Día del migrante: Las armas secretas de Wilber
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Día del migrante:
Las armas secretas de Wilber

Por Abenamar Sánchez
18 de diciembre, 2011
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Este día Wilber no esperó ni que llegara la noche para empezar a contar alguno de sus chistes y meterle risa al viaje.

Él, Óscar y Gerson, sus dos compañeros migrantes, buscan llegar de Centroamérica a Estados Unidos, a través del ferrocarril en México.

Están en Huehuetoca, un pueblo de obreros y campesinos a cincuenta kilómetros al Norte del Distrito Federal, sentados bajo un puente, a orillas de las vías.

Llegaron apenas, en coche desde un pueblo cercano, donde se apearon del ferrocarril para evadir un control de Migración; están cansados y a Gerson le ha dado por escuchar un chiste.

—¡Cuenta uno! —suplica.

—¡No, cuenta  tú! —revira Wilber y se incorpora de donde está sentado sobre una roca.

De cabello al estilo César, mirada de ojos grandes y tristes y de aire debilucho, moreno, tiene más aspecto de un joven cura que de un cuenta chistes.

—Sí —se suma Óscar a la petición, sentado a su lado—, échate uno de esos colorados.

—¡No, mejor tú! —insiste él.

—¡Anda, sólo uno! —presiona Gerson.

Wilber camina de aquí para allá. Se detiene un rato. ¡No, mejor no!, dice, y vuelve a caminar, sin ir más allá de unos metros como si él y los otros, Gerson sentado sobre un raíl, estuviesen en una pequeña sala.

Se oye el silbato de un tren.

Se avispan; Gerson acerca hacia él su pequeña mochila, que semeja a una mera bola de trapos no más grande que una pelota de futbol; Óscar, el más alto de los tres, se ajusta el gorro, y Wilber niega con la cabeza.

Tomó el tren la vía hacia Piedras Negras, Coahuila.

Ellos aguardan el paso del tren que va rumbo a Nuevo Laredo, el ferrocarril de Kansas City Southern de México (KCSM); aquí, la mitad de la ruta ferroviaria del Sur al Norte de México, confluyen  los dos grandes ferrocarriles que conectan con Estados Unidos: la otra empresa se llama Ferrocarriles Mexicanos o Ferromex.

Llevan cerca de 50 horas de viaje en tren, en dos semanas. Algunas de esas horas, ha advertido Óscar, las han hecho caminando o en automóvil. Pero esa suma no incluye la semana de caminata pura desde los límites con Guatemala y una parte de Chiapas, un tramo de doscientos ochenta y tres kilómetros de vías inservibles.

Casi al final de ese tramo los asaltaron.

Ya resignados de que el tren que oyeron se enfiló a Piedras Negras, para recorrer 3 mil 300  kilómetros más de rieles, se disponen a contar la anécdota del asalto. Empieza Gerson:

—Íbamos cansados.

—También estaba por anochecer —observa Wilber.

—Antes de llegar a una ranchería, nos topamos con un niño —continúa Gerson.

—Era un niño así —dice Óscar, mientras extendía una mano a menos de un metro del piso para indicar el tamaño.

—Dijo si queríamos agua.

Los tres asintieron.

—Pidió lo acompañáramos. Tras él, cruzamos el alambrado y… ¡madres! Unos hombres, con machetes, nos quitaron algunas monedas…

—Bueno, lo que llevábamos, porque no llevamos más que… —Wilber extiende los brazos, en gesto de invitación a que se le verifique de que no lleva puestos más que el jean oscuro, una playera negra y unos empolvados mocasines también oscuros.

Gerson, el más bajo de estatura, pero el más robusto de los tres, viste un jean azul, camiseta azul debajo de un suéter negro y tenis cafés; Óscar, unos pantalones gris, camisa clara a cuadros, tenis y gorro también claros.

Dan la impresión de que son tres chicos del pueblo de Huehuetoca, cabecera del municipio que lleva el mismo nombre, quienes este domingo de mediados de marzo salieron a patear pelotas en el campo de futbol más cercano a sus casas, en este caso el amplio terreno polvoso que está aquí cerca, que de ancho corre paralelo a las vías de la Kansas City y queda entre la escuadra que hacen éstas con la calle que pasa sobre el puente debajo del cual están ellos.

Días antes de ese asalto, retoma la anécdota Gerson, en un pueblo que se llama Tonalá, allí mismo en Chiapas, salieron a “pasar charola” o pedir monedas para la comida, y un agente de seguridad quiso obsequiarlos con cárcel: tomó su radio y solicitó una patrulla para que fuera a “recoger unos vándalos”.

Migrantes guatemaltecos.

Huyeron.

—Pero si no nos vamos a quedar en su país, sólo estamos de paso —se consuela Gerson.

No tarda en modificar su postura en cuanto recibe una mirada sarcástica de Wilber:

—Bueno, si alguien me ofrece un trabajo, aunque sea de campo, sí me estaría quedando…Sí hay gente que nos apoya.

Fabienne Venet, directora del Instituto de Estudios y Divulgación sobre la Migración (Inedim), dice que a México ingresan en promedio por hora entre veinte a cuarenta migrantes en situación irregular. De éstos, nueve de cada diez son de Guatemala, como Gerson; Honduras, como Wilber y Óscar; El Salvador y Nicaragua, es decir, de Centroamérica. Uno de cada dos o cuatro, según informes del Instituto Nacional de Migración, son devueltos a su país.

—Éramos como veinte —dice Wilber—; sólo quedamos los tres.

—¿Y los demás?

—A unos los devolvieron tras caer en la cárcel en Chiapas —cuenta Wilber.

—Algunos cayeron con la migra en Veracruz —interviene Gerson.

El último que cayó, narra Óscar, fue en Lechería, aquí en el Estado de México. Los agentes de migra, incluidos policías, interceptaron el tren, armados de garrotes, y saltamos del tren. Mi compañero cayó mal y se fracturó la pierna.

—Yo no quiero morir aquí —interrumpe Gerson.

Se angustia. Baja la mirada, y diminutos se le ven sus ojos en la cara  redonda. De perfil, se le notan precisos los escasos pelitos que tiene en la barbilla; los acaricia como si formaran una profusa barba. Dice que los chistes de Wilber los ha salvado de “males graves” y de la tristeza que les viene muy seguido.

Las diez de la noche en adelante es el momento de los chistes, y principalmente cuando es la noche de un día con demasiadas sorpresas. Cuando cayó uno de sus compañeros en Lechería, Wilber contó chistes para “espantar” la tristeza. Ni cuenta se dieron de la hora en que quedaron dormidos, al grado de que cuando se despertaron Óscar y Gerson creyeron que Wilber acababa de contar el último.

—Nos dormimos porque sabíamos que ya nos habíamos librado de la migra.

Aprovecha Óscar el silencio de Gerson para hablar.

Cuando sabemos que no hay que dormir —dice ya con un asomo de alegría Gerson— pedimos uno y otro y otro…

Wilber se sabe un promedio de cinco mil chistes.

Los aprendió la primera vez que estuvo en Estados Unidos, en la cárcel. Ora tiene 19 años y es el menor de los tres, pero entonces apenabas superaba los quince. Permaneció unos meses en la cárcel en Philadephia por ilegal, pero como era menor de edad las autoridades lo regresaron a su país, Honduras; bueno, a su pueblo: Santa Bárbara, de donde esta vez salió el ocho de febrero.

Migrantes en su paso por el Estado de México.

—Me los enseñó un muchacho que le decían el Piraña

Esta sería la segunda vez en que él entre a Estados Unidos. Para Óscar, de San Pedro Sula, y Gerson, de Huehuetenango, Guatemala, en caso de lograrlo, les falta un tramo de mil 800 kilómetros más hacia Nuevo Laredo, Tamaulipas, sería la primera.

Wilber y Gerson se conocieron en un lugar de aseguramiento en Tuxtla, la capital de Chiapas, cuando fueron detenidos y devueltos en febrero. Al reemprender posteriormente juntos el viaje en los límites con Guatemala, casi a finales de ese mismo mes, se encontraron con Óscar y los demás quienes se fueron quedando en el camino.

“Se podría decir que hemos llegado hasta aquí gracias a los chistes de Wilber”.

Wilber se sonroja con los elogios; se agacha; titubea.

Mínimo —prosigue Gerson— cada tres días se cuenta entre cincuenta a sesenta chistes por noche.

Silba otro tren.

Se desperezan, pero no tardan en volver cada uno a su lugar porque el tren viene de Norte a Sur: Gerson se ha incorporado del raíl; Óscar sigue sentado sobre la roca; Wilber observa una procesión religiosa que a los lejos se ha asomado en una bocacalle. Se oye la música de tambores, el siseo de las rezanderas.

Huehuetoca es un pueblo viejo, así como significa su nombre en español, con uno de cada 150 habitantes del Estado de México, su circunscripción administrativa, y uno de cada mil 100 mexicanos. Con sus 25 mil casas, la mayoría de un piso gobernada por la torrecilla de la iglesia se San Apóstol, el edificio más alto, se levanta en la parte Oriente Norte de un extenso valle seco, con un clima medio de 16 grados, circundado por altas colinas y cerros que alcanzan unos los tres mil metros sobre el nivel del mar . A él se llega por automóvil o tren.

Se podrá decir que, pese al breve tramo para esquivar al control de migración, Wilber y compañeros llegaron por tren.

—Este pueblo tiene su parte en la historia del ferrocarril —dirá al rato un hombre, cuando no sólo refiera que aquí, en esta parte Oriente Norte de Huehuetoca, antes pasaban un promedio de 100 migrantes diarios y ahora unos 30 o 40, sino centenas de hombres que ahora trabajan en las empresas de construcción y de fábricas de tubos, o en el campo o en Distrito Federal, antes trabajaron en el ferrocarril, y hasta el pueblo cuenta con una reliquia de museo: una locomotora de vapor arrumbada en un patio trasero, mirando hacia el norte, que no tiene más que el cuidado de un borrico con el que comparte el encierro.

Wilber y compañeros se sueltan en carcajadas.

Se trataba de un chiste que por fin había decidido contar Wilber:

Cuando se subió al bus, el pastor se alegró al ver que en uno de los asientos iba un sacerdote católico.

Sonrió, caminó hacia él y le soltó una bofetada.

—¡Ay! —gritó el sacerdote, y el predicador preguntó:

—Oiga padrecito, ¿usted ha leído esa parte de la Biblia donde dice si alguien te golpea, ponle la otra mejilla?

El sacerdote dijo que sí, y el pastor le acomodó otra bofetada.

—¡Ay!

El pastor se fue a sentar, contento. En eso se levantó el sacerdote, caminó hacia él y preguntó:

—Oye tú, pastorcito, ¿te sabés aquella parte de la Biblia donde dice que con la vara que mides serás medido?

—¿Por…? —quiso responder el pastor, y plás-plás. El sacerdote golpeó con la mano derecha y remató con la izquierda.

 

Reían los tres, como si estuvieran en casa, como si Gerson no tuviera el compromiso con su madre de enviar dinero para recuperar la casa que tienen hipotecada, como si Óscar no tuviera en su mente la desaparición de un primo que un día como él partió hacia Estados Unidos y nunca se supo en qué parte de México quedó muerto, como si los chistes de Wilber fueran una tabla de salvación inmune a los posibles males.

Fuera de ese embrujo, los datos crudos:

11 mil 333 casos de secuestros de migrantes en 2010.

Leticia Gutiérrez, de Dimensión Pastoral de Movilidad Humana, con más de 50 albergues de migrantes en México, dice:

Ante amenazas sufridas, 66 agentes pastorales cuentan con medidas cautelares de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y 4 con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Loretta Ortiz Ahlf, doctora en Derechos Humanos, autora de El Derecho de Acceso a la justicia de los migrantes en situación irregular, dice que México trata peor a los migrantes que Estados Unidos.

—¿Cómo enfrentar el problema?

El sacerdote Alejandro Solalinde, fundador del albergue “Hermanos en el Camino” en Ixtepec, Oaxaca, dice que se requiere, para empezar, de una buena educación.

—¡Anda, otro chiste! —suplica de nuevo Gerson.

Por el momento, no hay otro chiste. Está cayendo la noche y se apuran en ir a pasar la “charola”.

—Quizá al rato, responde Wilber en son de despedida.

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Felimar Luque

De vender arepas en un mercado a luchar como médica contra la COVID-19

Felimar Luque temía no volver a trabajar como médica tras emigrar de Venezuela. Pero la falta de personal sanitario que sufren países de la región como Perú ha hecho que vuelva a ejercer.
Felimar Luque
5 de agosto, 2020
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Preparando arepas en la habitación que compartía junto a su hermana en Lima, Felimar Luque temía no volver a ponerse nunca más la bata de médica que se tuvo que quitar cuando salió de Venezuela en busca de un futuro mejor.

Hoy, tras un año en el que vendió arepas en un mercado y medicamentos en una farmacia, vuelve a ejercer la medicina en un hospital. Una oportunidad que ansió durante meses y que no le llegó hasta que ocurrió una tragedia: la pandemia de COVID-19.

“La esperanza era bastante lejana por el tema económico”, cuenta esta ginecóloga de 34 años, a quien se le hacía imposible asumir el costo de homologar su título cuando llegó a Perú el año pasado.

Ahora, ante la falta de profesionales de la salud para atender de los casos de coronavirus que hay a nivel nacional, Luque ha sido contratada para trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins, el complejo hospitalario más importante de la seguridad social peruana.

Allí, se encarga de evaluar cómo evolucionan cerca de 200 afectados por COVID-19.

Perú ha decidido permitir durante la pandemia la contratación de médicos extranjeros, incluso aquellos que aún no hayan terminado de realizar sus trámites para colegiarse. Es una medida que también han tomado países como Chile, México y España.

Luque ha sido una de las beneficiadas. Como a muchos de los 900,000 venezolanos que emigraron al país andino en los últimos años, a ella, le había tocado empezar desde cero en su nuevo destino.

Es decir: dejar atrás 11 años de estudios universitarios y cuatro de experiencia laboral, para, en cambio, comenzar los días levantándose a las cinco de la mañana para amasar agua y harina P.A.N.

“Despertábamos para hacer las arepas y que estuvieran calientes al momento de venderlas”, recuerda.

Harina P.A.N.

Getty Images
Felimar Duque se despertaba todos los días a las 5am para amasar la harina P.A.N.

“Vendíamos unas 30 o 35… No eran muy grandes porque la harina P.A.N. es importada y costosa y queríamos obtener un poquito de ganancia”, le dice a BBC Mundo por teléfono en el descanso de su turno en el hospital.

A dos soles cada una (0.6 dólares), ganaban entre 18 y 21 dólares cada día. Tres veces más que su sueldo mensual en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, conocido por ser donde murió en 2013 el exmandatario venezolano, Hugo Chávez.

Este monto, sin embargo, era insuficiente para vivir cómodamente en Perú. Así que, recién llegadas a Lima, las hermanas vendían las arepas por las mañanas y dedicaban el resto del día a buscar trabajo.

“El choque emocional era demasiado”, cuenta Luque. “Aparte, jamás había vendido nada”.

“Todo en mi vida había sido estudiar, estudiar, estudiar… El día en que decidí trabajar ya era médico y, desde entonces y ya graduada, nunca había dejado de trabajar”.

Dejar Venezuela

Felimar Luque era en Caracas especialista adjunta del servicio de ginecología de un hospital de nivel 4, el más alto, es decir, con un gran número de camas, área de terapia intensiva y de especialidades.

De pequeña, había decidido ser pediatra después de que una infección gastrointestinal le llevara a acabar ingresada en un hospital.

“Me atendió una excelente pediatra, que fue muy atenta conmigo. A pesar de no tener turnos, se quedó conmigo durante mi hospitalización”, recuerda.

“De ahí le dije a mi mamá: ‘Quiero ser pediatra porque quiero atender a las personas así como ella me atiende a mí”.

Pero, a medida que estudiaba la carrera, fue cambiando de opinión. “Me di cuenta de que la pediatría era bonita, pero a la vez un poco triste“.

“Sobre todo el área oncológica me deprimía, así que dije: ‘No, prefiero ser ginecóloga, que así traes un bebé al mundo y, en la mayoría de los casos, les das una alegría a los familiares”. Todavía recuerda su primer parto: varón, 3.5 kilos.

Felimar Duque con un bebé recién nacido

Felimar Duque
Duque optó por especializarse en ginecología porque el traer bebés al mundo “das una alegría a los familiares”.

Los años tomando notas o sacando fotocopias de libros que no podía permitirse comprar rindieron frutos: se graduó de la Universidad Rómulo Gallegos con notas sobresalientes o, como se dice en Venezuela, cum laude.

Un posgrado después, llegó a ser jefa de servicio en un hospital grande. Pero era un puesto que también tenía desventajas que se hicieron más agudas cuando el país empezó a verse golpeado por una dura crisis económica.

“En 2012 ya empezó el déficit, pero se acentuó muchísimo, muchísimo en 2014. En 2015, ya no teníamos absolutamente nada, teníamos que solicitar al paciente que llevara sus insumos para poder atenderle”, hace memoria.

Alternaba cuatro trabajos en dos clínicas y dos hospitales públicos para poder mantenerse. Le alcanzaba, “ajustadita”, y solo porque vivía sola y no había formado aún una familia.

Pero la falta de condiciones para atender a sus pacientes era lo que más le afectaba.

“El choque no lo vive el director del hospital, lo vives tú como jefe en tu área. Eso ya me tenía un poquito inestable emocionalmente porque decía: ¿Cómo voy a una guardia? Como recurso humano puedo hacer cualquier cosa, pero me atas de manos porque no tengo cómo resolver al paciente porque no tengo insumos”.

Protesta en Venezuela por la crisis hospitalaria

Getty Images
En Venezuela hay una crisis hospitalaria desde hace varios años.

Estas deficiencias le hicieron pasar por situaciones tensas, como cuando tuvo que resguardarse para no ser agredida por el familiar de una paciente.

“Había sido referida de otro hospital y, en ese momento, nosotros no contábamos con servicio de quirófano porque no había aire acondicionado y solo estábamos atendiendo estrictas emergencias”, recuerda.

“La paciente estaba en un inicio de trabajo de parto… Tenía oportunidad de ir a otro centro a ver si la podían atender”. El familiar montó en cólera, estallando en reclamos e insultos contra ella y un colega, que eran los encargados del servicio aquel día.

“Tuvimos que permanecer encerrados en la habitación porque si salíamos nos podían agredir”, afirma.

Choque emocional

Episodios como este la llevaron a iniciar la homologación de su título en España para emigrar allí.

“Mi temor era: ‘se me va a morir una paciente por el simple hecho de que en el hospital no hay tan siquiera sangre para transferirle o no hay una jeringa, nada…’ Que me llegue un paciente crítico y no pueda resolverlo, no porque no tenga conocimiento, sino porque no tengo los recursos para atenderlo”.

Pero las trabas burocráticas, tanto en España como en Venezuela, y la ralentización de los trámites en las instituciones de este último país hizo que, a inicios de 2019, se decidiera a seguir a su hermana a un destino más barato y menos complicado: Perú.

Felimar Luque (izq.) en la sala de partos en Venezuela

Felimar Luque
Practicar medicina en Venezuela se ha vuelto difícil por la falta de recursos.

A diferencia de miles de sus compatriotas, ellas tuvieron la “suerte” de poder viajar hasta allí en avión.

Pero eso no logró amainar un cambio tan brusco: “En Venezuela siempre tuve trabajo, muchísimo trabajo. Pero una vez que vengo para acá, nunca había vendido y había que relacionarse con cualquier persona”.

“Pero era más que todo el choque emocional: eras una persona reconocida en tu país. En mi caso, yo era jefe de servicio porque era especialista adjunta del servicio de ginecología ya con cuatro años de experiencia como tal. Y sí, el choque es bastante fuerte en ese sentido”.

“De verdad que me sentía bastante mal”.

Junto a su hermana, pidieron permiso en un puesto de un mercado cercano a donde vivían para ponerse de pie al lado a vender las arepas. El comerciante se lo permitió.

“Entonces hice mi currículum, lo dejé por locales comerciales, farmacias. Llamaba a los anuncios para cuidar bebés, cuidar abuelitos”. Menos de un mes después de llegar, consiguió empleo en una farmacia donde trabajaba seis días a la semana por el salario mínimo.

Inmigrante venezolana entrando a Perú

Getty Images
Muchos venezolanos que inmigran a Perú tienen dificultades en buscarse la vida.

¡No tenemos gente!

Poco a poco, fue reuniendo y validando los papeles que necesitaba para homologar su título de médico general.

“Registré mi título… pero hubo un freno porque me exigían estudiar un año más”, cuenta. No podía permitírselo: su hermana tenía problemas para encontrar empleo y de su salario salían la manutención de las dos y el dinero que enviaba a sus padres, en Venezuela.

“Decidimos oye, nada, a reunir plata. A ver si se puede lograr de alguna forma en algunos meses”.

Casi a finales de 2019, vio un anuncio en Instagram: la ONG Unión Venezolana en Perú estaba ayudando a médicos venezolanos a convalidar sus títulos. La organización ha reunido en los últimos dos años un listado de 39,000 inmigrantes venezolanos con estudios, cuyos datos se los ofrece al gobierno peruano para ayudar a cubrir vacantes difíciles de llenar.

Tras una dura selección que empezó con 150 profesionales, Luque acabó siendo una de los 20 que recibió la ayuda de la ONG y de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) para poder colegiarse en Perú.

“Tuve que pasar varias pruebas y cursos”, asegura. “A veces nos decían el mismo día o la noche anterior: ‘Hoy, urgente, tienen que ir a tal sitio’. Y bueno, ese día le pedía permiso a mi jefe y gracias a Dios fue bastante tolerante. Me decía: ‘Tranquila’. Luego, eso sí, tenía que pagarle las horas como sea”.

Pero incluso cuando su nombre apareció oficialmente en la base de datos de médicos colegiados de Perú, encontrar trabajo como tal siguió siendo una tarea complicada.

Coronavirus en Perú

Getty Images
En algunos lugares de Perú se han visto desbordados por la falta de médicos para combatir el coronavirus.

En tres meses, solo llamaron para dos plazas lejos de Lima, de donde no quería irse.

“Conseguí un puesto de asistente de cirugía plástica. Realmente, no es mi área, solo llenaba historias de los pacientes y hacía las tareas de las enfermeras”.

Con la pandemia, la clínica cerró: “Lo que más me angustiaba era que yo tengo que enviar dinero a Venezuela porque mis papás lo necesitan… Era estresante: quedarte sin dinero en un país donde no tienes nada”.

Hasta que un colega le avisó de que la seguridad social peruana, EsSalud, estaba contratando médicos para afrontar la pandemia de COVID-19.

Como muchos países de la región, Perú cuenta con menos médicos de los que necesita, según refleja un informe del Ministerio de Salud de 2018: apenas 13,6 médicos por cada 10.000 habitantes en vez de los 23 que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

A esto se suma el hecho de que muchos se han dado de baja porque su edad o historial médico los hace especialmente vulnerables al nuevo coronavirus.

Por ejemplo, en Lambayeque, una de las regiones más afectadas por la pandemia y en la que se han tenido que construir cementerios temporales para enterrar a los muertos por coronavirus, el director del Hospital Regional explicaba a principios de mes que, pese a tener 60 camas libres con punto de oxígeno, no las podía usar:

“¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente!”, gritaba con desesperación en una entrevista con la emisora pública, RPP.

Talento desaprovechado

Carlos Scull, nombrado embajador de Venezuela en Perú por Juan Guaidó, aseguró en una radio local que hay unos 1.000 médicos venezolanos en Perú -de los que solo entre 200 y 300 están colegiados- y unos 3,000 enfermeros.

Otras fuentes como la campaña “Tu causa es mi causa” eleva a 4,000 el número de médicos venezolanos que podrían unirse al esfuerzo del sistema de salud peruano contra la pandemia.

Trabajadores de la salud con equipos de protección personal frente a una ambulancia en Perú

Getty Images
En Perú hay escasez de trabajadores de la salud para hacerle frente a la pandemia.

Al menos uno de ellos, Felimar Luque, empezó a trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins el lunes de la semana pasada: “Es hermoso, se parece al hospital en el que yo trabajaba ”.

“Me siento bien, a pesar de la pandemia, haciendo lo que más me gusta”, dice. Ahora gana ocho veces más de lo que recibía en la farmacia. Su hermana, abogada, ha tenido menos suerte y ahora trabaja cuidando a una mujer mayor en una provincia al norte de Lima.

“El venezolano tiene una necesidad de tener un ingreso y ejercer su profesión”, dice Garrinzon González, director de Unión Venezolana en Perú. En los años que lleva frente a la ONG, ha visto a muchos compatriotas experimentados y con estudios superiores haciendo trabajos no cualificados.

“Es un activo que se está perdiendo el Perú en vez de beneficiarse con estos profesionales cuyos estudios fueron un gasto que hizo otro Estado. Y más cuando hay vacantes”, afirma.

Del listado de 39,000 profesionales venezolanos que ofreció al Estado peruano, calcula que solo el 10% consiguió empleo.

Él espera que la experiencia de echar mano de profesionales sanitarios venezolanos durante la pandemia sirva para abrir las puertas a otros sectores.

Luque tiene un contrato de solo tres meses, prorrogable por otros tres meses más si la pandemia se extiende. Aunque, así como cuando soñaba con volver a ponerse la bata mientras preparaba arepas, le sobran esperanzas.

“Aunque el contrato dice ‘solo pandemia’, yo confío, Dios quiera, que nos dejen trabajando como tal. Ya ellos saben que soy especialista, que estoy en proceso de mi registro nacional de especialista acá en Perú. Y si no, bueno, como médico general, que ya tengo todo legal”.

“Si la posibilidad está, sería genial quedarnos acá trabajando”.

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BBC

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