De contabilizarse trabajo doméstico, aportaría 21.7 por ciento del PIB
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De contabilizarse trabajo doméstico, aportaría 21.7 por ciento del PIB

29 de octubre, 2011
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Un estudio del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM reveló que si se contabilizara el trabajo doméstico dentro del Producto Interno Bruto (PIB) éste representaría 21.7 por ciento.

La encargada del estudio, Mercedes Pedrero Nieto, precisó que este porcentaje es superior a la aportación que hacen al PIB otros sectores como son la industria manufacturera, con 16.51 por ciento; minería y petróleo, 8.63; construcción, 6.74; y agricultura y ganadería, con 4.09 por ciento.

“Eso es lo que nos da la dimensión real de esta actividad, y si se le otorgara un valor económico, su aportación sería superior a lo que produce la industria manufacturera”, sostuvo.

Pedrero Nieto comentó que se considera trabajo doméstico toda actividad que se realiza en el seno del hogar, principalmente por las mujeres, de manera no remunerada.

En un comunicado, indicó que esto incluye no sólo las labores de limpieza y atención a los hijos, sino también el pago de servicios, trámites bancarios y ciertas compras; es decir, las labores que se puedan delegar a una tercera persona.

De acuerdo con el estudio “Valor económico del trabajo doméstico en México, aportaciones de mujeres y hombres”, publicado por el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), a la semana se destinan en promedio 40 horas para este trabajo, aunque varía según la situación de cada mujer.

Por ejemplo, las de edades medias con niños pequeños tienen con frecuencia jornadas superiores a 50 horas, mientras que en el caso de las estudiantes jóvenes, son mínimas.

La especialista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) señaló que entre las variables para determinar la jornada doméstica son el estado civil, la edad y la condición laboral.

Este tipo de trabajo, dijo, no se le reconoce porque está invisibilizado al no formar parte del mercado, pero sin él, no podríamos vivir y, por supuesto, contribuye a la economía nacional.

Al no pagarse, no se le da valor, pero si lo hace una tercera persona a la que se paga o se contrata el servicio, como llevar las camisas a planchar, sí representa un valor económico, manifestó.

la experta explicó que “la estimación que hice fue de acuerdo a los tiempos registrados para cada actividad en la Encuesta de Uso del Tiempo patrocinada por el Inmujeres y operada por el Inegi. Para cada actividad se buscó su similar en el mercado para calcular el pago por hora”.

Para obtener los resultados se comparo el trabajo doméstico con el que efectúa la gente en ciertos sectores como es el restaurantero y de servicios, en el que se paga por labores como servir alimentos o lavar trastes.

La académica resaltó que como resultado se estima que las mujeres contribuyen con 80 por ciento de la riqueza familiar, aunque ahora, los varones contribuyen en mayor medida a las actividades familiares, lo que implica no sólo llevar a los hijos a la escuela, sino jugar y ayudarlos con sus tareas.

La investigadora explicó que otra labor que se carga a las actividades domésticas es el cuidado de los ancianos, y aunque aún no es muy acentuado, en dos décadas sí lo será por el envejecimiento de la población.

Notimex*

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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