La vida en cuatro actos de un “subastero”
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync

La vida en cuatro actos de un “subastero”

Por Francisco Sandoval
1 de octubre, 2011
Comparte

I

La impaciencia se apodera de ellos. El aire es denso. Incomodas las sillas donde están sentados. Pocas veces se miran a los ojos o se dirigen la palabra entre ellos, pero ya armaron un plan: Comprar las más de ocho toneladas de acero que subastarán en el salón Iturbide del Hotel Sheraton María Isabel  de la ciudad de México. Los cinco se encuentran en la subasta  realizada por  el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE), instancia que entre sus responsabilidades tiene la de administrar los bienes confiscados en las aduanas del país o por las órdenes de un ministerio público o  juez federal.  Los minutos pasan y los socios continúan inquietos. Es hasta que escuchan la voz del Martillo –como se les conoce a los conductores de este tipo de subastas- dar el precio de arranque del lote que les interesa, que aguzan sus sentidos y  lanzan la primera oferta.

“Lo mejor es comprar entre varios para dividir la deuda”, dice uno de los cinco socios quienes finalmente adquirieron, en un millón 620 mil pesos, las más de ocho toneladas de acero que formaban parte de los bienes subastados por el SAE. Cuando platicó con él su nombre prefiere mantenerlo anónimo, pero asegura que tiene más de 30 años dedicados a recorrer cuanto subasta se realiza en el país. Tanto sólo el SAE organiza un promedio de cinco al año, más aparte las que realizan particulares, empresas de paquetería, aviación, construcción y transformación, entre otras.

Subasta de bienes hecha por el SAE el pasado 30 de septiembre de 2011. Foto: Cuartoscuro.

Su rostro luce más relajado cerrada la negociación. Invirtieron varios miles de pesos en la compra del acero, que piensan vender a una empresa recicladora.  La “chatarra”, como le llama, no es la única mercancía que procura cuando acude a una subasta. Hace cinco años compró a una empresa de servicios de paquetería, una carga de sobres que nadie reclamó y que finalmente cayó en sus manos a precio de remate. En esa ocasión se topó con una caja en cuyo interior se encontraban sobres con 10 cuadros de un pintor “medianamente reconocido”. El coleccionista que se los compró le dio 10 mil pesos por ellos. Si se toma en cuenta que por cada sobre pagó dos pesos, su ganancia fue de 998 por óleo.

II

En poco más de tres décadas de acudir a subastas –comenzó a trabajar en el sexenio de José López Portillo-, nunca se había sentido tan preocupado por su seguridad personal, como actualmente le pasa. El “subastero”, como se les conocen a las personas que se dedican a pujar en subastas, reconoce que a partir de que el SAE comenzó a vender los bienes y joyas incautadas a miembros de células del narcotráfico, nueva gente se ha acercado e inscrito a estos eventos, estableciéndose nuevos códigos de seguridad.

“Antes todos nos conocíamos y platicábamos, pero ahora hay mucha gente nueva”. Además, por cuestiones de seguridad, el SAE no revela la identidad de los participantes, lo que califica como un acierto.

Pero con todo y estos nuevos códigos, se han presentado casos en los que durante el desarrollo de la subasta se reciben llamadas telefónicas con falsas amenazas de bomba. El subastero recordó que eso les sucedió hace un año, en unas de las subastas donde se vendió un lote de joyas confiscado a miembros de la delincuencia organizada. “Hubo gente que se asustó mucho”.

Se subastaron 228 lotes provenientes de incautaciones de la PGR. Foto: Cuartoscuro.

III

De las anécdotas que más recuerda con satisfacción en su labor como subastero, se encuentra la de haberse  topado con las 10 pinturas en el lote de sobres. No sólo ganó buen dinero en esa ocasión, también le permitió rescatar el trabajo de un artista, que de otra manera su hubiera perdido.

Al escuchar su respuesta, sin embargo, no puede contener la curiosidad al preguntarle qué tanta demanda tienen, en los eventos del SAE, los cuadros de pintura y las esculturas que ahí se subastan.  “Mucha”, me responde el subastero, quien me explica que hay gente que sabe de arte y compra estas obras para sus colecciones privadas o para revenderlas en otros lugares.

Como ejemplo puso el cuadro del pintor Francisco Urbina (1921-2005), vendido 20 minutos antes de que él y sus socios compraran el lote de acero. La obra a la que hace referencia, formaba parte de los bienes asegurados al empresario de origen Chino Zhenli Ye Gon, acusado en México por los delitos de importación, manufactura de sustancias sicotrópicas, así como lavado de dinero y posesión de armas de fuego.

Tanto el cuadro de Urbina, que es un paisaje de los canales de Xochimilco, así como el óleo de “El lirio está muerto”, pintado en 1873 por el francés Alexandre Asrael -que también formaba parte de la colección de Ye Gon-, fueron vendidos a un coleccionista de arte que pagó 46 mil 400 pesos y 174 mil, respectivamente, por los dos  cuadros.

“Por lo regular esas obras siempre se venden. A veces con muchos o pocos postores, pero siempre hay gente interesada en comprar las piezas que son originales”.

IV

Antes de cruzar palabras por última vez, ya que el subastero sólo tenía gafete para la compra de mercancía de bienes y ya había iniciado la venta de autos, donde los platos fueres eran un Lamborghini murciélago y el lote de 18 vehículos asegurados por el Ejército, el 29 marzo de 2011, a un negocio automotriz de Guadalajara, Jalisco, me platicó la vez que adquirió un lote de coches no aptos para circulación y que después vendió como lote de refacciones y autopartes.

Me lo platica mientras dos personas pujan el precio del Lamborghini, decomisado por la PGR en el municipio de San Nicolás de los Garza, Nuevo León, que como precio de arranque se martilleó en un millón 128 mil 600 pesos, para venderse finalmente en un millón 550 mil pesos. “Sacamos buen dinero por ese lote de autos”.

La despedida fue de palabras y sin saludo de mano. El subastero tenía un aire diferente en su rostro cuando cruce la mirada con él. Nada parecido al que tenía cuando lo vi sentado de soslayo en la incómoda silla. En esta ocasión lo noté relajado. Le dije “hasta luego” y le di las gracias por la plática, no sin antes preguntarle qué le parecía la afluencia a esta subasta.

“Es baja”, me respondió. Explicó que otros eventos han tenido más de 300 postores en un solo día, pero en esta ocasión el salón no se encontraba al 50 por ciento de capacidad, sin embargo, me dice que la puja “estuvo buena”. En un comunicado de prensa, el SAE informó que poco más de 100 postores participaron en la subasta del viernes 30 de septiembre, arrojándoles dividendos por 36 millones de pesos, poco menos de la mitad de los 80 millones obtenidos hace casi un año en la subasta de los días 18 y 19 de noviembre de 2010, la cual fue calificada como “histórica” con una participación de más de 400 postores registrados.

Acompañado de sus compañeros, el subastero se marcha tranquilo del Hotel Sheraton. Ya no es esa persona impaciente que esperaba la puja sentado en una incómoda silla. Ahora, camina con una cara en la que no esconde la alegría de haber finiquitado un buen negocio.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

"Fue un capricho de Pinochet": la historia de los 15 mil libros de García Márquez que quemó el gobierno de Chile

En noviembre de 1986, el gobierno militar de Chile ordenó la incautación del libro 'La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile', del premio Nobel de Literatura, cuando un embarque se dirigía a Santiago.
5 de junio, 2022
Comparte

El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el ‘Peban’, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: “Los libros”, específicamente, 15 mil ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por el ganador del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra que publicaba los libros del Nobel en aquellos años en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

BBC
Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental Acta Central de Chile en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta, como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de La Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

“Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país”, recuerda Arturo Navarro, tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EU para visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: “Arturo, me dicen que los libros fueron quemados”.

"Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"", Source: , Source description: , Image:

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

“El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes”, señala Navarro. “Sin embargo, lo que me preocupaba es que, de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual”.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

“En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima”, señala. “Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo: ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'”.

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro, era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15 mil volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

“Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca”, afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces, convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y, aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y EU que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. “Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado”.

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

“Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme”.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile se les impuso “una medida de censura previa” por considerar que el contenido “transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales”.

“Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos”, relata Navarro.

“Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria”.

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja Negra para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca: la cultura sería clave en el fin del régimen.

“Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar ‘No’ en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura”, concluye.


Ahora puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=NMDLd_zwYXY

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.