La foto que le falta a Santa
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La foto que le falta a Santa

Por Por Abenamar Sánchez
24 de diciembre, 2011
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José Javier Mendoza, robusto hombre de profusas y artificiales barba y cabellera blancas, terminó con el tiempo por aceptarse como el personaje de Santa Claus, pero le inquieta el hecho de que aún no haya podido cumplir con una misión que él consideraba llegaría a ser la más fácil en su temporal trabajo: que su hija de cuatro años acepte tomarse una foto con él.

“Michelle le teme a Santa.”

Responde con voz suave, en un rato libre en la Alameda Central del Distrito Federal, desde lo alto de un fantástico palacete con rellanos y estantes poblados por un considerable número de animales y personajes de cuentos de hadas, en formas de muñecos de peluche; ancho de cuerpo, tiene cara de niño tierno que se la observa demasiada frágil ante el quisquilloso tono rojo del traje. Una rectangular hebilla de un tamaño que podría enmarcar una fotografía de quince por veinte centímetros le ciñe la prominente barriga.

“El año pasado la niña lloró al ver a Santa.”

Pasa una familia y él agita una mano que, totalmente desproporcionada en cuanto a la robustez y tamaño del cuerpo, parece más la extremidad de un bebé que de hombre adulto. La invitación no obtiene respuesta, y él regresa a sus movimientos: un constante balanceo de cuerpo de izquierda a derecha, sobre los pies, como si pretendiera sobrellevar un eterno aburrimiento. Llegó hace rato y aguarda para tomarse la primera foto. Este Santa no baila, contrario a algunos que están trepados en otros palacetes dispersos por toda la plaza. Anoche tuvo una jornada de mucho trabajo.

“Esta tarde está relajada.”

Pasa otra familia y una niña le corresponde con una sonrisa el saludo. “Es la primera vez que nos tomamos una foto con Santa”, dice la madre. Vienen de Texcoco, el Estado de México. Su hija y ella posan con Santa, entre el reno y el trineo. Se las ve felices; un estudio de la consultoría Defoe refiere que junto al 48 por ciento de mexicanos que cree que esta Navidad será igual que la del año pasado, un 37 por ciento dice que será más feliz. Tras el clic de la cámara Nikon de Omar Machorro, el fotógrafo, Santa retira sus brazos de los hombros de madre e hija y musita, con un asentimiento de cabeza:

—Estamos empezando.

Se oyen, entre el ruido, desde algún lugar, villancicos. Santa regresa al suave balanceo del cuerpo. “Abran las puertas que ahí viene Santa Claus”, se escucha. El Santa del palacio de enfrente se sacude con más fuerza, y unos jóvenes se ríen porque unos de sus movimientos recurrentes es el de mover la barriga como lo hacen algunos niños en cruceros de calles y avenidas de esta ciudad de 20 millones de habitantes para ganarse unos pesos. Desde algún lado se escucha el jojojo pregrabado. Los Santa de este lugar son callados: algunos se los ve tímidos, limitados a saludos que se reducen a movimientos de manos como el aleteo de mariposas.

José Javier es el Santa Claus del negocio de fotografías de los hermanos Machorro. Está de pie sobre el último peldaño del palacete que, levantado frente a otros tres y mirando para el sur, semeja a un pastel azul con toques multicolores. El templete que queda al lado izquierdo no es más que un cajón. Desconozco, dice Omar Machorro, el motivo por el que no se han presentado a trabajar desde que lo instalaron el sábado. “Tal vez no encuentran a Santa Claus”, sugiero, pero Omar dice que no cree que ese sea el motivo.

“Santa siempre hay.”

Los palacetes se levantan sobre un área de diez o doce metros cuadrados y tienen una altura de unos cinco metros. Javier, esta tarde de miércoles, recibe de lleno la luz solar sobre su flanco derecho, y es una luz que precisa los colores de los tres pequeños castillos colocados arriba tras él, los gordos renos blancos que están junto a él, el trineo que parece hecho de unicel, el elefantito morado echado en un rincón, las caritas de los siete enanos, el redondo cuerpo de los Winnie Pooh y los otros muñecos de peluche que contribuyen a hacer de ensueño el reino de Santa.

El de José Javier es uno de los sesenta palacetes, entre puestos de guisados, juegos de tiro al blanco y dardos y ventas de juguetes, instalados esta Navidad en la Alameda Central. Se estima que cada uno, por ocho días de permiso, paga un promedio de diez mil pesos por derecho de piso y cinco mil pesos por energía eléctrica. De los sesenta, cuarenta corresponden a una de las organizaciones más grandes que se dedican a la fotografía relacionada con Santa Claus y los Reyes Magos en el Distrito Federal: Cinco Minutos. El resto corresponde a otras dos organizaciones, pero tanto éstos como los otros manejan los mismos costos por fotografía: cien pesos por una imagen de treinta por veinticinco centímetros y setenta pesos por una de menor tamaño.

La familia ha pagado por una de cien pesos. Además de la madre e hija también la integran otras personas mayores y se pasan la fotografía de mano en mano. Se la ve una familia compacta, unida, La consultora Defoe apunta que el 37 por ciento de mexicanos que consideran que esta Navidad será más feliz basan su respuesta en el factor unión familiar. Se alegran por la foto, se alegran porque en fin han conocido a Santa Claus, un hombre de 26 años nacido en Iztapalapa, que lleva once años caracterizando o vistiéndose como Santa Claus.

La corte de Santa

Mototaxista de rutina, Santa llegó tarde al trabajo ayer.

Omar Machorro, hermano del dueño del negocio, dijo, sentado y pensativo sobre el templete, ya debería de estar aquí.

Miró el reloj: cuatro y media de la tarde.

—Ya todo está listo.

Colocados los muñecos, los renos, el trineo, era muy notable la ausencia de Santa y Omar intentaba despreocuparse observando al Santa de enfrente.
Ese Santa, bajo de estatura, tiene un movimiento recurrente: mover la barriga. Se lo ve más amigable, entre los artificiales personajes del mundo de Disney y Pixar, Woody y Buzz Ligthyear, bajo unos retazos de nubes grises colgados del techo. Tres chicos de barrios populares lo ayudan a ofrecer sus servicios con la gente que va y viene. Todos los ayudantes, incluido el fotógrafo, visten unchaleco como el que lleva Woody.

El Santa de los Machorro, así como ellos mismos y los ayudantes, provienen de Iztapalapa, una de las delegaciones más grandes del Distrito Federal, la urbe que tiene desocupada a una de cada trece personas que forman parte de la Población Económicamente Activa (PEA). Algunos de los ayudantes no tienen empleo formal durante casi todo el año. Yo trabajo en una fábrica de velas de cera, dice uno de ellos. Una de cada dos personas ocupadas en el DF, lo indican las cifras de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, se dedica a servicios no específicos.

—Yo trabajo en un taller mecánico —dice el ayudante de otro Santa.

—El nuestro —apunta Omar refiriéndose a José Javier— es conductor de un mototaxi.

—Trabajo desde las seis y media de la mañana hasta las dos o tres de la tarde —confiesa José Javier.

José Javier, moreno claro y complexión gruesa, tiene aires de un levanta pesas que se ha retirado tempranamente de los gimnasios y se le ha empezado a abultar la barriga. Por su robustez, y los ojos claros que le allanaron el camino para que fuera contratado como Santa, se convirtió por primera vez en Santa cuando apenas tenía quince años. Desde entonces ha habido años en que no ha tenido la fortuna de vestirse como Santa sino esperar el día de los Reyes Magos para caracterizar a uno de ellos. Michelle no le teme a los Reyes Magos y ese es el consuelo de José Javier: que pueda, esta vez, tomarse una foto con su hija siquiera como Rey Mago.

—Supe que ayer no llegabas.

José Javier sonríe y responde:

—Andaba por ahí.

—Hubieras visto la cara de Omar, preocupado.

Ríe de nuevo.

—Fui a comer.

A los Santa se les da una buena ración de comida antes de que empiece el show de las fotografías y otra al final, pero durante el trabajo tienen un mínimo de dos litros de agua disponibles en algún rincón del palacio. Cansa no sólo el trabajar sino también el traje. Tal vez sólo la hebilla del ancho cinturón pese medio kilogramo. José Javier ríe. Dice que con los años ha terminado por convencerse de su trabajo como Santa, trabajo que le retribuye doscientos o doscientos cincuenta pesos por jornada. Ese es el salario de los Santa, poco más, sino es que el doble, de lo que ganan aquellos que le sirven cuando hay que apretarle el cinturón, ajustarle el gorro, subirle un poco más el pantalón, acomodarle la cabellera o la barba, atusarle los bigotes. Asistirle para la fotografía. Realmente no sólo es el traje que diferencia a Santa de ellos. En el mundo de los Santa se sabe que los dueños de los negocios no contratan a Santa de ojos oscuros.
Requisito base, además de estar robusto y, de preferencia, no tener más de cuarenta años, Santa debe tener ojos claros, ya sean tonos azules o aceitunados o….

Como si adivinara que estaba por decirle algo respecto a lo difícil que podría resultar el conseguir un Santa de ojos claros en una ciudad poblada por hombres de comunes ojos oscuros, Omar Machorro sonríe y suelta: Siempre hay para suplir.

Los Santa

—Yo alguna vez me vistieron de Santa.

El hombre que habla es bajo de estatura, profuso bigote oscuro, y no alcanzo a concebirlo como a un Santa Claus de imponente figura.

—Fue en 1997 que me tocó me vistieran.

Se llama Rogelio Peña y forma parte de la familia Machorro. Está casado con una hija de Enrique Machorro, uno de los primeros que con los Vargas y los Amézquita empezaron hace cerca de cinco décadas el negocio de los Santa en el Distrito Federal, la capital de un país con un salario mínimo que no pasa de entre 54 a 59 pesos y tiene a una de cada dieciséis personas de su PEA en situación de desocupada y una de tres personas ocupadas en servicios no específicos (1).

José Javier, quien está posando con otra familia, gana entre cuatro a cinco salarios mínimos diarios en su mototaxi. Rogelio Peña comenta que los negocios no pagan más a Santa porque también cubren la cuota del piso y de la energía eléctrica. Y Abraham Vargas, el secretario general de la organización Cinco Minutos, refiere que tampoco se puede fijar un costo demasiado alto por fotografías: 100 pesos el más alto. Lo importante, arguye, es que la gente o las familias se tomen fotos con Santa Claus. De hecho el 31 por ciento de la gente que dice que esta Navidad será menos feliz, según los estudios de la consultoría Defoe, esgrime el factor economía. También están los otros Santa, dice Abraham Vargas, y con esto se refiere a los de los centros comerciales o empresas. De considerar el número de empresas que se dice hay en el DF, y en caso de que cada una tenga contratado a uno, esta Navidad es también de más de 400 mil Santa Claus.

—Sólo aquí son sesenta —dice Rogelio Peña, quien desde aquel diciembre de 1997 nunca más volvió a vestirse de Santa Claus. Optó por caracterizar a otros personajes de películas o de animación, por ejemplo a Robin, el segundo de Batman. Todo es trabajo, dice con aire de convencimiento José Javier. Esto es trabajo y diversión, se extiende, pero no me he podido tomar una foto con mi hija. “Michelle le teme a Santa”.

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Papa Francisco asegura que podría renunciar, pero que ahora no es el momento

El Papa hizo esas declaraciones en el avión papal después de un viaje a Canadá, donde se disculpó con los indígenas.
30 de julio, 2022
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El papa Francisco aseguró que pronto podría llegar el momento en que deba considerar renunciar, y lo haría si sintiera que, debido a su salud, no podría servir de la manera que debería.

El máximo pontífice hizo estos comentarios al final de una estadía en Canadá, en los que tuvo largas jornadas y se disculpó con los indígenas de la nación norteamericana.

El pontífice de 85 años enfatizó que por el momento tiene la intención de continuar con sus deberes, y “Dios lo guiará” en cuanto a cuándo debe dejar el cargo, si es que lo hace.

“No es una catástrofe cambiar de Papa, no es un tabú”, le dijo a los periodistas desde una silla de ruedas en el avión que lo trasladó desde el territorio ártico de Canadá a Roma.

“La puerta (a la jubilación) está abierta, es una opción normal. Pero hasta hoy no he llamado a esa puerta. No he sentido la necesidad de pensar en esta posibilidad, pero eso no quiere decir que dentro de dos días no empiece a pensar en ello”.

En los últimos meses, el papa Francisco ha sufrido problemas continuos en la rodilla que han afectado su movilidad. Pasó gran parte de su visita a Canadá en silla de ruedas.

Pero anteriormente descartó las especulaciones sobre enfermedades más graves y potencialmente mortales.

“Este viaje ha sido intenso”, indicó. “No creo que pueda seguir viajando a mi edad con el mismo ritmo que solía hacerlo y con la limitación de esta rodilla”.

“Necesito cuidarme un poco para seguir sirviendo a la iglesia, o necesito considerar la posibilidad de hacerme a un lado”.

El Papa, cuyo predecesor Benedicto XVI se retiró debido a problemas de salud en 2013, dijo que estaba ansioso por visitar Ucrania pronto, pero que primero tendría que buscar el consejo de sus médicos.

El Papa en Canadá

Reuters
La visita del Papa a Canadá se centró en disculparse con los indígenas.

Su visita a Canadá estuvo enfocada en disculparse con los indígenas de la región por los errores cometidos contra ellos por parte de la iglesia Católica.

El Papa parecía más comprometido en sus interacciones con la población local, en particular los sobrevivientes de abusos en las escuelas católicas.

Pero hubo momentos durante algunos de los procedimientos formales con políticos en los que su cansancio en un viaje ajetreado parecía obvio.

Habló con los periodistas en el avión de regreso sobre una variedad de temas y criticó a los llamados “tradicionalistas” en la iglesia, los que probablemente recibirían con entusiasmo el cambio de pontífice.

“Una iglesia que no evoluciona es una iglesia que retrocede”, indicó el Papa Francisco.

“Muchas personas que se llaman a sí mismas tradicionalistas, no lo son, simplemente retroceden. Eso es un pecado”.

“La tradición es la fe viva de los muertos, en cambio su actitud es la fe muerta de los vivos. Es importante entender el papel de la tradición – un músico solía decir que la tradición es la garantía del futuro, no es una obra que pertenezca a un museo”.

Información adicional de Sara Monetta


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