La adicción de un corredor mexicano
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La adicción de un corredor mexicano

Por Abenamar Sánchez
31 de diciembre, 2011
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Este relato de Víctor Hernández trae a recuerdo la observación que hiciera hace no mucho tiempo, aquí mismo en el área de calentamiento de la trotapista Ghandi del Bosque de Chapultepec en el Distrito Federal, el multicampeón argelino Noureddine Morceli  otro atleta mexicano quien había intentado sorprenderlo con el comentario de que la competitividad de los corredores del país en el mundo había decaído principalmente a causa de la falta de apoyo del Gobierno. Morceli, quien ese día había preferido el kilómetro de fresco circuito en el centro poniente de la ciudad a la pista de las instalaciones del Comité Olímpico Internacional, se habría llevado el dedo índice a la sien y soltado tajantemente: los kenianos son pobres, pero son campeones. El problema, habría insistido mientras con el dedo hacía como si pretendiera horadar la parte que apuntaba, está en la cabeza. Excorredor de alto rendimiento, a sus treinta y tres años Víctor de Jesús Hernández ya sólo corre por las mañanas o al mediodía de todos los días por sólo un objetivo: mantenerse sano.

 

Víctor de Jesús Hernández se toma un descanso tras correr durante una hora y media de este mediodía de martes, a unos metros de donde el entrenador Israel Marcial prodiga de masajes a otro corredor tumbado de bruces sobre una tabla. Su rutina ahora es correr entre noventa a cien kilómetros semanales, la mitad o menos de la mitad de lo que corre un atleta de alto rendimiento en activo. Sí, es un hombre que todos los días está aquí, por las mañanas o al mediodía, corriendo, ha testificado un obrero de limpieza acerca de él. Llegó a las once horas y concluyó la última vuelta a las doce y media. Por la mañana estuvo resolviendo algunos pendientes en su trabajo como coordinador de un programa de gestión social de parte de un partido político en su delegación. Cuando llegó ya no quedaba más que uno que otro atleta de alto rendimiento que, a esa hora de la mañana, corría sorteando a aquellas personas que por mera cuestión de salud o para perder unos kilos de más acuden también a trotar a la pista que con su arcilloso tono serpentea bajo viejos árboles de ahuehuete y cedro y es visitada por unas quinientas personas al día.

 

Víctor de Jesús Hernández se retiró hace seis años de los esfuerzos por mantenerse como atleta de alto rendimiento y desde entonces forma parte del 37 por ciento de los mexicanos que, según resultados de un estudio realizado por la consultoría Defoe, realizan ejercicios de distintas disciplinas para estar saludable, bajar de peso o verse bien físicamente. Estas dos últimas razones fueron las que lo llevaron a la pista de carreras, porque él primero estuvo empeñado en llegar a ser un máximo expositor del ballet, una ruta en la que se creía estar encaminado tras dos presentaciones en el centro cultural Casa del Lago en el Distrito Federal, bajo la dirección del maestro Felipe Méndez, y ganarse una beca en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Entonces tenía dieciocho años, y una mañana que se presentó a clases, con su playera, camisa y mallón blancos, el maestro Méndez se acercó a él y, tras una golpecito en la espalda, le hizo una sugerencia: “Necesitaba perder unos kilitos”

 

Era 1996, año en que Noureddine Morceli hacía con el oro en los juegos olímpicos de Atlanta y el mexicano Bernardo Segura ganaba bronce en marcha de 20 kilómetros, dos años después de que la gloria mexicana llamado Arturo Barrios, quien batió el record mundial de los diez mil metros en el estadio olímpico de Berlín en 1989, se hiciera ciudadano norteamericano y tres años después de que unas cifras indicaran que en México se empezaba a agravar el problema de la obesidad : uno de cada cinco adultos estaba por encima de su peso normal y sobrepeso. Víctor se deprimió. Sabía que era bueno bailando, pero también sabía que tenía unos kilos de más: pesaba setenta y dos y necesitaba perder tres. Al día siguiente de la sugerencia se presentó a una pista de carreras y empezó a trotar. Tres meses le duró la depresión, y tras otros tres meses tomó una decisión: se retiró del ballet y optó por ser atleta de alto rendimiento. Buscó un entrenador, fue con un nutriólogo y empezó a correr. Tras su retiro, ya no se le ve la imagen de cuerpo compacto que tienen los jóvenes que están junto a Israel Marcial, cada uno de tronco y pies y brazos rollizos. Vestido de camiseta y short azul, y el cabello ceñido en cola con una dona del mismo color, tiene más trazas de joven rockero que de un excorredor.

Fue otra sugerencia que lo sacó del camino del atletismo. Sumaba ya algunos premios en los circuitos locales, por ejemplo el primer lugar en los cinco mil metros en una carrera en La Marquesa, con un tiempo de 17 minutos, casi 4 minutos por encima del record que había impuesto Arturo Barrios años antes, un ídolo al que aspiran suplir los nuevos corredores de alto rendimiento, porque el sueño común, dice el entrenador y corredor Israel Marcial, es ser un corredor olímpico y, también, alcanzar la “marca olímpica que es de 2 horas con 15 minutos por 42 kilómetros 195 metros, la carrera de gran fondo”. Antes de sumarse a los 42 por ciento de mexicanos que, de acuerdo a las estadísticas de Defoe, corren por mero asunto de salud, un médico del deporte quiso aligerarle el esfuerzo a Víctor de Jesús Hernández cuando vio que éste no rendía al ciento por ciento de su capacidad: le recomendó tomara complementos vitamínicos porque la sola comida no le estaba procurando energía suficiente. Víctor, ya casado y con tres hijos, escuchó pacientemente y luego le vino a la mente el recuerdo de algunos atletas que no han corrido con buena suerte tras tomar complementos para forzar su capacidad de resistencia. Desechó la sugerencia y optó por retirarse. Dice que no quiso jugar con su vida, porque “el cuerpo es como un motor: si le metes más kilometrajes tienes que darle más mantenimiento, y si no lo cuidas, envejeces prematuramente”.

 

Antes que correr, hay que aprender a correr y formarse un hábito de vida, suelta Israel Marcial para adentrarme ya no tanto en el ámbito del atletismo de alto rendimiento –curiosamente México obtuvo el último oro de los Juegos Olímpicos en Los Ángeles en 1984, poco antes de que entre su población despegaran a la alza las cifras de la obesidad, un obeso por cada cinco adultos en 1993, uno por cada tres en 2006 y dos de cada tres en 2011 — sino en lo que implica el decidir por el trote por cuestión de salud, y su comentario me recuerda a una persona que en breve plática como gesto de saludo hace unos momentos me dijo que este día ha venido al circuito porque, ahora que el país ocupa el segundo lugar en obesidad en el mundo, tiene el firme propósito de empezar a hacer ejercicio todas las mañanas a partir del próximo 2012 en este parque. El 46 por ciento de las personas que practica algún tipo de ejercicio en México, según estudios de Defoe, prefiere los parques. Esto refleja el hecho de que además de los parques con pistas de carrera, como este, El Sope, Tlalpan, Bosques de Aragón, los corredores aficionados hayan improvisado pistas en algunas calles o camellones u otros parques del Distrito Federal, como en los parque México y España.

 

El Sope, aquí mismo en el Bosque de Chapultepec, es una de las pistas donde empezó a correr Víctor de Jesús Hernández, quien regularmente, como lo hace la mitad de los mexicanos que sale a trotar, sale a hacer ejercicio solo. Quizá en todo México, intenta Israel Marcial hacer cálculos con uno de los 15 corredores que están bajo su cuidado como entrenador, salgan a correr por las mañanas o cada dos o tres mañanas un promedio de 500 mil personas, y en el DF unos 15 o 20 mil, porque cada domingo, en la última década, hay una o dos carreras en esta ciudad capital, en las que llegan a participar hasta 15 mil corredores provenientes de distintos estados y países. A diferencia de aquellos que salen a correr por estar saludable, bajar de peso o verse bien, 59, 19 y 14 por ciento respectivamente, según datos de Defoe, el sueño del atleta de alto rendimiento es la carrera olímpica, insiste Marcial, pero primero hay que aprender a correr y el entrenador tiene el compromiso de ser claro con el atleta: conocer los objetivos y las cualidades físicas de éste y decirle sobre lo que hay que trabajar primero. Esto es algo que también deberá tomar en cuenta aquél que quiere empezar a correr por mera cuestión de salud.

 

Víctor de Jesús Hernández dice que corre por salud y que su retiro tanto del ballet como del atletismo de alto rendimiento fue también para preservar la salud, y se dispone a explicar: cuando el ballet, frecuentaba antros y discotecas y estaba la exposición al alcohol y al cigarro; cuando las carreras, estaba la sugerencia de tomar complementos y estaba el riesgo a jugar con el cuerpo. “Lo mío es el deporte”, resume. Cuenta que de niño le gustaba boxear y tocar el jazz. Tiene el tabique levemente desviado, pero no fue una fractura en el ring del boxeo sino resultado de un garrotazo que de niño le propinó su hermana. Lleva una cicatriz a mitad de frente pero tampoco es resultado de un golpe durante el frenesí de alguna posible tocada de jaz sino la marca de un frentazo en el suelo tras un tropezón. Antes de llegar a flirtear con ese sueño olímpico, como lo llama Israel Marcial, o con la posibilidad de participar en famosos maratones como el de Boston, Chicago, nueva York, Fukuoka o BMW Berlin Marathon, de niño este hombre que nació en el Distrito Federal, hijo de una familia de diez integrantes, quería hacer tantas cosas pero por cuestiones económicas no pudieron respaldarlo lo suficiente sus padres. De grande, tras largas reflexiones, tras revisar lo que Noureddi Morceli dijo está en la cabeza, definió que lo suyo no era volar sobre las pistas olímpicas sino dedicarse llanamente a ese algo que es como su adicción para mantenerse saludable, correr todas las mañanas, y qué mejor que hacerlo sobre una pista que está a unas cuadras de casa y familia, a donde ya se encamina.

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Chile vota en plebiscito histórico: 4 claves para entender qué está en juego

La votación definirá el destino político institucional de Chile para los próximos años. Más allá del "apruebo" o "rechazo", varios analistas explican qué está en juego.
25 de octubre, 2020
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Por primera vez en la historia de Chile, este 25 de octubre se pregunta a la ciudadanía si aprueba o rechaza la redacción de una nueva Constitución.

El referendo chileno, aprobado en un acuerdo político en el Congreso tras un ciclo de manifestaciones que comenzó con las marchas estudiantiles el 2006 y culminó en octubre del 2019, definirá el destino político institucional de Chile en los próximos años.

De ganar el “apruebo”, será la primera vez desde 1833 que la Constitución es redactada por una convención ciudadana elegida en votación popular.

Qué está en juego en el referéndum, más allá del “apruebo” o “rechazo” y del tipo de convención que eventualmente surja para redactarla es lo que responden a BBC Mundo aquí analistas chilenos y latinoamericanos.

1. Generar una Constitución “sin traumas”

Pese a que sufrió numerosas reformas, la Constitución vigente hasta hoy en Chile fue redactada y aprobada en 1980 bajo el régimen militar del general Augusto Pinochet y, según afirma el politólogo Gabriel Negretto, “simbólica y políticamente, nunca superó ese defecto congénito”.

Por eso, lo que está en juego en el proceso constituyente que podría comenzar con el triunfo del “apruebo” es la legitimidad de origen de una eventual nueva Constitución para Chile, le dice a BBC Mundo Negretto, quien ha sido consultor de Naciones Unidas en procesos de reforma constitucional en distintos países latinoamericanos.

Augusto Pinochet votando en el referéndum en 1980.

Getty Images
La Constitución vigente fue aprobada y redactada durante el gobierno militar del general Augusto Pinochet.

“¿Qué rodeó a la Constitución de Pinochet?: que nació de un acto de fuerza, de violencia; que se hizo en un clima de miedo, de terror”, describe el académico. “Para marcar un contraste con el origen de la vieja Constitución, la nueva debe nacer de un amplio respaldo ciudadano y en un entorno pacífico”, precisa.

“En ese sentido, hay un llamado a la atención de quienes apoyan el ‘apruebo’ de llamar a la calma… El estallido social, que incorporó gran cantidad de demandas legítimas, también estuvo asociado a actos de violencia injustificados que hasta hoy no están claros. No se puede eliminar toda la violencia, pero tiene que quedar claro que corresponde a grupos aislados”, plantea.

Para que Chile efectivamente cuente con una Constitución que no arrastre los traumas de la actual, argumenta Negretto, se requiere además que una de las dos opciones gane por una mayoría suficientemente amplia y en una votación con una participación importante, ojalá mayor a los promedios de las últimas elecciones chilenas.

“No es lo mismo un referéndum como el que se hizo por el acuerdo de paz en Colombia que uno sobre las reglas fundamentales con las que queremos vivir como sociedad, como se definirá en Chile. En este caso, si la diferencia entre la opción que gana y la que pierda es pequeña, es problemático”, advierte el académico.

“Sería un mal comienzo que el ‘apruebo’ ganara por un margen pequeño: el trauma que vive Chile respecto a los legados de la dictadura provienen del plebiscito de 1988, cuando la dictadura militar terminó cediendo la transición a la democracia con un altísimo poder político (el “Sí” a Pinochet obtuvo un 43% y el “No” un 54.7%). Aquí no debe quedar duda de la posición mayoritaria”, sostiene Negretto.

Simpatizante de la opción de "apruebo", durante una manifestación.

Getty Images
El estallido social de octubre de 2019 incorporó entre sus demandas la redacción de una nueva Constitución.

“Si el resultado fuera 51 para el ‘apruebo’ y 49 por el ‘rechazo’, estaría muy preocupado por el futuro de Chile”, agrega Negretto.

“Porque eso querría decir que el cambio constitucional no lo rechaza una minoría, sino la mitad de la población. Y eso es preocupante en un contexto polarizado, porque aquí no hay medias tintas: se cambia la Constitución o no”.

2. Recuperar legitimidad de la política

Vicky Murillo, directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Columbia en Nueva York, precisa que el plebiscito en Chile emergió como respuesta a la movilización social, “síntoma de la crisis de representación del sistema político” en el país.

“La toma de la calle y los gritos buscaban que los políticos escucharan a la ciudadanía, incluso cuando esta demanda de atención requiriera romper la puerta del salón donde se toman las decisiones, como dice la canción de ‘Hamilton'”.

La académica se refiere a “The room where it happened” uno de los temas del popular musical estadounidense que describe las negociaciones secretas donde la élite negocia fuera del ojo de la opinión pública, una práctica que en Chile se describe como “la cocina”.

“Es importante recordar las expectativas que conlleva el proceso constituyente y la importancia de mantener esa puerta abierta. Esto implica que no solo el resultado, sino también el proceso constitucional será clave para la recuperación de la legitimidad política”, dice Murillo.

De ganar el “apruebo”, la politóloga advierte que es importante “asegurar la entrada de nuevos actores como agentes de representación ciudadana y, al mismo tiempo, que tanto viejos como nuevos representantes garanticen su atención a la ciudadanía incluso cuando no grite o esté en las calles”, dice.

Disturbios durante una manifestación en el aniversario del inicio de las protestas antigubernamentales.

Getty Images
El pasado 18 de octubre se cumplió un año del inicio del estallido social en Chile.

¿Cómo lograr ese objetivo? Estableciendo una conexión humana, basada en la empatía y la experiencia compartida, propone.

“Que la ciudadanía se reconozca en sus representantes y pueda confiar en ellos. El proceso no podrá ser participativo hasta las últimas instancias, requerirá de esperas, y puede involucrar errores. Por ello, la confianza en quienes están en el salón donde se tomen las decisiones depende tanto de una puerta abierta como de la empatía entre estos y quienes han estado ya por demasiados años pidiendo ser oídos”, describe la politóloga.

3. Redistribuir poder y bienes públicos

“Las constituciones definen las reglas del juego”, describe Miriam Henríquez, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Alberto Hurtado.

“La etiqueta mayor que yo pondría al proceso chileno sería la opción de cambiar las reglas del juego sobre la distribución del poder y los bienes públicos valiosos para la existencia de toda la sociedad. No sólo los derechos civiles, las libertades, también los sociales, como agua, vivienda, educación”.

Henríquez plantea que, si se lleva adelante el proceso constituyente, una de las opciones es que se remuevan los obstáculos que hoy impiden cambiar algunas políticas públicas en Chile a través del Congreso. Bajo la Constitución actual, incluso si una ley es aprobada por una súper mayoría parlamentaria, puede ser impugnada ante el Tribunal Constitucional (TC).

“Si uno establece en la Constitución que los asuntos se regularán por ley simple, por ejemplo, y se modifica el TC, el efecto será que los cambios de políticas públicas serán más sencillos”, dice la académica.

Partidarios de la opción del "rechazo".

Getty Images
En la opción del “rechazo” también hay personas que creen que se necesitan cambios profundos.

“El ‘rechazo’ supondría que la ciudadanía no tiene voluntad de cambiar la Constitución, porque las cosas como están, están bien. Pero eso no obsta que se pueden hacer reformas. Hay personas del ‘rechazo’ que creen que se necesitan cambios profundos y se han comprometido a emprenderlos”, dice Henríquez.

“La diferencia es que en el apruebo hay un itinerario, un camino claro, un órgano específico. Las reformas que se hicieran en el caso del ‘rechazo’, se harían a través del actual Parlamento, y los cambios no tendrían tanta legitimidad como los que tendría un órgano especialmente elegido para ello”, agrega.

“Es posible que una nueva Constitución se parezca bastante a la actual, y las expectativas pueden quedar frustradas, pero insisto en la importancia del hecho de sentarse a conversar. Esa diferencia ya debería satisfacer muchas expectativas: tener un pacto social que sintamos propio”, concluye.

4. Generar un proceso constituyente único en Latinoamérica

Tanto la realización del plebiscito como el proceso constituyente que derive de sus resultados se normarán por la Constitución vigente, que fue especialmente reformada por el Congreso con este fin. Eso marca una de las diferencias del referéndum constitucional chileno con otras experiencias latinoamericanas.

“No es tan habitual que una Constitución vigente se modifique para su reemplazo. Es excepcional que Chile siga este cauce, este proceso, con procedimientos y plazos establecidos. Y es un desafío máximo que los cumplamos”, precisa Henríquez.

Trabajadora del Servicio Electoral chileno, durante un ensayo para el referendo.

Getty Images
El referendo tendrá lugar siguiendo las restricciones impuestas por la pandemia de coronavirus.

Además, en este caso no es el gobierno el que definirá el cambio constitucional ni el órgano que podría redactar la nueva Constitución, sino la ciudadanía.

“En Chile, además, no hay una fuerza hegemónica que se imponga en el debate. Varios de los procesos latinoamericanos han sido marcados por la existencia de fuerzas políticas muy preponderantes, donde se impone una mayoría. Eso no ocurre en Chile porque las fuerzas están fragmentadas. Y eso, que podría ser complejo y lo es, nos obliga a hacer pactos” dice la politóloga.

“Cada proceso en Latinoamérica tiene algo que lo hace único. En el caso chileno que todas, o gran parte de las fuerzas políticas hayan acordado un cauce institucional a la crisis es algo que lo hace único”, remata Henríquez.


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