La foto que le falta a Santa
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La foto que le falta a Santa

Por Por Abenamar Sánchez
24 de diciembre, 2011
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José Javier Mendoza, robusto hombre de profusas y artificiales barba y cabellera blancas, terminó con el tiempo por aceptarse como el personaje de Santa Claus, pero le inquieta el hecho de que aún no haya podido cumplir con una misión que él consideraba llegaría a ser la más fácil en su temporal trabajo: que su hija de cuatro años acepte tomarse una foto con él.

“Michelle le teme a Santa.”

Responde con voz suave, en un rato libre en la Alameda Central del Distrito Federal, desde lo alto de un fantástico palacete con rellanos y estantes poblados por un considerable número de animales y personajes de cuentos de hadas, en formas de muñecos de peluche; ancho de cuerpo, tiene cara de niño tierno que se la observa demasiada frágil ante el quisquilloso tono rojo del traje. Una rectangular hebilla de un tamaño que podría enmarcar una fotografía de quince por veinte centímetros le ciñe la prominente barriga.
“El año pasado la niña lloró al ver a Santa.”

Pasa una familia y él agita una mano que, totalmente desproporcionada en cuanto a la robustez y tamaño del cuerpo, parece más la extremidad de un bebé que de hombre adulto. La invitación no obtiene respuesta, y él regresa a sus movimientos: un constante balanceo de cuerpo de izquierda a derecha, sobre los pies, como si pretendiera sobrellevar un eterno aburrimiento. Llegó hace rato y aguarda para tomarse la primera foto. Este Santa no baila, contrario a algunos que están trepados en otros palacetes dispersos por toda la plaza. Anoche tuvo una jornada de mucho trabajo.

“Esta tarde está relajada.”

Pasa otra familia y una niña le corresponde con una sonrisa el saludo. “Es la primera vez que nos tomamos una foto con Santa”, dice la madre. Vienen de Texcoco, el Estado de México. Su hija y ella posan con Santa, entre el reno y el trineo. Se las ve felices; un estudio de la consultoría Defoe refiere que junto al 48 por ciento de mexicanos que cree que esta Navidad será igual que la del año pasado, un 37 por ciento dice que será más feliz. Tras el clic de la cámara Nikon de Omar Machorro, el fotógrafo, Santa retira sus brazos de los hombros de madre e hija y musita, con un asentimiento de cabeza:

—Estamos empezando.

Se oyen, entre el ruido, desde algún lugar, villancicos. Santa regresa al suave balanceo del cuerpo. “Abran las puertas que ahí viene Santa Claus”, se escucha. El Santa del palacio de enfrente se sacude con más fuerza, y unos jóvenes se ríen porque unos de sus movimientos recurrentes es el de mover la barriga como lo hacen algunos niños en cruceros de calles y avenidas de esta ciudad de 20 millones de habitantes para ganarse unos pesos. Desde algún lado se escucha el jojojo pregrabado. Los Santa de este lugar son callados: algunos se los ve tímidos, limitados a saludos que se reducen a movimientos de manos como el aleteo de mariposas.

José Javier es el Santa Claus del negocio de fotografías de los hermanos Machorro. Está de pie sobre el último peldaño del palacete que, levantado frente a otros tres y mirando para el sur, semeja a un pastel azul con toques multicolores. El templete que queda al lado izquierdo no es más que un cajón. Desconozco, dice Omar Machorro, el motivo por el que no se han presentado a trabajar desde que lo instalaron el sábado. “Tal vez no encuentran a Santa Claus”, sugiero, pero Omar dice que no cree que ese sea el motivo.

“Santa siempre hay.”

Los palacetes se levantan sobre un área de diez o doce metros cuadrados y tienen una altura de unos cinco metros. Javier, esta tarde de miércoles, recibe de lleno la luz solar sobre su flanco derecho, y es una luz que precisa los colores de los tres pequeños castillos colocados arriba tras él, los gordos renos blancos que están junto a él, el trineo que parece hecho de unicel, el elefantito morado echado en un rincón, las caritas de los siete enanos, el redondo cuerpo de los Winnie Pooh y los otros muñecos de peluche que contribuyen a hacer de ensueño el reino de Santa.

El de José Javier es uno de los sesenta palacetes, entre puestos de guisados, juegos de tiro al blanco y dardos y ventas de juguetes, instalados esta Navidad en la Alameda Central. Se estima que cada uno, por ocho días de permiso, paga un promedio de diez mil pesos por derecho de piso y cinco mil pesos por energía eléctrica. De los sesenta, cuarenta corresponden a una de las organizaciones más grandes que se dedican a la fotografía relacionada con Santa Claus y los Reyes Magos en el Distrito Federal: Cinco Minutos. El resto corresponde a otras dos organizaciones, pero tanto éstos como los otros manejan los mismos costos por fotografía: cien pesos por una imagen de treinta por veinticinco centímetros y setenta pesos por una de menor tamaño.

La familia ha pagado por una de cien pesos. Además de la madre e hija también la integran otras personas mayores y se pasan la fotografía de mano en mano. Se la ve una familia compacta, unida, La consultora Defoe apunta que el 37 por ciento de mexicanos que consideran que esta Navidad será más feliz basan su respuesta en el factor unión familiar. Se alegran por la foto, se alegran porque en fin han conocido a Santa Claus, un hombre de 26 años nacido en Iztapalapa, que lleva once años caracterizando o vistiéndose como Santa Claus.

La corte de Santa

Mototaxista de rutina, Santa llegó tarde al trabajo ayer.

Omar Machorro, hermano del dueño del negocio, dijo, sentado y pensativo sobre el templete, ya debería de estar aquí.

Miró el reloj: cuatro y media de la tarde.

—Ya todo está listo.

Colocados los muñecos, los renos, el trineo, era muy notable la ausencia de Santa y Omar intentaba despreocuparse observando al Santa de enfrente.
Ese Santa, bajo de estatura, tiene un movimiento recurrente: mover la barriga. Se lo ve más amigable, entre los artificiales personajes del mundo de Disney y Pixar, Woody y Buzz Ligthyear, bajo unos retazos de nubes grises colgados del techo. Tres chicos de barrios populares lo ayudan a ofrecer sus servicios con la gente que va y viene. Todos los ayudantes, incluido el fotógrafo, visten unchaleco como el que lleva Woody.

El Santa de los Machorro, así como ellos mismos y los ayudantes, provienen de Iztapalapa, una de las delegaciones más grandes del Distrito Federal, la urbe que tiene desocupada a una de cada trece personas que forman parte de la Población Económicamente Activa (PEA). Algunos de los ayudantes no tienen empleo formal durante casi todo el año. Yo trabajo en una fábrica de velas de cera, dice uno de ellos. Una de cada dos personas ocupadas en el DF, lo indican las cifras de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, se dedica a servicios no específicos.

—Yo trabajo en un taller mecánico —dice el ayudante de otro Santa.

—El nuestro —apunta Omar refiriéndose a José Javier— es conductor de un mototaxi.

—Trabajo desde las seis y media de la mañana hasta las dos o tres de la tarde —confiesa José Javier.

José Javier, moreno claro y complexión gruesa, tiene aires de un levanta pesas que se ha retirado tempranamente de los gimnasios y se le ha empezado a abultar la barriga. Por su robustez, y los ojos claros que le allanaron el camino para que fuera contratado como Santa, se convirtió por primera vez en Santa cuando apenas tenía quince años. Desde entonces ha habido años en que no ha tenido la fortuna de vestirse como Santa sino esperar el día de los Reyes Magos para caracterizar a uno de ellos. Michelle no le teme a los Reyes Magos y ese es el consuelo de José Javier: que pueda, esta vez, tomarse una foto con su hija siquiera como Rey Mago.

—Supe que ayer no llegabas.

José Javier sonríe y responde:

—Andaba por ahí.

—Hubieras visto la cara de Omar, preocupado.

Ríe de nuevo.

—Fui a comer.

A los Santa se les da una buena ración de comida antes de que empiece el show de las fotografías y otra al final, pero durante el trabajo tienen un mínimo de dos litros de agua disponibles en algún rincón del palacio. Cansa no sólo el trabajar sino también el traje. Tal vez sólo la hebilla del ancho cinturón pese medio kilogramo. José Javier ríe. Dice que con los años ha terminado por convencerse de su trabajo como Santa, trabajo que le retribuye doscientos o doscientos cincuenta pesos por jornada. Ese es el salario de los Santa, poco más, sino es que el doble, de lo que ganan aquellos que le sirven cuando hay que apretarle el cinturón, ajustarle el gorro, subirle un poco más el pantalón, acomodarle la cabellera o la barba, atusarle los bigotes. Asistirle para la fotografía. Realmente no sólo es el traje que diferencia a Santa de ellos. En el mundo de los Santa se sabe que los dueños de los negocios no contratan a Santa de ojos oscuros.
Requisito base, además de estar robusto y, de preferencia, no tener más de cuarenta años, Santa debe tener ojos claros, ya sean tonos azules o aceitunados o….

Como si adivinara que estaba por decirle algo respecto a lo difícil que podría resultar el conseguir un Santa de ojos claros en una ciudad poblada por hombres de comunes ojos oscuros, Omar Machorro sonríe y suelta: Siempre hay para suplir.

Los Santa

—Yo alguna vez me vistieron de Santa.

El hombre que habla es bajo de estatura, profuso bigote oscuro, y no alcanzo a concebirlo como a un Santa Claus de imponente figura.

—Fue en 1997 que me tocó me vistieran.

Se llama Rogelio Peña y forma parte de la familia Machorro. Está casado con una hija de Enrique Machorro, uno de los primeros que con los Vargas y los Amézquita empezaron hace cerca de cinco décadas el negocio de los Santa en el Distrito Federal, la capital de un país con un salario mínimo que no pasa de entre 54 a 59 pesos y tiene a una de cada dieciséis personas de su PEA en situación de desocupada y una de tres personas ocupadas en servicios no específicos (1).

José Javier, quien está posando con otra familia, gana entre cuatro a cinco salarios mínimos diarios en su mototaxi. Rogelio Peña comenta que los negocios no pagan más a Santa porque también cubren la cuota del piso y de la energía eléctrica. Y Abraham Vargas, el secretario general de la organización Cinco Minutos, refiere que tampoco se puede fijar un costo demasiado alto por fotografías: 100 pesos el más alto. Lo importante, arguye, es que la gente o las familias se tomen fotos con Santa Claus. De hecho el 31 por ciento de la gente que dice que esta Navidad será menos feliz, según los estudios de la consultoría Defoe, esgrime el factor economía. También están los otros Santa, dice Abraham Vargas, y con esto se refiere a los de los centros comerciales o empresas. De considerar el número de empresas que se dice hay en el DF, y en caso de que cada una tenga contratado a uno, esta Navidad es también de más de 400 mil Santa Claus.

—Sólo aquí son sesenta —dice Rogelio Peña, quien desde aquel diciembre de 1997 nunca más volvió a vestirse de Santa Claus. Optó por caracterizar a otros personajes de películas o de animación, por ejemplo a Robin, el segundo de Batman. Todo es trabajo, dice con aire de convencimiento José Javier. Esto es trabajo y diversión, se extiende, pero no me he podido tomar una foto con mi hija. “Michelle le teme a Santa”.

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Johnny, de siete años, estaba a punto de tener un ataque de nervios.

Se había despertado de mal humor y la cosa solo iba a peor a medida que avanzaba el día.

En un restaurante en Charlotte, Estados Unidos, Peter vio que Johnny discutía con otro niño en el área de juegos. Tenía que actuar rápido para sacar del restaurante al niño, al que tiene acogido temporalmente, antes de que estallara en una fuerte rabieta.

Peter lo tomó en sus brazos y rápidamente pagó la cuenta.

Mientras llevaba a Johnny al coche, el niño se retorcía malhumorado y todavía estaba agitado cuando Peter lo puso en el suelo para poder abrir la puerta del coche.

Una mujer se les acercó con el ceño fruncido.

“¿Dónde está la madre de este niño?”, preguntó.

“Yo soy su padre”, respondió Peter.

La mujer dio un paso atrás y se paró frente al coche de Peter. Miró la matrícula y sacó su teléfono.

“Hola, policía, por favor”, dijo tranquilamente. “Oiga, hay un hombre negro. Creo que está secuestrando a un niño blanco”.

De repente, Johnny se quedó quieto y miró a Peter. Peter lo rodeó con el brazo.

“No pasa nada”, le dijo al niño.

Una infancia pobre

En la web de Lonely Planet, la polvorienta ciudad de Kabale es descrita como “el tipo de lugar que la mayoría de la gente atraviesa lo más rápido posible”.

En Uganda, cerca de las fronteras de Ruanda y la República Democrática del Congo, sirve como punto de tránsito en la ruta hacia varios parques nacionales famosos en los alrededores.

Para Peter, su ciudad natal todavía le trae recuerdos dolorosos.

La suya fue una infancia en la pobreza. Cuando era niño, ocho miembros de su familia dormían en el piso duro de una cabaña de dos habitaciones.

“Si comíamos, eran patatas y sopa”, dice, “y si teníamos suerte, comíamos frijoles”.

La madre de Peter

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La madre de Peter, parada fuera de la casa en la que creció.

La violencia y el alcoholismo eran una realidad diaria en la vida de Peter. Para escapar, corría a las casas de sus tías, que vivían a solo unos metros de distancia.

“Por un lado, había una gran familia extendida disponible”, dice, “pero era un caos”.

A los 10 años, Peter decidió que prefería quedarse sin hogar. Un día agarró todas las monedas que encontró y corrió hacia la parada del autobús.

“¿Cuál de ellos va hasta más lejos?”, le preguntó a una mujer que estaba esperando en la parada. Señaló un autobús y, aunque Peter no pudo leer el letrero, se subió. Se dirigía a la capital de Uganda, a 400 km de distancia.

Cuando Peter desembarcó en Kampala después de casi un día de viaje, se dirigió a los puestos del mercado que bordeaban las calles y preguntó a los vendedores si podía trabajar, cualquier trabajo, a cambio de comida.

Durante los dos años siguientes, Peter vivió en la calle. Se hizo amigo de otros niños sin hogar y compartieron sus ganancias o comidas. Peter dice que aprendió una habilidad invaluable para la vida: reconocer la bondad en otras personas con solo una mirada.

Un hombre amable fue Jacques Masiko. Iba al mercado a hacer su compra semanal y le compraba a Peter una comida caliente antes de irse.

Después de aproximadamente un año, el señor Masiko le preguntó a Peter si le gustaría recibir una educación. Peter dijo que sí, y el señor Masiko consiguió enrolarlo en una escuela local.

Después de seis meses, al ver lo bien que le iba a Peter en la escuela, Masiko y su familia le pidieron al niño que fuera a vivir con ellos.

En Jacques Masiko, Peter encontró a un hombre que lo trataba como a un miembro de su familia. Peter le devolvió el favor sobresaliendo en la escuela y, finalmente, ganó una beca para una universidad estadounidense.

Un par de décadas después, Peter tenía poco más de 40 años y estaba felizmente asentado en los Estados Unidos. Trabajaba para una ONG que llevaba donantes a Uganda para ayudar a las comunidades desfavorecidas.

Fue en uno de esos viajes, cuando vio a una familia blanca que viajaba con su hija adoptiva, que Peter se dio cuenta de que los niños en Estados Unidos a veces necesitaban un nuevo hogar tanto como los niños en Uganda.

A su regreso a Carolina del Norte, Peter fue a una agencia de acogida local y dijo que le gustaría ser voluntario.

“¿Has pensado en convertirte en padre adoptivo?”, preguntó la señora de la oficina de acogimiento de menores mientras anotaba sus datos.

“Estoy soltero”, respondió Peter.

“¿Y?”, respondió ella: “Hay muchos niños en el sistema de acogida que buscan modelos masculinos, personas que quieran ser una figura paterna en su vida”.

Solo otro hombre soltero se había inscrito para ser padre de acogida en el estado de Carolina del Norte en aquel momento.

Cuando llenó los formularios, Peter asumió que automáticamente sería emparejado con niños afroamericanos. Pero le sorprendió que el primer niño que estuvo bajo su cuidado fuera un niño blanco de cinco años.

Peter y Jacques.

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Jacques Masiko (derecha), sacó a Peter de la calle y le dio una eduación.

“Fue entonces cuando me di cuenta de que todos los niños necesitan un hogar, y el color no debería ser un factor para mí”, dice Peter.

“Tenía dos dormitorios libres y debería alojar a cualquiera que lo necesitara.

“Al igual que el señor Masiko me había dado a mí una oportunidad, quería hacer esto por otros niños”.

¿Puedo llamarte papá?

En el transcurso de tres años, nueve niños se quedaron con Peter, usando su casa como un recurso temporal durante unos meses antes de regresar con sus familias. Eran negros, hispanos y blancos.

“Una cosa para la que no estaba preparado fue lo difícil que es cuando un niño se va”, dice. “No es algo para lo que puedas prepararte”.

Peter dejaba pasar largas temporadas entre un niño y otro para poder estar emocionalmente disponible para el siguiente.

Por eso, cuando recibió una llamada un viernes por la noche de la agencia de acogida sobre un niño de 11 años llamado Anthony que necesitaba un lugar urgente para quedarse, Peter se resistió.

“Solo habían pasado tres días desde que se había ido el último niño, así que dije: ‘No, necesito al menos dos meses’. Pero luego me dijeron que este era un caso excepcional, un caso trágico, y que solo necesitaban alojarlo durante el fin de semana hasta que pudieran encontrar una solución”.

De mala gana, Peter aceptó y Anthony, un chico alto, pálido y atlético con una mata de cabello castaño rizado, fue llevado hasta su casa a las 3 de la madrugada. A la mañana siguiente, Anthony y Peter se sentaron a desayunar.

“Puedes llamarme Peter”, le dijo al chico.

“¿Puedo llamarte papá?”, fue la respuesta de Anthony.

Peter se sorprendió. Los dos apenas habían cruzado algunas palabras. Aunque todavía no conocía la historia de fondo de Anthony, Peter se sintió instantáneamente conectado con él.

Los dos pasaron el fin de semana cocinando y hablando. Visitaron el centro comercial para que Peter pudiera comprarle algo de ropa. Se hicieron preguntas superficiales: qué comida les gustaba, qué tipo de películas disfrutaban.

“Ambos estábamos tratando de ver cómo encajar”.

El lunes, cuando llegó el asistente social, Peter se enteró de la historia de Anthony.

Peter y Anthony jugando videojuegos.

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“Este niño sabía que yo sería su papá”, dice Peter.

Había estado en el sistema de acogida desde los dos años y fue adoptado por una familia cuando tenía cuatro.

Pero ahora, siete años después, los padres adoptivos de Anthony lo habían abandonado a las puertas de un hospital. Una vez localizados, le dijeron a la policía que no podían seguir cuidando de él.

“No podía creerlo”, dice Peter, “Nunca se despidieron, nunca explicaron sus razones y nunca regresaron. Esto me mató. ¿Cómo podía alguien hacer esto?”.

“La vida de Anthony me devolvió a mi infancia”.

“Este niño era como yo a los 10 años en las calles de Kampala, sin tener adónde ir. Entonces me volví hacia el trabajador social y le dije: ‘¿Sabes qué? Solo necesito hacer el papeleo para que pueda ir a la escuela y nosotros dos estaremos bien”.

Peter miró a Anthony y se dio cuenta de que el niño había mostrado quizás un gran sentido de la anticipación.

“Recuerda, me llamó ‘papá’ de inmediato. Este niño sabía que yo sería su papá”.

Esa misma semana, los padres adoptivos de Anthony fueron a la corte del condado para cederle sus derechos.

“Creo que ambos supimos de inmediato que se quedaría conmigo de forma permanente”, dice Peter. En un año, Peter había adoptado formalmente a Anthony.

“No siempre nos tratan bien”

Anthony quería saber todo sobre la vida de su padre en Uganda, dice Peter, porque ahora esta también era su historia. Anthony ayudaba a Peter a preparar platos ugandeses como “katogo”, un desayuno de yuca picada mezclada con frijoles.

En la escuela, Anthony empezó a disfrutar presentar a Peter a sus amigos.

“Este es mi papá”, anunciaba, disfrutando de las miradas a veces confundidas de sus compañeros de clase.

Pero ha habido momentos difíciles. Un día festivo, la seguridad del aeropuerto detuvo a Anthony para preguntarle dónde estaban sus padres.

Anthony señaló a Peter, y los funcionarios empezaron de inmediato a verificar sus antecedentes. Anthony estaba cada vez más frustrado por lo que veía como racismo evidente, pero Peter lo calmó.

“Soy tu papá y te quiero, pero a las personas que se parecen a mí, no siempre nos tratan bien”, le dijo Peter a Anthony, que tenía 13 años.

“Tu trabajo no es enojarte con las personas que me tratan de esta manera, tu trabajo es asegurarte de tratar a las personas que se parecen a mí de forma honorable”.

Peter, Anthony y Johnny en las escaleras con su perro.

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Johnny, con su cabello lacio rubio y su figura pálida, atrae aún más miradas sospechosas.

En la primavera de este año, la agencia de acogida llamó a Peter para ver si podía cuidar temporalmente a un niño de siete años llamado Johnny (no es su nombre real), cuya familia tenía problemas económicos como resultado de la pandemia del coronavirus.

Johnny se instaló tan bien como Anthony, y siguiendo el ejemplo de su hermano adoptivo, también lo llamó “papá”.

Johnny, con su cabello lacio rubio y su pequeña figura pálida, atraía aún más miradas sospechosas cuando salía con Peter.

Por eso Peter no se sorprendió cuando la señora que los vio salir del restaurante llamó a la policía. Solo les tomó unos minutos verificar que Peter era el tutor de Johnny, pero el suceso dejó al niño conmocionado.

Peter le explicó que este tipo de cosas podían ocurrir, de vez en cuando, porque él era negro y Johnny era blanco.

Es algo de lo que Peter y Anthony ya habían hablado.

Después del asesinato de George Floyd en Estados Unidos en mayo, mantuvieron una larga y emotiva conversación sobre el movimiento Black Lives Matter.

Peter le pidió a Anthony que se asegurara de tener su teléfono móvil listo si la policía los paraba por la calle.

“Como hombre negro, tengo 10 segundos para explicar quién soy a la policía antes de que potencialmente escale la situación”, dice Peter.

“Siempre le digo a Anthony, ‘si la policía me para, por favor agarra el teléfono y graba de inmediato’. Porque sé que él es mi único testigo, ¿sabes? Y tengo 10 segundos para salvar mi vida”.

“Creo que lo entiende. Sabe que porque estamos en Estados Unidos y yo me veo diferente a él, me tratarán de manera diferente”.

“Este tipo de tensión y sospecha no es algo que un padre blanco tenga que enfrentar cuando adopta a un niño negro”.

Diferencias raciales

Según Nicholas Zill, psicólogo investigador y miembro del Instituto de Estudios de la Familia, las familias blancas en Estados Unidos tienen muchas más probabilidades de adoptar a alguien de otra raza que las familias negras.

Los últimos datos disponibles, de 2016, muestran que solo el 1% de las adopciones por familias negras fueron de niños blancos; en el 92% de los casos adoptaron niños negros.

Por el contrario, el 11% de las adopciones por familias blancas fueron de niños multirraciales y el 5% fueron de niños negros, dice Zill.

“Es muy raro ver a familias negras adoptando niños blancos, mucho más que al revés, y esto puede tener que ver con prejuicios culturales que todavía existen dentro del sistema de adopción de Estados Unidos”.

El año pasado, la pareja británica Sandeep y Reena Mander obtuvieron más de US$150.000 como indemnización después de que un juez dictaminara que habían sido discriminados al no poder adoptar a un niño de origen no asiático.

Anthony y Peter

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La pareja dijo que el servicio de adopción local les había dicho que vieran la posibilidad de adoptar a un niño de India o Pakistán.

“La ley en el Reino Unido es muy clara en que la raza no debe ser un factor decisivo en la colocación de niños”, dice Nick Hodson, socio del bufete de abogados McAlister Family Law, que se ha especializado en derecho de la infancia durante más de 20 años.

Peter dice que si bien no ha tenido problemas como cuidador negro dentro del sistema de acogida de Carolina del Norte, adoptar a Anthony puede haber sido más fácil de lo habitual debido a su edad.

Nicholas Zill agrega que después de los cinco años, es más difícil colocar a los niños en un hogar permanente.

Peter sabe de otras familias negras que tuvieron que esperar mucho tiempo porque no había niños de la misma raza.

“No vivimos en una sociedad igualitaria”, dice, “pero quiero ser visible para romper los estereotipos. Hay estereotipos de hombres negros como padres ausentes, como criminales, todo esto tiene un papel. Por eso he sido abierto sobre mi crianza y publico regularmente fotos mías y de los niños en Facebook e Instagram”.

Ha conseguido casi 100.000 seguidores en Instagram al documentar su vida cotidiana, bajo el nombre de Fosterdadflipper.

Peter tiene planes para los niños cuando no haya restricciones de viaje. Quiere llevarlos a Uganda para que puedan ver de dónde viene.

Quiere construir una relación con la familia de Johnny para que la transición del niño de regreso a su hogar no sea dolorosa.

Pero a pesar de algunas ofertas en sus mensajes directos de Instagram, no tiene deseos de comenzar una relación romántica.

“No han tenido figuras masculinas estables en su vida”, dice Peter. “Me necesitan para ellos solos en este momento, y mientras sea así, estaré aquí para ellos”.


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