¿La vida es bella? ¡Qué porquería!
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¿La vida es bella? ¡Qué porquería!

Por Moisés Castillo
8 de octubre, 2011
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Existen novelas que dieron paso a autobiografías o a diarios: libros cautivadores por la personalidad abrumadora del protagonista. Pienso rápidamente en Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Una novela publicada en Francia en 1934 y que fue todo un escándalo. Durante muchos años fue prohibida en Estados Unidos por pecaminosa, oscura y perversa. Muchos escritores como Beckett y Orwell, aplaudieron y fueron fervientes entusiastas de esas páginas semi autobiográficas llenas de sexo y malos modales.

Pero se corre el riesgo de que en este tipo de literatura “vivencial” el autor caiga en un monólogo desabrido y pretencioso. El buen escritor sabe escoger de entre lo que llaman sus experiencias y reproducir la verdad fielmente. Y es lo que hace de una forma inteligente y atrevida la escritora Alejandra Maldonado con su libro de cuentos Aburrida en Bouveret (Moho 2005).

En los 17 relatos relampagueantes, Alejandra retrata su vida como una fiesta: música, excesos, humo, valemadrismo, sueños eróticos. A pesar de tener una vida tan vital, pareciera que Alejandra se encuentra en un aburrimiento casi perpetuo. Tal vez porque habla siempre de sí misma o quizá porque nadie ha podido entender su egocentrismo.

Ella tiene la teoría de que se nace y se muere solo, y que la vida tiene sus destellos mágicos de comunicarse con los demás: los instantes de conversaciones con sus amigas la hacen sentir que no está arrojada al vacío.

El escritor Guillermo Fadanelli dice que la experiencia cotidiana permite construir personajes verosímiles. Y Alejandra es una buena cronista de sus propias experiencias: su realidad narrada con imaginación. Se aísla, sin pretenderlo, de la forma convencional de escribir: sus cuentos tienen una voz poderosa y fatalista. Vive mundos entre el placer y la soledad. Sus pensamientos y sentimientos son la materia prima para contar sus historias y esto la hace sentirse viva, a pesar de aburrirse tanto sola.

Es domingo por la mañana y está nublado. Hace frío. Volteo a todos lados para buscar a Alejandra sin que nadie se parezca a ella. Estoy en la esquina del Centro Budista de la Roma y me sorprende que mucha gente con un entusiasmo envidiable entra a este espacio de meditación con sus tapetitos de colores y ropa deportiva. Por fin veo a Alejandra: lleva unos lentes oscuros, porta una sudadera gris, una falda del mismo color y unos calentadores tejidos de lana.

De inmediato siento su carácter lleno de energía. Me pide con una voz relajada que si la acompaño a comprar fruta para su casa. Caminamos sobre la calle de Jalapa. Entramos a una recaudería y escoge algunas manzanas amarillas y unos cuantos plátanos. El vendedor la ubica y le pregunta por qué ya no había visitado el lugar. “Me fui de viaje”, contesta sonriente Alejandra.

Vamos por unos cafés y nos dirigimos al Parque Luis Cabrera a buscar unas banquitas y platicar sobre sus cuentos, sus héroes literarios y su vida familiar “un poco accidentada”. Como música de fondo se escucha la fuente que expulsa agua amarillenta.

-¿Por qué la protagonista se presenta con actitudes pesimistas y a veces caóticas?

Es verdad que en la mayoría de los cuentos siempre aparezco insatisfecha. Pero hay dos o tres relatos como 69 cosas que me gustan, que son como un canto a la vida. ¿Por qué siempre estar amargado? Bueno, es un libro adolescente. Tenía más de 20 años cuando se publicó y recuperé la mayoría de los textos de una libreta que tenía. Creo que a pesar de que rebasemos la edad adolescente nos quedamos atorados en una falta de madurez, estamos insatisfechos con lo que sucede en nuestras vidas. Voy a mencionar algo que dijo Rafa Saavedra en una presentación en Tijuana: al final de cuentas el libro siempre apunta a la vida más que a la muerte. Pienso que es así.

-¿Los cuentos reflejan mucho tu personalidad? ¿Cómo despegarse de lo autobiográfico para crear relatos con un tono a veces intimidante?

Mmmm creo que mi personalidad me apabulla. Soy una persona súper egocéntrica de la que no me puedo desprender para bien o para mal. Soy muy ensimismada. Siempre será una prioridad lo que pase dentro de mí que lo que pase afuera. En cuestiones un poco formales este libro son mis vivencias, pero ninguno de los cuentos que están ahí, ninguno, sucedieron tal cual. Tuve que reacomodar cosas, diálogos. Parece que me mimetizo con ese personaje pero lo paradójico es que ninguna de esas cosas sucedieron tal cual.

 -A parte de que así se titula uno de los cuentos, ¿Por qué se llama el libro Aburrida en Bouveret?

Porque Willy se lo puso. En realidad quería que se llamara Beats…

-Pero él dijo…

No es que la gente… Pensaba que yo misma me invalidaba ante el punto de vista de mucha gente de la literatura, que de por sí te descalifica. Creo que esa era la idea. No quitarme validez ante cierto tipo de mirada de “la gente de las letras”.

-¿Tus influencias las encuentras en los Beats?

No he leído mucho beat y no sé si Bukowski sea beat, porque es al único que he leído. Intenté leer a Kerouac pero es muy desordenado para mí y un poco me pasa también con Rubén Bonet. Hasta de pronto he sido ofensiva, puta tienes que poner mucha voluntad para unir todos sus desvaríos de drogadicto. Mis influencias en ese tiempo eran Fadanelli, Bukowski, Fante. Hoy leo otras cosas más “estéticas” y “fuertes”. Me gusta Philip Roth y su novela El teatro de Sabbath. Me gustan las narraciones menos formales y que son más vitales.

-¿Cómo fue que se publicó en Moho?

Todo pasó porque me dieron la beca del Fonca por esos años y me puse hacer la “tarea” -suena muy infantil- y trabajaba mis notas y rescataba cosas de mis libretas. Cuando terminó el año de la beca resultó que ya tenía un manuscrito que fue el libro. Se lo mandé a Willy y enseguida dijo lo publicamos en Moho, porque es muy Moho.

¿Recuerdas cómo conociste a Fadanelli? ¿Qué te pareció?

Lo va a leer el cabrón, pero la neta me pareció guapo jajaja. Me pareció que tenía toda la onda del mundo. También me remetía a algo más moderno, a algo que este país no tenía, algo más avant-garde: un sonido que no es de aquí. La neta lo relacionaba mucho con España, con la buena onda de España de los 80’s. Lo leía en el suplemento Sábado del Unomasuno, también La Pus moderna, de Rogelio Villarreal y nada más. Si había otra publicación seguro me la devoraba porque quería saberlo todo del “underground”.

-¿Cómo llegó la escritura a tu vida?

Recuerdo que desde la primaria. En la materia de Español nunca estudié y siempre tenía buenas notas. También la cuestión de la ortografía siempre fue algo automático para mí, tenía como un chip de letras. A los 16 años llegaron mis inquietudes como de probar camino. Hice un cuento y lo eché debajo de la puerta de la casa de Fadanelli, que vivía en el centro de San Jerónimo. Investigué su dirección, yo vivía en Pachuca y listo.

-En este proceso para ser escritora, ¿Hubo personajes o momentos clave que te impulsaron en tu camino literario?

Pensaría que antes de Fadanelli fue José Agustín y Luis Zapata. Más que a nadie le he querido mandar una carta a Luis y decirle que ese libro de El vampiro de la colonia Roma me pareció increíble. También fue una revelación descubrir a alguien que hablara de drogas y con groserías como José Agustín. Un libro que lo tengo que volver a leer y disfrutar que tiene más de 20 años que no lo hago es El Túnel, de Ernesto Sábato. Hubo una corriente de libros que me encantó Nacida Inocente, que tenían temas de rebeldía, denuncia social y problemas familiares. Esa literatura barata wuaooo. Cuando mi abuela me descubrió leyendo pensaba que era pornografía, no sé qué se imaginaba. También Lo negro del Negro Durazo, soy muy morbosa y eso me encantaba. Relatos de crímenes escritos por periodistas de poca monta, sangre, ese género está bien padre y me gustaba. En mi casa había mucho de eso o Las profecías de la gran pirámide, mi abuelo lo tenía ahí, se acercaba el fin del mundo y toda esa me emocionaba.

-¿Por qué mencionas en unos de tus cuentos que “desde niña he sido una vieja amargada”?

Mi vida familiar ha sido un poco accidentada. Mis papás no se entendieron desde el principio, eran súper jóvenes. Cuando nací mi papá tenía 20 años y mi madre 17. Dicen que se divorciaron a los dos años, yo no me acuerdo. Estuve con mi abuela materna, mi abuelito y con todos mis tíos alrededor porque fui la primera nieta. Nací aquí en el DF hice todo hasta los 10 años y luego nos fuimos a Pachuca. Allá hice la secundaria y la prepa y luego me regresé a la ciudad de México a vivir sola. Estudié en el Claustro de Sor Juana comunicación audiovisual.

-¿Por qué esa carrera?

Fíjate que no relacionaba mucho la comunicación audiovisual con ser escritora. Sabía que tenía que estudiar algo, sabía que por mi condición de clase mediera o estudiaba algo o ya no me seguirían manteniendo. Si hubiera tenido poder de elección me hubiera largado a Europa mantenida por mi abuela, pero era una señora bastante estricta que no me iba a permitir divertirme a sus costillas. Fui feliz en el Claustro, me gustó.

-A seis años de tu primer libro, ¿Cuáles son tus temores como escritora?

Hoy estoy más vieja y reflexionó lo que hago. Siempre he querido hacer las cosas que a mí me gustaría leer y que no encuentro en otra parte. Claro que podrían decirme por inculta y huevona jajaja. Si vas hacer algo hay que emocionar, tal vez es un punto de vista muy sesgado sobre el arte, pero creo que el arte debe por lo menos mover al que lo está haciendo. Aburrida en Bouveret me encanta. Hoy tengo menos huevos que antes. Vas envejeciendo y te vas fijando en lo que los demás dicen, es algo que no me voy a permitir. A mi me da mucha ternura ese libro, me parece que fue súper honesto y valiente. Tenía más huevos, punto.

 

-¿Qué te gusta hacer cuando concluyen tus horarios en el mundo de la publicidad?

Te podría decir que hago cosas extrañas, fuera de lo normal, pero no, soy totalmente un cliché: me gusta hacer ejercicio, salir de noche, leer obviamente, aunque esto lo he retomado después de varios años de ocio intelectual. En

mi bolso traigo Desayuno en Tiffany’s, de Capote y Tres ataúdes blancos, del colombiano Antonio Ungar. Me encanta andar en bicicleta, sentir que dominas los 180 grados de visión y rebasas la velocidad que puedes alcanzar a pie, sentir el viento en la cara. Me gusta cocinar, aunque no tengo tiempo para hacerlo. Y me gusta mucho ver a mis amigas, tengo muchas y muy buenas amigas. Con ellas siento que de pronto la soledad fundamental puede quebrarse aunque sea por unos momentos. Pero principalmente me gusta no hacer nada, sin que esto me cause un conflicto moral de productividad.

 

Aburrida en Bouveret en frases:

-Sus ojos son enormes y los miro y creo que podría meterme en ese azul, pero a la vez me desconcierta su expresión. Voy a vomitar.

-Y pobre, porque en realidad Jeffrey fue muy amable, en un principio, y tenía buen físico, yo con gusto y condones de por medio hubiera hecho cualquier guarrada.

-Ya me ha pasado esto varias veces: gorrear droga y que luego me quieran  meter mano.

-De pronto eso de encontrar una buena cogida en esta ciudad es de flojera.

-Nos gusta mirar el cielo y sentir la noche porque nos tranquiliza.

-También me aterra tener la certeza de que las peores cosas, la más reales, son las que no se dicen.

-Y se puso a llorar, como el eterno adolescente imbécil que es.

-Desde hace tiempo he tenido la hipótesis de que una relación de pareja no debería durar más de tres años.

-Cuando alguien promete algo a cambio de algo es obvio que no lo va a cumplir.

-Me siento un poco caliente, debe ser porque tengo la regla y como estoy súper pacheca es el momento ideal para masturbarme.

-Es algo muy extraño porque sueño cosas, pero permanezco consciente de que no estoy dormida.

-Todas las mañanas soy un asco y creo en el futuro.

-Me fastidia lo bien hecho porque mi mediocridad en todos los sentidos no tiene límites.

-A chingar a su madre los hombres guapos, porque tienen verga y no la prestan.

-Son mis vacaciones, ¡carajo!, ¿qué no puedo tener un momento de paz?

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"No soy yo, es mi tiroides": la montaña rusa emocional de las mujeres con problemas hormonales

Esta glándula es "la batería" del cuerpo y provoca síntomas, muchas veces ignorados o mal diagnosticados, tanto si funciona mucho como si funciona poco. El 80% de las personas que sufren estos síntomas son mujeres.
7 de abril, 2022
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Quiero acostarme con mi pareja, pero mi libido dice no. Quiero levantarme pronto, hacer mil cosas, pero ya no puedo hacer las cosas como antes. Quiero leer un libro, pero la neblina mental lo impide. Quiero estar tranquila, pero algo me hace gritar al que tengo enfrente, patalear, rabiar. Quiero bajar de peso, lo intento, me esfuerzo, pero no puedo. Quiero estar feliz, tengo motivos, pero algo, como un succionador de energía y alegría se interpone. Quiero bajarme de esta montaña rusa de síntomas y emociones.

Laura, Eirene y Loreta viven en países tan dispares como Chile, España y Croacia, pero, según cuentan a BBC Mundo, el párrafo anterior resume buena parte de lo que han vivido en los últimos años. También pasaron por un largo camino hasta dar con lo que tenían.

“Con 17 años empecé a tener síntomas locos. Vértigos, un zumbido en el oído, me sentía muy mal al entrenar. Pensaban que era epilepsia. Después de medio año de pruebas, vieron que era la tiroides”, cuenta Loreta.

El caso de Eirene empezó por problemas estomacales en 2009, endoscopias, gastroscopias, colonoscopias, una doctora que le dijo que se estaba inventando una enfermedad, hasta que, en la década siguiente, le dieron su diagnóstico.

Laura escuchó cómo un médico le decía que estaba gorda porque “los venezolanos lo están porque comen muchas arepas” y ha visto a siete u ocho médicos para encontrar un tratamiento que no le suponga un shock hormonal.

Las tres tienen hipotiroidismo autoinmune.

Una mariposa que controla tu energía

La tiroides es una glándula con forma de mariposa ubicada en el cuello. Su trabajo es producir hormonas esenciales para ayudar al cuerpo a usar energía, mantenerse caliente y mantener el funcionamiento correcto del cerebro, corazón, músculos y otros órganos.

Doctora inspecciona el cuello de una mujer

Getty Images
El hipotiroidismo es más frecuente y está infradiagnosticado

“Es como la batería del cuerpo. Si funciona mucho o poco, hay síntomas”, cuenta a BBC Mundo la endocrinóloga Paloma Gil. Si funciona poco, aparece el hipotiroidisimo y se siente “como un juguete al que se le acaban las pilas, se cansa más fácilmente“; si funciona demasiado, se produce hipertiroidismo y la persona puede estar “como si alguien le huiera dado una dosis extra de cafeína, acelerado”.

Ambos, hipo e hipertiroidismo, tienen multitud de sintomas: caída de pelo, pérdida de energía, cambios de humor repentinos, pérdida o ganancia de peso, cambios en la menstruación, en la piel, olvidos y neblina mental.

“El problema es que son inespecíficos”, comenta el doctor Francisco Javier Santamaría, miembro de la Sociedad Española de Endocrinología. Por ejemplo, en el caso del hipotiroidismo “se puede confundir con tener una mala racha o una depresión”.

El hipotiroidismo es más frecuente y, cuenta Santamaría, está infradiagnosticado. “La incidencia es de más o menos un 10% de la población que la sufre. La mitad de ellos no está diagnosticado”. Es una dolencia principalmente femenina: “El 80% de las personas que padecen de tiroides son mujeres”.

“No somos un órgano separado de un cuerpo”

Un tratamiento muy habitual es la levotiroxina, una pastilla que regula el desajuste de la tiroides. “Una vez que se ponen las hormonas bien se puede hacer una vida normal“, explica la doctora Gil.

Dubujo de dos personas que cargan un celular con muy poca batería

Getty Images
Muchas mujeres con hipotiroidismo aseguran que se cansan mucho y se les hace difícil estar al 100 %

Pero no ocurre así con Loreta, Eirene y Laura, que, aunque están bajo control médico y con tratamiento, siguen teniendo síntomas.

“A veces estoy deprimida, todo te cansa mucho. Es difícil combinar esta enfermedad con el ritmo de vida actual”, se queja Loreta, mientras que Laura, una persona muy activa, tiene días que debe trabajar tumbada en la cama. “Trato de hacer todo lo mejor que puedo, sin presión. Pero es muy difícil estar bien a 100%”, añade Eirene.

Loreta ha visto su condición agravarse, tiene nódulos y puede que le extirpen parte de su tiroides. “El médico (el actual) me dijo que había cosas que me pasaban, como no poder enfocarme, no poder mantener una conversación, eran por esto. Siempre me digo ‘yo no soy así. Es mi tiroides'”.

“Normalmente la mayoría de los pacientes, el 80 o 90% se normaliza. Pero hay casos que no llegan a estar 100% normal”, apunta el doctor Santamaría.

“Hay casos que son más complejos. La mayor parte de los hipotiroidismos son de tipo autoinmune y, aunque tomes medicación, esta autoinmunidad sigue afectando a otros órganos”, sostiene el doctor Santamaría.

Esto significa que nuestro sistema acaba atacándose a sí mismo. “Produces anticuerpos y atacas a otras cosas, vas contra el folículo del pelo, te da vitíligo, problemas en el intestino…”

Además, apunta Santamaría, la hormona tiroidea afecta a todo, incluso al sistema nervioso: “Hay mucha labilidad emocional, irritación. Aunque hayas corregido la tiroides, puede persistir esa clínica (síntomas).

En definitiva, muchos pacientes no encuentran respuestas.

Un camino autodidacta

Las tres pacientes entrevistadas por BBC Mundo acusan que el problema es que no hay tantos médicos actualizados ni tampoco hay un tratamiento integrativo de la tiroides. “Todo está relacionado, no somos un órgano separado del cuerpo”, dice Eirene.

Loreta, Eirene y Laura sintieron que no estaban recibiendo todas las respuestas que necesitaban. Las tres emprendieron un camino autodidacta de libros, videos, cursos, lleno de informaciones contradictoriasy soluciones a base de ensayo-error.

Las tres acudieron a algo que, saben, es un privilegio: un médico privado que les dedique más tiempo y les lleve su control rutinario. Y tanto Laura como Eirene, acudieron específicamente a especialistas en medicina integral para que revisaran todos su síntomas y los trataran en conjunto.

Una mujer apoya su cabeza sobre su escritorio

Getty Images
Quienes llegan a la consulta de la doctora García aseguran que “quieren llegar a todo” y no pueden

Isabel García es médica especialista en endocrinología y nutrición con una visión integrativa. Asegura que a su consulta acuden muchas personas cansadas de dar vueltas y “dañadas por médicos a los que dicen que no se encuentan bien a pesar de que las analíticas aparezcan correctas. Ahí hay otras cosas que evaluar”.

“Las enfermedades tienen una causa, una raíz. Muchas veces no se solucionan con solo una pastilla. Hay que ver a la persona”, sostiene García y apunta que un problema es que en las facultades y en las consultas médicas “no se habla del componente emocional ni de la importancia de la alimentación y los hábitos”.

Una pequeña guía

Los tres especialistas consultados advierten que, en ningún caso, se debe tomar medicamentos o suplementos sin supervisión médica.

La doctora García promueve en su consulta la eliminación de los tóxicos, que puede ir desde algunos empastes dentales que contienen mercurio hasta reemplazar los túper de plástico por otros de cristal o los jabones líquidos por pastilla. Esto son cambios que, por el ritmo de vida, las condiciones económicas, el contexto social que se tenga no están siempre al alcance de todos.

Pero también propone cambios en la alimentación mucho más asequibles, como eliminar el azúcar y los ultraprocesados y todo aquello que considera inflamatorio, como el gluten o la leche de vaca, además de tomar el sol, esencial para la vitamina D, así como hacer ejercicio de fuerza “pero poco a poco, porque el ejercicio es algo que estresa mucho al cuerpo”.

Una mujer medita sentada en el suelo

Getty Images
El autoconocimiento, meditar y ser autocompasiva puede ayudar a llevar una enfermedad autoinmune

Por la tipología de mujeres que llegan a su consulta -“mujeres de mediana edad, que quieren llegar a todo y no les da la vida, con una carga mental y emocional fuerte”- García recomienda pequeños gestos diarios: dormir sin el teléfono móvil en la habitación, disminuir el consumo de internet, delegar y decir que no, hacer algo a nivel personal que nos motive, como meditar, ir a terapia, aprender a gestionar nuestras emociones y conectar con una misma.

“Cambiando algo de la dieta y bajando el estrés, los cambios son espectaculares”, observa la doctora García.

Conocerse mejor y ser autocompasiva

Eirene, Loreta y Laura coinciden en un proceso que califican de esencial: autoconocimiento.

“Es clave saber cuándo algo es molestia mía y cuándo son las hormonas”, dice Laura. “Conócete, escribe cada vez que sientas un cambio de humor, aprende de la enfermedad. Si no te conoces, no sabes si el casancio lo tienes porque sí, la semana estuvo fuerte, o porque hay algo yendo mal”.

También es esencial buscar redes de apoyo y explicar a nuestro entorno el problema. “Hay mucha incomprensión. Eres la floja, la rara que come raro, que no bebe alcohol”, explica Eirene, quien modificó radicalmente su dieta y estilo de vida eliminando todos los tóxicos posibles e inlcuyendo una dieta antiinflamatoria.

Laura agradece que apareciera su hipotiroidismo para darle la oportunidad de mirar hacia adentro. Y aconseja: “Esto es una enfermedad silenciosa, pero quien te grita es tu cuerpo. Escúchalo, abrázalo, sé comprensiva contigo misma y, es clave, ten autocompasión”.


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