Vi a Julio Scherer como un padre:
Federico Campbell

Vi a Julio Scherer como un padre: <br>Federico Campbell

Por Moisés Castillo

Segunda parte y última

 

I.

 

A los 21 años de edad, Federico Campbell se reveló contra Carmen, su madre. Le dijo “si te gusta tanto la carrera de leyes porque no la estudias tú”. Y el joven prefirió ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, aunque eso significara que desde Tijuana ya no le enviaran 450 pesos con los que pagaba su hospedaje en una casa llena de estudiantes campechanos y yucatecos, ubicada en la calle de San Antonio, colonia Nápoles.

Federico empezó a sicoanalizarse y tomó la decisión que marcaría su vida: renunció a ser abogado y al plan de poner un despacho, casarse y tener hijos en Tijuana. En esos años, sólo le importaba la obra de su héroe Jean-Paul Sartre, su primer enamoramiento literario.

“Me lo sabía de memoria: La náusea, La edad de la razón, Las moscas, El muro, A puerta cerrada. Creo que ahí hubo un proceso de identificación, de un querer ser escritor como Albert Camus o Sartre; Sartre firmando libros en el café de Flore de la rive gauche, o Camus con su gabardina Burberry de Humphrey Bogart y yo ya me imaginaba en París. Por eso a los veinte años ya estaba en Europa porque desde muy jovencito me entró la loquera de que un escritor si no iba a París no podía serlo”.

Su espíritu rebelde se profundizó cuando leyó La desobediencia del escritor italiano Alberto Moravia, que cuenta la historia de un adolescente que inventa su autonomía sicológica y aprende a mentir.

Doña Carmen construyó por años el proyecto hombre-hijo: Federico era el primer descendiente de su familia que pisaba la universidad. Como profesora de primaria hizo grandes sacrificios para que su hijo cursara la preparatoria en Hermosillo y al final se sintió traicionada.

A los 15 años de edad se convirtió en maestra de primaria en Etchojoa, Sonora, cerca de Navojoa, donde llegó muy niña de Chínipas, un lugar de la sierra chihuahuense.

En la década de los veinte, los gobiernos posrevolucionarios lanzaron una campaña de alfabetización en el país y Carmen se sumó a dar clases de primaria ante la falta de preparatorias para seguir estudiando. Pasaron los años y en Tijuana siguió su carrera como profesora. Dio clases en la escuela “El Pensador Mexicano”, que homenajeaba al escritor Fernández de Lizardi.

Justamente cuando Federico conoció a Juan José Arreola en 1963, su madre vino a la ciudad de México para llevárselo a Tijuana. Se había quedado viuda y sus hijas ya se habían casado. Se quedó sola y su último refugio era Federico. Le ofreció estudios en la Universidad de San Diego y un automóvil. El joven rechazó la oferta y se dio cuenta que podría hacer de su vida “lo que se le viniera en gana”.

Retornó a Tijuana sola en un camión Tres Estrellas de Oro. Federico ha llegado a pensar que si en ese momento hubiera tenido 30 años, tomaría la misma decisión pero acompañando a su madre en ese trayecto insufrible de 50 horas.

Para doña Carmen fue una gran decepción que su hijo abandonara sus estudios de Derecho. En sus últimos momentos de agonía reprochó a su hijo haber truncado el proyecto de vida que tenía para él. Federico realizó un acto de sobrevivencia, de no hacerlo se hubiera quedado en Tijuana para siempre.

 

II.

En la casa de Federico Campbell no había una gran biblioteca, pero su padre de vez en cuando compraba libros de la ciudad de México vía “Cóbrese o Devuélvase” del Servicio Postal Mexicano. Uno de ellos se llamaba Las ruinas de Palmira, del Conde de Volney, y el librero pequeño de la sala se empezó a llenar poco a poco.

Su padre era telegrafista y en sus ratos libres escribía poemas y algunos cuentos que en la madrugada y, un poco ebrio, se los leía a su esposa y a sus hijos.

“Mis hermanas y yo nos moríamos del coraje porque nos estaba interrumpiendo el sueño que necesitábamos como reposo para ir a clases a las 7 de la mañana. Realmente era una locura de mi papá borracho ponerse a leer los poemas dedicados a mi madre a las 4 de la mañana”.

Federico Campbell Mayén murió en la línea de fuego, en el frente de batalla que es el mostrador de una tienda de licores llamada “Roxy”, en Tijuana. Se acercó a la barra y pidió una botella de tequila y en ese momento le dio un infarto letal y cayó. Don Federico tenía una cierta vocación alcohólica y estaba festejando junto con sus amigos el día del telegrafista. Se terminó el vino y fue a buscar más alcohol y ya no regresó.

“Lo leí en los periódicos al día siguiente porque mostraron fotos del cadáver con mucho amarillismo y desde entonces detesto a los fotógrafos de nota roja que publican sin el menor respeto fotografías de personas en accidentes. Lo único que le faltó al periódico poner debajo de la foto de mi padre: ‘azotó la res’”.

Decía la escritora Virginia Woolf que los padres no son como fueron sino como los recordamos. Y Federico Campbell cada vez que su memoria viaja a Tijuana ya no se pone melancólico sino alegre: luz abismal del mediodía.

 

III.

 

Un día de 1967, Federico Campbell visitó la redacción de Excélsior para saludar a Hero Rodríguez Toro, director del suplemento Diorama de la Cultura. Federico mandaba sus colaboraciones mientras estudiaba periodismo en el Macallester Collage de Minessota. Sus textos gustaban y tenían un buen espacio, aparecían con frecuencia en la portada del suplemento y a veces en el periódico.

Sentados en su oficina, Hero con la mirada le dijo “mira ese señor que está ahí es el que está poniendo tus reportajes en primera plana, le gusta mucho lo que escribes. Él es Julio Scherer”.

Federico dio tanta importancia a la relación con Scherer que vio en el director del periódico más importante de aquellos años una figura paterna.

“Tuve una relación muy neurótica de mi parte con Julio Scherer porque hubo un equívoco de mi parte: me lo tome como si fuera mi padre. De lo cual él no tiene ninguna culpa ni responsabilidad. Fue una completa alteración emocional. Yo le daba demasiada importancia a esa relación en términos afectivos, pero yo no era su hijo y él no tenía que ser considerado conmigo”.

Tras la matanza estudiantil de 1968, Federico estaba aterrorizado por los hechos violentos de Tlatelolco y aceptó ser corresponsal en Washington de la Agencia Mexicana de Noticias, Amex. Era tanto el miedo que sentía de andar por las calles que para ir a trabajar tomaba un taxi de Liverpool a la Agencia, que se ubicaba sobre Paseo de la Reforma a la altura del mítico Cine Roble. El recorrido a pie era de 10 minutos pero tenía temor que un soldado saliera con una bayoneta calada y lo atravesara.

“Don Julio se ofendió un poco porque me fui con la Amex a Washington. Él no sabía que lo hice porque tenía miedo. Un mes atrás habían asesinado a muchos estudiantes. Díaz Ordaz, Echeverría y los generales García Barragán y Gutiérrez Oropeza quedaron en la historia como unos asesinos”.

Después Federico se fue a vivir a Barcelona y, regresando a México, entró en 1977 a Proceso donde escribió durante 11 años. Meses antes de ingresar al semanario, dirigía la revista Mundo Médico, que era una publicación de corte literario pero enfocado a temas clínicos y de salud. Coincidió que las oficinas de Proceso y Mundo Médico se encontraban en la calle de Fresas, y Federico fue a pedirle empleo a Scherer, que no dudó en dárselo.

“Todo eso significaba renunciar a un gran sueldo para ir a ganar un sueldo mínimo y lo hacíamos por amor a la camiseta. Nosotros éramos como una tecla en la máquina de escribir de Julio Scherer y aunque firmábamos nuestros artículos el mérito y el fracaso de un reportaje siempre era de Julio”.

Federico Campbell dice que Julio Scherer es un caballero andante del periodismo mexicano y, al mismo tiempo, es una escuela viviente. Federico sostiene que para muchos el periodismo es una realización en sí mismo y se sienten felices y plenos, como Julio Scherer, por ejemplo, en quien la pasión y la vocación periodísticas son la misma cosa.

 

IV.

 

Luego de 11 años de escribir en Proceso, Federico se preguntó, ¿qué sentido tiene hacer este periodismo? A veces duda que haya tenido alguna aportación en un país donde la llamada sociedad civil no reacciona ante las interminables injusticias. Reportajes sin consecuencias ante una sociedad congelada, indiferente y corrupta. Prefirió dedicarse a la literatura.

Los grandes escritores como Jorge Luis Borges o Daniel Sada no pierden el tiempo leyendo periódicos o revistas. Leer libros y no periódicos, porque lo que se publica en los diarios es para que se olvide al día siguiente. Un escándalo borra el anterior y así sucede.

El domingo pasado recibió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes por su trayectoria literaria y su trabajo como promotor cultural, editor, periodista, ensayista y narrador. A sus 70 años de edad, Federico Campbell tiene a veces pensamientos negros sobre el paso del tiempo, la edad y la vejez.

Fan de Schubert y Mozart, ha llegado a pensar que en realidad la muerte empieza a los 70 años: la muerte inicia al final de la vida y la verdadera muerte es la que está en los minutos, meses o años antes de morir. Es consciente que va a fallecer y que sus días están contados. Algunas señales sólo se pueden ver en la vejez.

“Empiezas a sentir que para los jóvenes prácticamente no existes, no tienes ninguna importancia. Al menos en México no se tiene por los viejos una deferencia que hay en Japón o en otras culturas orientales. Creo que en México se desprecia a los viejos”.

Sin embargo, hay la versión menos cruel, cuando no se está deprimido y se goza de buena salud. Federico asegura que a los 70 años sus ojos ven menos pero ven mejor: “nunca me había dado cuenta que el árbol que ha estado por años frente a mi casa realmente es bello, como un laurel de la India que recuerdo de Hermosillo”.

Federico cree, como los budistas, que se viene a este mundo a gozar y disfrutar la vida porque el tiempo es cruel. Dice que mientras se tenga salud, juventud y testosterona existe la obligación de ser felices. Y no caer en el pecado de Borges que en su poema El remordimiento dijo: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”.

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