Se disparan fraudes al IMSS a través del robo de identidad
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Cuartoscuro/Archivo

Se disparan fraudes al IMSS
a través del robo de identidad

Cuartoscuro/Archivo
Por Paris Martínez
10 de octubre, 2011
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Derechohabiente del IMSS.

Entre enero de 2004 y agosto de 2011, el Instituto Mexicano del Seguro Social sufrió al menos 96 desfalcos a manos de impostores que, suplantando la identidad de derechohabientes activos, han cobrado un total de 19 millones 248 mil pesos por concepto de indemnizaciones diversas.

Con cada año que pasa, de hecho, el delito de “fraude genérico en su modalidad de sustitución de persona” contra el IMSS se vuelve más recurrido, a grado tal que sólo en 2010 el monto del desfalco (9 millones 72 mil pesos) fue apenas menor a todo el botín acumulado en los seis años anteriores (9 millones 474 mil pesos).

Creada hace siete años para detectar este tipo de delitos, la Coordinación de Investigación y Asuntos de Defraudación del IMSS dio cuenta (a partir de la solicitud de información pública 0064101354911) de que, además, este tipo de fraude, que en 2004 únicamente se cometía en el Distrito Federal, ahora es practicado por bandas de al menos otros 16 estados de la República.

Modus operandi

En abril pasado, Erika recibió la noticia de que su expediente médico había sido manipulado por una banda de defraudadores que, con la complicidad de empleados del IMSS, cobraron en su nombre una incapacidad por maternidad que superaba los 90 mil pesos.

“Todo empezó con alguien dentro del IMSS que tuvo acceso a mi nombre, sueldo, número de seguridad social, Clave Única de Registro Poblacional y clínica de adscripción –narra Erika–; con esta información, una mujer se presentó en una clínica de Tlalnepantla y, usando una credencial del IFE, con mi nombre pero con un número distinto al que en realidad lleva mi identificación, tramitó mi cambio de domicilio al Estado de México, procedimiento administrativo que se realizó sin antes verificar ningún dato proporcionado por la impostora.”

Así fue que, extrañamente, nadie en el IMSS de Tlalnepantla se percató de que la falsa Erika es morena, cuando el expediente médico de la verdadera Erika establece que su piel es clara; tampoco notaron que la falsa Erika es varios centímetros más bajita que la original, ni mucho menos llamó la atención el que los ancianos que la defraudadora registró como sus padres tuvieran apellidos distintos a los de la derechohabiente.

Hace seis años, quedaron establecidos los lineamientos para el uso y resguardo de los datos personales en posesión de dependencias del gobierno federal.

En su nuevo expediente médico, ya radicado en el Estado de México con pretexto de un supuesto cambio de trabajo, tampoco fue constatada la existencia del contratante y a nadie sorprendió que, tres días después de que iniciara labores en su empleo ficticio, la falsa Erika se fue de incapacidad por maternidad.

“Nunca nadie llamó a mi empleador antes de pagar las incapacidades –protesta la verdadera Erika–, para preguntar si de verdad trabajaba yo ahí y si estaba a punto de parir cuando me contrataron.”

Y, en efecto, el informe del Instituto Mexicano del Seguro Social reconoce la colusión de empleados con las bandas de defraudadores, aunque sólo en ocho casos ha sido posible documentar dicha complicidad y presentar cargos contra los trabajadores involucrados.

 

Personales y públicos

Hace seis años, en México quedaron establecidos los lineamientos  para el uso y resguardo de los datos personales en posesión de dependencias del gobierno federal, cuyo objetivo es “asegurar su adecuado tratamiento e impedir su transmisión ilícita y lesiva”.

Dictados por el Instituto Federal de Acceso a la Información, tales lineamientos establecen, entre otras cosas, que en cada entidad del gobierno federal debe crearse un Comité de Información, encargado de “elaborar un plan de capacitación en materia de seguridad de datos personales; (…) llevar una relación actualizada de las personas que tengan acceso a los sistemas de datos personales; (…) establecer mecanismos de auditoría o rastreabilidad de operaciones para conservar un registro detallado de las acciones llevadas a cabo en cada acceso, ya sea autorizado o no; (…) así como expedir un documento que contenga las medidas administrativas, físicas y técnicas de seguridad aplicables a los sistemas de datos personales”.

Para ello, en 2006, el IFAI emitió una serie de recomendaciones, en las que establece mecanismos mínimos para proteger la información privada de los ciudadanos, tales como bloquear la visibilidad hacia el interior de las áreas de recepción de datos personales (incluso se sugiere usar papel albanene), colocar fotografías del personal autorizado en dichas instalaciones, que permitan identificar a intrusos, así como establecer cartas de confidencialidad, que deben ser signadas por los encargados del resguardo de la información.

Tales recomendaciones deben ser acatadas por las autoridades federales, por dictado de la Ley de Acceso a la Información y Protección de Datos, aunque la misma norma no prevé los tiempos en que deben ser cumplidas tales disposiciones.

En cambio, quienes sí dejan ver su prisa son las bandas de defraudadores, ejemplo de lo cual es que, a partir de 2006, la suplantación de derechohabientes dejó de ser un delito exclusivo de la Ciudad de México, y empezó a reproducirse con celeridad primero en el Estado de México, para el año siguiente en Jalisco, y luego en otras 15 entidades, siendo 2009 y 2010 los años de mayor expansión.

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6 formas en las que la pérdida de olfato por COVID-19 te puede afectar a largo plazo

Después de COVID-19, muchas personas se han quedado con impedimentos a largo plazo en su sentido del olfato.
Por Johan N. Lundström / BBC News Mundo
12 de junio, 2022
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Al principio de la pandemia, múltiples estudios mostraron que aproximadamente la mitad de las personas con COVID-19 perdieron el sentido del olfato (un trastorno llamado anosmia) en algún momento durante el curso de la infección.

Aproximadamente, entre un 20% y un 35% adicional experimentó una reducción clínica en su capacidad para oler (hiposmia).

Aunque la evidencia más reciente sugiere que Ómicron podría no conducir a la pérdida del olfato tanto como las variantes anteriores, dado que más de 500 millones de personas han tenido al menos una de las variantes hasta la fecha, todavía son muchos millones de personas que probablemente han experimentado esta condición en algún grado.

Para la mayoría, esto es solo una pérdida temporal de la función. Pero una parte considerable experimentará problemas a más largo plazo.

Estudios recientes muestran que entre 12 y 18 meses después del diagnóstico inicial de COVID-19, entre el 34% y el 46% de las personas aún experimentan una reducción clínica en su sentido del olfato.

Sin embargo, la mayoría de estas personas no son conscientes de ello.

Un problema relacionado es la parosmia, en la que la percepción de los olores de una persona cambia y, a menudo, descubre que se vuelven más desagradables.

La investigación sugiere que hasta el 47% de las personas que han tenido COVID-19 podrían verse afectadas.

Al igual que con la pérdida del olfato, la mayoría de las personas con parosmia probablemente sanarán con el tiempo. Sin embargo, algunas podrían tener problemas más duraderos.

COVID-19 no es la única enfermedad que puede conducir a la pérdida del olfato. También puede ser causada por otros virus o infecciones, o traumatismo craneoencefálico o una variedad de enfermedades neurodegenerativas.

Efectos a largo plazo

Si bien la evidencia sobre la pérdida del olfato posterior a COVID-19 aún está surgiendo, los datos de otros tipos de disfunción olfativa nos dan una idea de algunos de los efectos que la pérdida del olfato a largo plazo puede tener en la vida cotidiana.

1. Seguridad alimentaria

Las personas con esta discapacidad son más propensas a ingerir alimentos en mal estado porque es el olor, ante todo, lo que nos advierte cuando algo se echó a perder.

Esto puede aumentar el riesgo de enfermedades transmitidas por los alimentos.

olfato

Getty Images

2. Gusto

Aparte de las sensaciones gustativas centrales (dulce, salado, amargo, ácido y umami), casi todo lo que experimentamos como sabor es producido por los olores que llegan a los receptores olfatorios en la nariz a través del pasaje oral-nasal en la parte posterior de la garganta.

Desafortunadamente, sin el sentido del olfato, la mayor parte de lo que comes tendrá poco o ningún sabor.

Si se elimina la capacidad de detectar olores, una manzana sabrá como una papa si cierras los ojos.

3. Apetito

Más allá de darnos placer al comer, los olores de la comida también nos estimulan el apetito.

Esto significa que cuando no podemos oler los aromas de la cena que se cocina en el horno, es menos probable que tengamos hambre.

4. Fluctuaciones de peso

La pérdida combinada de apetito y placer de comer hace que la mayoría de las personas con un trastorno del olfato recién adquirido pierdan peso inicialmente.

Sin embargo, nuestros cuerpos están diseñados para mantenernos con vida. Las personas con pérdida del olfato rápidamente comienzan a buscar el placer de otros estímulos sensoriales al comer, como la textura, por ejemplo, en el crujido de los alimentos fritos.

Y en lugar de esperar a tener hambre, muchos simplemente comerán con más frecuencia.

Estos cambios no conscientes en el comportamiento alimentario a menudo dan como resultado un aumento de peso, lo que puede provocar problemas cardiacos a largo plazo y otros problemas de salud relacionados.

5. Relaciones

Hay algunas consecuencias de la pérdida del olfato en las que quizá no pienses de inmediato.

Tomemos, por ejemplo, el hecho de que una persona que no puede oler no podrá controlar su propio olor corporal. Esto puede ser una fuente de timidez e inseguridad en situaciones sociales.

olfato y gusto

Getty Images
Cuando no podemos oler los aromas de la comida es menos probable que tengamos hambre.

Varios estudios han demostrado que un sentido del olfato deficiente está relacionado con una reducción en las interacciones sociales, el número de amigos y el disfrute sexual reportados.

Esto último también podría estar relacionado con la pérdida de la capacidad de sentir el olor de una pareja.

6. Salud mental

Un tercio de las personas que buscan tratamiento para sus problemas de olfato informan haber experimentado una reducción en su calidad de vida y bienestar general, en comparación con su vida antes de tener estos problemas.

Es probable que esto se deba a una combinación de los factores descritos anteriormente.

Las personas con disfunción del olfato a menudo reportan síntomas de depresión, y no es raro que los relacionen con sus problemas de olfato.

Opciones de tratamiento

Lamentablemente, existen pocos tratamientos para las personas que experimentan disfunción del olfato.

Para los problemas de olfato inducidos por virus, el único tratamiento que tiene algún efecto demostrable es el entrenamiento del olfato.

Esto es un poco como la fisioterapia para la nariz y consiste en una terapia de exposición, en la que se le pide al paciente que huela una variedad de olores durante unos 20 minutos, cada mañana y tarde, durante un periodo de dos a tres meses.

Aunque los pacientes rara vez se recuperarán por completo, los estudios han demostrado que el entrenamiento del olfato mejora las funciones olfativas con el tiempo.

Dicho esto, la pandemia de COVID-19 ha dado impulso a la investigación olfatoria, y varios tratamientos nuevos e interesantes se encuentran actualmente en ensayos preclínicos.

Dentro de unos años, es posible que veamos una variedad de tratamientos novedosos para la disfunción del olfato.

Mientras tanto, ¿qué debes hacer si crees que tu sentido del olfato no es como debería ser?

Puedes comenzar a entrenarte con el olfato usando olores domésticos comunes. Si no ves una mejora notable después de seis semanas de entrenamiento, comunícate con tu médico para una evaluación.

*Johan N. Lundström es profesor asociado del Departamento de Neurociencia Clínica del Instituto Karolinska. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión en inglés aquí.


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