Las cosas inútiles, como la poesía, son la sustancia de la vida
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Las cosas inútiles, como la poesía, son la sustancia de la vida

Por Moisés Castillo
15 de octubre, 2011
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Jordi Soler en Perpignan, Francia.

El poeta francés Antonin Artaud (1896-1948) cuando escribió su libro Heliogábalo, historia del Emperador Romano, dijo con todas sus letras: los datos son verdaderos y los hechos están tocados por la ficción. Y precisamente el escritor Jordi Soler es lo que hace con su novela Diles que son cadáveres (Mondadori 2011): cuenta la historia del viaje que hizo Artaud a Irlanda en 1937, con la misión de devolver el auténtico bastón de san Patricio, que era de su propiedad.

Artaud es un poeta que siempre le ha interesado al oriundo de La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes situada en la selva de Veracruz. Lo leía rabiosamente en su adolescencia y sus libros sobrevivieron a varias purgas de sus bibliotecas y a muchas mudanzas.

En 2001 cuando Jordi era agregado cultural en Irlanda, se reunía todos los jueves en uno de sus pubs preferidos, el Bleeding Horse, con un grupo de poetas viejos y bastante salvajes, y en ese lugar donde las pintas y los whiskys corrían alegremente, escuchó la historia fascinante del exótico bastón y se quedó mudo. Le pareció que ahí tenía una novela de aventuras que interrumpió por escribir Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso, una especie de trilogía sobre la Guerra Civil Española y el exilio.

Diles que son cadáveres es una novela vertiginosa que, conforme avanza el viaje, los personajes se vuelven locos. Un poco de la locura de Artaud va contagiando sobre todo al agregado cultural que no quiere regresar a México a sellar pasaportes y tener una vida miserable de oficina. Este ambiente casi esquizofrénico también infecta a la prosa que en la parte final pierde hasta los signos de puntuación.

Jordi regresa con esta novela de locuras y de un humor delirante: más de medio siglo después un diplomático mexicano fracasado en la poesía y en el amor, un poeta irlandés de 90 años, un viejo coleccionista francés y un chofer homosexual, viajan a Irlanda del Norte en busca de la valiosa reliquia que el polémico poeta francés utilizaba para desplazarse por los cafés de París.

“En las novelas no se trata de escribir la verdad sino algo que parezca verdad y, desde este punto de vista, puedes tener trozos de realidad como en esta novela o inventarlo absolutamente todo y ser exactamente igual de veraz. Si el lector cree que es verdad lo que está leyendo ya está, aunque no sea verdad o aunque lo sea, que más da”.

El nombre del libro viene de una frase que el propio Artaud usaba para insultar con elegancia al mundillo literario de la época. En vez de decir “Váyanse todos a la mierda”, prefería soltar “Diles que son cadáveres y que jamás resucitarán de entre los muertos”. Para Jordi esto no lo puede decir más que un poeta muy poeta y le pareció un título perfecto.

En Diles que son cadáveres el humor es un ingrediente valioso que aparece en momentos exactos de la narración: McManus, figura destacada de Los poetas de la pradera asfaltada, invitó al diplomático mexicano y a un amigo violinista que tocaba en el pub favorito a seguir la borrachera en su casa. Noche de whisky y hongos alucinógenos tarahumaras que, según el viejo poeta, un marinero colombiano le vendió pero en realidad eran unos simples champiñones enlatados. Querían drogarse como lo hacía su ídolo Artaud pero todo quedó en un falso viaje psicotrópico.

Esa noche de juerga, el narrador fue a orinar al baño y por unos segundos cerró los ojos, síntoma de su cansancio. De repente sintió un golpe suave en la cadera y al abrir los párpados se topó frente a la cabeza de un caballo en plena bañera. Brincó sorprendido en la dirección opuesta y el animal hizo lo mismo, haciendo un escándalo que podría despertar a cualquiera.

Jordi explica que en 1997 entró en vigor una ley en Irlanda que pretendía censurar y regular los caballos en Dublín. Empezó a estar mal visto que un caballo estuviera a lado de un Mercedes mientras esperaban el siga del semáforo. La ley obligaba a pagar un impuesto y poner un chip en la oreja del animal, una especie de verificación vehicular, lo que ocasionó el paso de los caballos a la clandestinidad.

Otro momento de carcajada es cuando el poeta Artaud, siempre con un traje negro impecable, prueba su primera ración de peyote en territorio Tarahumara y así inaugura su fase crística. El poeta Tomás Bocanegra se asustó y dejó solo a Artaud montando a caballo en medio de la sierra. En un ensayo escribió: “El problema con el maestro no era su obsesivo discurso sobre Jesucristo, sino que se creía Jesucristo resucitado”.

Es inolvidable también el Happy birthday, Jimmy… Mientras el agregado cultural se encontraba pensativo en la barra del Bleeding Horse, escuchaba el alboroto que hacían unos pacientes del hospital de a lado que festejaban el cumpleaños de Jimmy, quien se encontraba en una silla de ruedas y al querer dar unos sorbos a su pinta se tiraba accidentalmente la cerveza en los pantalones.

Una referencia al artista Sebastián colorea el tono irónico de la novela: en el corazón de Sandymount Strand se levantó la obra de Federico, ese escultor que ha sembrado durante décadas obras muy grandes y muy feas en todas las ciudades importantes de México. “Era una pieza larga, como una baguette, y no tenía nada que ver con el paisaje ni desde luego con Ulises, y encima era de un blanco tan violento que cuando tenía encima un rayo de sol calcinaba las pupilas”.

La metáfora de la novela comienza cuando el diplomático no tiene otra alternativa que aceptar el trato del coleccionista millonario monsieur Lapin para
conseguir el bastón de san Patricio que tuvo en sus manos el poeta Artaud. El agregado cultural no tiene salida: su esposa croata Dubravka lo dejó por un cirujano maxilofacial, la antología de Artaud que estaba preparando podría alejarlo de su mediocridad como poeta. En resumen, su vida era un verdadero caos y no quería perder su trabajo ni mucho menos regresar a México.

El bastón de Antonin Artuad es una metáfora de las cosas inútiles que deberíamos perseguir en esta vida como un amor imposible, dice Jordi sentado cómodamente en un sofá.

“Este tipo de cosas son las que realmente mantienen vivas a las personas. Hacer algo que no tiene ninguna utilidad es un acto necesario que fomenta actos en desuso: beber una cerveza en un bar porque ahora la gente es saludable y pide agua mineral; el diplomático es una especie en peligro de extinción gracias a Wikileaks; escribir poesía es la máxima inutilidad”.

-¿Haces cosas inútiles?

Un montón. Escribo poesía que es la máxima inutilidad. En realidad soy poeta que es el arquetipo de lo que no sirve para nada o que sirve para todo como vemos en el caso de Javier Sicilia, un poeta que mueve la conciencia de mucha gente. Creo que la vida de cualquiera, un noventa y tantos por ciento de sus actos del día son inútiles. Eso es lo mejor de la vida. Los actos útiles son una vulgaridad: ir al cajero a sacar dinero, hablar con tu contador, comprar pan. La vida es la suma de estos actos inútiles que, como la poesía, son la sustancia de la vida.

-¿Se perdió esa mirada romántica y ahora prevalece la idea de la productividad con un propósito mercantil?

La vida es así. Si tienes un hijo lo metes al futbol a ver si te sale un “Chicharito” Hernández y le sacas réditos a esa infancia. Todo es así ahora. Es muy valioso lo que hacen mis personajes, cosas que no sirven para nada como perseguir una reliquia de un poeta muerto. Al narrador le iban a pagar un buen dinero pero también está arriesgando su trabajo y todo por admirar al poeta Artaud.

-¿Qué tan importante fue tu paso en la diplomacia para crear ambientes y situaciones en tu novela?

Me dio mucho para armar la escenografía. Conocí muy bien Dublín, me aprendí muy bien ese territorio. Tenía exactamente el cargo de mi narrador pero éste tiene otra vida, yo tenía otras: frecuentaba menos bares, era menos irrespetuoso con los proyectos culturales. Hice varias cosas culturales de cierta importancia en Irlanda. Lo que convenía a esta narración era un diplomático bastante más excéntrico que yo. Su amigo, en este caso McManus, tenía una novia que se parece a Harry Potter.

-¿Tuviste sinsabores como agregado cultural en Irlanda?

Tengo bastante menos que el narrador, pero había que hacer mucho esfuerzo para crear cosas. Tiraba mucho de mis amigos mexicanos para que viajaran a cambio de un boleto de avión, una habitación sencilla y 4 cervezas. Con todas esas limitaciones monté, por ejemplo, dos bibliotecas de escritores mexicanos en Trinity Collage en Dublín y en la Universidad de Cork, al sur de Irlanda. Durante dos años estuve pidiendo a editores y a escritores mexicanos que me enviaran sus libros con su dinero, no podía pagarles ni siquiera los timbres del envío.

Una situación inútilmente maravillosa que nunca olvidará Jordi ocurrió en Belfast, donde cíclicamente vuelve la guerra y el ambiente es paranoico por el casi omnipresente Ejército Republicano Irlandés (IRA). Cuando Jordi y su familia llegaron a Belfast para conocer la ciudad fueron recibidos con tanques y soldados. Eran las 6 de la tarde y había toque de queda. Se hospedaron en el Hilton y hacia las 8 de la noche la ciudad era un cementerio.

Era invierno y la nieve caía tapizando las calles de un blanco cenizo. Todo esto les pareció absurdo. Pidieron cena a la habitación. La esposa de Jordi quedó rendida en la cama y veía con su hijo los premios de música de Irlanda del Norte, donde ganó una canción de un grupo bastante heavy. Cada vez que escuchan esa canción, Jordi y su hijo gritan: ¡Belfast, toque de queda, invierno, nieve!

Barcelona, Joan Manuel Serrat y José Agustín

El abuelo de Jordi Soler importaba cosas de España, entre ellas los discos de Joan Manuel Serrat. A los 8 años de edad, el pequeño Jordi escuchó un disco que el cantautor catalán le dedicó al poeta Miguel Hernández y lo dejó completamente frío, le sorprendió que alguien pudiera decir eso con palabras. De inmediato fue a buscar los libros de Hernández y entonces supo que era lo que quería hacer toda la vida: ser poeta.

Así empezó su formación como escritor. También leía mucho al novelista Juan Marsé gracias a la gran biblioteca que tiene su padre, que además de ser abogado es un buen lector.

Sin embargo, hubo un escritor que lo considera un maestro y que le tiene un respeto desmesurado: José Agustín. Dice que el autor de La Tumba enseñó a la mayoría de los escritores de su generación que se podía escribir como se habla, ese es su gran valor.

“Lo conocí cuando tenía mi programa de radio en Rock 101 y que él oía. Él sabe mucho de rock, lo invité a mi programa y nos hicimos amigos. Luego fui a comer con él a Cuautla y ahora su hijo es mi editor aquí. Es un escritor importantísimo para mí”.

Jordi deja a un lado su whisky y pide una cerveza clara. Luce una camisa roja, unos jeans grises y porta sus inconfundibles lentes de pasta. Se enorgullece de ser un escritor autodidacta porque odia los talleres literarios como a la policía. Todas las figuras autoritarias le producen roña.

-¿Tu eres de los escritores comprometidos que firman desplegados? ¿Cómo ves la realidad mexicana desde Barcelona?

Jordi Soler

Me comprometo con lo que me toca comprometerme, hay compromisos que no puedo adquirir porque no vivo aquí. Me parece irresponsable firmar ciertos manifiestos si no vivo aquí. La gente con razón va a decir “qué fácil es firmar contra la violencia si tú vives en Barcelona”. Firmo lo que me parece responsable firmar, lo que viene al caso. Situaciones generales muy dramáticas, claro. Pero cosas muy específicas no las puedo firmar porque siento mucha responsabilidad al firmar esas cosas.

-Porque hay una red de escritores en Barcelona solidarios con el Movimiento NoSangre…

Sí ese blog “nuestra aparente rendición”. No he participado porque me piden todo el tiempo que participe con textos sobre la violencia pero me sentiría un farsante escribiendo sobre la inseguridad en México cuando vivo en Barcelona. A mí me duele de primera mano porque mis padres viven aquí, pero siento que es un poco serio escribir un texto contra la violencia. En España hay gente miope y gente lúcida como aquí y como en cualquier sitio. Y la gente que no ve más allá ve la cosa mediática que es horrorosa, los descabezados. Sin embargo, hay una gran parte de españoles que son con los que me relaciono y que te relacionarías tú si vivieras en España que es la gente que lee, que hace música, que pinta, que ve más allá y todos ellos saben que México es un país maravilloso que está pasando por un mal momento, que no es así y no será así toda la vida. Hay estas dos visiones: la miope que a mí me interesa poco y la ilustrada que es la que me conmueve.

-A tus casi cincuenta años, ¿Te preocupa el éxito y la fama?

Por su puesto que me interesa tener lectores. Me interesa más que no tenerlos pero no pienso mucho en eso, no podría concentrarme para escribir. Noto eso que mucho escritores están muy preocupados por el éxito y no entiendo a qué hora escriben libros. Escribir una novela requiere un esfuerzo de abstracción total durante la mayor parte del día y durante muchos años. No tengo espacio para pensar en otra cosa. El espacio personal que tengo lo uso para estar con mis hijos, no para pensar en el mundillo literario que me da absolutamente lo mismo. Tengo un montón de lectores muy fieles y escribo para ellos.

Jordi Soler es un apasionado del FC Barcelona. De niño era su símbolo de identidad en plena selva veracruzana. Cuenta que el Barsa de su madre no ganaba nada, era un equipo oscuro como la ciudad. Todo lo ganaba el Real Madrid y ahora los culés están viviendo un sueño irreal “que no puede durar demasiado. Es el Barcelona de sus hijos que viven momentos felices y comparten esas alegrías.

“Además ir al estadio es un privilegio que tengo ahora y que de niño me perdí. Ver a Messi es espectacular, es una cosa histórica”.

Cuando está en casa ve muchas películas para “vampirizar” cosas para sus libros y le gusta como siempre escuchar música. Pero sus momentos predilectos son de ocio con su familia. Pueden estar sentados sin hacer nada y es posible que en ese tiempo muerto cuando el viento entra por la ventana aparezca una historia maravillosa.

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Karol Czinege/EyeEm/Getty Images

¿Por qué nos gusta tanto la comida crujiente? (y cómo el sonido se convirtió en el sabor olvidado)

Decimos que comemos con los ojos, ¿pero sabías que también puedes comer con los oídos? Por extraño que parezca, los sonidos - y especialmente lo crujiente y crocante - tienen mucho que ver con la experiencia culinaria.
Karol Czinege/EyeEm/Getty Images
18 de octubre, 2020
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El sonido es el sabor olvidado. No solo comemos con la boca, con la nariz o con los ojos. También lo hacemos con el oído.

Lo dice el experto en psicología experimental Charles Spence, que lleva casi dos décadas investigando cómo nuestro cerebro procesa información de cada uno de nuestro sentidos, y cómo comprender eso puede ayudarnos a diseñar mejores alimentos (o unos que nos agraden más).

“Desde el crujido de la comida, hasta el ruido del empaquetado, el roce de la cuchara en el plato o la música que escuchamos mientras comemos; todos los sonidos afectan a nuestra experiencia culinaria, unos más que otros, y también al sabor”, le cuenta a BBC Mundo.

Spence, autor de Gastrophysics: the new science of eating (“Gastrofísica: La nueva ciencia de la comida“, 2017), dirige el laboratorio Crossmodal Research de la Universidad de Oxford, Reino Unido, integrado por especialistas en psicología, neurociencia y cocina. También colabora con chefs de renombre -como el español Ferrán Adriá o el británico Heston Blumenthal- para crear experiencias culinarias “multisensoriales”.

Y es que, según el científico, comer es una experiencia mucho más multisensorial de lo que solemos reconocer, sobre todo a nivel auditivo.

No es el único que lo piensa. “Hay varias cosas que nos hacen sentirnos satisfechos con la comida: el olor, el gusto y la textura, en la que incluimos el sonido”, le dice a BBC Mundo la consultora en alimentación Amanda Miles-Ricketts. “Y no hay nada más satisfactorio que algo crujiente o crocante”.

"No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella".", Source: Charles Spence, Source description: psicólogo experimental, Universidad de Oxford, Image:

Precisamente, la preferencia del ser humano por lo crujiente es algo que lleva años fascinando a Spence.

Uno de sus mayores logros es haber creado un ruido electrónicamente modificado de la papa frita para convencer al consumidor de que era más crujiente. Fue un experimento que surgió de la pregunta de si el sabor de una papa frita sería diferente si alteramos su crujido. Y resultó que sí.

La Universidad de Harvard le entregó por ello un Ig Nobel, una parodia del prestigioso galardón “para hacer reír, y luego pensar”.

Pero la cuestión de por qué nos gusta tanto la comida crujiente tiene un trasfondo más serio de lo que parece.

niño comiendo alitas de pollo

Chakarin Wattanamongkol/Getty Images
¿Te entró el apetito?

“Cuando hicimos ese experimento en 2009 era difícil creer que habría interés en el tema, pero desde entonces han surgido muchos trabajos y experimentos para combinar diferentes sonidos y sabores”.

¿Qué nos pasa con la comida crujiente?

“La comida rápida suele ser crujiente, crocante, casi siempre ruidosa”, dice Spence. “A nadie le gusta la idea de una papa frita esponjosa, incluso aunque sepamos que tiene todos los elementos que le dan ese sabor”, comenta el psicólogo.

En su laboratorio de Oxford, ha podido demostrar que las diferentes frecuencias de crujidos pueden alterar cómo percibimos su sabor o incluso que algunos alimentos nos parezcan de mejor o de peor calidad.

“Es una reacción instantánea en nuestro cerebro”, dice Spence. “Todavía estamos investigando por qué nos atrae tanto lo crujiente, pero existen varias teorías”.

“Una de ellas parte de que las verduras y los vegetales más ‘ruidosos’ suelen ser más frescos (y viceversa), por lo que asociamos lo crujiente con lo saludable“.

“Por otro lado (y paradójicamente), algunos alimentos crujientes -como las galletas, los cereales o las frituras- suelen tener un alto contenido en grasa…. y a nuestro cerebro le gusta la idea de grasa, lo cual explicaría nuestra preferencia por ese sonido”.

cereales

Getty Images
Cuando comes algo crujiente, prestas más atención a lo que ocurre dentro de tu boca.

A Miles-Ricketts -que tiene una marca propia de tés especializada en salud y bienestar que lanzó tras sufrir problemas en la piel- le preocupa eso. “Al margen de las manzanas, que obviamente son saludables, los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes. No es pura coincidencia“.

“Finalmente”, añade Spence, “otra teoría que surgió hace un par de años es que cuando empezamos a degustar algo nos suele resultar más sabroso, y nuestro cerebro se va adaptando y desconectando a medida que le parece menos ‘interesante’, pero cuando comes algo ruidoso eso dirige tu atención hacia tu boca, lo cual ayuda a que el sabor se quede por más tiempo”.

Eso significaría que puede que nos guste más la comida crujiente porque sentimos que su sabor dura más.

Pero la cuestión de la experiencia sensorial -y sonora- de la comida va más allá de lo crujiente.

Maridaje fonético

“Piensa en el sonido cuando abres una lata, una botella, el corcho del vino o incluso el del microondas. Todo ello afecta a nuestra experiencia y a cómo percibimos el sabor”, explica Spence. “No es casualidad que las papas fritas se vendan en bolsas de plástico especialmente ruidosas; es puro marketing intuitivo”.

Y así como los ruidos afectan al sabor, también lo hace la música.

"Los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes".", Source: Amanda Miles-Ricketts, Source description: consultora en alimentación y fundadora de Niche Tea, Image:

Spence y su equipo han investigado cómo los sabores dulces y agrios suelen asociarse con notas de alta frecuencia, mientras que los amargos equivalen a notas de baja frecuencia.

“Si, por ejemplo, escuchas cierta música mientras tomas una taza de café o comes una porción de chocolate, puedes intensificar su dulzura“, explica Spence.

Es lo que él llama “sazonar fonéticamente” la comida.

El científico asegura que muchas marcas y músicos se han interesado por esta técnica y ya están poniendo en prácticas maneras de combinar sabores y sonidos para mejorar la experiencia culinaria y responder a la pregunta de “cuál es el sonido de su sabor”.

Miles-Ricketts cree que cada vez más actores en la industria alimentaria tienen en cuenta la “funcionalidad y el propósito de sus productos” y el hecho de que la alimentación es “una experiencia multisensorial”.

papas fritas

Getty Images
¡Ese “crunch” es muy deseable!

“Podríamos incluso aprovechar esto para comer de forma más saludable”, propone Spence. “Podríamos comer con menos azúcar si añadimos un poco de ‘música dulce’ para sazonar alimentos, en lugar de la alta música de algunos restaurantes que, de hecho, suprime nuestra capacidad de saborear adecuadamente”.

“Así como maridamos ciertos alimentos con ciertos vinos, podemos maridar sabores con sonidos y formas“.

“Muchos nunca habrían imaginado que la música puede alterar el sabor de la comida, pero es todo un nuevo campo por explorar. ¿Por qué no maridar un sabor con un sonido?”

“No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella”.


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https://www.youtube.com/watch?v=Yd02AZz63Sw

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