de incertidumbres, pero Lindsey Evans, de 30 años, tiene clara una certeza: “cuanto más se acerca la fecha, más segura estoy de que quiero adoptar su apellido”.

La boda entre esta californiana y su pareja está prevista para julio de 2021.

En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan. En concreto un 70%, según uno de los análisis de datos más exhaustivos en los últimos años.

En Reino Unido, esa cifra asciende a casi un 90%, según datos de 2016. Y el 85% de esas mujeres tiene entre 18 y 30 años.

Aunque la tendencia es menor que hace una generación, queda claro que esta norma cultural aún persiste con fuerza en varios países del mundo occidental. Incluso a pesar de que hoy vivimos en una era más individualista y con mayor conciencia de género.

Aunque las definiciones de feminismo pueden variar, un 68% de mujeres menores de 30 años se definen como feministas en EE.UU. y alrededor del 60% en Reino Unido.

“Es bastante sorprendente, ya que esta tradición viene de la historia patriarcal, de la idea de que una mujer casada se convertía en una de las posesiones del hombre”, dice Simon Duncan, profesor de la Universidad de Bradford, en Reino Unido, quien ha estado investigando esta práctica.

Lindsay Evans

Lindsay Evans
Lindsey Evans, de 30 años, quiere adoptar el apellido de su futuro marido.

Es una tradición arraigada en la mayoría de países de habla inglesa, aunque el concepto de “adueñar” esposas hace más de un siglo que no se usa en Reino Unido y actualmente no hay ningún requerimiento legal para adoptar el nombre del marido.

Gran parte de Europa occidental sigue el mismo patrón, con las excepciones de España e Islandia, donde las mujeres mantienen sus apellidos y Grecia, que estableció un requerimiento legal en 1983 para que las mujeres retuvieran su apellido de por vida.

Incluso en Noruega, categorizado como uno de los países líderes en igualdad de género y con una historia patriarcal menor, la mayoría de mujeres siguen tomando el apellido de sus maridos. Allí, sin embargo, alrededor de la mitad de las mujeres que adoptan otros nombres mantienen su apellido de solteras como segundo nombre, que funciona como apellido secundario.

“¿Es esto solo una tradición inofensiva o hay algún tipo de significado que se filtra desde esos tiempos hasta ahora?”, se pregunta Duncan, quien recientemente se asoció con académicos de la Universidad de Oslo y la Universidad del Oeste de Inglaterra para ahondar en por qué persiste esta tradición.

Tradiciones patriarcales

Por supuesto, hay numerosas razones por las que una mujer puede querer cambiar su apellido de soltera, ya sea porque le disgusta o por desasociarse de padres ausentes o abusivos miembros de la familia.

Pero a través de un intenso análisis de investigaciones y entrevistas con parejas recién casadas o comprometidas en Reino Unido y Noruega, el equipo de Duncan identificó dos motivos especiales.

El primero fue la persistencia del poder patriarcal. El segundo, el ideal de “buena familia”; la creencia de que compartir el nombre de tu pareja simboliza el compromiso y te une a ti y a tus posibles hijos dentro de una unidad.

Algunas parejas aceptan el cambio de nombre simplemente por ser una tradición, mientras que otras adoptan con entusiasmo la idea de transmitir los apellidos del hombre.

“Algunos hombres todavía insisten en mantener ese tipo de suposición patriarcal que viene del pasado. Algunas mujeres están de acuerdo con eso y lo tienen internalizado. Hay mujeres realmente ansiosas en asumir el apellido de su esposo”, explica Duncan.

Hombre proponiendo matrimonio.

Getty Images
Cambiar al nombre del esposo está asociado con otras tradiciones como que sea el hombre el que pide matrimonio.

La investigación de su equipo expone que el hecho de que las mujeres cambien su nombre está vinculado a otras tradiciones patriarcales como que los padres entreguen a sus hijas antes de la boda o que los hombres sean los que proponen matrimonio.

Estos elementos, dice Duncan, forman parte del “paquete de matrimonio” para muchas parejas.

“Es parte del romance”, coincide Corinna Hirsh, alemana de 32 años residente en Estocolmo, Suecia, quien tomó el apellido de su marido al casarse el año pasado.

“Dormimos en habitaciones separadas la noche anterior. Mi padre y mi marido dieron un discurso, pero yo no”, agrega.

Hirsh cree que estas tradiciones le ayudan a ella y su pareja a desarrollar un vínculo más profundo, a pesar de ya llevar más de ocho años juntos. “No esperábamos sentirnos más cerca tras la boda, pero el hecho de haberla organizado a lo grande y tener un solo apellido hicieron el truco”.

La “buena familia”

El segundo motivo que Duncan y su equipo indagaron se basa más en percepciones públicas. Concluyeron que tomar el apellido de tu pareja se percibe como una forma de mostrar compromiso y unión hacia el exterior.

“Siento que nos da una identidad como familia y no como individuos”, concuerda Lindsey Evans en California.

Familia.

Getty Images
Muchas mujeres eligen tener el mismo apellido que sus parejas para dar más sentido de unidad familiar.

La investigación de Duncan concluyó que esta narrativa de “buena familia” era especialmente fuerte entre las mujeres que ya habían tenido hijos. Incluso algunas de las que no adoptaron el nombre de sus parejas lo hicieron después de dar a luz.

“Quise hacerlo para tener una mejor conexión con mi hijo, no solo en nuestra relación, sino también sobre el papel”, dice Jamie Berg, bailarina y gimnasta estadounidense de 36 años residente en Oslo, Noruega.

Tras mantener su nombre de nacimiento durante varios años, sobre todo porque era importante para su identidad profesional, añadió el nombre de su marido a su pasaporte y otros documentos cuando su hijo nació para “así tener los tres el mismo apellido”. Esto, esperaba, evitaría líos administrativos, por ejemplo, al viajar fuera del país.

El estudio de Duncan destacó otro sentimiento común entre muchos padres, y es que los niños pueden terminar confundidos o infelices como resultado de que los padres tengan nombres diferentes.

Pero argumenta que si bien esto puede crear incomodidad en los adultos, la investigación sociológica sugiere un impacto limitado en los niños, y la mayoría no se confunde en absoluto sobre quién conforma su familia, independientemente de su apellido.

¿Tradición contra el feminismo?

Los académicos están divididos sobre cómo esta norma juega en contra de los esfuerzos para conseguir la igualdad de género.

Duncan describe como “bastante peligroso” si las parejas lo hacen porque adoptan la tradición o simplemente la asumen por defecto.

“Perpetúa la idea de que el marido es la autoridad… reproduciendo la tradición de que el marido es el líder de la casa”, explica el investigador.

Ese argumento es fuertemente apoyado por mujeres como Nikki Hesford, de 34 años y propietaria de un negocio en el norte de Inglaterra. Ahora está divorciada, pero se negó a tomar el nombre de su exmarido cuando se casaron, y dice que le sorprende ver que pocas esposas hacen lo mismo.

Mujer con mano extendida.

Getty Images
Algunas mujeres piensan que asumir el apellido de la pareja masculina no ayuda al movimiento feminista.

“Las mujeres se quejan de que siempre terminan siendo las cuidadoras, las que dejan de lado el trabajo cuando se enferma el niño, lo llevan al hospital o la que sufren con sus carreras profesionales. Pero es que desde el principio sientan el precedente (con el cambio de nombre) al decir ‘tú eres más importante que yo, tú el principal y yo la secundaria'”, argumenta Hesford.

“Algunas personas me dicen que lo estoy pensando demasiado y que no significa nada, pero yo no estoy de acuerdo”, amplía.

Sin embargo, Hilda Burke, una terapeuta de parejas irlandesa, cree que las mujeres que eligen conservar sus apellidos no deberían juzgar tan rápido a las otras. La especialista apunta que estos conceptos de “romance retro”, reforzados por el cine y la literatura, se han amplificado con las redes sociales.

Esto significa que las mujeres seguirán influenciadas por este tipo de mensajes, a pesar de que el feminismo cuenta con una mayor plataforma hoy en día.

“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso aunque esas mujeres se identifiquen como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”, dice Burke.

La especialista opina que, para muchas, cambiar al apellido de sus maridos es una opción pragmática y no necesariamente tiene que ver con ser más o menos feminista.

Pareja de casados en la playa.

Getty Images
“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso si esas mujeres se identifican como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”.

Otro argumento es que, a fin de cuentas, el feminismo también se trata de dar a las mujeres libertad de decisión. Esto significa que siempre y cuando sean ellas las que decidan qué nombre tomar, no debería importar si va a favor o no de las normas patriarcales.

“Mi novio jamás me ha dicho que debo adoptar su apellido. Como feminista, soy capaz de tomar la decisión que es mejor para mí sin preocuparme por los roles de género“, dice Evans.

¿Seguirá así en el futuro?

Los investigadores debaten acaloradamente cuán prevalente será la tradición de tomar el apellido de los maridos en el futuro. Hay poca investigación académica predictiva, aunque hay indicios de que, a pesar del lento progreso hasta la fecha, tanto mujeres como hombres están cada vez más abiertos a alternativas.

En Reino Unido, una encuesta de 2016 a más de 1.500 personas mostró que al 59% de las mujeres todavía les gustaría tomar el apellido de su cónyuge al contraer matrimonio, y el 61% de los hombres todavía quiere que lo hagan así.

Aunque estas cifras son altas, son alrededor de un 30% más bajas que la proporción de británicos que actualmente siguen la tradición.

Otra encuesta mostró que el 11% de los jóvenes de 18 a 34 años en Reino Unido ahora están usando apellidos compuestos cuando se casan. Se trata de un práctica que tradicionalmente hacían las familias más adineradas.

“Lo hablamos antes y decidimos que como íbamos a compartir todo en nuestras vidas, también tenía sentido compartir los nombres”, explica Nick Nillsson-Bean, un británico de 36 años residente en Suecia, quien tiene el mismo apellido compuesto de su esposa.

Hombre poniendo anillo a su mujer.

Getty Images
Muchas parejas, por otra parte, optan por llevar apellidos compuestos.

“Se sentía un poco arcaico que tomara mi apellido”, explica.

En Estados Unidos, un número cada vez mayor de mujeres también está optando por apellidos compuestos sin guiones para ser más visibles online por motivos profesionales.

Mientras tanto, algunas parejas mezclan sus nombres o inventan otros nuevos para compartir y los hombres adoptan los apellidos de sus esposas, aunque ambos fenómenos siguen siendo inusuales.

“No estaba obsesionado con toda la masculinidad y la patriarcal y sabía lo importante que era conservar la identidad para mi esposa“, dice Ciaran McQuaid, un ingeniero británico de 39 años que cambió su nombre y se puso el apellido de su esposa.

Dado que las mujeres tienden a casarse más tarde (la edad promedio es ahora de 35 años o más en países europeos, incluidos Reino Unido, Italia y España, y alrededor de 28 en EE.UU.) esto también puede tener un impacto en la elección de nombres futuros.

Una investigación conjunta de Noruega y EE.UU. expone que las mujeres mayores, más educadas y económicamente independientes tienen más probabilidades de mantener sus nombres de nacimiento, mientras que la práctica es menos popular entre las más jóvenes, con salarios más bajos y dentro de la comunidad afroestadounidense.

Pareja casada.

Getty Images
Las mujeres de la comunidad afroestadounidense son menos propensas a conservar sus apellidos tras casarse.

“Ya tenía casa, título, automóvil…si cambiaba de nombre tendría que cambiar todos esos documentos y licencias”, explica America Nazar, una dentista de 50 años residente en Noruega que no cambió su nombre tras casarse el año pasado.

Otros investigadores destacan la influencia de la comunidad LGBTIQ, donde ya hay tendencia a ser más flexibles a la hora de cambiar de nombres.

La doctora Heath Schechinger, psicóloga y terapeuta de la Universidad de Berkeley en California, predice que se puede alentar a las parejas heterosexuales a mantener sus propios nombres a medida que “el concepto de ‘familia’ se expande”.

Es hora de que esto se convierta en una discusión abierta dentro de las asociaciones y no en algo que se asuma o esté predeterminado”, coincide la gerente de marketing Verity Sessions, de 35 años, de Inglaterra, que mantuvo su propio nombre cuando se casó con su esposa.

“Algunos de mis amigos han decidido tomar el apellido de su esposa”, dice.

Sin embargo, dice que entiende que otras parejas “simplemente aman una tradición” o podrían optar por nombres que simplemente “hacen que un árbol genealógico sea un poco más fácil de elaborar”.

En Londres, la psicoterapeuta Burke también cree que las nomenclaturas convencionales van a cambiar, aunque ahora con la batalla contra la covid-19 están teniendo lugar otras prioridades,

Los fanáticos de la tradición de los nombres masculinos como Corinna Hirsch, sin embargo, esperan que no se extinga. “Sería bueno si continúa, pero solo si no es forzado”, opina.


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