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¿Cómo se hace un "bot"?

Conoce qué es un bot, para qué sirve y cómo se usa dentro de la red social Twitter.
Por Omar Granados
30 de enero, 2012
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Muchas veces se escucha en las conversaciones sobre redes sociales a diversos “personajes” creados en este contexto digital. Claro que no son nada nuevo para muchos de los usuarios cotidianos de estos espacios digitales. Entre estas figuras, principalmente podríamos hablar de trolls y bots, hacktivistas, entre otros.

Todos ellos tienen la intención de transmitir mensajes positivos o negativos a favor o contra alguna causa -generalmente política-, pero de entre los tres, los bots se han vuelto los más peculiares. ¿Por qué? Porque son personajes ficticios que son utilizados para dar resonancia a políticos, para compartir notas sobre algún tema en específico, información publicada en ciertos portales o simplemente para retuitear determinadas palabras o hashtags.

¿Cómo funcionan los bots?

Los bots -una abreviatura de robots- son creados a partir de páginas como Botize.com, donde puedes configurar una cuenta de Twitter con la que podrás utilizar todas las funciones antes referidas.
vez que hayas creado una cuenta falsa (fake, en buen español) -aunque también puedes usar la tuya-, ingresas a la página de Botize y entras a la cuenta en Twitter en cuestión a través de la página de este servicio online.

Página de incio en Botize.com

Una vez dentro, podrás configurar la forma en que se comportará, aunque cabe la precisión que un bot no puede generar spam, es decir, que no puede responder a tuits aislados, sino que reacciona a las menciones que recibe o tuitea automáticamente las noticias que recibe a través de los servicios de noticias RSS (precisaremos este tema más adelante). Una vez dentro de tu cuenta, hay que hacer click del lado izquierdo a la sección de “Configuración”.

Activa tu bot y configura cada cuánto tiempo enviará tuits.

Posteriormente, podrás ir al folder “Sujetos”, donde podrás nombrar personas, aunque -recuerda- no podrás nombrar usuarios pues esto sería spam, lo cual viola las políticas de Twitter. Por lo tanto, tendrías que hablar de “sujetos” con nombres reales sin la intención de mencionarlos. En este folder puedes crear sujetos de los que hablará tu bot, y cada uno tiene que ser puesto en cada renglón. Los sujetos pueden ser mencionados en las frases de tu bot por medio de claves, el sujeto del primer renglón se mencionaría con la clave %s1%, el segundo con la clave %s2% y así sucesivamente. En esta imagen sólo hemos seleccionado un sujeto.

Posteriormente, en el folder “Frases” podrás configurar los mensajes que dirá tu bot cada cierto tiempo que tú seleccionas y las frases pueden utilizar a los sujetos que seleccionaste previamente por medio de las claves mencionadas. Podrás poner frases como la siguiente: “%s1% es un gran informador”, lo que provocaría que, si en el folder “Sujetos”, tu primer renglón menciona a Animal Político, entonces este tuit de tu bot diría lo siguiente: “Animal Político es una gran informador.”

Además, en el folder “Frases” podrás programar también otro tipo de mensajes que se envíen cada cierto tiempo gracias a los plug-ins que incluye este servicio. Los plug-ins son mejoras o añadidos a la versión original de un servicio (iremos más a fondo más adelante, aunque adelantamos que en la imagen anterior del folder “Frases” puedes ver cuatro comandos).

En el folder “Respuestas”, por otro lado, podrás configurar las respuestas que enviará tu bot cuando lo mencionen. Sin embargo, para que tu bot conteste es necesario que lo programes, para que en caso que alguien lo mencione pueda contestar diversas frases.

A manera de juego, en la pantalla anterior configuramos la cuenta para que cada que alguien lo mencione y le diga “maldito troll”, él conteste una pequeña amenaza. También le puedes pedir las palabras más usadas en tus tuits o el clima de la Ciudad de México.

Los plug-ins

Mencionábamos que tu bot podrá realizar actividades extra como dar el clima, traducir un mensaje recibido, puede publicar tus podcast más recientes de forma automática, utilizar servicios RSS de tu página (lamentablemente sólo manda noticias una vez cada hora a través de Botize, por lo que al final de daremos otra opción), puede generar códigos QR para un tuit y, finalmente, dar información sobre empresas registradas en el directgorio de Google Maps.

Toda la información sobre los plug-ins y la instalación automática la puedes encontrar aquí y el soporte técnico se puede recibir por medio del foro en el que te contestan los programadores o en las preguntas frecuentes.

Regresando a los RSS

Para agregar personalidad a tu bot, puedes programarlo para que esta cuenta de Twitter publique constantemente los contenidos de periódicos y revistas en línea, a través de los servicios de este nombre. Para esto tendrías que utilizar un servicio diferente que convierte las notas de un portal informativo en tuits.

En este caso ya no se utilizaría Botize.com, sino, por ejemplo, sitios como dlvr.it. Hay que mencionar que todos los portales noticiosos tienen un servicio RSS y tienes que conseguir la página donde se encuentran sus notas en este sistema, por ejemplo, la página de Animal Político donde encuentras el servicio RSS es http://feeds.feedburner.com/animalpolitico/mx.

De esta forma, al crear una cuenta en dlvr.it, lo configuras con la cuenta  de tu bot de forma que cada 15 minutos revisa las notas nuevas que se hayan publicado y las tuitea en orden cronológico.

Sabemos que no ha sido fácil, pero con el tiempo podrás dominar el arte de los bots, incluso con nuevos servicios online, aunque hasta el momento, Botize es el único que conocemos que está en español y tiene ayuda y un foro en el que los desarrolladores contestan puntualmente a tus dudas.

También cabe decir que hay muchos convertidores de RSS a tuits, mucho más rápidos, pero dlvr.it es efectivo, veloz y muy fácil de configurar. Finalmente, te pasamos nuestro bot, creado para este ejercicio y el cual ha sido programado de forma sencilla, con algunas de las cualidades que te permiten botize.com y dlvr.it: @iTrollMx.


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Ignaz Semmelweis: el doctor al que metieron al manicomio por insistir en la importancia de lavarse las manos

En un mundo que no entendía los gérmenes, Ignaz Semmelweis descubrió y probó que lavarse las manos era clave para evitar la propagación de infecciones. Pero su historia no tuvo un final feliz.
22 de septiembre, 2019
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Hospital St. George

Getty Images
Los hospitales, como el St. Georges en Londres, eran conocidos como “casas de la muerte”.

En 1825, al visitar a un paciente que se estaba recuperando de una fractura compuesta en el Hospital St. George en Londres, sus familiares lo vieron acostado sobre sábanas húmedas y sucias llenas de hongos y gusanos.

Ni el afligido hombre, ni los demás que compartían el espacio, se habían quejado de las condiciones pues creían que eran normales.

Quienes tenían la mala suerte de ser admitidos en ese u otros hospitales de la época estaban acostumbrados a los horrores que residían en su interior.

Todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales. El olor era tan ofensivo que el personal a veces caminaba con pañuelos apretados contra sus narices.

Los doctores, por su lado, tampoco olían exactamente a rosas. Raramente se lavaban las manos o los instrumentos y dejaban a su paso lo que la profesión alegremente denominaba “el tradicional hedor hospitalario”.

Los quirófanos eran tan sucios como los cirujanos que trabajaban en ellos. En medio de la habitación solía haber una mesa de madera manchada con reveladoras huellas de carnicerías pasadas, mientras que el piso estaba cubierto de aserrín para absorber la sangre.

La clínica de Gross de Thomas Eakins

Getty Images
“La clínica de Gross” fue pintada por el estadounidense Thomas Eakins en 1875, justo antes de la adopción de un entorno quirúrgico higiénico y por eso a menudo se contrasta con la pintura posterior de Eakins, “La clínica de Agnew” (1889), que verás más abajo en este artículo.

Y había alguien a quien le pagaban más que a los doctores: el “cazador de insectos en jefe”. Su trabajo era librar los colchones de piojos.

Los hospitales eran caldo de cultivo para la infección y solo proporcionaban las instalaciones más primitivas para los enfermos y moribundos, muchos de los cuales estaban alojados en salas con poca ventilación o acceso a agua limpia.

En este período, era más seguro ser tratado en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en entornos domésticos.

Como resultado de esta miseria, se les conocía como “Casas de la Muerte”.

Por favor lavarse las manos

En medio de ese mundo que aún no entendía los gérmenes, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de la infección.

Se llamaba Ignaz Semmelweis.

Retrato de Ignaz Semmelweis

Getty Images
Aunque Semmelweis llegó a la conclusión de que había que lavarse las manos entre procedimientos mediante un vigoroso análisis estadístico, no podía explicar por qué: aún no se sabía nada de los gérmenes.

Este médico húngaro trató de implementar un sistema de lavado de manos en Viena en la década de 1840 para reducir las tasas de mortalidad en las salas de maternidad.

Fue un intento digno pero fallido, pues fue demonizado por sus colegas.

Pero eventualmente llegó a ser conocido como el “Salvador de las Madres”.

Un mundo sin gérmenes

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde la muerte acechaba las salas tan regularmente como en cualquier otro hospital de la época.

Antes del triunfo de la teoría de los gérmenes en la segunda mitad del siglo XIX, la idea de que las condiciones miserables en los hospitales desempeñaran un papel en la propagación de la infección no pasaba por la mente de muchos médicos.

"La clínica de Agnew" (1889), de Thomas Eakins

Getty Images
Este óleo es “La clínica de Agnew” (1889), de Thomas Eakins, al que se compara con “La clínica de Gross” pues que representa un quirófano más limpio, con los participantes en “batas blancas”. Más tarde, las medidas higiénicas serían más drásticas, hasta llegar a los quirófanos que conocemos.

“Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias”, le dijo a la BBC el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.

“A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas ‘miasmas'”.

Desequilibrio notable

Entre las personas con mayor riesgo estaban las mujeres embarazadas, particularmente las que sufrían desgarros vaginales durante el parto, pues las heridas abiertas eran el hábitat ideal para las bacterias que médicos y cirujanos llevaban de un lado al otro.

Lo primero que notó Semmelweis fue una discrepancia interesante entre las dos salas obstétricas del Hospital General de Viena, cuyas instalaciones eran idénticas.

Una era atendida por estudiantes de medicina masculinos, mientras que la otra estaba bajo el cuidado de parteras.

La que era supervisada por los estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.

Tabla de mortalidad por fiebre puerperal

Power.corrupts
La Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de parteras.

Quienes se habían dado cuenta de ese desequilibrio antes lo habían atribuido a que los estudiantes varones eran más rudos en su trato con las pacientes que las comadronas. Creían que eso comprometía la vitalidad de las madres, haciéndolas más susceptibles a desarrollar fiebre puerperal.

Pero a Semmelweis no le convencía esa explicación.

El sacerdote o la mugre

Poco después, notó que cada vez que una mujer moría de fiebre infantil, un sacerdote caminaba lentamente por la sala de médicos con un asistente tocando una campana.

Semmelweis teorizó que ese ritual aterrorizaba tanto a las mujeres después dar a luz que desarrollaban una fiebre, se enfermaban y morían.

Después de hacer que el sacerdote tomara otra ruta y abandonara la campana comprobó, frustrado, que el cambio no había surtido ningún efecto.

Streptococcus pyogenes

Getty Images
Esta era la causa que en ese tiempo no se podía ver: la bacteria Streptococcus pyogenes.

Pero en 1847, la muerte de uno de sus colegas por una cortada que se había hecho en la mano durante un examen post mortem, le dio la pista que necesitaba.

Una leve herida fatal

Cortar cadáveres abiertos en ese tiempo conllevaba riesgos físicos, muchos de ellos fatales.

Cualquier herida o grieta en la piel producida por el cuchillo de disección, por leve que fuera, era un peligro siempre presente, incluso para anatomistas más experimentados, como el tío de Charles Darwin -con el mismo nombre-, quien murió en 1778 después de sufrir una lesión mientras diseccionaba a un niño.

Mientras su colega moría, Semmelweis notó que sus síntomas eran muy similares a los de mujeres con fiebre puerperal.

¿Sería que los médicos que trabajan en la sala de disección llevaban “partículas cadavéricas” con ellos a las salas de parto?

El toque, placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements"

Getty Images
Los doctores, como se ve en esta placa de las “Nouvelles dmonstrations d’accouchements” (Nuevas demostraciones de partos) de Jacques-Pierre Maygrier, 1840, usaban sus manos al atender partos, pero no solían estar tan limpias como en esta ilustración.

Después de todo, Semmelweis observó que muchos de los jóvenes iban directamente de una autopsia a atender a las mujeres.

Como no se usaban guantes ni otras formas de equipo de protección en la sala de disección, no era raro ver estudiantes de medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa después de que las clases hubieran terminado.

La gran diferencia entre la sala de médicos y la de parteras era que los médicos realizaban autopsias y las parteras, no.

¿Sería esa la clave del misterio que atormentaba a Semmelweis?

Tumbar y reconstruir

Antes de que se entendiera bien el asunto de los gérmenes, era difícil encontrar un remedio para la miseria en los hospitales.

El obstetra James Y. Simpson (1811-1870) -el primer médico en demostrar las propiedades anestésicas del cloroformo en humanos- argumentó que si la contaminación cruzada no se podía controlar, los hospitales debían ser periódicamente destruidos y construidos de nuevo.

El cirujano John Eric Erichsen (1818-1896) -autor de “Ciencia y el arte de la cirugía”- concordaba: “Una vez que un hospital se ha vuelto incurablemente afectado por la piemia (infección purulenta), es tan imposible desinfectarlo por cualquier medio higiénico conocido, como lo es desinfectar un viejo queso de los gusanos que se han generado en él”, escribió.

Sólo había una solución: la demolición.

Semmelweiss no creía que fueran necesarias medidas tan drásticas.

Sólo tres palabras

Tras concluir que la fiebre puerperal era causada por “material infeccioso” de un cadáver, instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en el hospital y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: “lávese las manos”.

Ignaz Semmelweis se lava las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Getty Images
Ignaz Semmelweis lavándose las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar la solución antiséptica antes de atender a pacientes vivos.

Las tasas de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina se desplomó.

En abril de 1847, la tasa era del 18,3%.

Inmediatamente después de un mes de instituido el lavado de manos, las tasas cayeron a poco más del 2% en mayo.

Triunfo sin laureles

El experimento continuó; los resultados de Semmelweis eran muy convincentes, sus datos habían sido recogidos minuciosamente y sin duda salvó la vida de muchas madres durante ese periodo.

No obstante, no pudo convencer a todos sus colegas de los méritos de su teoría de que los incidentes de la fiebre puerperal se relacionaban con la contaminación causada por el contacto con cuerpos muertos.

Aquellos dispuestos a poner a prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, produciendo resultados desalentadores.

Tabla de mortalidad antes y después del lavado de manos

Power.corrupts
Los datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.

“Hay que tener en cuenta que lo que él estaba diciendo -aunque no en esas palabras- era que los estudiantes de medicina estaban matando mujeres, y eso era muy difícil de aceptar”, explica Lerner.

Tras varias críticas negativas de un libro que publicó sobre el tema, Semmelweis arremetió contra sus críticos y llegó a tildar a médicos que no se lavaban las manos de “Asesinos”.

El futuro que no llegó a ver

Cuando no le renovaron el contrato en el hospital de Viena, Semmelweis retornó a su nativa Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario relativamente insignificante y no remunerado de la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.

Tanto ahí como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde más tarde fue profesor, la propagación de la fiebre puerperal era rampante hasta que él virtualmente la eliminó.

Pero ni las críticas contra su teoría ni la ira de Semmelweis hacia la falta de voluntad de sus colegas para adoptar sus métodos de lavado de manos se apaciguaron.

Placa en honor a Ignaz Semmelweis

Getty Images
Sólo después de su muerte logró el reconocimiento que le habría alegrado la vida.

Su comportamiento se volvió errático. A partir de 1861 empezó a sufrir de depresión severa y se volvió distraído. Y cada conversación lo llevaba al tema de la fiebre puerperal.

Un día, un colega lo llevó al Asilo de locos vienés con el pretexto de visitar un nuevo instituto médico.

Cuando Semmelweis se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y trató de irse, los guardas lo golpearon severamente, le pusieron una camisa de fuerza y ​​lo confinaron a una celda oscura.

Dos semanas después, Semmelweis murió porque una herida en su mano derecha se había vuelto gangrenosa. Tenía 47 años.

Lamentablemente, nunca jugó ningún papel en los cambios que, en última instancia, serían llevados a cabo por pioneros anteriores a la teoría de los gérmenes, como Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.

Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:

Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada La convicción de que ese momento tiene que llega inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir“.

~ Si quieres escuchar más sobre Ignaz Semmelweiss y la importancia de lavarse las manos haz clic aquí.


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